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LA VENTANA DE ENFRENTE (COLECCIÓN SOLO SEXO)

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Una ventana iluminada al otro lado de la calle puede parecer un detalle sin importancia. Para quienes descubren que detrás del cristal se desarrolla una intimidad ajena, acaba convirtiéndose en una tentación cotidiana. Lo que comienza con una mirada casual se transforma poco a poco en una espera, una costumbre y un juego silencioso. En el edificio de enfrente, las escenas se suceden sin que siempre resulte posible distinguir lo espontáneo de lo deliberado. La curiosidad crece al mismo ritmo que las preguntas: ¿saben que alguien observa?, ¿quién disfruta más de esa distancia?, ¿qué ocurriría si una de las ventanas dejara de ser una frontera? En esta historia, mirar despierta el deseo, pero ser descubierto puede cambiarlo todo. Y quizá nadie sea tan invisible como cree.

Genero:
Erotica
Autor/a:
RebeccaBrand
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

LA VENTANA DE ENFRENTE


LIBRO 4 (HISTORIA COMPLETA)

1. La ventana

Me llamo Claudia, tengo treinta y cuatro años y nunca he dormido bien en una casa nueva. Llegué en junio, con cuatro cajas, una maleta y la sensación de estar haciendo algo imprudente por primera vez en años. El primer mes le eché la culpa al colchón; el segundo, a los ruidos del patio; el tercero comprendí que el problema era más sencillo y menos confesable: había comprado un cuarto piso sin ascensor, había puesto allí todos mis ahorros y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía a quién contarle si aquella decisión me hacía feliz. Me acostaba tarde, apagaba la luz y acababa levantándome para mirar las ventanas de los vecinos.

La ventana de mi cocina daba a un patio estrecho, atravesado por cuerdas de tender y tubos de desagüe. A doce metros había otra cocina casi idéntica a la mía, con la persiana siempre a medio subir y una maceta que resistía de mala manera en el alféizar. Al principio era una ventana más. Después se convirtió en la única que esperaba ver iluminada. No sabría decir cuándo empezó la costumbre; sí recuerdo la noche en que dejó de parecerme inocente.

Era viernes, a primeros de septiembre. Yo bebía agua en la cocina, con la luz apagada —solo el reloj verde del microondas y una franja de claridad que se colaba por debajo de la puerta del pasillo—, cuando apareció una mujer en la casa de enfrente. Llevaba una camiseta holgada, el pelo recogido sin cuidado y la familiaridad de estar en su casa. Abrió la nevera, bebió directamente de la botella y apoyó la frente en la puerta unos segundos. Me gustó ese gesto cansado, doméstico, tan distinto de lo que uno se fabrica. Después entró un hombre de espaldas anchas. La rodeó con los brazos y le dijo algo que no alcancé a oír.

Ella se volvió para besarlo. No fue un beso de despedida ni uno de esos besos distraídos que se intercambian mientras se prepara la cena. Se lo comió con la boca abierta, con las dos manos en la cara de él, y él le agarró el culo por encima de la camiseta y tiró de ella hacia arriba. Me disponía a retirarme cuando la mujer dejó escapar una risa contra su boca. La escena adquirió de pronto una intimidad que yo no tenía derecho a reclamar. Debería haberme marchado. En lugar de hacerlo, seguí allí, con el vaso entre las manos y el corazón incómodamente despierto.

Se abrazaron junto a la encimera y la camiseta de ella cayó al suelo. Debajo no llevaba nada. Él se apartó medio paso para mirarla, con una atención que hizo desaparecer todo lo demás —los platos, la botella abierta, el desorden de la cocina—, y ella se dejó mirar sin cruzarse de brazos, con los pezones duros y la piel de gallina en los brazos. Luego él se arrodilló.

Eso es lo que no esperaba. A doce metros se distingue un beso y una risa, pero no que un hombre se ponga de rodillas en su propia cocina un viernes por la noche. La encimera era de mármol claro y estaba debajo mismo de la ventana; la luz, encendida como un quirófano, hacía de lupa. Le abrió las piernas y le metió la cara entre los muslos, y ella se agarró al borde del mármol con las dos manos y echó la cabeza hacia atrás. Se le veía el movimiento de la mandíbula. Se le veía el vientre tenso, los talones despegados del suelo, la boca abierta. Tardó muy poco en ponerle una mano en la cabeza y apretar.

Entonces supe lo que estaba presenciando. No era una discusión que acababa de resolverse, ni una reconciliación casual: era deseo, inequívoco y compartido. El pudor me hizo apartar la vista. La curiosidad me obligó a volver.

