Crear nueva lista
Compartir con tus amigos
Personalizar legibilidad

Mi Alfa Suprema y Mi Luna Eterna

Sinopsis

El reino de Aethelwulf, una tierra de bosques inmensos, montañas cubiertas de nieve y cielos donde la aurora boreal baila cada noche. Es un mundo dividido en clanes de lobos cambiantes, donde la fuerza se respeta y los lazos de sangre y destino son sagrados. Desde tiempos antiguos se dice que cada Alfa tiene una compañera destinada: su Luna, la única persona que puede calmar su fuerza y completar su alma. Sin ella, el poder de un Alfa es incompleto, como una luna que nunca llega a su plenitud.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Queen
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

I. LA ALFA QUE HABÍA OLVIDADO SOÑAR

En el extremo septentrional del mundo conocido existía Aethelwulf, un reino donde los bosques se extendían hasta perderse entre montañas cubiertas de nieve y las auroras boreales iluminaban el cielo como ríos de esmeralda y plata.

Allí, bajo la protección de las antiguas deidades lunares, vivían los clanes de lobos cambiaformas.

Sus habitantes podían adoptar forma humana o transformarse en lobos cuya apariencia reflejaba la naturaleza de su espíritu. Algunos poseían pelajes blancos como la nieve; otros, grises como la niebla o rojizos como las hojas del otoño. Sin embargo, existían criaturas cuya magia era tan poderosa que sus transformaciones provocaban cambios en el ambiente que las rodeaba.

Entre todas aquellas criaturas había una figura cuya autoridad superaba la de cualquier jefe de clan.

La Alfa Suprema.

Su poder no provenía únicamente de su linaje. Según las leyes más antiguas, la Luna reconocía a quien poseía la fuerza, la voluntad y la sabiduría necesarias para mantener unidos a los clanes.

Su palabra podía detener una guerra.

Su presencia bastaba para silenciar una sala llena de guerreros.

Y su autoridad permitía mantener a raya a las bestias que habitaban los territorios prohibidos, criaturas que incluso los lobos más poderosos temían enfrentar.

Aquella posición pertenecía a Freen Sarocha, de veintiocho años, Alfa del Clan de la Luna de Plata y soberana de Aethelwulf.

Freen era una mujer de belleza imponente, mirada oscura y porte majestuoso. Su cabello enmarcaba un rostro cuya expresión rara vez revelaba sus pensamientos. Vestía capas negras bordadas con hilos plateados y llevaba alrededor del cuello el emblema de su clan: una luna creciente atravesada por tres líneas que representaban la unión de los territorios del norte.

En su forma de loba, su pelaje era negro azabache, tan profundo como una noche sin estrellas. Una marca plateada recorría su pecho y resplandecía cuando utilizaba su magia.

Ningún guerrero de Aethelwulf había conseguido derrotarla en combate.

Ningún clan se atrevía a desafiar abiertamente su autoridad.

Y, sin embargo, existía una batalla que Freen nunca había logrado ganar.

La que libraba contra su propia soledad.

Desde su coronación, había esperado encontrar a la compañera que las antiguas profecías prometían a las Alfas destinadas a gobernar durante una era de grandes cambios.

Su Luna.

Entre los cambiaformas, ese nombre no designaba a una mujer obligada a obedecer ni a una consorte cuya única función consistiera en acompañar a su pareja. La Luna era la persona con quien una Alfa podía establecer un vínculo espiritual excepcional, una conexión capaz de intensificar su magia y ofrecerle un equilibrio que el poder, por sí solo, jamás garantizaba.

El vínculo no concedía derechos sobre el cuerpo ni la voluntad de la otra persona.

Tampoco garantizaba la felicidad.

Las antiguas leyes eran claras: el destino podía reconocer una conexión, pero ninguna unión se consideraba completa sin la aceptación libre de ambas partes.

Freen conocía aquellas enseñanzas desde niña.

Había escuchado las historias de Alfas que encontraron a sus compañeras en medio de una guerra, durante una ceremonia sagrada o en los caminos más inesperados. Algunas habían encontrado a otras lobas; otras, según relatos tan antiguos que muchos consideraban mitos, habían establecido vínculos con seres humanos.

Pero Freen había esperado durante años sin encontrar a nadie.

Al principio creyó que solo necesitaba paciencia.

Después comenzó a preguntarse si la Luna había decidido ignorarla.

Finalmente, dejó de esperar.

Se convirtió en una gobernante impecable, una estratega formidable y una protectora incansable de su pueblo. Aprendió a controlar cada emoción, a ocultar cualquier debilidad y a mantener a los demás a una distancia prudente.

Si no tenía una Luna, no permitiría que aquella ausencia la convirtiera en una mala Alfa.

Eso se repetía cada noche, cuando abandonaba el salón del consejo y subía a la torre más alta de su fortaleza.

Desde allí contemplaba las montañas, observaba las auroras y escuchaba los aullidos lejanos de los lobos que recorrían los bosques.

A veces imaginaba cómo sería regresar a una habitación y encontrar a alguien que no la esperara por obligación, por respeto a su título o por miedo a desobedecerla.

Alguien que simplemente quisiera saber cómo había sido su día.

Alguien que pudiera mirarla sin ver una corona.

Después se reprendía por aquellas fantasías.

Una Alfa Suprema no podía permitirse vivir de sueños.

Y Freen había aprendido a enterrar los suyos.

Hasta que una desconocida apareció en la frontera septentrional de su reino.

Y todo aquello que había aprendido a controlar comenzó a cambiar.

II. LA HUMANA QUE LLEGÓ CON EL CORAZÓN HERIDO

Becky Armstrong tenía veintitrés años cuando llegó a Aethelwulf.

No poseía sangre de ningún clan, no sabía transformarse en loba y jamás había escuchado las plegarias que los cambiaformas dirigían a la Luna.

Era humana.

Una joven de ojos cálidos, cabello castaño oscuro y una dulzura que no debía confundirse con debilidad.

Había atravesado montañas, ríos y caminos peligrosos para escapar de una vida que prefería no recordar. Durante mucho tiempo había soportado la sensación de que su pasado podía alcanzarla en cualquier momento.

Por eso aprendió a no permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar.

No confiaba fácilmente en las promesas.

No hablaba de las personas que había dejado atrás.

Y, cuando alguien le preguntaba qué esperaba encontrar al final del camino, respondía con una sonrisa que ocultaba más de lo que revelaba.

No llevaba riquezas ni tenía una familia esperándola al otro lado de la frontera. Solo conservaba una pequeña bolsa con algunas pertenencias, una capa desgastada y el deseo desesperado de comenzar de nuevo.

Había oído hablar de Aethelwulf por boca de viajeros: un territorio misterioso donde las criaturas de los antiguos cuentos vivían lejos de las ciudades humanas.

También había escuchado las advertencias.

Los lobos de Aethelwulf no confiaban en los humanos.

Algunos clanes consideraban que los mortales eran incapaces de comprender sus tradiciones. Otros temían que los humanos intentaran apropiarse de su magia o utilizar a los cambiaformas como armas.

Becky no buscaba magia.

Buscaba paz.

Cuando alcanzó el límite del bosque, se detuvo frente a un sendero cubierto de hojas plateadas por la escarcha.

El viento le revolvió el cabello.

A lo lejos, las montañas parecían tocar el cielo.

Por primera vez en mucho tiempo, respiró sin sentir que debía huir de inmediato.

—Quizá aquí pueda empezar de nuevo —murmuró.

No sabía que alguien la observaba desde las sombras.

Freen había salido a patrullar acompañada por dos de sus guerreros cuando percibió un aroma desconocido.

No era el olor de un lobo.

Tampoco el de una criatura salvaje.

Era cálido y delicado, semejante a la lluvia sobre la tierra después de una larga sequía.

La Alfa se detuvo en seco.

Su lobo interior, una criatura orgullosa que rara vez reaccionaba ante algo que no fuera una amenaza, levantó la cabeza.

Durante un instante, Freen dejó de escuchar el viento, los pasos de sus guerreros y el murmullo de los árboles.

Solo percibió aquella presencia.

Su corazón golpeó con una fuerza inesperada.

Ella.

La palabra surgió en su interior con una certeza que la dejó sin aliento.

La hemos encontrado.

Freen avanzó entre los árboles.

Becky oyó las pisadas y se volvió.

Cuando sus miradas se encontraron, algo extraordinario ocurrió.

Una corriente cálida recorrió el pecho de Freen. La marca plateada de su forma de loba pareció arder bajo su piel y el instinto que había permanecido dormido durante años se alzó dentro de ella.

No era simple atracción.

Era reconocimiento.

La humana que tenía delante era su compañera destinada.

Su Luna.

Pero Becky no era una loba.

Y Freen jamás había conocido a una Alfa Suprema cuyo vínculo destinado se manifestara a través de una humana.

—No deberías estar aquí —dijo Freen.

Su tono fue firme, aunque algo en su interior le impedía hablarle con la severidad habitual.

Becky miró a la mujer que acababa de aparecer ante ella. Era alta, elegante y poseía una presencia que parecía llenar todo el espacio entre los árboles.

—Eso me han dicho de casi todos los lugares a los que he llegado —respondió Becky—. Empiezo a pensar que el mundo es demasiado pequeño para quienes no tienen adónde ir.

