Capítulo 1
CAPÍTULO 1: LA SOMBRA DEL DECIMOTERCERO.
El frío de la noche le calaba hasta los huesos mientras la brisa chocaba contra sus mejillas, cortando su piel de manera fina. Aunque vestía con sus mejores ropas para el clima, simplemente no era suficiente y parecía que lentamente se adentraba más en ese infierno helado que esa gente llamaba hogar. Él no había nacido para vivir algo así, aunque la verdad era que nunca había entendido por qué había nacido en primer lugar.
Algunas veces se preguntaba si él era el reflejo del último anhelo de su madre.
El hombre a su lado le ganaba por al menos dos cabezas de alto; sin embargo, su cuerpo era exactamente el doble; sus manos estaban curtidas por el trabajo y sus ojos eran de un dorado frío como la tierra a la que lo habían desterrado. No sabía cuáles eran las órdenes que le habían dado directamente a aquel hombre, pero sabía que las llevaría a cabo. Pues obedecía fielmente a la Reina y él ya no era nada en la estructura… o quizás solo era lo que siempre había sido: el último de la cadena.
**
En el archipiélago de Lochlann, el valor de un hombre se medía por la fuerza de su función y su lugar dentro de este mundo. Para el Rey, sus hijos no eran carne y hueso, sino herramientas de un engranaje perfectamente aceitado que mantenía a la nación a flote sobre las aguas turquesas del Gran Canal. Erik, el primogénito, era el martillo; debía ser quien heredara su puesto y llevara la corona tal y como la había cargado por tantos años. Ivar, el segundo, era el escudo familiar, líder de la fuerza militar; se aseguraba de la seguridad de su familia y sobre todo de su hermano mayor. Sigurd, el tercero, era la balanza de la justicia, la mano derecha de Erik, quien era su consejero personal para los problemas diplomáticos y quien se encargaba de la parte logística. Los otros nueve hermanos, organizados en una jerarquía impecable, eran los clavos y los remaches que sostenían la estructura del comercio textil y la agronomía que hacían de las islas el corazón económico del mundo conocido.
Cada uno con su propio deber, su propio lugar, parte de un perfecto engranaje que era calibrado por el mismo rey. Todo en armonía, cada uno de ellos sabiendo cuál era su rol en este mundo y cuál era su destino, cómo todos debían cumplir para que el Reino fuera lo que era.
No había espacio para la avaricia, la traición o la rebeldía; todo debía ser perfecto y, para ello, cada uno debía seguir el camino otorgado. El rey se encargaba personalmente de eso.
Y luego estaba Elian.
Elian era el decimotercer príncipe, una cifra que en las leyendas locales se asociaba con los restos de una cosecha o con el último suspiro de una vela. Su nacimiento había sido un “milagro de invierno”, una concepción que la Reina Madre no esperaba y que su cuerpo, ya cansado de dar herederos al trono, apenas pudo sostener. Por ello, Elian creció envuelto en la seda de la sobreprotección materna, pero bajo la sombra gélida de una indiferencia paterna que dolía más que cualquier castigo físico.
—Eres el descanso de mi alma, Elian —le decía su madre, desgastada por la enfermedad y la ausencia de un sueño, acariciando su cabello mientras observaban desde el balcón real cómo los barcos cargueros entraban al puerto de Ciudad Esmeralda.
Pero Elian no quería ser el descanso de nadie.
Quería ser el movimiento.
Tampoco quería ser parte del engranaje perfecto de su padre, incluso si este hubiera intentado colocarlo, cosa que nunca sucedió.
Él quería ser el cambio, lo inesperado. Así como había sido su nacimiento, deseaba que su vida fuera algo que nadie esperara, pero sucediera y el mundo no pudiera detener por nada del mundo.
Desde niño, Elian aprendió a leer los mapas de las rutas comerciales antes que los libros de oraciones; aprendió y perfeccionó la etiqueta para las reuniones de sociedad de mano de su madre, donde la gente siempre le ignoraba por ser “el niño simpático”, pero eso mismo había generado que pudiera acceder a información que nadie más tenía. Sabía que su reino, ubicado al sur, era rico, sí, pero su riqueza era de una forma burda y aburrida: estable, si es que se debía ocupar una sola palabra. Exportaban lana de primera calidad, granos dorados y herramientas de bronce que duraban generaciones. Sin embargo, esa estabilidad tenía un límite: dependían del exterior para lo que realmente movía el mundo. Dependían del Éter.
Y el Éter solo venía de un lugar: Aethelgard, el Reino de Escarcha.