Cuando volví, él ya estaba de pie y la había girado, doblada sobre la encimera, con la cara hacia el cristal. Se bajó el pantalón lo justo y la agarró de la cadera. Desde mi cocina se veía poco y se entendía todo: el empujón corto con el que entró, el modo en que ella se puso de puntillas para acomodarse, el ritmo que encontraron casi enseguida, sin ceremonia, como quien repite algo que le sale bien. Las palmas de ella abiertas sobre el mármol. Los dedos de él clavados en la carne del costado.

No sé cuánto tiempo estuve mirando. Recuerdo el roce de la persiana movida por el aire, el ruido de una moto al fondo del patio y el contraste entre aquella cocina iluminada y mi casa en sombra. Recuerdo sobre todo que, en un momento dado, la mujer levantó la cabeza y miró por encima del alféizar. No miró al edificio en general. Miró hacia mi ventana, con una precisión que me heló la sangre. Y sonrió.

Me escondí junto a la pared, aunque llevaba media hora a oscuras y desde allí apenas se me podía ver: la franja de luz del pasillo me dibujaba el hombro y el reloj del microondas, verde y absurdo, me ponía una raya en la cara. Sentí una vergüenza tan intensa que durante unos segundos me pareció que me conocía, que sabía dónde vivía, que podía calcular cuánto llevaba observándolos. También sentí otra cosa, más abajo: un calor abajo, una humedad que hasta entonces no había relacionado con nada. Cuando me atreví a asomarme de nuevo, ella seguía con la cabeza alta, mirando hacia mi lado del patio. Él se inclinó sobre su espalda, le apartó el pelo y le sujetó la nuca con una mano para levantársela más, y ella volvió la cara de lado para besarlo sin dejar de mirar hacia el cristal. Le temblaba un poco la boca.

Entonces comprendí algo que cambió el sentido de la escena: tal vez no había interrumpido ninguna intimidad. Tal vez mi presencia formaba parte de ella. Esa posibilidad, lejos de tranquilizarme, me inquietó todavía más. Una cosa era mirar a escondidas y otra sentirse invitada a mirar. En el primer caso podía inventarme excusas. En el segundo tenía que reconocer que me había quedado porque quería.

La pareja desapareció hacia el interior del piso. Yo seguí en la oscuridad, inmóvil, con el vaso ya vacío. Me llevé la mano al vientre por encima del pijama y después la metí por dentro. Estaba empapada. Me toqué de pie, apoyada en la encimera, sin sentarme siquiera, y me corrí en menos de un minuto pensando en cosas que no me atrevía a ordenar: en las rodillas de él en el suelo, en la mano de ella en su nuca, en aquella sonrisa lanzada a doce metros. Luego me quedé quieta, con los dedos dentro y la respiración alta, y me dio la risa.

Cuando la mujer regresó, llevaba una camiseta que seguramente era de él. Se apoyó en el marco de la ventana y levantó dos dedos en un saludo pequeño, casi cortés. Contesté con la mano antes de pensar en lo que hacía. Después de tres meses de insomnio, me dormí casi enseguida.

Durante las tres semanas siguientes la ventana se convirtió en una costumbre. Descubrí, por ejemplo, que la persiana de ellos era la más educada de las dos: subía a las ocho y media y bajaba a las once y cuarto, con una regularidad que parecía un aviso. Aprendí sus rutinas. Él llegaba el último, ella cocinaba con la radio puesta, cenaban juntos en la cocina y discutían sin gritar. Un miércoles, a las once y cuarto, justo antes de que él bajara la persiana, ella se quedó quieta, miró hacia mi ventana, levantó la mano y la mantuvo en el aire hasta que yo contesté. No fue un saludo: fue una confirmación. A la mañana siguiente me compré unos prismáticos.

No los necesitaba; los doce metros permitían distinguir de sobra una sonrisa. Los compré porque aquel objeto convertía una casualidad en una decisión y porque, aunque me avergonzara admitirlo, quería poder elegir qué mirar. Los dejé junto al alféizar y, cuando llegó el sábado, saqué una silla del salón, la puse frente al cristal y me senté con ellos en las manos.

Verlos con aumento fue otra cosa. Se veía la marca del pantalón en la cintura de él, una cicatriz pequeña en una rodilla de ella, el vello claro del antebrazo. Aquella noche follaron en el sofá, con la tele encendida y sin sonido: ella encima, sentada sobre él, moviéndose despacio, con las manos apoyadas en su pecho. Con los prismáticos pude verle la cara cuando se corrió —los ojos apretados con fuerza, después abiertos de golpe, la boca sin ruido— y esta vez me toqué sentada en mi silla, con los codos en las rodillas, sin esconderme de nadie y sin levantarme a apagar la luz.