Los dos guerreros intercambiaron una mirada.

Nadie hablaba de aquella manera a la Alfa Suprema.

Freen, sin embargo, no se ofendió.

Observó el cansancio de Becky, sus manos enrojecidas por el frío y la manera en que intentaba mantenerse erguida a pesar del agotamiento.

—¿Estás sola?

—Sí.

—¿Hay alguien buscándote?

Becky vaciló.

—Espero que no.

La respuesta contenía una historia que no estaba preparada para contar.

Freen lo comprendió.

Podía ordenar que la escoltaran fuera del territorio. Era la decisión más prudente: una humana desconocida podía convertirse en un peligro político y su presencia cerca de la fortaleza despertaría preguntas incómodas.

Pero el viento volvió a llevar hasta ella aquel aroma.

Y su lobo se negó a permitirle apartarse.

—Ven conmigo —decidió Freen—. Pasarás la noche en la fortaleza. Mañana hablaremos de lo que harás después.

Becky la miró con cautela.

—¿Por qué me ayudarías?

Freen no tenía una respuesta que pudiera darle.

No podía confesarle que el destino acababa de cambiar su vida.

Ni siquiera estaba segura de comprenderlo ella misma.

—Porque nadie debería pasar una noche helada sin refugio.

Becky sostuvo su mirada durante unos segundos.

Después asintió.

—Gracias.

Aquella palabra, pronunciada con una sinceridad desarmante, produjo en Freen una sensación desconocida.

Por primera vez en años, su soledad pareció menos absoluta.

Y ninguna de las dos comprendió todavía cuánto cambiaría aquella decisión sus vidas.

III. UNA EXTRAÑA EN LA FORTALEZA

Freen no llevó a Becky a las dependencias principales de la fortaleza.

En su lugar, ordenó preparar una habitación en una torre orientada hacia el bosque, un lugar tranquilo que antiguamente se utilizaba para alojar a los viajeros protegidos por la corona.

La decisión provocó preguntas.

Una humana desconocida había cruzado la frontera y, en lugar de ser interrogada durante horas por los guardianes, recibía protección directa de la Alfa Suprema.

Los rumores no tardaron en propagarse.

Algunos decían que Freen había encontrado una espía.

Otros aseguraban que la humana poseía una magia desconocida.

Los más supersticiosos comenzaron a preguntarse si la Luna habría enviado una señal.

Freen ordenó que nadie acosara a su invitada.

No explicó el motivo.

Durante los días siguientes, Becky descubrió que Aethelwulf era mucho más extraordinario de lo que había imaginado.

Las lámparas de la fortaleza ardían con cristales encantados. Los curanderos preparaban remedios a partir de hierbas que solo florecían bajo la luz lunar. Los guerreros podían transformarse en lobos y recorrer los bosques con una velocidad imposible para cualquier ser humano.

La magia, sin embargo, tenía límites.

Los cambiaformas necesitaban energía para transformarse y recuperarse después de combatir. Las heridas mágicas podían tardar semanas en sanar. La plata común no los mataba, como aseguraban las leyendas humanas, pero la plata consagrada podía interrumpir temporalmente su conexión con la Luna.

Y ninguna criatura podía utilizar su magia lunar indefinidamente sin pagar un precio físico.

Becky escuchaba cada explicación con una curiosidad que sorprendía a los habitantes de la fortaleza.

No parecía fascinada únicamente por el poder de los lobos.

Quería comprender sus costumbres.

Preguntaba por los alimentos, las celebraciones, las ceremonias funerarias y las historias que los ancianos transmitían a los niños.

También preguntaba por las injusticias.

—¿Por qué los humanos no pueden entrar en determinados territorios? —preguntó una mañana durante el desayuno.

El guerrero que la acompañaba frunció el ceño.

—Porque no son cambiaformas.

—Eso explica qué somos. No explica por qué no podemos entrar.

El guerrero abrió la boca, pero no encontró una respuesta convincente.

Freen, que acababa de entrar en el comedor, escuchó la conversación.

—Los territorios prohibidos contienen criaturas que podrían matar a un humano en cuestión de segundos —explicó—. No es una cuestión de superioridad. Es una cuestión de supervivencia.

Becky asintió.

—Eso sí tiene sentido.

Freen arqueó una ceja.

—¿Esperabas que te mintiera?

—No. Esperaba que me dieras una explicación en lugar de una orden.

Uno de los guardias ocultó una sonrisa.

Freen lo miró.

El hombre recuperó inmediatamente su expresión seria.

Becky, en cambio, no pudo evitar reír.

Y, contra todo pronóstico, Freen sintió el impulso de acompañarla.

Aquella sensación se volvió cada vez más frecuente.

Con el paso de los días, Becky descubrió que la fama de la Alfa Suprema no era exagerada.

Los miembros de los clanes bajaban la cabeza cuando ella pasaba.

Los consejeros esperaban su aprobación antes de tomar decisiones importantes.

Los guerreros más experimentados escuchaban sus órdenes sin discutirlas.

Pero, cuando Freen se quitaba la capa de piel oscura y se sentaba junto a la chimenea, Becky encontraba a una mujer muy distinta de aquella figura legendaria.

Una mujer que se olvidaba de comer cuando trabajaba demasiado.

Que regresaba de sus patrullas con los hombros tensos.

Que leía informes hasta altas horas de la madrugada y rara vez permitía que alguien le preguntara si estaba cansada.

Una mañana, Becky encontró a Freen inclinada sobre varios mapas.

Había una taza vacía a su lado y un plato de comida intacto.

—¿Has desayunado? —preguntó.

—Sí.

Becky miró el plato.

—¿Y la comida que sigue exactamente igual que hace dos horas?

Freen levantó la vista.

—Estoy ocupada.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Becky...

—Freen.

La Alfa guardó silencio.

Becky dejó una bandeja junto a los documentos. Había preparado té caliente, pan recién hecho y fruta.

—Come algo.

—Mis guerreros pueden encargarse de eso.

—Estoy segura. Pero ninguno de tus guerreros lo ha hecho.

Freen observó la bandeja.

No recordaba la última vez que alguien había preparado algo para ella sin esperar una orden o intentar conseguir un favor.

—No tienes que hacer esto —murmuró.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

Becky se encogió de hombros.

—Porque tienes hambre, aunque seas demasiado orgullosa para admitirlo.

Freen la miró durante unos segundos.

Después tomó un trozo de pan.

Becky sonrió, satisfecha.

—¿Ves? No era tan difícil.

—No te acostumbres a darme órdenes.

—No te preocupes. Solo las daré cuando sean necesarias.

Freen soltó una risa breve.

Becky se quedó mirándola.

—¿Qué? —preguntó la Alfa.

—Nada.

—Estás mirándome.

—Es que tienes una sonrisa preciosa cuando no intentas parecer aterradora.

La expresión de Freen cambió.

No porque le hubiera molestado el comentario, sino porque no sabía cómo responder a un cumplido que no estaba relacionado con su poder, su belleza pública o su posición.

Becky pareció comprenderlo.

No insistió.

Simplemente se sentó frente a ella y comenzó a hablarle de las estrellas, de los caminos que había recorrido y de los lugares que algún día esperaba conocer.

Freen escuchó.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo prisa por regresar a sus obligaciones.

IV. EL CORAZÓN DETRÁS DE LA CORONA

Las semanas siguientes transformaron la rutina de ambas.

Becky comenzó a acompañar a Freen durante algunos paseos por los jardines, siempre que las condiciones del tiempo lo permitían.

Descubrió que la Alfa conocía el nombre de cada planta medicinal del patio y que podía identificar a los lobos de su clan únicamente por sus huellas.

Freen descubrió que Becky tenía una facilidad extraordinaria para reconocer las emociones de los demás.

No necesitaba magia para advertir cuándo un guerrero estaba preocupado, cuándo un consejero ocultaba algo o cuándo un niño fingía no tener miedo.

Aquella sensibilidad no significaba que siempre acertara.

A veces interpretaba mal un silencio.

Otras veces preguntaba demasiado pronto por asuntos que todavía dolían.

Pero poseía algo que Freen había comenzado a valorar profundamente: estaba dispuesta a escuchar cuando alguien le decía que se había equivocado.

Una tarde, mientras caminaban por los jardines cubiertos de nieve, Becky se detuvo frente a una hilera de flores azules.

—¿Cómo se llaman?

Freen se acercó.

—Estrellas de invierno. Solo florecen cuando la luna está llena.

—Son preciosas.

—Son difíciles de cultivar.

Becky se agachó para observarlas.

—Quizá solo necesitan que alguien tenga paciencia.

Freen la miró.

No sabía por qué aquellas palabras parecían dirigidas a algo que llevaba años escondiendo.

—¿Siempre encuentras algo bueno en todo? —preguntó.

Becky tardó en responder.

—No. Hubo un tiempo en que dejé de hacerlo.

Su sonrisa se apagó ligeramente.

—Aprendí que confiar en las personas puede ser peligroso. Algunas te ofrecen una mano porque quieren ayudarte. Otras lo hacen para descubrir dónde pueden clavarte un cuchillo.

Freen no interrumpió.