—Si Aethelgard cierra sus puertos un solo mes, nuestras forjas se apagan —escuchó decir a Erik una noche, mientras espiaba una reunión del consejo tras las pesadas cortinas de terciopelo—. Ellos tienen el fuego de los volcanes bajo el hielo. Tienen las gemas de Éter que brillan en la oscuridad y calientan una casa entera sin necesidad de leña. Nosotros somos los sastres del mundo, pero ellos son sus guardianes.
Esa noche, la semilla de la envidia geopolítica germinó en Elian, porque, aunque ellos se podían ver como un reino próspero, la verdad era que no eran más que un simple bodeguero del verdadero dueño y era como si a nadie le importara.
Por años observó a sus tres hermanos mayores discutir sobre tratados y aranceles que su padre había levantado en su juventud y que, con la muerte de los reyes de Aethelgard, estos mismos caerían en las manos de su hija mayor, lo que significa nuevas negociaciones. Erik, con su armadura de plata pulida; Sigurd, con sus túnicas de seda pesada; e Ivar, con las manos curtidas por las armas. Se reían con ligereza, compartían vino de palma y se consultaban entre sí, bajo la atenta mirada de su padre, quien parecía orgulloso de sí mismo por los avances que estaban buscando.
Parecía que no entendía la posición política en la que estaban y cómo podrían buscar la mejor negociación o cómo presionar a la joven princesa mientras el dolor estuviera fresco para mejorar sus acuerdos. Al contrario, todos parecían estar de acuerdo con esperar hasta que ella estuviera lista, fuera coronada, siguiendo los protocolos.
Sin embargo, no era algo que pudiera señalar porque para ellos, Elian era solo el “niño” que jugaba en el jardín de la reina. Un adorno caro que no necesitaba saber de la dureza de la piedra o el filo de la diplomacia.
La psicología de Elian se forjó en ese silencio. Cada vez que intentaba intervenir en una cena, Erik le dedicaba una sonrisa condescendiente y le preguntaba por sus lecciones de piano o de etiqueta. Cada vez que pedía acompañar a Ivar en una expedición, su padre, el Rey, le recordaba que “su lugar era cuidar de su madre”, cuya salud lentamente se iba desgastando.
Esa protección era una prisión. Una prisión de seda, pero prisión al fin.
Elian no supo en qué momento, pero comenzó a desarrollar una máscara: la del príncipe encantador, el joven de sonrisa fácil y gestos elegantes que nadie consideraba una amenaza, aquella sonrisa que parecía calentar el corazón de su madre y un profundo malestar en el corazón de los hombres cuyas mujeres no dejaban de murmurar de su amabilidad o que entre copas de vino soltaban los negocios de sus esposos en momentos impropios donde él fingía esconder el secreto. Pero detrás de esa máscara, la verdad era que había tenido que buscar la manera de sobrevivir a lo que todos llamaban su “deber”, pues su deseo, curiosidad y ambición no parecía emocionar a nadie más y solo generaba conflictos en el perfecto esquema que se habían inventado.
Estudió las leyendas de Aethelgard, los rumores sobre una línea de sangre que podía manipular el frío y el calor, y las historias de criaturas míticas que protegían las minas de éter. Las historias nunca podían ser confirmadas; se hablaba de lobos gigantes y de maestros de hielo que eran capaces de domarlos para su beneficio; también había rumores de dragones de hielo, cuyos ojos se confunden con esmeraldas hasta que era demasiado tarde, también de trolls que secuestraban niños o hacían maldiciones a cambio de regalos y tesoros que protegían con su vida. Nada se podía comprobar, pero había demasiadas historias similares para ser solo rumores de piratas.
Si lograba hacerse con el control de Aethelgard, no solo tendría una corona. Tendría la llave del mundo.
Obligaría a su padre a mirarlo a los ojos.
Obligaría a Erik a pedirle audiencia.
Tendría un verdadero lugar en sus vidas que no podrían negarle, sin caer en la ruina total.
—La economía de Lochlann es una mesa de tres patas —escribió Elian en su diario personal, oculto bajo una baldosa suelta de su habitación—. Si le quitas el suministro de Éter, la mesa cae. Y yo seré quien decida cuándo y cómo se vuelve a levantar.
**
El tiempo solo le había dado el espacio para mejorar sus encantos, aprender idiomas y literatura, practicar con el arco y la espada; además de ver aquello que todos dejaban escapar en el momento en que más cómodos se sienten.
Semanas antes de la ceremonia de coronación en el norte, el ambiente en el palacio de Lochlann era efervescente. La noticia de que la joven heredera de Aethelgard finalmente tomaría el trono tras años de aislamiento había despertado el interés de todos los reinos. Se hablaba de una mujer esquiva, de una belleza pálida y de un secreto que mantenía las puertas de su palacio cerradas a cal y canto.
