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Lazo Oscuro

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Sinopsis

ALGUNOS LAZOS NO SE ROMPEN. SE VUELVEN MÁS PELIGROSOS. Cuatro años después de escapar de Calabria, Ada Larsen vive escondida junto a su hija, Mía, lejos de la mafia y del hombre que marcó su destino: Lorenzo Venturiello. LO QUE LORENZO NO SABE ES QUE DEJÓ ALGO MÁS QUE RECUERDOS CUANDO LA DEJÓ IR. Cuando el pasado vuelve a encontrarla, Ada se ve obligada a regresar a Italia y entrar de nuevo en un imperio gobernado por poder, sangre y lealtades capaces de destruirlo todo. Mientras una guerra se aproxima y los enemigos comienzan a acercarse a su familia, Ada descubrirá que el verdadero peligro no es Lorenzo... SINO LO FÁCIL QUE RESULTA VOLVER A AMARLO.

Genero:
Romance
Autor/a:
MFR
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1


Febrero

El frío de la mañana siempre entra primero por los pies.

No importa cuántas mantas use, ni cuánto tiempo deje la estufa encendida. El invierno en este lugar se cuela por las rendijas de la cabaña como si tuviera voluntad propia. Es silencioso, paciente. Como alguien que sabe esperar.

Abro los ojos antes de que suene el despertador. No lo necesito. Hace tres años que no lo necesito. Desde que Mía llegó al mundo, mi cuerpo funciona con otro reloj. Uno que no entiende de descanso ni de fines de semana.

Giro la cabeza hacia la otra cama.

Mía está dormida, boca abajo, con un brazo colgando por el borde del colchón. El cabello rubio se le desparrama sobre la almohada. Respira lento, profundo, tranquila.

La observo unos segundos más de lo necesario.

Siempre lo hago.

Porque cada mañana en la que la veo así, viva, sana, conmigo... es una pequeña victoria.

Y porque sé que esta victoria es prestada. Que el pasado todavía tiene buena memoria.

Me levanto sin hacer ruido y camino hasta la cocina. El suelo de madera cruje bajo mis pies. La cabaña es vieja, pero firme. Rodeada de pinos, alejada del pueblo, escondida sin parecerlo.

Exactamente lo que necesitaba.

Enciendo la cocina y pongo agua a calentar. El vapor empieza a llenar el aire. El olor del té negro me da una sensación de orden. Algo predecible. Algo que no cambia.

—Mamá...

La voz llega desde la habitación, espesa por el sueño.

—Aquí estoy.

Mía aparece en el marco de la puerta con el pijama torcido y el cabello en todas direcciones.

—Hace frío.

—Lo sé.

Se acerca y se abraza a mis piernas. La cargo y la siento sobre la mesa.

—No quiero medias.

Sonrío. Esa discusión es parte de nuestras mañanas.

—Hace frío.

—Pero pican.

—No pican.

—Sí pican.

Le sirvo jugo de manzana.

—Si te las pones, puedes elegir el cuento de la noche.

Sus ojos se iluminan.

—¿El del zorro?

—El que quieras.

Suspira, resignada, y baja de la silla para ir a buscarlas.

La observo mientras camina.

Y, como siempre, el pensamiento llega sin avisar: tiene su forma de moverse.

Sacudo la cabeza. No. No quiero empezar el día así.

El camino hacia el jardín está cubierto de escarcha. Mía camina a mi lado, sosteniendo mi mano con firmeza. Cada paso cruje bajo la escarcha, recordándome que el mundo afuera sigue frío, aunque aquí dentro parezca tibio.

—Hoy pintaremos montañas —me dice.

—¿Sí?

—Jonás dijo que parecen gigantes dormidos.

Asiento.

—Tiene razón.

El jardín de infantes es una casa baja, de paredes claras y ventanas grandes. Desde afuera se escuchan risas.

Mía suelta mi mano apenas cruzamos la puerta.

—¡Mamá, mira! —dice, señalando un dibujo torcido en la pared.

—Es hermoso.

—Yo lo hice.

Antes de que pueda responder, una voz conocida suena detrás de nosotras.

—Buenos días.

Jonás está apoyado contra el marco de la puerta. Lleva un suéter gris, las mangas arremangadas, y tiene una mancha de pintura verde en el dorso de la mano.

—Buenos días —respondo.