—Pero no quiero que lo que me ocurrió decida para siempre la clase de persona que seré —continuó Becky—. Si paso el resto de mi vida esperando que todos me hagan daño, terminaré convirtiéndome en prisionera de algo que ya ocurrió.

Freen sintió el impulso de preguntarle qué había sucedido.

No lo hizo.

—No tienes que contarme nada que no quieras compartir.

Becky levantó los ojos hacia ella.

—¿Y tú? ¿Siempre guardas todo lo que sientes?

La pregunta alcanzó un lugar demasiado profundo.

—Es más fácil gobernar cuando nadie conoce tus debilidades.

—Quizá. Pero debe de ser agotador vivir como si todo el mundo estuviera esperando que cometieras un error.

Freen no respondió.

Porque Becky acababa de describir su vida con una precisión que ningún consejero había conseguido.

Y porque, por primera vez, deseó que alguien pudiera verla sin la corona.

Aquella noche, Freen regresó a su habitación y encontró una pequeña nota sobre su escritorio.

La letra era de Becky.

No tienes que contarme tus preocupaciones. Pero recuerda que también puedes tener un día malo sin dejar de ser una buena Alfa.

Freen leyó aquellas palabras dos veces.

Después guardó la nota dentro de un libro.

No sabía por qué le importaba tanto conservarla.

Quizá porque nadie se había atrevido a recordarle que su valor no dependía de su perfección.

Quizá porque comenzaba a desear algo más que la compañía de Becky.

Quería conocerla.

Quería descubrir qué la hacía reír cuando no estaba intentando ocultar sus heridas.

Quería escuchar las historias que todavía no se atrevía a contar.

Quería verla regresar de un paseo y encontrarla esperándola junto a la ventana.

Y ese deseo comenzó a asustarla mucho más que cualquier enemigo.

V. EL SECRETO DE LA ALFA SUPREMA

El vínculo no permaneció oculto durante mucho tiempo.

Freen descubrió que mantenerse alejada de Becky requería más esfuerzo que enfrentarse a cualquier adversario.

Su lobo interior reaccionaba a su presencia con una intensidad cada vez mayor. Cuando Becky sonreía, la tensión de sus hombros disminuía. Cuando se marchaba, una inquietud persistente se instalaba en su pecho.

Pero el vínculo no era únicamente instinto.

Freen admiraba la valentía de Becky, su capacidad para reconocer el dolor ajeno y su decisión de seguir adelante a pesar de las heridas que cargaba.

Le gustaba cómo discutía con ella cuando consideraba injusta una decisión.

Le gustaba que no se inclinara ante su título cuando estaban a solas.

Le gustaba, sobre todo, que Becky nunca le exigiera convertirse en alguien distinto.

Precisamente por eso, el miedo comenzó a crecer.

Freen sabía que las tradiciones de los clanes podían convertir a Becky en un símbolo político.

Si los demás descubrían que la humana era la compañera destinada de la Alfa Suprema, algunos la recibirían como una bendición; otros la considerarían una debilidad que podían explotar.

Además, existía una cuestión que Freen no podía ignorar.

El destino había reconocido a Becky como su Luna.

Pero Becky no había elegido nada de aquello.

No conocía las leyes de los cambiaformas, no comprendía la naturaleza del vínculo y jamás había pedido convertirse en la compañera de una Alfa.

Freen no quería que su propia necesidad se convirtiera en una prisión para ella.

Por eso comenzó a distanciarse.

Acortó sus visitas.

Dejó de acompañarla durante los paseos.

Volvió a refugiarse en el trabajo, utilizando sus responsabilidades como una muralla entre ambas.

Becky soportó aquel cambio durante varios días.

Hasta que una noche de luna llena decidió buscar respuestas.

Encontró a Freen en una habitación privada de la torre, junto a una ventana abierta por la que entraba el aire helado.

La Alfa estaba de pie, con las manos apoyadas en el alféizar.

—¿He hecho algo malo? —preguntó Becky.

Freen se volvió inmediatamente.

—No.

—Entonces, ¿por qué me evitas?

—No te estoy evitando.

Becky la miró en silencio.

Freen supo que había elegido la respuesta equivocada.

—No me mientas —dijo Becky, sin levantar la voz—. No después de todo lo que hemos compartido.

La Alfa bajó la mirada.

Durante un instante, pareció que iba a refugiarse de nuevo en el silencio.

Pero Becky dio un paso hacia ella.

—Si quieres que me marche, dímelo. Si he dejado de ser bienvenida, puedo aceptar la verdad. Lo que no puedo hacer es quedarme aquí intentando adivinar qué he hecho para que vuelvas a tratarme como a una desconocida.

Aquellas palabras atravesaron las defensas de Freen.

—No quiero que te marches.

—Entonces, háblame.

Freen cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, su mirada ya no tenía la frialdad de una gobernante.

Solo quedaba una mujer asustada.

—El día que te encontré en el bosque, mi lobo te reconoció.

Becky frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué significa eso?

—En mi pueblo existe una antigua creencia. Algunos cambiaformas encuentran a una persona con la que comparten un vínculo excepcional. La llamamos nuestra compañera destinada. Para las Alfas, ese vínculo puede ser especialmente poderoso.

Freen respiró hondo.

—Durante años pensé que nunca encontraría a la mía. Después apareciste tú.

Becky se quedó inmóvil.

—¿Yo?

—Sí.

—Pero soy humana.

—Lo sé.

—Y tú eres la Alfa Suprema.

—También lo sé.

Becky habría querido sonreír ante aquella respuesta, pero la expresión de Freen se lo impidió.

No estaba bromeando.

—¿Estás diciendo que crees que estamos destinadas a estar juntas?

Freen tardó unos segundos en contestar.

—Estoy diciendo que el vínculo me reconoció desde el primer momento. Pero no voy a pedirte que aceptes algo que no comprendes, ni voy a utilizar mi posición para decidir por ti.

Becky sintió que el corazón le latía con fuerza.

Una parte de ella quería hacer preguntas. Otra deseaba comprender por qué, desde su llegada a Aethelwulf, había sentido una paz inexplicable cada vez que estaba cerca de Freen.

Sin embargo, había algo más importante.

—¿Por eso te has alejado?

Freen asintió.

—Tengo miedo.

La confesión pareció costarle más que cualquier batalla.

—He pasado toda mi vida aprendiendo a controlar mi fuerza. Sé cómo enfrentar a un enemigo, cómo proteger una frontera y cómo tomar decisiones cuando todos esperan que sea perfecta. Pero no sé qué hacer con lo que siento por ti.

Sus ojos se encontraron.

—Eres humana. No conoces nuestro mundo. Y yo no sé si seré capaz de protegerte de todo lo que significa estar a mi lado.

Becky se acercó un poco más.

—Freen, no puedes protegerme de todas las dificultades de la vida.

—Lo sé.

—Y tampoco puedes decidir por mí qué riesgos estoy dispuesta a asumir.

La Alfa bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué no me has permitido elegir?

La pregunta quedó suspendida entre ellas.

Freen no encontró ninguna excusa.

Porque la verdad era sencilla y dolorosa.

Había temido tanto perder a Becky que había comenzado a apartarla antes de darle la oportunidad de quedarse.

—Porque no sé cómo amar a alguien sin tener miedo de que el mundo me la arrebate —admitió.

Becky sintió que algo se quebraba en su interior.

No por lástima.

Sino porque, por primera vez, comprendió que la mujer más poderosa de Aethelwulf también podía sentirse indefensa.

Levantó una mano y se detuvo a pocos centímetros del rostro de Freen.

—¿Puedo tocarte?

La Alfa la miró, sorprendida por la pregunta.

Después asintió.

Becky apoyó la palma en su mejilla.

—No sé todavía qué significa ser tu Luna. No conozco las reglas de tu pueblo y necesito tiempo para comprender todo esto.

Freen aceptó sus palabras sin apartarse.

—Lo entiendo.

—Pero sí sé lo que siento cuando estoy contigo.

Becky acarició suavemente su mejilla.

—Me haces sentir segura sin hacerme sentir pequeña. Me escuchas incluso cuando no estás de acuerdo conmigo. Y cuando te miro, no veo a la criatura que todos temen. Veo a la mujer que se olvida de descansar, que carga con las preocupaciones de su pueblo y que cree que debe soportarlo todo sin ayuda.

Los ojos de Freen brillaron.

—Becky…

—No sé si el destino nos eligió. Pero quiero conocerte sin la obligación de convertirme en lo que los demás esperan de mí.

Se acercó un poco más.

—Quiero descubrir si podemos elegirnos nosotras también.

Freen sintió que el aire regresaba a sus pulmones.

No era una promesa eterna.

No era una aceptación ciega.

Era algo mucho más valioso.

Una oportunidad.

—No quiero una Luna que permanezca a mi lado por obligación —susurró—. Quiero que seas libre de marcharte, incluso si eso significa que tendré que aprender a vivir con el dolor.

Becky negó suavemente con la cabeza.

—No me pidas que me marche para demostrar que eres capaz de soportarlo.

La Alfa soltó una risa temblorosa, casi incrédula.

—Eres mucho más valiente de lo que imaginaba.

—Y tú eres mucho menos aterradora cuando dejas de intentar parecerlo.