El domingo bajé a comprar pan en chándal, con el pelo recogido y tres semanas de ventana a la espalda. En la frutería contigua estaban ellos, discutiendo con toda seriedad sobre unos tomates. Vestidos y bajo la luz blanca del comercio parecían una pareja corriente, de esas a las que nunca miramos dos veces. La mujer se volvió al oírme pedir la barra de siempre. Me reconoció enseguida. Supe que me había reconocido porque volvió a sonreír del mismo modo que en la ventana.

2. La invitación

No había ensayado qué hacer si algún día me encontraba con ellos. En mi imaginación, las ventanas pertenecían a un mundo separado de las aceras y los establecimientos del barrio. Sin embargo, allí estaba la mujer, con una bolsa de tomates en la mano, mirándome sin ninguna ceremonia.

Se llamaba Lidia. Me lo dijo antes de que yo acertara a saludarla. Al hombre lo presentó como Héctor, su marido, y añadió, en un tono casi confidencial, que ambos sabían perfectamente quién era yo.

—La del cuarto de enfrente —dijo, sin asomo de reproche.

De cerca era otra cosa. Tenía los ojos claros, la boca ancha y una camiseta de algodón fino en la que se le marcaban los pezones, porque en la frutería hacía frío. Olía a un perfume limpio y barato, y a tomate recién tocado. A su lado, Héctor tenía las manos grandes, con los nudillos marcados y las uñas cortas de trabajar madera —un taller de muebles, en el polígono—, el cuello ancho y una manera de mirar de reojo que no se parecía en nada a la de un hombre intimidado. Hablaba poco, con una voz baja y un poco ronca, y cuando hablaba lo hacía en frases cortas, ya pensadas. Vestidos y a un metro de distancia eran mucho más de lo que yo había visto nunca desde el otro lado del patio.

Sentí que el calor me subía al rostro. Me pregunté qué explicaciones esperaba, pero Lidia no parecía interesada en ninguna. Con una naturalidad desconcertante, me habló de la persiana azul, de las macetas secas y de las noches en que me había visto de pie junto al cristal. Héctor sonreía sin intervenir. Había algo cómico en que aquella conversación sucediera frente a una balanza, mientras la frutera pesaba judías verdes y detrás de nosotros un niño pedía caramelos.

—Te vimos la primera noche —dijo Lidia—. Te quedaste quieta un rato larguísimo, con el vaso en la mano, y luego te fuiste.

Le pregunté si sabían que yo los observaba. Lidia me sostuvo la mirada.

—Claro —contestó.

Y, tras una pausa, añadió que no le molestaba; al contrario, a los dos les gustaba sentirse deseados. Lo dijo sin la menor grandilocuencia, sin intención de justificarlo. Yo llevaba tres semanas imaginando un secreto escandaloso, y ellos hablaban de él con una tranquilidad de sobremesa.

—Nos gusta que nos miren —precisó Héctor—. Siempre que quien mira también quiera estar ahí.

—Y a ti te gusta mirar —añadió ella, y me miró la boca al decirlo—. Aunque te escondas detrás de la pared.

Noté entonces que estaba mojada. Allí de pie, con una barra de pan en la mano y la sensación de que me acababan de leer en voz alta, con la frutera esperando a que decidiera cuánto quería de todo aquello.

Agradecí la frase de Héctor más de lo que él podía sospechar. No necesitaba una confidencia para sentirme autorizada; necesitaba saber que no estaba invadiendo nada. Lidia debió de leerme el pensamiento, porque me preguntó si me apetecía conocer su casa. No tenía por qué contestar en ese momento, aseguró, aunque acto seguido propuso el miércoles a las once y media, cuarto B, y me recomendó llevar una botella de vino. La invitación resultaba tan concreta que cualquier evasiva habría sonado absurda.

Dije que iría. Después quise añadir algo ingenioso, pero solo pregunté si debía arreglarme. Lidia soltó una carcajada que obligó a Héctor a apartar la vista hacia los tomates.

—Ven como estés cómoda —respondió al final.

Antes de irse me recorrió una sola vez de arriba abajo, sin disimulo. Tardó segundo y medio. Aquella sencillez me desconcertó más que cualquiera de las insinuaciones anteriores. Nos despedimos en la puerta. Ellos siguieron con sus compras; yo regresé a casa sin recordar si había pagado el pan.

