Prólogo: La noche del Velo
Aquella noche el Corazón de Cristal ardía sin fuego.
Desde la terraza más alta del palacio, la reina Alira veía cómo las torres transparentes se volvían de un rojo opaco, una tras otra, como velas que alguien apagaba con los dedos. No había llamas. No había humo. Solo una luz enferma que avanzaba por la ciudad y dejaba a su paso un silencio espeso. Era la luz de los dioses cuando dejaban de fingir.
Abajo, en los jardines suspendidos, los guardias corrían de un lado a otro. Alguien gritaba órdenes que nadie obedecía. Las campanas de cristal de la ciudad sonaban solas, movidas por un viento que no venía de ningún lado.
Alira no corrió. Hacía años que sabía que esa noche iba a llegar. Lo había visto en los ojos de Vaelorith cuando dejó de sonreír en el consejo. Lo había oído en la voz de Thorneveil cuando empezó a llamarla «mortal» en lugar de «majestad». Lo había sentido en las Cadenas de Éter, que desde hacía meses vibraban con un temblor que solo ella parecía notar.
Desde la muerte de Kael, cuatro años atrás, lo había sabido con más certeza todavía. Aquella noche de tormenta, cuando los asesinos sin rostro entraron en sus aposentos, su marido los detuvo en el pasillo hasta el final, y ella nunca pudo demostrar quién los había enviado. Pero a la mañana siguiente, en el consejo, Vaelorith le dio el pésame con una voz tan suave y tan fría como la brisa antes de la nieve. Y Alira, mirándolo a los ojos, entendió que el dios que había jugado en los jardines con su hijo ya no estaba allí. Quedaba algo con su forma. Algo que había olvidado quién era.
Desde entonces se había preparado. Había escondido dos sylphs en un granero de Veylan. Había enseñado a su hijo todas las palabras de la lengua antigua que él quiso aprender, y algunas que no quiso. Le había dado una espada de madera y la había visto convertirse, en sus manos, en algo más que un juguete. Había hablado con los Guardianes dormidos, en los lugares secretos donde aún se los podía oír, y ninguno le había contestado.
Y había aceptado, en silencio, una sola cosa: que ella no iba a ver el final de aquella historia.
Se dio la vuelta y entró en la habitación de su hijo.
Aetherion tenía trece años y estaba despierto, sentado en la cama, con la espada de práctica sobre las rodillas. Era una espada de madera, pero la sostenía como si fuera de acero. Tenía el cabello revuelto y los ojos muy abiertos. Los ojos de ella.
—¿Es la guerra, madre?
—Es algo peor —dijo Alira, y se arrodilló frente a él—. Es el final de una mentira. Escúchame bien, porque no tenemos mucho tiempo.
Le puso las manos en las mejillas. Las tenía frías.
—Los dioses van a venir por nosotros esta noche. A mí ya no me pueden perdonar. Pero tú vas a vivir.
—No quiero irme sin ti.
—Ya lo sé. —Alira sonrió, y fue la sonrisa más difícil de su vida—. Por eso tienes que ser más valiente que yo.
Le colgó del cuello un cordón de cuero con una pequeña piedra azul, del color del cielo antes de que los dioses lo volvieran gris. Después le cerró la capa, le puso la capucha y lo tomó de la mano.
Salieron por el pasaje de los sirvientes, una escalera estrecha que bajaba en espiral por dentro de la torre. Aetherion contaba los escalones, como hacía de pequeño. Alira, mientras bajaban, empezó a cantar en voz muy baja. Era la canción que le cantaba cuando era niño y tenía miedo de las tormentas:
![Eres mía [#1]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_4344f13bc3a0abb8b1c504d5bd3ac0a3.jpg)