Freen sonrió.

Una sonrisa pequeña, imperfecta y auténtica.

Becky nunca la había visto así.

Y comprendió que quería volver a verla.

VI. EL BESO QUE NO PERTENECÍA AL DESTINO

La luna llena ascendió sobre las montañas.

Su luz plateada se derramó por la habitación, iluminando el rostro de Freen y los ojos cálidos de Becky.

Durante unos instantes, ninguna habló.

Había demasiadas cosas que todavía debían descubrir.

El significado del vínculo.

Las consecuencias políticas de su relación.

La manera en que una humana podría encontrar su lugar en una sociedad construida alrededor de los clanes de lobos.

Nada de aquello podía resolverse en una sola noche.

Pero existía una pregunta que ambas podían responder.

Becky fue la primera en formularla.

—¿Puedo besarte?

Freen la miró como si aquellas palabras hubieran detenido el tiempo.

La Alfa Suprema, que había enfrentado ejércitos sin vacilar, descubrió que no sabía qué hacer con sus propias manos.

—Sí —respondió finalmente—. Si es lo que deseas.

—Lo deseo.

Becky se acercó despacio, permitiendo que Freen tuviera tiempo de apartarse si cambiaba de opinión.

Pero Freen no se apartó.

Cuando sus labios se encontraron, el mundo pareció guardar silencio.

El beso comenzó con una delicadeza casi tímida. Freen apenas se atrevía a moverse, como si temiera que un gesto demasiado brusco pudiera romper aquel instante.

Becky apoyó una mano en su mejilla y la otra en su hombro.

Entonces Freen respondió.

La rodeó por la cintura con cuidado y acercó su rostro al de ella, descubriendo que la ternura también podía despertar una fuerza inmensa.

No hubo una reclamación.

No hubo una orden.

No hubo ninguna magia que obligara a Becky a permanecer entre sus brazos.

Solo dos mujeres que se besaban porque ambas lo deseaban.

Cuando se separaron, Freen apoyó la frente contra la de Becky.

—He imaginado este momento más veces de las que debería admitir.

Becky sonrió.

—¿La Alfa Suprema tiene fantasías románticas?

—La Alfa Suprema tiene derecho a conservar algunos secretos.

—Entonces tendré que descubrirlos poco a poco.

Freen soltó una carcajada suave.

Becky nunca había escuchado un sonido más hermoso.

Y, por primera vez, la Alfa no intentó ocultar su felicidad.

La marca plateada que recorría su pecho emitió un resplandor tenue.

No fue un estallido de poder ni una señal que sacudiera el reino.

Fue apenas una luz cálida, semejante al reflejo de la luna sobre el agua.

Freen la sintió antes de comprenderla.

El vínculo estaba respondiendo a algo distinto del reconocimiento inicial.

No a la obediencia.

No a la posesión.

A una elección compartida.

Becky también lo percibió: una sensación de calidez que le recorrió el pecho y se desvaneció sin dolor, como si una puerta se hubiera abierto dentro de ella.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó.

Freen le acarició los dedos.

—No lo sé con certeza. Las antiguas historias dicen que un vínculo destinado puede fortalecerse cuando ambas personas se acercan por voluntad propia.

La Alfa hizo una pausa.

—Pero no quiero interpretar cada cosa que ocurra como una señal de que debes quedarte conmigo.

Becky entrelazó sus dedos con los de ella.

—Entonces no lo hagas.

Levantó sus manos unidas.

—Pregúntame qué quiero. Escúchame cuando te responda. Y deja que lo descubramos juntas.

Freen besó sus nudillos.

—Lo haré.

Aquella noche no juraron permanecer juntas durante mil vidas.

No prometieron que jamás discutirían ni que nunca sentirían miedo.

Hicieron algo más difícil.

Se prometieron honestidad.

Becky le pidió que no volviera a alejarse sin hablar con ella.

Freen le pidió que nunca confundiera su silencio con indiferencia y que le dijera cuándo necesitara espacio.

Ambas aceptaron que el amor no las eximía de cometer errores.

Solo les daba una razón para aprender a repararlos.

Cuando Becky apoyó la cabeza en el hombro de Freen, la Alfa comprendió que no necesitaba conquistar el corazón de su Luna.

Necesitaba merecer la confianza que ella había decidido ofrecerle.

Y esa sería la tarea más importante de su vida.

VII. EL HOMBRE QUE QUERÍA UNA ALFA SOLITARIA

La felicidad de Freen apenas había comenzado cuando el verdadero peligro mostró su rostro.

Lord Vaelric, primer consejero del Consejo de los Clanes, llevaba más de veinte años ocupando una posición privilegiada en la corte.

Era un cambiaformas de cabello gris, voz serena y modales impecables. Había servido a tres generaciones de gobernantes y conocía cada ley, cada alianza y cada debilidad política de Aethelwulf.

También creía que el reino debía permanecer bajo el control de los linajes más antiguos.

Para Vaelric, una Alfa Suprema sin compañera destinada era una figura más fácil de manipular. Freen había frustrado sus planes en numerosas ocasiones, negándose a conceder privilegios a los clanes que pretendían gobernar por encima de los demás.

Si la Alfa encontraba una Luna, su poder espiritual podía consolidarse y debilitar definitivamente la influencia del Consejo.

Pero si aquella compañera era humana, existía una oportunidad.

Una oportunidad para sembrar miedo.

Una oportunidad para dividir a los clanes.

Y una oportunidad para obligar a Freen a elegir entre su relación y la estabilidad del reino.

Vaelric había descubierto la presencia de Becky desde su llegada a la fortaleza. Sus informantes le habían comunicado que la Alfa la protegía personalmente y que sus encuentros eran cada vez más frecuentes.

Cuando la noticia del vínculo llegó a sus oídos, no sintió sorpresa.

Sintió satisfacción.

Aquella humana podía convertirse en la grieta que llevaba años buscando.

Durante una reunión privada, Vaelric presentó un antiguo documento ante los consejeros.

—Las leyes de la sucesión espiritual establecen que la compañera de la Alfa Suprema debe comprender las obligaciones que acompañan al vínculo —declaró—. Una humana que desconoce nuestras costumbres no puede asumir semejante responsabilidad.

—La tradición no exige que una Luna nazca cambiaformas —respondió una consejera—. Exige que comprenda el pacto.

Vaelric inclinó la cabeza.

—Precisamente. Y mientras esa comprensión no exista, su presencia constituye un riesgo.

No propuso expulsar a Becky directamente.

Sabía que Freen jamás aceptaría una orden semejante.

En cambio, presentó una medida aparentemente razonable: suspender el acceso de la humana a los archivos, las reuniones políticas y los santuarios de la Luna hasta que el Consejo determinara si podía considerarse una compañera legítima.

La propuesta fue aprobada por una mayoría estrecha.

Cuando Freen recibió la noticia, su expresión se volvió glacial.

—¿Quién autorizó esta medida?

—El Consejo considera que es necesaria para preservar nuestras tradiciones —respondió el mensajero.

—El Consejo puede recomendar. No puede decidir unilateralmente quién tiene derecho a permanecer bajo mi protección.

—Mi Alfa, Lord Vaelric sostiene que...

—Lord Vaelric puede presentarse ante mí y explicar personalmente sus argumentos.

El mensajero inclinó la cabeza y se marchó.

Freen permaneció inmóvil durante unos segundos.

Su lobo interior se revolvió bajo su piel.

Una parte de ella deseaba enfrentarse a Vaelric inmediatamente, demostrarle que nadie podía amenazar a Becky sin pagar las consecuencias.

Pero recordó la promesa que había hecho.

No convertiría su miedo en una excusa para decidir por otra persona.

Por eso, antes de convocar al Consejo, fue a buscar a Becky.

La encontró en la biblioteca, leyendo un libro sobre las antiguas alianzas de Aethelwulf.

—Necesito hablar contigo —dijo Freen.

Becky cerró el libro.

—¿Qué ha ocurrido?

La Alfa le explicó la decisión del Consejo, las sospechas de Vaelric y las restricciones que pretendían imponerle.

No ocultó nada.

Cuando terminó, Becky permaneció pensativa.

—¿Crees que quieren expulsarme?

—Creo que quieren utilizarte para debilitar mi autoridad.

—¿Y qué harás?

Freen respiró hondo.

—Defenderé tu derecho a permanecer aquí. Pero no quiero que te quedes por miedo a que algo me ocurra si te marchas.

Becky se levantó.

—Freen, llevo toda mi vida intentando escapar de personas que creen tener derecho a decidir por mí.

Se acercó a ella.

—No voy a permitir que un grupo de consejeros me convierta en una excusa para que tú pierdas el control de tu propio reino.

—No tienes que enfrentarte a ellos.

—No. Pero quiero hacerlo.

Freen la miró con preocupación.

—Podrían intentar intimidarte.

—Entonces tendrán que descubrir que no necesito convertirme en loba para defenderme.

La Alfa sonrió ligeramente.

—Empiezo a sospechar que eres mucho más peligrosa de lo que aparentas.

—Solo cuando alguien se empeña en complicarme la vida.

Por primera vez desde que había recibido la noticia, Freen sintió que podía respirar.