El lunes trabajé como pude. En la pantalla del ordenador las cifras y los correos conservaron un aspecto normal, pero todo me parecía ligeramente desplazado de su sitio. Me sorprendí recordando la voz de Lidia, su manera de mantener una conversación comprometida sin bajar el tono, la mirada divertida de Héctor. Lo que más me intrigaba no era su vida íntima. Era la facilidad con la que ambos habían admitido un deseo que a mí me costaba reconocer incluso a solas.

Por la noche la persiana de enfrente estaba subida y ellos cenaban con la tele encendida y sin sonido. No pasó nada; se les veía la nuca y un codo, nada más. Me acosté a las doce y me toqué pensando en ella, no en la escena. Fue corto y sin ceremonia, casi de trámite, y aun así me dejó desconcertada: por primera vez en tres semanas el deseo no venía de una ventana ajena.

La noche del martes me acerqué por costumbre. La persiana estaba bajada y la casa a oscuras. Sentí una decepción absurda, como si alguien hubiera cancelado una cita. Me vi reflejada en el cristal: el pijama viejo, el pelo suelto, la expresión impaciente. Entonces me reí de mí misma. No era la muchacha tímida que pretendía ser ante Lidia. Era una mujer adulta, libre para aceptar o rechazar una invitación, y llevaba dos días comportándose como una aspirante.

Me metí en la cama sin cerrar del todo la persiana, por si acaso. A la una seguía despierta. Me puse la mano entre las piernas sin ningún ceremonial, sin ventana, sin testigos, sin nadie al otro lado del patio, y comprobé que estaba empapada desde hacía horas. Me toqué despacio, muy distinto de como lo había hecho el viernes: allí, de pie contra la encimera, había sido una descarga; aquí era otra cosa. Pensé en las manos de Lidia, en la boca con la que había dicho «claro», en la lengua que se había pasado por el labio antes de decirme que me escondía detrás de la pared. Me metí dos dedos, me los saqué casi enseguida y me corrí con la cara girada hacia la almohada y con un ruido que en una casa vacía suena escandaloso. Lo importante no fue el orgasmo. Fue darme cuenta de que aquel deseo ya no estaba al otro lado del patio, sino dentro de mi cama, y que tenía nombre.

El miércoles llegué temprano del trabajo, ordené la casa y volví a desordenarla. Me duché, me depilé con prisa y mal, y elegí un vestido gris de punto. Me puse las bragas buenas —no las de diario, las otras— sin tener muy claro por si acaso de qué. Me cambié dos veces de zapatos y me quedé con los primeros. Compré un rioja de ocho euros; no era una botella extraordinaria, pero me pareció importante no presentarme con las manos vacías.

A las once y veinticinco estaba frente a la puerta B, sujetando el vino por el cuello. Tenía la boca seca y las bragas buenas puestas, y no sabía cuál de las dos cosas me daba más vergüenza. No tenía miedo de entrar. Tenía miedo de descubrir que lo deseaba más de lo que me había permitido admitir.

3. Primera fila

El miércoles, a las once y media, Héctor abrió la puerta en albornoz, con el pelo mojado y los pies descalzos.

—Lidia está saliendo de la ducha. Pasa.

El piso era el mío al revés. El mismo pasillo estrecho, la misma cocina al fondo, la misma puerta a la derecha. Al entrar comprendí de golpe la lógica de todo: el salón estaba pegado a la cocina y, desde el sofá, en diagonal, se veía mi cocina entera. El mármol claro, la cafetera, el vaso que había dejado sin fregar esa tarde.

—Primera fila —dijo Héctor, siguiendo mi mirada.

Lidia salió del baño con una camiseta larga de algodón y el pelo mojado pegado a las sienes. No llevaba sujetador y la tela se le marcaba en el pecho. Me dio dos besos, me quitó la botella de la mano y la levantó hacia la luz para leer la etiqueta.

—Ocho euros —dictaminó—. Bien.

Servimos tres vasos. Me senté en el sofá, en el centro, y ella a mi izquierda, con una pierna doblada debajo. Héctor arrastró un sillón orejero desde el rincón, lo puso a dos metros y se sentó con el vaso apoyado en el brazo. No era una posición casual: era el sitio desde el que se veía todo.

Hablamos de tonterías durante veinte minutos. Del portal, de la vecina del bajo, del precio del alquiler. Después Lidia dejó el vaso en el suelo y me explicó las reglas.

—No hay un programa que cumplir —dijo—. Ni una fecha ni una ceremonia. Si algo te incomoda, lo dices y ya está.