Mía corre hacia él.

—Hoy no quiero dragones.

—Entonces hoy pintamos montañas tranquilas —dice él, agachándose a su altura.

Ella asiente, satisfecha.

Jonás se pone de pie y se acerca a mí. No invade mi espacio. Nunca lo hace. Solo se inclina lo suficiente para darme un beso suave en la mejilla.

Es un gesto simple. Natural. Como si llevara años ahí.

—Dormiste algo? —pregunta en voz baja.

—Lo suficiente.

—Puedo pasar esta tarde por la cabaña. Arreglaré la bisagra de la puerta como te prometí.

—No hace falta.

—Lo sé.

Eso es su respuesta para todo. Lo sé. Y aun así lo hace. Y aun así me hace sentir... que puedo confiar. Algo que no sentí en mucho tiempo.

—Mamá —dice Mía, tirando de su pantalón—. ¿Jonás viene hoy?

Nos mira a los dos, expectante.

—Si tu mamá me invita.

Mía gira la cabeza hacia mí.

—¿Puede?

No respondo enseguida. No porque dude, sino porque ese pequeño momento, esa pregunta inocente, aprieta algo en mi pecho. Una mezcla de miedo, de gratitud... y de recuerdo de que esta tranquilidad es frágil.

—Sí. Puede.

Mía sonríe como si hubiera ganado algo importante.

Jonás también sonríe, pero su expresión es más suave. Más cuidadosa. Observa todo como quien vigila sin controlar.

—Entonces nos vemos después —dice.

Antes de irme, me toma la mano un segundo. Apenas un roce. Nadie más lo notaría.

Pero yo sí. Y me doy cuenta de que hasta estos gestos mínimos me enseñan lo que es la paciencia y la bondad.

El trabajo pasa lento, como siempre. Facturas, correos, números. Nada fuera de lugar. Nada que rompa la calma... aunque el pasado me recuerde, de vez en cuando, que siempre hay grietas.

A la hora del almuerzo, encuentro un mensaje en el teléfono:

Compré pan fresco. Y el cuento.

J.

No puedo evitar sonreír.

No es un hombre de grandes gestos. Es de los pequeños. Los constantes.

Los que duran.

Cuando vuelvo al jardín, Mía está sentada en el suelo, cubierta de pintura.

—¡Mamá!

Corre hacia mí y se lanza a mis brazos.

—Hicimos montañas.

—¿Sin dragones?

—Sin dragones.

Jonás aparece detrás de ella.

—Pero creo que uno se escondió en la esquina del papel.

Mía niega con la cabeza.

—Ese es un árbol.

Él levanta las manos, rindiéndose.

—Entonces es un árbol muy sospechoso.

La niña se ríe.

—¿Vienes hoy? —le pregunta.

—Si tu mamá todavía quiere que vaya.

Mía me mira.

—¿Sí?

Asiento.

—Sí.

Cuando llegamos a la cabaña, el aire huele a madera y frío. Mía entra corriendo y se quita los zapatos en la puerta.

Yo dejo las llaves sobre la mesa y me quito el abrigo.

Unos minutos después, escucho el sonido de pasos afuera. Un golpe suave en la puerta.

Abro.

Jonás está ahí, con una bolsa de papel en una mano y una pequeña caja en la otra.

—Pan —dice, levantando la bolsa—. Y el cuento prometido.

Mía aparece detrás de mí.

—¡Jonás!

Corre hacia él y él la levanta en brazos con facilidad.

—Hola, artista.

Ella se ríe.

Lo dejo pasar. Se mueve por la cabaña con naturalidad, como si también fuera su espacio. Deja el pan sobre la mesa, revisa la bisagra de la puerta sin que nadie se lo pida.

Todo es simple.

Sin tensión.

Sin miedo... por ahora.

Cuando se acerca a mí en la cocina, su mano roza mi cintura de forma casi automática. No es un gesto posesivo. Es cálido. Familiar.

—Huele bien aquí —dice.

—Es solo sopa.

—Me gusta tu sopa.

Lo miro.

Es un hombre bueno.

Y eso, a veces, me asusta más que cualquier otra cosa.

Porque la bondad es frágil.

Y yo vengo de un mundo que la rompe sin pensarlo dos veces.

Y mientras lo observo, no puedo evitar un escalofrío: esta calma no durará para siempre.

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