No porque el peligro hubiera desaparecido.

Sino porque Becky no era una carga que debía proteger a toda costa.

Era una mujer capaz de tomar decisiones, enfrentarse a sus miedos y construir su propio camino.

Y Freen tendría que aprender a caminar a su lado, no delante de ella.

VIII. LA AMENAZA QUE LLEGÓ DESDE EL NORTE

Tres días después, los exploradores regresaron de las montañas con noticias inquietantes.

Criaturas salvajes habían comenzado a cruzar los límites del territorio septentrional. Los animales abandonaban sus guaridas, los ríos se congelaban antes de tiempo y una extraña oscuridad parecía extenderse por los bosques más antiguos.

Los guardianes encontraron huellas de bestias que llevaban siglos sin acercarse a las aldeas.

También descubrieron piedras negras cubiertas de símbolos desconocidos.

Freen convocó una reunión de emergencia en la sala del trono.

Los consejeros, los jefes de los clanes y los comandantes de la guardia ocuparon sus lugares.

Vaelric se levantó cuando los informes terminaron.

—Mi Alfa, estos acontecimientos coinciden con la llegada de la humana.

Freen lo miró sin pestañear.

—¿Tienes pruebas de que Becky haya provocado el desequilibrio?

—No he afirmado que lo haya provocado personalmente. Pero no podemos ignorar que su presencia coincide con la alteración de la magia.

—Una coincidencia no constituye una prueba.

—Tampoco podemos permitirnos ignorar las advertencias de nuestros antepasados.

Becky, que había sido autorizada a asistir como testigo, levantó la mirada.

—¿Qué dicen exactamente esas advertencias?

Vaelric se volvió hacia ella.

—Las antiguas crónicas describen épocas en las que los vínculos entre humanos y cambiaformas debilitaron la frontera espiritual.

—¿Y también explican qué causó aquellas crisis?

El consejero endureció la expresión.

—No estás en posición de interrogarme.

—Quizá no. Pero si pretendes utilizar mi presencia como argumento para restringir mis derechos, creo que tengo derecho a preguntar qué pruebas tienes.

Varios consejeros intercambiaron miradas.

Freen permaneció en silencio.

No porque no quisiera defenderla, sino porque Becky merecía la oportunidad de hablar por sí misma.

Vaelric señaló las piedras negras encontradas en la frontera.

—Estas marcas pertenecen a una tradición anterior a la fundación de Aethelwulf. Nadie sabe qué significan.

Becky se acercó a una de las piedras.

La examinó sin tocarla.

Había algo extraño en los símbolos. No parecían formar una escritura completa, sino fragmentos de un patrón más amplio.

—¿Dónde encontraron esto?

—En el santuario septentrional —respondió un explorador.

Becky volvió la mirada hacia Freen.

—¿Puedo ver los registros de ese lugar?

Vaelric intervino inmediatamente.

—Los archivos del santuario están restringidos.

Freen se levantó.

—Los archivos pertenecen a Aethelwulf. Y, mientras yo sea su Alfa Suprema, ninguna investigación será obstaculizada por una disputa política.

El silencio se extendió por la sala.

—Becky tendrá acceso a los documentos relacionados con esta amenaza —continuó—. Si su presencia representa un peligro, lo averiguaremos mediante pruebas. No mediante acusaciones.

Vaelric inclinó la cabeza.

Pero sus ojos revelaron algo que no había estado allí antes.

Irritación.

Por primera vez, su plan no avanzaba como esperaba.

Aquella noche, Freen y Becky estudiaron los documentos del santuario.

Los registros describían un antiguo pacto entre los clanes y los viajeros humanos que cruzaban las montañas.

Según la tradición, Aethelwulf había sido protegido durante siglos por una magia que no pertenecía exclusivamente a los cambiaformas. La frontera espiritual se mantenía estable gracias a un acuerdo: los clanes debían proteger a quienes buscaran refugio y los guardianes de los caminos debían respetar los territorios sagrados.

Pero el pacto tenía una condición.

No podía sostenerse mediante el miedo.

Debía renovarse a través de la confianza entre los pueblos.

Becky pasó los dedos por una ilustración antigua.

—Aquí falta algo.

Freen se inclinó junto a ella.

—¿Qué quieres decir?

—Mira las marcas. En esta copia aparecen tres símbolos, pero en el registro anterior se mencionan cuatro.

Compararon los documentos.

Uno de los símbolos había sido borrado de una versión posterior.

El cuarto representaba una puerta abierta.

Debajo aparecía una frase escrita en una lengua antigua:

La frontera se debilita cuando quienes deben protegerla convierten el refugio en una recompensa.

Becky levantó la mirada.

—¿Y si el problema no comenzó cuando llegué? ¿Y si lleva años ocurriendo?

Freen sintió un escalofrío.

Recordó las quejas de varias aldeas, los puestos fronterizos abandonados y los informes sobre viajeros desaparecidos que el Consejo había considerado irrelevantes.

—Los guardianes dejaron de proteger algunos caminos —murmuró—. El Consejo redujo las patrullas hace años para concentrar los recursos en los territorios centrales.

Becky comprendió la implicación.

La magia no estaba reaccionando contra ella.

Estaba revelando las consecuencias de una decisión política.

Y alguien podía estar aprovechándose de aquella debilidad.

IX. LA VERDAD ESCONDIDA EN LOS ARCHIVOS

Freen ordenó revisar los informes de los últimos cinco años.

Los resultados fueron inquietantes.

Varios puestos fronterizos habían sido abandonados sin una justificación válida. Las provisiones destinadas a las aldeas septentrionales habían disminuido. Algunos guardianes habían sido trasladados por órdenes que no aparecían en los registros oficiales.

Y todas aquellas decisiones llevaban la firma de personas vinculadas al círculo de Vaelric.

Freen no quiso precipitarse.

Una firma podía falsificarse. Un informe podía ser incompleto. Una sospecha, por convincente que pareciera, no bastaba para condenar a nadie.

Por eso envió a dos equipos independientes a investigar los puestos abandonados.

Mientras tanto, Becky descubrió algo más.

En los archivos había referencias a un antiguo juramento que obligaba a los consejeros a informar de cualquier alteración deliberada de la magia fronteriza.

Quien manipulara los símbolos del santuario para debilitar la protección del reino cometería una traición contra todos los clanes.

Becky comparó las fechas.

Las primeras alteraciones habían aparecido meses antes de su llegada.

—Freen —dijo, mostrándole los registros—, esto no empezó conmigo.

La Alfa estudió los documentos.

—No.

—Alguien sabía que la frontera estaba debilitándose y permitió que continuara.

Freen levantó la mirada.

—O alguien quería que se debilitara.

Ambas guardaron silencio.

La posibilidad era demasiado grave para ignorarla.

Si alguien había manipulado deliberadamente el pacto, no se trataba únicamente de un conflicto entre tradiciones.

Era una amenaza contra la seguridad de todo el reino.

Y Vaelric había intentado utilizar a Becky para desviar la atención de los verdaderos responsables.

Freen sintió una oleada de ira.

No por haber sido engañada, sino porque cientos de personas podían haber sufrido las consecuencias de aquella conspiración.

—No voy a permitir que esto continúe —declaró.

Becky le tomó la mano.

—Entonces tendremos que descubrir quién está detrás.

La Alfa la miró.

—No quiero ponerte en peligro.

—Y yo no quiero que me ocultes información para mantenerme a salvo.

Freen exhaló lentamente.

—Tienes razón.

Becky sonrió con suavidad.

—Podemos discutir sobre eso después de salvar tu reino.

—Me parece un acuerdo razonable.

—Excelente. Voy a empezar a cobrar por mis servicios como asesora.

Freen soltó una carcajada.

Durante un instante, el peso de la investigación pareció menos insoportable.

Pero la calma duró poco.

Esa misma noche, uno de los exploradores regresó con una noticia urgente.

Habían encontrado un santuario destruido en las montañas. Los símbolos protectores habían sido arrancados y una sustancia oscura cubría las piedras.

Los rastros conducían hasta una antigua mina abandonada.

Y, junto a la entrada, los exploradores habían encontrado el emblema personal de Lord Vaelric.

X. LA NOCHE EN QUE LA LUNA SE OSCURECIÓ

Freen no esperó al amanecer.

Reunió a un grupo reducido de guerreros y preparó una expedición hacia la mina.

Becky insistió en acompañarla.

—Es demasiado peligroso —dijo Freen.

—Precisamente por eso debemos ir preparadas.

—No tienes entrenamiento de combate.

—No. Pero sé leer los registros que nos han permitido encontrar este lugar.

Freen apretó la mandíbula.

—No quiero que te ocurra nada.

Becky le sostuvo la mirada.

—Y yo no quiero que confundas el amor con la obligación de mantenerme encerrada.

La Alfa cerró los ojos un instante.

Había prometido escucharla.

Había prometido no tomar decisiones por ella.

Y no iba a romper aquella promesa cuando más importaba.

—De acuerdo —aceptó finalmente—. Pero permanecerás con el grupo central y seguirás las indicaciones de los guardianes si la situación se vuelve peligrosa.

—Eso es razonable.

—Y si te ordeno retirarte...