Le pregunté qué pasaba si a uno de los tres le apetecía y a otro no.

—Pasa constantemente. Y no se muere nadie.

Héctor se rió por la nariz, sin abrir la boca. Lidia se giró hacia él, luego volvió a mí y bajó la voz.

—Nos gusta que nos mires. A él le gusta sobre todo eso, mirar. Y a mí me gusta que me miren mientras estoy contigo. —Hizo una pausa—. Y deja ya de poner esa cara, como si fueras a pedir perdón por estar aquí.

Me reí y noté que se me aflojaba la espalda. Hasta ese momento había estado sentada con la rigidez de una entrevista.

Lidia me quitó el vaso de la mano y lo dejó en el suelo, junto al suyo. Me besó sin preámbulo, con la boca abierta y una mano en la mandíbula, y supe enseguida que no había nada que negociar: lo tenía decidido desde antes de que yo llegara. Sabía a vino. Me pasó la lengua por el labio inferior y después me mordió un poco, y yo le puse la mano en el muslo porque necesitaba tocar algo.

—Más cerca —dijo.

Nos tumbamos de lado, ella medio encima de mí, y me subió el vestido por el vientre. Me lo sacó por la cabeza y se quedó mirándome el pecho desde muy cerca, sin prisa, como quien comprueba una medida.

—Bonita —dijo, y no sonó a cumplido: sonó a diagnóstico.

Me chupó un pezón y luego el otro, con la mano abierta sobre la teta, apretando. Bajó por el esternón con la boca, me metió la mano entera por dentro de las bragas sin escalas. Estaba empapada desde el saludo de la puerta, probablemente desde antes, y ella lo notó y no dijo nada; solo movió los dedos.

—Ya —dijo al fin—. Bien.

Me acarició por fuera, arriba y abajo, con dos dedos, y luego me los metió de golpe. Arqueé la espalda y se me escapó un ruido que no reconocí. En el sillón, Héctor cambió de postura y el cuero crujió. No había dicho una palabra desde el brindis.

Lidia se deslizó al suelo, me bajó las bragas y me abrió las piernas con las dos manos. Se puso de rodillas en la alfombra, me dobló las rodillas hacia arriba y me lamió de abajo arriba, despacio, con la lengua plana. Se entretuvo en los labios, chupando, y cuando llegó al clítoris ya me temblaban los muslos. Me metió dos dedos y me los dobló hacia dentro, buscándome por dentro mientras por fuera hacía un ritmo corto y rapidísimo con la lengua. Se oía. Se oía todo.

Me corrí en el sofá de unos vecinos a las doce y cuarto de la noche, con una mano en el respaldo y la otra en el pelo de Lidia, y no fue un grito: fue una sacudida corta y seca, un golpe de vientre que me dejó las piernas temblando y la boca seca.

Cuando abrí los ojos, Héctor seguía en el sillón. Tenía el albornoz abierto y la polla dura y no se la tocaba. Al notar mi mirada se encogió de hombros, como si con eso quedara explicado.

—Ahora tú —dijo Lidia.

Se subió al sofá, se tumbó con la espalda en el cojín y las rodillas abiertas, y esperó. Le devolví lo que me había hecho, empezando por el mismo sitio: la boca en el pecho, la mano en el vientre, los dedos por dentro. Estaba más mojada que yo. Al primer contacto se le cortó la respiración y me clavó las uñas en el antebrazo. Le lamí el clítoris con la punta de la lengua y me tiró del pelo; le metí dos dedos y me apretó alrededor. Me guio con la cadera, buscándose, sin ninguna vergüenza, hasta que se corrió con la boca abierta, los ojos apretados y una convulsión que le subió por los muslos y le acabó en la garganta.

Nos quedamos un rato así, despatarradas en el sofá, con la ropa por el suelo y los tres vasos de vino a medio beber. Héctor se levantó a buscar agua. Al pasar le puso una mano en la cabeza a Lidia, un segundo, sin decir nada.

Salí de allí a las dos y media. Me acompañaron a la puerta y Lidia me dio dos besos, con la misma naturalidad con la que me había quitado el vino de la mano. Bajé los cuatro pisos, crucé el patio con el abrigo por encima del vestido y levanté la cabeza antes de entrar: mi cocina, a oscuras. Detrás de mí, la de ellos seguía encendida, con dos siluetas moviéndose todavía delante del cristal. Subí los escalones despacio, oliendo a otra casa.

