CAPÍTULO 1: CÓMO ESCAPÉ DEL CONSIGLIERE
Año y medio después de la boda
El primer indicio del día fue el peso tibio de un brazo cruzándole la cintura, reclamándola incluso dormido. Afuera, Nápoles todavía no acababa de amanecer: la luz entraba gris por el ventanal y el limonero del jardín era apenas una mancha más oscura contra el muro.
—Llevas un buen rato despierta —murmuró él contra su nuca, con la voz todavía rasposa de sueño—. Te oigo pensar.
—No estaba pensando. —Charlotte se giró entre las sábanas hasta quedar frente a él, con el cabello rubio derramado sobre la almohada—. Estaba decidiendo si mereces el café que te voy a hacer.
Él sonrió —no la sonrisa del hombre que había sido, sino algo que solo existía entre los dos, más lento y más honesto— y le apartó un mechón de la cara con dos dedos.
—¿Sabes qué es lo único que no vi venir, niña? —Le pasó el pulgar por la cadera, despacio—. Esto. Tú aquí, un martes cualquiera, decidiendo si merezco un café. —Y después, con media sonrisa—: Dime una cosa. ¿Cómo hiciste para escapar de las garras de ese temible consigliere?
Charlotte apoyó la cara en su pecho y se puso a seguirle con el dedo, distraída, los trazos que le subían por el abdomen.
—Ese hombre mandó a cambiar la cerradura de mi puerta trasera sin avisarme. Y se quedó con una copia de la llave.
—Eso no lo sabías.
—Lo supe siempre. —Charlotte sonrió con malicia—. Era un hombre atrevido.
—Insoportable —dijo él.
—Era constante. —Charlotte le devolvió sus propias palabras sin darle tiempo a reconocerlas—. No es lo mismo.
Fabrizio se quedó callado medio segundo.
—Eso lo dije yo.
—Ajá.
Fabrizio le puso la mano en la cadera con una calidez que traía doble intención.
—Aunque debo advertirte, señorita Beaumont: soy un hombre nuevo, pero sigo siendo un hombre celoso.
—Lo sé. —Charlotte cerró los ojos un instante, dejándose caer contra su pecho—. Por suerte para ti, resulta que a mí también me gustaba ese detalle. Incluso en la peor versión de ti.
Entonces, sin previo aviso, la mano que un segundo antes había sido toda ternura se cerró sobre su cadera con una firmeza distinta.
—Cuidado, niña. —La voz le bajó una octava—. Todavía tengo esa llave.
—Nunca te la pedí de vuelta.
—Ya lo sé. —Le buscó la boca sin ninguna prisa, con la seguridad de quien sabe que nadie le va a decir que no—. Del consigliere tal vez te escapaste. Del hombre de la lavanda, nunca.
Él la hizo girar sobre el colchón con una facilidad que debería haberla indignado y que, en cambio, le arrancó el aire de los pulmones. La besó desde la boca hasta el hueco de la garganta, sin ninguna prisa, y cuando ella quiso apurarlo con las manos él se las apartó despacio, como se aparta una cosa que estorba.
—Todavía te sonrojas —dijo contra la piel debajo de su oreja—. Después de todo este tiempo.
—Tengo calor.
—Ajá.
Le subió la camiseta —de él, la que ella le robaba para dormir desde el principio— aunque ahora tuviera un cajón entero de seda, y le siguió el cuerpo con la boca sin saltarse nada, tomándose todo el tiempo del mundo, hasta que se detuvo justo donde ella no quería que se detuviera.
—Fabrizio.
—¿Sí?
—Te vas a quedar sin café.
Él se rio bajito contra su piel, y fue esa risa y no la mano lo que acabó con lo poco que le quedaba de dignidad. Cuando volvió a subir ya no traía paciencia. Entró en ella despacio, midiéndola, y se quedó quieto un segundo entero con la frente apoyada en la suya, hasta que Charlotte le clavó los dedos en la espalda.
—Muévete.
—Pídelo bien.
—Muévete, Fabrizio.
Se movió. Y esa mañana no hubo lecciones, ni reglas, ni manos sujetas: hubo un hombre acostumbrado a que todo se hiciera a su manera llevándole el ritmo a una mujer que años antes lo había recibido en pijama y con un bate de béisbol en la mano.
En algún momento, sin que ninguno de los dos supiera muy bien cómo, Charlotte terminó encima. Y él la dejó. Le puso las dos manos en las caderas, no para dirigirla —eso fue lo primero que ella notó— sino para sostenerla, y se quedó mirándola desde abajo con la respiración deshecha y la cara de un hombre a quien acaban de quitarle el arma y no piensa reclamarla.
—Esto es nuevo —alcanzó a decir ella.
—Cállate, niña.
Después, cuando ya ninguno de los dos podía armar una frase entera, él le buscó la mano y le entrelazó los dedos sin decir nada.
—Difícil, ¿verdad? —murmuró ella contra su sien—. Soltar el control.
—Insoportablemente difícil —admitió él—. Pero contigo vale la pena cada vez.
Y entonces, en la mesa de noche, el intercomunicador soltó un ruidito.
No fue un llanto. Fue un sonido corto, de prueba, de alguien que acaba de abrir los ojos y todavía está decidiendo si el asunto merece escándalo.
—Se despertó —dijo Charlotte, y empezó a incorporarse.
—Voy yo.
—Es mi turno.
—Dije que todos los turnos son míos.
Y se levantó antes de que ella pudiera discutírselo.
Charlotte se quedó apoyada en un codo, mirándolo cruzar la habitación en la penumbra: la seda oscura colgándole de las caderas, la espalda ancha y desnuda, los trazos geométricos subiéndole por los antebrazos hasta los hombros y las runas marcadas debajo de la nuca. Un metro noventa de consigliere de la Cupola, descalzo y con el pelo revuelto, caminando hacia el cuarto del fondo porque alguien había hecho un ruidito.
Se levantó detrás de él. No pudo evitarlo.
Lo encontró desde el marco de la puerta, inclinado sobre la cuna.
La bebé estaba despierta, boca arriba, blanquísima, con cuatro pelos rubios levantados y unos ojos color miel idénticos a los de su madre, y en el segundo en que lo vio aparecer dejó de protestar y se le quedó mirando la cara con una sonrisita que prometía enloquecerlo.
—Buongiorno, principessa.
La levantó con una sola mano abierta en la espalda, se la acomodó contra el pecho desnudo, y la niña le agarró el pulgar tatuado con los cinco dedos, como se agarra algo propio.
—Ella te tiene rendido —dijo Charlotte desde la puerta.
Fabrizio no se giró.
—Tengo un problema serio, niña. —Le pasó la mano por la espalda diminuta, meciéndola sin darse cuenta de que lo hacía—. Dos mujeres en esta casa. A ti te tomó cuarenta minutos de charla sobre estimulación temprana. A ella, ocho segundos de mirada.
Afuera, Nápoles seguía durmiendo, ajena a que el hombre más temido de la ciudad acababa de perder, por completo y sin condiciones, la última guerra que le quedaba por librar.
La habían ganado las dos. Lo único que no pensaba admitir nunca en voz alta era cuánto le gustaba haber perdido.