—Si existe un peligro inmediato, escucharemos a quien esté al mando de la operación. Pero no utilizarás el peligro como excusa para excluirme de todo.

Freen la miró con una mezcla de exasperación y admiración.

—Eres imposible.

—Y, aun así, me besaste.

—Empiezo a preguntarme si fue una decisión prudente.

Becky sonrió.

—Demasiado tarde, mi Alfa.

Freen no pudo evitar besarle la frente.

Después partieron hacia las montañas.

La expedición atravesó senderos estrechos y bosques cubiertos de niebla. Cuanto más se acercaban a la mina, más intensa se volvía la sensación de desequilibrio.

Los lobos se mostraban inquietos.

Algunos tenían dificultades para mantener sus transformaciones. Otros percibían olores que no correspondían a ninguna criatura conocida.

Freen sentía la magia lunar debilitándose bajo su piel.

La marca plateada de su pecho parpadeaba débilmente.

—Algo está interfiriendo con nuestra conexión —advirtió.

Becky observó las piedras negras que bordeaban el camino.

—Quizá no sea una criatura. Quizá sea el lugar.

Llegaron a la entrada de la mina poco antes de la medianoche.

Allí encontraron a varios guardianes heridos y un círculo de símbolos grabados en el suelo.

En el centro estaba Vaelric.

Ya no intentaba aparentar serenidad.

Su rostro reflejaba una determinación fría y peligrosa.

—Sabía que vendrías, Freen.

La Alfa avanzó un paso.

—Has manipulado la frontera.

—He permitido que el reino descubra una verdad que se niega a aceptar.

—Has puesto en peligro a nuestros clanes.

Vaelric soltó una risa amarga.

—Los clanes se han vuelto débiles. Dependen de una Alfa que pretende gobernar según sus sentimientos y ahora se inclinan ante una humana.

Becky permaneció junto a los guardianes.

—¿Todo esto ocurrió porque no aceptas que Freen pueda elegir a su compañera?

Vaelric la miró con desprecio.

—Esto ocurrió porque una humana jamás debería tener influencia sobre la autoridad de una Alfa Suprema.

—No tengo autoridad sobre ella.

Becky dio un paso al frente.

—Y no la necesito. Freen gobierna por sus propias decisiones. Si crees que puedes controlar a una Alfa obligándola a vivir sola, quizá nunca hayas entendido lo que significa gobernar.

La expresión de Vaelric se endureció.

—No tienes idea de lo que está en juego.

—Entonces explícalo —respondió Becky—. Porque hasta ahora solo has demostrado que estás dispuesto a sacrificar vidas para conservar tu poder.

Vaelric levantó una mano.

Los símbolos del suelo comenzaron a brillar.

Una onda de energía oscura recorrió la mina.

Los guerreros cayeron de rodillas. Algunos se transformaron involuntariamente, incapaces de controlar sus cuerpos.

Freen sintió un dolor agudo en el pecho.

La marca plateada se apagó.

Por primera vez en años, su lobo interior quedó sumido en un silencio absoluto.

Vaelric había activado el círculo para interrumpir la magia lunar.

—Tu fuerza siempre ha sido tu mayor debilidad —declaró—. Creíste que bastaba con ser más poderosa que los demás. Pero incluso una Alfa Suprema puede caer cuando se le arrebata aquello que la sostiene.

Freen intentó transformarse.

No pudo.

Sus piernas temblaron.

Becky corrió hacia ella.

—¡Freen!

La Alfa cayó sobre una rodilla.

—No te acerques al círculo —advirtió con dificultad.

Becky miró los símbolos.

Recordó los documentos del santuario, el pacto, la puerta abierta y la obligación de proteger a quienes buscaban refugio.

El círculo no era una fuente de poder.

Era una inversión del antiguo juramento.

Los símbolos habían sido dispuestos para convertir la magia protectora en una fuerza de rechazo.

Y el centro del círculo estaba conectado a una piedra negra incrustada en la pared.

Becky comprendió que no necesitaba magia para detener aquello.

Necesitaba interrumpir el mecanismo.

—¡La piedra del centro! —gritó—. ¡Es la que mantiene activo el círculo!

Vaelric se volvió hacia ella.

—¡Detenedla!

Dos guerreros corrompidos por la energía oscura avanzaron.

Becky retrocedió, esquivó el primer ataque y utilizó una de las herramientas abandonadas junto a la entrada para bloquear el golpe del segundo.

No era una guerrera.

Tenía miedo.

Pero no estaba dispuesta a permitir que el hombre que había provocado aquella crisis destruyera el reino mientras todos permanecían indefensos.

Uno de los guardianes logró levantarse y la ayudó a contener a los atacantes.

Becky corrió hacia la pared.

Vaelric intentó detenerla.

Freen, reuniendo las fuerzas que le quedaban, se interpuso en su camino.

No podía transformarse.

No podía utilizar su magia.

Pero todavía podía luchar.

—No la tocarás —dijo.

Vaelric la golpeó y Freen cayó contra las piedras.

—¡Freen! —gritó Becky.

La Alfa intentó levantarse.

Cada movimiento le provocaba un dolor insoportable.

Vaelric avanzó hacia Becky.

—No comprendes lo que estás destruyendo.

—Sí lo comprendo —respondió ella—. Estoy destruyendo tu oportunidad de decidir por todos los demás.

Becky alcanzó la piedra negra.

Estaba caliente, aunque el aire de la mina era helado.

La golpeó con la herramienta.

Una vez.

Dos.

La tercera vez, una grieta atravesó su superficie.

El círculo comenzó a temblar.

Vaelric gritó y trató de alcanzarla.

Pero Freen volvió a interponerse.

Esta vez, Becky consiguió romper la piedra.

El estallido de energía iluminó la mina.

Los símbolos se apagaron uno tras otro.

La presión que mantenía sometidos a los cambiaformas desapareció.

Freen sintió cómo su conexión con la Luna regresaba, débil al principio, después más intensa.

La marca plateada de su pecho volvió a brillar.

Su lobo se alzó dentro de ella.

Pero Freen no atacó a Vaelric impulsada por la rabia.

Se transformó.

La gran loba negra emergió entre una nube de luz plateada y se interpuso entre el traidor y Becky.

Sus ojos brillaron como dos lunas oscuras.

Vaelric retrocedió.

Por primera vez aquella noche, pareció comprender que había perdido.

—No puedes destruirme —murmuró.

Freen avanzó un paso.

—No necesito destruirte para detenerte.

Los guardianes lo rodearon.

Vaelric intentó escapar por un túnel lateral, pero dos exploradores le cerraron el paso.

Lo desarmaron y lo redujeron antes de que pudiera llegar a la salida.

La Alfa recuperó lentamente su forma humana.

Estaba herida y agotada.

Pero seguía en pie.

Becky corrió hacia ella.

—¿Estás bien?

Freen la tomó entre sus brazos.

—Ahora sí.

Becky le tocó el rostro.

—Pensé que iba a perderte.

La Alfa apoyó la frente contra la suya.

—Y yo pensé que no volvería a verte sonreír.

Becky soltó una risa temblorosa que terminó convertida en lágrimas.

Freen la abrazó con cuidado.

No había vencido únicamente porque su magia hubiera regresado.

Había vencido porque Becky había sido capaz de actuar cuando todos los demás estaban paralizados.

Y porque, incluso sin su poder, Freen había elegido protegerla sin convertirla en una prisionera.

Aquella noche, ambas comprendieron algo que ninguna profecía había conseguido enseñarles.

El vínculo podía unirlas.

Pero era su confianza mutua la que les permitía enfrentarse al miedo.

XI. EL REINO QUE DEBIÓ RECORDAR

La caída de Vaelric reveló una conspiración que había comenzado mucho antes de la llegada de Becky.

El consejero había ordenado retirar guardianes de varios puestos fronterizos y desviar provisiones destinadas a las aldeas septentrionales.

Después había utilizado aquellos territorios abandonados para manipular la magia del antiguo pacto.

Su intención era provocar una crisis que obligara a Freen a aceptar un Consejo con poderes superiores a los de la corona.

La presencia de Becky le había ofrecido una oportunidad inesperada.

Podía convertirla en sospechosa, sembrar dudas sobre el vínculo y convencer a los clanes de que la Alfa Suprema estaba perdiendo la capacidad de gobernar.

Pero el plan había fracasado.

Los registros, los testimonios de los guardianes y las pruebas encontradas en la mina demostraron la responsabilidad de Vaelric.

Fue sometido a un juicio público ante representantes de los clanes.

Freen se negó a permitir que la condena se decidiera únicamente por su ira personal.

—Será juzgado por sus actos —declaró—. No por haberme desafiado, ni por haber cuestionado mi autoridad. Será juzgado por poner en peligro a nuestro pueblo, manipular la magia del reino y utilizar a inocentes para alcanzar sus objetivos.

Vaelric perdió sus títulos, sus privilegios y su posición en el Consejo. Fue condenado a prisión bajo vigilancia permanente, con un juicio de revisión sujeto a las leyes de Aethelwulf.

Su destino no se decidió en un arrebato de venganza.

Se decidió mediante las mismas leyes que él había intentado utilizar para controlar a los demás.

Después del juicio, Freen convocó a los jefes de los clanes.

No para celebrar una victoria.