—Es una oportunidad de oro para renovar los tratados de textiles —dijo el Rey durante el desayuno—. Enviaré a Erik con una delegación completa.
Elian sintió que el pulso se le aceleraba. Era ahora o nunca.
—Padre, Erik tiene que quedarse para supervisar la cosecha de otoño —dijo Elian con una calma que no sentía. Su voz era melosa, perfectamente modulada—. Además, un heredero al trono podría parecer una amenaza o una presión innecesaria para una reina tan... joven y reservada. Enviadme a mí. Soy el decimotercero. Nadie sospechará de un príncipe menor que solo busca conocer las maravillas del norte. Puedo ser vuestros ojos y vuestros oídos sin levantar sospechas; conseguir una reunión con ella sería mucho más fácil.
El rey se detuvo, con la copa de vino a medio camino. Miró a Elian como si lo viera por primera vez, no como un hijo, sino como una herramienta que finalmente mostraba su utilidad. Su madre, en cambio, lo miró con una sonrisa suave, casi orgullosa.
—El niño tiene razón —murmuró Sigurd, ajustándose los anteojos y observándolo con un detenimiento que nunca le había tendido—. Es inofensivo hablando socialmente. Tienen técnicamente la misma edad; no sería confundido como un pretendiente para la reina y, mucho menos, como una amenaza. Nadie en Aethelgard se sentirá intimidado por él; además, ha demostrado talento haciendo sentir más cómodas a las damas de la corte, sobre todo en momentos de celebración donde están más nerviosas. Es la pieza perfecta para una misión de cortesía.
—Podría ser de bastante ayuda en realidad —Erik confirmó con una burlona sonrisa—. En la última fiesta logró que bastantes damas de la corte dieran información que estoy seguro no querían dar en aquel momento.
Elian sonrió, fingiendo orgullo; sin embargo, la palabra “inofensivo” no dejaba de sonar en su cabeza como una campana. Esa palabra fue el último clavo en el ataúd de la lealtad de Elian hacia su familia.
Los días siguientes fueron un torbellino de preparativos. Mientras sus hermanos le daban instrucciones triviales sobre qué sedas regalar y cómo elogiar la arquitectura de hielo del norte, Elian preparaba sus propias armas. No eran espadas, sino palabras. Rumores que había ido sembrando en los puertos: historias sobre la “brujería” que permitía que un reino sobreviviera en un frío mortal, sospechas sobre la naturaleza de la nueva reina y cómo su poder era una afrenta al equilibrio natural que las islas tanto protegían.
La noche antes de partir, Elian se quedó solo en el puerto. El paisaje de Lochlann era idílico: palmeras que se mecían bajo la luz de tres lunas, el olor a sal y jazmín, y el sonido constante de las olas golpeando los cascos de los barcos mercantes. Era un paraíso, pero para él, era una cáscara vacía.
Miró hacia el norte, donde las estrellas parecían más nítidas y el aire comenzaba a oler a una pureza peligrosa.
"Me veréis“, pensó, apretando los puños. ”Cuando regrese, no seré el ‘milagro’ de mamá. Seré el rey que controla el fuego y el hielo."
A la mañana siguiente, Elian subió a la galera real, en compañía de los guardias que le eran más leales. Su madre lloró en el muelle, envolviéndolo en una capa de lana tan fina que parecía aire. Su padre simplemente asintió con la cabeza, una señal de aprobación profesional, no de amor. Sus hermanos se despidieron con palmadas en la espalda, bromeando sobre si aguantaría el clima del norte con su complexión delicada.
Mientras el barco se alejaba y las cúpulas doradas de Ciudad Esmeralda se hacían pequeñas en el horizonte, Elian se quitó la capa de su madre y la dejó doblada sobre un banco.
Ya no necesitaba que lo protegieran.
O más bien, ya no necesitaba fingir que agradecía que lo protegieran.
Su plan era simple y letal: llegaría a la coronación, se ganaría la confianza de la corte y, en el momento preciso, lanzaría la acusación que desmoronaría el reino. Si la reina era una bruja, el trono quedaría vacante; necesitaría una guía con mano firme y una confianza ciega. Y él estaría allí, con su sonrisa de príncipe y su corazón de náufrago, para reclamar lo que el destino le había negado en su propia casa.
El barco cortaba las olas, dirigiéndose hacia el Reino de la Escarcha. Elian no lo sabía aún, pero no iba al encuentro de una corona, sino al encuentro de un hombre que le enseñaría que el frío de la nieve no era nada comparado con lo que llevaba dentro.
Pero por ahora, solo había ambición.
Y un barco que se adentraba en la bruma del norte.
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