Primera fila. Pensé, con una claridad que me duró hasta mi portal, que a partir de aquella noche iba a tener que acostumbrarme a vivir en las dos ventanas.

4. Costumbre

El jueves me escribió Lidia a las seis de la tarde. Tres palabras: «Cena aquí. Trae pan.»

Compré el pan y una botella, aunque nadie me la había pedido, porque presentarse dos noches seguidas con vino empezaba a convertirse en un personaje.

Llegué a las diez y media. Cenamos los tres en la cocina, en la mesa pequeña, con la radio puesta y sin mantel. Hablaron de un viaje a Cerdeña y de un perro que se les había muerto hacía dos años; yo conté lo del piso, lo de los ahorros, lo del ascensor. Fue la primera vez en mucho tiempo que hablé de mí sin elegir las palabras, y me di cuenta a mitad de la cena, con el tenedor en el aire.

Cuando terminamos, Héctor recogió los platos y los dejó apilados en el fregadero. Después fue al salón, volvió con una silla de la cocina en la mano, cruzó el pasillo y la dejó al pie de la cama. La giró un poco, la miró, la corrigió dos centímetros y solo entonces se apartó. No dijo nada. Lidia lo miró y sonrió hacia dentro.

—¿Nos vamos a la cama? —dijo—. Es un decir.

La habitación era la única del piso que no se parecía a la mía. Tenían una cama grande, deshecha, con dos lámparas distintas en las mesitas y ropa doblada encima de un sillón. Olía a ellos: a perfume, a madera, a sábanas usadas. Estar allí dentro era más íntimo que estar desnuda, y lo pensé mientras me sacaba el jersey por la cabeza.

Lidia me desnudó otra vez, pero despacio, y esta vez sin la prisa de la primera noche. Me dejó el sujetador para el final y me lo desabrochó por detrás con una mano, sin mirar. Después se quitó la camiseta y se quedó de pie delante de mí, con los pechos pequeños y las costillas marcadas, esperando a que la mirara. La miré todo lo que quise.

Nos tumbamos. Las sábanas estaban frías y se calentaron enseguida. Me besó el cuello, la boca, el esternón, y me puso la mano abierta en el vientre, quieta, solo para notarlo subir y bajar. A dos metros, Héctor se sentó en la silla. El asiento crujió una vez y después se calló.

—Toca —dijo Lidia, y me cogió la mano y me la llevó entre las piernas.

Estaba caliente y mojada y no llevaba nada debajo. Le puse los dedos de plano, sin entrar, y ella movió la cadera muy despacio contra mi palma. Le acaricié el clítoris con la yema y se le cortó la respiración; le metí un dedo y después dos, y ella misma se los folló con un ritmo corto, mirándome a los ojos, sin ninguna prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y el tiempo fuera mío.

Después se subió encima de mi muslo. Se colocó a horcajadas, con el coño abierto sobre mi pierna, y empezó a moverse hacia delante y hacia atrás, apoyada en mi pecho con las dos manos. Al principio no funcionaba: se le escapaba el ángulo y se deslizaba hacia la rodilla. Lo probamos dos veces, la segunda peor que la primera, y nos dio la risa. A la tercera encontró el sitio y ya no se movió de ahí. Me mojó el muslo entero hasta la rodilla. Me besaba, se separaba para mirarme y volvía a moverse, y yo le sujetaba la cadera y la ayudaba, y notaba el calor subirme por la pierna.

Me la eché encima, la tumbé y me puse entre sus piernas. Le besé la cara interna de los muslos, primero uno y luego el otro, y le mordí un poco. Cuando le puse la boca se agarró a la sábana con las dos manos. Esta vez no había nada que aprender: ya sabía lo que le servía. La lengua ancha, sin bajar, presión hacia arriba, los dedos doblados por dentro. Le temblaban los muslos y me apretaba la cabeza con las rodillas. Tardó más que la primera noche, y eso también me gustó: era una tardanza de confianza, de alguien que ya sabe que vas a seguir ahí.

Se corrió con un gemido corto, casi una queja, y con las dos manos en mi pelo. Después me tiró hacia arriba, me besó con la boca abierta, sin limpiarse, y me dio la vuelta.

—Ahora así —dijo.

Me puso de lado, se pegó a mi espalda y me pasó un brazo por delante, con la mano abierta sobre un pecho. Me metió dos dedos desde atrás y me mordió el hombro. Yo tenía una rodilla doblada y su pierna entre las mías, y desde ahí el ritmo era distinto, más lento y más hondo, y cada vez que me apretaba el pezón con los dedos me subía un escalofrío hasta la nuca.