Para reconocer los errores que habían permitido que la conspiración prosperara.

Los guardianes fronterizos recibieron nuevos recursos. Las aldeas abandonadas recuperaron protección. Los informes sobre viajeros desaparecidos fueron revisados y se establecieron mecanismos para que los consejeros no pudieran ocultar decisiones que afectaran a la seguridad del reino.

También se restauró el antiguo pacto.

No como una ceremonia vacía, sino como una obligación concreta.

Los cambiaformas protegerían a quienes buscaran refugio en sus territorios, y los guardianes tendrían que responder ante el Consejo si discriminaban a una persona únicamente por su origen.

La decisión provocó resistencia.

Algunos ancianos consideraban que las tradiciones debían permanecer intactas.

Freen les recordó que una tradición que había perdido su propósito necesitaba ser comprendida de nuevo, no utilizada como excusa para justificar cualquier injusticia.

Becky participó en las conversaciones.

No como una reina.

No como una figura sagrada.

Ni siquiera como representante oficial de los humanos.

Participó como una mujer que había experimentado el miedo de llegar a un lugar desconocido y no saber si encontraría refugio o rechazo.

Su opinión no fue aceptada automáticamente.

Tuvo que escuchar objeciones, responder preguntas y reconocer cuándo desconocía algún aspecto de las costumbres de los clanes.

Pero también consiguió que los consejeros comprendieran algo importante.

La hospitalidad no debilitaba a Aethelwulf.

Le recordaba por qué merecía ser protegido.

Con el tiempo, Becky dejó de ser conocida únicamente como la humana que había llegado a la fortaleza.

Se convirtió en una persona respetada por sus propios méritos.

Y Freen descubrió que podía compartir las responsabilidades del reino sin perder autoridad.

No necesitaba que Becky gobernara en su lugar.

Necesitaba permitirle construir su propia vida dentro de un mundo que ambas estaban aprendiendo a comprender.

XII. ELEGIR SIN CADENAS

Las semanas posteriores a la conspiración fueron tranquilas.

Las patrullas regresaron a sus rutas habituales. Los puestos fronterizos recuperaron sus guardias y las criaturas del norte comenzaron a alejarse de las aldeas.

La magia del reino se estabilizó lentamente.

Freen, sin embargo, tuvo que enfrentarse a una consecuencia inesperada.

Había pasado tantos años reprimiendo sus emociones que, ahora que el peligro inmediato había desaparecido, no sabía cómo descansar.

Seguía despertándose antes del amanecer.

Continuaba revisando informes durante la cena.

Y, algunas noches, regresaba a la torre para contemplar las montañas, incapaz de comprender por qué su cuerpo seguía preparado para una guerra que ya había terminado.

Becky lo notó.

Una noche la encontró sentada junto a la ventana, con un libro abierto sobre las rodillas y la mirada perdida en el horizonte.

—¿Otra vez trabajando? —preguntó.

Freen levantó la vista.

—Estoy leyendo.

Becky miró el libro.

Estaba al revés.

La Alfa bajó los ojos.

Después cerró el libro lentamente.

—No tienes que reírte.

—No me estoy riendo.

—Estás sonriendo.

—Porque eres adorable cuando intentas fingir que todo está bajo control.

Freen dejó el libro sobre la mesa.

—No sé cómo detenerme.

La confesión hizo desaparecer la sonrisa de Becky.

Se acercó y se sentó a su lado.

—¿Qué es lo que te preocupa?

—Que vuelva a ocurrir algo parecido. Que alguien encuentre otra forma de amenazar el reino. Que cometa un error que ponga en peligro a los clanes.

Becky escuchó sin interrumpirla.

—Durante años pensé que, si estaba preparada para todo, podría evitar cualquier desastre —continuó Freen—. Pero Vaelric encontró una manera de engañarnos. Y, cuando la magia desapareció, descubrí que no podía controlarlo todo.

Becky le tomó la mano.

—Eso no significa que hayas fracasado.

—Perdí de vista lo que ocurría en mis propias fronteras.

—Y después investigaste, reconociste el problema y cambiaste las medidas que permitieron que sucediera. Eso también forma parte de gobernar.

Freen guardó silencio.

—No tienes que demostrarme que eres invencible —añadió Becky—. No necesito una Alfa que nunca tenga miedo. Necesito una mujer que pueda decirme cuándo lo tiene.

Freen apoyó la frente contra el hombro de Becky.

Era un gesto pequeño.

Pero para ella significaba más que cualquier ceremonia.

Durante años había permitido que los demás se inclinaran ante su autoridad, pero rara vez había dejado que alguien se acercara lo suficiente para conocer sus dudas.

Ahora podía hacerlo.

No porque Becky tuviera la obligación de cargar con sus problemas.

Sino porque ambas estaban aprendiendo a compartirlos sin convertirlos en una responsabilidad exclusiva de una sola persona.

—¿Puedo preguntarte algo? —murmuró Freen.

—Lo que quieras.

—¿Te arrepientes de haberte quedado?

Becky se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos.

—No.

—¿Ni siquiera después de todo lo que ocurrió?

—Tengo miedo algunas veces. Todavía hay cosas de mi pasado que no sé cómo contarte y días en los que me cuesta confiar. Pero no me arrepiento de haber venido aquí.

Freen respiró profundamente.

—No quiero que sientas que debes permanecer conmigo porque soy tu compañera destinada.

Becky acarició su mejilla.

—No permanezco contigo por una profecía.

—¿Entonces por qué?

Becky sonrió.

—Porque me gusta la mujer que eres cuando dejas de intentar impresionar a todo el mundo. Porque me escuchas. Porque me haces reír. Porque eres capaz de reconocer tus errores, aunque te cueste admitirlos.

Freen soltó una risa.

—Eso último ha sonado sospechosamente a una crítica.

—Es una observación cariñosa.

—Por supuesto.

Becky le dio un beso en la mejilla.

—Y porque quiero descubrir qué podemos construir juntas.

Freen la miró con una ternura que ya no intentaba ocultar.

—¿Puedo besarte?

Becky sonrió.

—Me alegra que todavía lo preguntes.

—¿Eso significa que sí?

—Significa que puedes dejar de hablar y averiguarlo.

Freen rio antes de inclinarse hacia ella.

El beso fue cálido y tranquilo.

No había una batalla que ganar.

Ningún consejero que convencer.

Ninguna profecía que interpretar.

Solo dos mujeres que se deseaban y que habían aprendido a expresar sus sentimientos sin miedo a perder el control.

Cuando se separaron, Becky apoyó la cabeza contra el pecho de Freen.

La marca plateada brillaba tenuemente bajo la tela de su túnica.

—¿Sabes qué me gusta de tu magia? —preguntó Becky.

—¿Qué?

—Que ahora parece más tranquila.

Freen miró la marca.

—Quizá porque yo también lo estoy.

Becky entrelazó sus dedos con los de ella.

—Entonces sigamos practicando.

—¿Practicando qué?

—Eso de descansar, hablar y no intentar resolver todos los problemas del reino antes del desayuno.

Freen fingió considerarlo.

—Parece una tarea extremadamente complicada.

—No te preocupes. Seré una compañera muy exigente.

—Empiezo a comprender por qué la Luna tardó tanto en encontrarme una.

Becky le dio un pequeño golpe en el hombro.

—¡Freen!

La Alfa soltó una carcajada.

Y aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, se quedó dormida sin pensar en las fronteras, los informes ni las amenazas que podían aparecer al amanecer.

Se quedó dormida junto a la mujer que amaba.

Sin tener que fingir que era invencible.

XIII. LA LUNA QUE ELIGIÓ QUEDARSE

Un año después de la llegada de Becky a Aethelwulf, el reino celebró la primera luna de invierno.

Los clanes se reunieron en el gran patio de la fortaleza, donde cientos de lámparas iluminaban la nieve y las auroras pintaban el cielo con tonos verdes, violetas y plateados.

Las familias compartieron alimentos.

Los guerreros contaron historias alrededor de las hogueras.

Los ancianos recitaron las leyendas que habían sobrevivido a las guerras y a los cambios de generaciones.

Pero aquella noche había una ceremonia que todos esperaban.

Freen Sarocha, Alfa Suprema del Clan de la Luna de Plata, se encontraba en el centro del patio.

Vestía una túnica oscura bordada con hilos plateados. Su cabello caía sobre los hombros y la marca de su pecho brillaba tenuemente bajo la luz lunar.

A su lado estaba Becky.

Ya no era la desconocida que había cruzado la frontera con una pequeña bolsa y el corazón cansado.

Seguía siendo humana.

Seguía teniendo sus propias opiniones, sus propios miedos y sus propios sueños.

Pero había encontrado un hogar en Aethelwulf sin renunciar a la persona que era.

Los clanes la respetaban no solo por ser la compañera de su Alfa, sino por su valentía, su honestidad y la manera en que había contribuido a recuperar una antigua tradición que todos habían olvidado.

Becky no había adquirido poderes sobrenaturales.

No podía transformarse en loba.

Y tampoco necesitaba hacerlo.

Su lugar en Aethelwulf no dependía de que se convirtiera en alguien distinto.

Aquella noche, sin embargo, no deseaba recibir honores.

Quería mirar a Freen.

A la mujer que había aprendido a compartir sus temores.

A la que había descubierto que proteger no significaba decidir por los demás.

A la que seguía preguntándole, incluso después de un año, si quería acompañarla en sus paseos nocturnos.

Freen se volvió hacia ella.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco.

—Yo también.

Becky abrió los ojos con sorpresa.

—¿Tú? ¿La Alfa Suprema que hizo retroceder a tres clanes durante una guerra territorial?

—Aquello fue más sencillo que esto.

—¿Por qué?

Freen sonrió.

—Porque entonces solo tenía que ganar una batalla. Esta noche quiero decirte algo que llevo mucho tiempo intentando expresar de la manera correcta.

Le ofreció ambas manos.

Becky las aceptó.

Los murmullos del patio fueron apagándose poco a poco.

Freen no levantó la voz para imponer silencio.

No lo necesitaba.

—Durante años creí que mi destino era gobernar sin una compañera —comenzó—. Pensé que, si la Luna no había elegido a nadie para caminar a mi lado, debía aprender a vivir con aquella ausencia.

Miró a Becky.

—Después te encontré en el bosque.

Una sonrisa emocionada apareció en el rostro de la joven.

—Al principio creí que eras la respuesta a todas mis preguntas. Mi Luna destinada. La persona que mi lobo había esperado durante toda su existencia.

Freen apretó suavemente sus manos.

—Pero tú me enseñaste que una persona no es una respuesta que el destino entrega. Es una vida, una voluntad y un corazón que merece elegir su propio camino.

Becky sintió que se le humedecían los ojos.

—No me completaste, Becky. Me ayudaste a descubrir que nunca había sido una mitad rota.

Freen respiró hondo.

—Me enseñaste a compartir el peso de mi corona, a reconocer mis errores y a comprender que mi fuerza no pierde valor cuando permito que alguien vea mis debilidades.

Su voz se quebró ligeramente.

—Por eso, esta noche, no quiero prometerte que nunca volveré a tener miedo. Ni que jamás cometeré errores. Quiero prometerte que no volveré a esconderme detrás de mi orgullo cuando necesite hablar contigo.

Becky sonrió entre lágrimas.

—Y quiero seguir preguntándote qué deseas, incluso cuando crea saber la respuesta.

Freen llevó sus manos unidas hasta el corazón.

—No puedo prometerte que el mundo será siempre amable con nosotras. Pero sí puedo prometerte que lucharé por un reino en el que nunca tengas que dejar de ser tú misma para caminar a mi lado.

La Alfa inclinó la cabeza.

No como una gobernante ante su pueblo.

Sino como una mujer ante la persona que amaba.

—Becky Armstrong, ¿quieres seguir eligiéndome como yo te elijo a ti?

Becky no respondió inmediatamente.

Miró las montañas, las lámparas y los rostros de las personas que habían terminado convirtiéndose en parte de su nueva vida.

Después volvió a mirar a Freen.

—Sí.

Su voz fue clara.

—No porque seas la Alfa Suprema. No porque una antigua profecía diga que somos compañeras destinadas. Ni porque crea que el amor nos protegerá de todos los problemas.

Le acarició las mejillas.

—Te elijo porque me escuchas. Porque me respetas. Porque me permites ser fuerte sin exigirme que lo sea todo el tiempo. Y porque, cuando tienes miedo, estás aprendiendo a hablar conmigo en lugar de alejarme.

Freen sonrió.

—Te elijo porque eres tú.

Becky se puso de puntillas y la besó.

El patio estalló en aplausos y aullidos de celebración.

Los lobos alzaron sus voces hacia el cielo.

La marca plateada de Freen brilló con una intensidad que iluminó brevemente el patio, mientras la Luna parecía derramar su luz sobre ambas.

Pero lo que hizo sonreír a la Alfa no fue el resplandor.

Fue sentir los dedos de Becky entrelazados con los suyos.

Una elección sencilla.

Voluntaria.

Renovada una vez más.

XIV. MI ALFA SUPREMA, MI LUNA ETERNA

Aquella noche, cuando la celebración terminó, Freen y Becky subieron a la torre desde la que podían contemplar todo Aethelwulf.

El viento movía suavemente las cortinas.

La Luna se reflejaba sobre los tejados cubiertos de nieve.

Becky se acomodó junto a Freen, apoyando la cabeza en su hombro.

—¿En qué piensas, mi Alfa? —preguntó.

Freen le besó el cabello.

—En que pasé años esperando que el destino me demostrara que no estaba sola.

—¿Y ahora?

La Alfa entrelazó sus dedos con los de ella.

—Ahora sé que el destino puede abrir una puerta, pero no puede recorrer el camino por nosotras.

Becky levantó el rostro.

—¿Y qué haremos mañana?

Freen fingió pensarlo.

—Probablemente discutiremos sobre las decisiones del Consejo.

—Eso suena emocionante.

—Después desayunaremos juntas.

—Mucho mejor.

—Y quizá consiga convencerte de que me acompañes a las montañas.

Becky sonrió.

—Quizá. Siempre que prometas no convertir el paseo en una patrulla de seis horas.

—No puedo garantizarlo.

—Entonces tendré que negociar con la Alfa Suprema.

Freen rio y la abrazó.

Por primera vez en su vida, no sintió la necesidad de controlar el futuro.

No sabía qué desafíos las esperaban.

No podía prometer que jamás discutirían, que nunca sufrirían o que el mundo dejaría de poner a prueba su amor.

Pero sabía algo que antes no había comprendido.

El vínculo que las unía no era una cadena.

Era una posibilidad.

Y ambas habían decidido convertirla en una vida compartida.

Freen besó a Becky bajo la luz de la Luna.

—Mi Luna eterna —susurró.

Becky acarició su mejilla.

—Mi Alfa suprema.

La Alfa arqueó una ceja.

—¿Suprema con minúscula?

—Estoy intentando recordarte que, cuando estamos solas, no necesito hablarle a una corona.

Freen sonrió.

—Entonces, ¿cómo deberías llamarme?

Becky fingió reflexionar.

—Mi Freen.

La expresión de la Alfa se suavizó.

Aquellas dos palabras no contenían títulos, profecías ni obligaciones.

Solo afecto.

Solo la certeza de que alguien la conocía más allá de su poder.

—Me gusta —susurró Freen.

—Lo sé.

Becky volvió a besarla.

Y mientras las auroras boreales danzaban sobre los bosques de Aethelwulf, dos corazones permanecieron unidos no porque una profecía les negara otro destino, sino porque, entre todos los caminos posibles, habían elegido caminar juntas.

El destino las reconoció.

La confianza las acercó.

La adversidad les enseñó a apoyarse mutuamente.

Y el amor, libre y elegido cada día, les permitió construir un hogar.

Freen había pasado años creyendo que necesitaba encontrar a su Luna para dejar de sentirse sola.

Becky había llegado al reino convencida de que debía huir de su pasado para tener la oportunidad de ser feliz.

Ninguna encontró exactamente lo que esperaba.

Encontraron algo mejor.

Una mujer con quien compartir las dudas.

Una mano que podían tomar sin renunciar a su libertad.

Un amor que no les exigía convertirse en personas perfectas.

Y un futuro que ya no tenían que afrontar solas.

Bajo la luz de la Luna, Freen cerró los ojos y abrazó a Becky.

Por fin podía soñar sin miedo.

Porque había comprendido que no necesitaba ser invencible para merecer el amor.

Solo necesitaba tener el valor de ofrecerlo y la humildad de recibirlo.

Y Becky, que había llegado a Aethelwulf buscando un lugar donde dejar de huir, descubrió que el hogar no siempre era un territorio, una fortaleza o un reino.

A veces, el hogar era una persona.

Una mujer de ojos oscuros, corazón valiente y una sonrisa que solo se permitía mostrar cuando nadie esperaba que fuera perfecta.

Su Alfa.

Su compañera.

Su amor elegido.

Porque el destino las reconoció.

La confianza las acercó.

Y el amor, libre y elegido cada día, las convirtió en eternas.

🌙🐺❤️ FIN ❤️🐺🌙

¡Cuéntale a Queen lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Embarazada del bebé de su hombre lobo 🌙 Kookmin Adap.

janneth1108: Dios ya quiero mas .. me encanta 😍😍😍

Leer ahora
Amor en cláusulas.

Elena: Me s gustado todo

Leer ahora
Odio a mi jefa

Majo Me: Excelente, me enganchó tanto la historia que la terminé en un día. Y la volvería a leer. Cada personaje te deja atrapada, a veces me perdí de la perspectiva del personaje que me tenía que devolver. Jajaja del resto muy bien

Leer ahora
Vuelve a mi

Hildaaaa: Me ha gustado mucho pero creo que se necesitaban más contexto o como capítulos del pasado.

Leer ahora
Lo Que Nos Separó

jarriagada2501: Me gusta esta historia, es muy triste lo que le hicieron a mi Jikook de separarlos . Pero el amor siempre vence. Y con 2 hermosos . Ojalá su amor en la vida real sea para siempre. Y love Jikook

Leer ahora
Mi hermosa pesadilla

Diana Rodríguez Hernández: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
ATRAPADO

MONSY💋: Me.encanto 💋

Leer ahora