Entonces pasó lo que no había pasado la primera noche. Héctor se levantó de la silla, dio un paso y me puso la mano abierta en la espalda, justo encima del riñón. No dijo nada y no la movió. Era la primera vez que me tocaba. Lidia, sin dejar de mover los dedos dentro de mí, le buscó la muñeca con la mano libre y se la sujetó ahí, para que no la quitara.

Me corrí así, entre los dos, con la cara metida en la almohada de ellos y una mano de cada uno encima. No hubo pico: fue un temblor largo y bajo que subió y bajó dos veces y se apagó sin romper, y me dejó con las piernas abiertas y la sensación de haberme quedado a un centímetro del borde.

Después hubo silencio y agua. Héctor volvió con tres vasos, se sentó en el borde de la cama, todavía vestido, y Lidia se puso mi camiseta porque la suya estaba en el suelo. Hablamos de tonterías durante un cuarto de hora. En algún momento empezaron a hablar entre ellos y yo me quedé escuchando, con la sábana hasta el pecho, mirándolos de perfil, y tuve la sensación incómoda de estar dentro de una casa ajena en el sentido literal de la palabra: dentro de su cama, de sus sábanas, de su conversación.

Salí a la una. Lidia me dio un beso en el portal y me preguntó si el sábado estaba libre.

Bajé las escaleras con el pan de ayer en la bolsa y me di cuenta en el segundo tramo de que lo peligroso no había sido la primera vez. La primera pudo llamarse casualidad. La segunda ya tenía un día de la semana.

5. La competición

El sábado me escribió a las nueve: «Ven a las diez. Trae pan, que ya eres de casa.»

Llegué con la barra y con la sensación ridícula de estar aprobando un examen. Cenamos pizza de la esquina, de pie en la cocina, apoyados en la encimera, con una botella ya abierta y la radio puesta. Hablábamos con la boca llena y nos reíamos por tonterías. En algún momento salió el calor que había hecho en el patio en agosto, y el ruido de la vecina del bajo, y un compañero de Héctor que se había dejado la mujer por una compañera de trabajo. A las once, Lidia se limpió las manos en un trapo y anunció:

—Hoy jugamos.

—¿A qué?

—Cada uno pide una cosa y los otros dos la cumplen. Nadie puede pedir que alguien se vaya.

—¿Y si alguien no quiere?

—Lo dice. Y pierde.

Héctor sirvió vino en los tres vasos, sin decir nada.

—Empiezo yo —dijo Lidia—. Quiero que Héctor te toque. Donde él quiera. Y quiero que tú no te muevas.

Héctor dejó el vaso, se acercó por detrás, me levantó la camiseta y me puso la mano abierta en las costillas, justo debajo del sujetador. No apretó. La dejó ahí, plana y caliente, con los dedos separados. Yo tenía las manos apoyadas en la encimera y me costó no girarme.

—Así —dijo él, y retiró la mano—. Te toca.

—Quiero verte sentada encima de mí —dijo—. Vestida.

Me senté en sus rodillas de lado, y él me sujetó por la cintura con las dos manos y esperó. Empecé a moverme despacio, sin ninguna prisa, todavía con el jersey puesto, y a los dos minutos estaba mojada y se me notaba en la cara. Lidia nos miraba desde el taburete, con el vaso apoyado en el muslo y una sonrisa que no disimulaba nada.

—Estáis tardando mucho —dijo.

—Cállate —contesté, y se rieron los dos.

Mi turno.

—Quiero veros.

Se levantaron. Se besaron de pie, en mitad de la cocina, y esta vez yo estaba en el sitio de Héctor: mirando desde fuera y a un metro, que no es lo mismo que a doce metros. Él le bajó la cremallera del pantalón y se lo sacó por los pies, y ella se dejó hacer con los brazos un poco abiertos, mirándome a mí mientras la desnudaban. Cuando se quedó en bragas, él le metió la mano por dentro y ella se agarró a su cuello. Se oía el movimiento de los dedos.

—Ya —dijo Lidia—. Ahora yo.

Me cogió de la mano y me llevó al sofá. Se sentó a horcajadas sobre mis muslos y miró a Héctor.

—Quiero que le metas la mano mientras yo le como la boca.

Y así fue. Héctor se sentó a mi lado, me bajó el pantalón hasta las rodillas de dos tirones, me metió la mano por dentro de las bragas y se quedó quieto, esperando; Lidia me cogió la cara con las dos manos y me besó con la boca abierta mientras él empezaba a moverse. Yo no podía cerrar las piernas, ni moverme, ni hacer nada. Me corrí sin avisar, con la boca ocupada y la mano de un hombre a quien apenas había tocado, y con Lidia respirándome encima.

Después ya no hubo reglas. Nos fuimos al dormitorio arrastrando la ropa, la botella y los vasos, y el juego se deshizo en algo más desordenado y bastante mejor.

A Lidia le gustaba estar en medio. Le gustaba que la tocáramos los dos a la vez, uno por delante y otro por detrás, y le gustaba dar una orden y desmentirla al segundo siguiente. En algún momento me puso la mano en la nuca y me empujó hacia abajo sin decir nada, y yo bajé. Le lamí el clítoris mientras Héctor, desde atrás, le metía dos dedos y le sujetaba una cadera. Se corrió con las dos manos en mi pelo y la espalda arqueada, y luego me tiró hacia arriba, me besó y le dijo a Héctor que hiciera lo mismo conmigo.

Él me puso boca arriba y me abrió las piernas con las dos manos, como había hecho ella en el sofá. Esta vez miré. Tenía los dedos gruesos y un ritmo más lento, y buscaba con el pulgar sin ninguna prisa. Lidia se tumbó a mi lado y me chupó un pezón mientras él me metía dos dedos. Entre los dos me llevaron hasta el borde y me dejaron ahí un rato, subiendo y bajando. En un momento me pasé de largo y dije «espera»; él paró en seco con los dedos dentro y Lidia se rió contra mi pecho. Esperamos. Cuando volví a estar a punto, Lidia dijo «ahora» y él apretó el pulgar.

Me corrí con la cara girada hacia ella y con la mano de él dentro. Y noté, con una claridad que me avergonzó un poco, que llevaba toda la noche compitiendo. Que había estado mirando a Lidia para ver a quién miraba.

Había ganado, además. Lidia se había corrido con mi boca mientras Héctor la tocaba desde atrás, con las dos manos en mi pelo. Cuando terminamos, Lidia se quedó boca arriba, sin aire, y dijo una palabra que no era para mí:

—Joder.

Y después, ya para mí, con una sonrisa que tenía algo de examen corregido:

—Se te da bien.

Debería haber sonado a cumplido. Sonó a constatación. Como si hubiera estado tomando notas.

Después, cuando ya estábamos los tres despatarrados sobre la sábana, Héctor hizo lo de siempre: se apartó. Se sentó al pie de la cama, con la espalda apoyada en el hierro, y se quedó mirándonos. Lidia se acurrucó contra mí, con la cabeza en mi hombro.

—¿Ves? —dijo, sin abrir los ojos.

—Sí —contestó él.

Y yo no supe qué era lo que veía. Pero noté, en el peso de su cabeza sobre mi hombro, que ella tampoco lo sabía y que le habría gustado saberlo.

Salí a las tres. En la puerta no hubo dos besos: hubo un beso largo, de los que se dan para que alguien los vea, y Lidia me miró a mí mientras me lo daba y luego miró a Héctor, que estaba en el pasillo con el albornoz puesto y no dijo nada.

Bajé las escaleras pensando en la cara que había puesto él al apartarse. Y en la de ella al decir «se te da bien», que era la cara de alguien a quien acaban de cambiar de sitio en su propia casa.

6. El veredicto

El martes Lidia me escribió a mediodía: «Cena en casa. Sin plan.» Y dos minutos después, en otro mensaje: «Héctor quiere hablar contigo.»

Lidia llevaba desde el sábado con un tono que no era el suyo. No estaba enfadada: estaba exacta. Ponía la mesa con precisión, preguntaba con precisión y se reía un poco más tarde de lo que tocaba.

Cenamos pronto y mal, de lo que había en la nevera. Se notaba que había algo. Héctor estaba más callado que de costumbre y Lidia hablaba por los dos, hasta que en mitad de la cena lo señaló con el tenedor:

—Dile lo que le tienes que decir, que se te va a pasar el arroz.

Héctor dejó el cubierto.

—Está celoso —dijo ella.

—No exactamente —dijo él.

Y en eso Lidia se levantó a por hielo, con una excusa que no se sostenía, y tardó lo suyo en volver. Nos dejó solos con los platos a medias.

Héctor se quedó con el vaso entre las manos, mirando la mesa.

—La primera noche que te vi fue antes que ella —dijo—. Yo te vi primero, desde la ventana. Estabas de espaldas, en la cocina, y tardaste mucho en moverte.

—¿Y qué viste?

—A una mujer en una cocina a oscuras mirando hacia aquí y creyendo que no se la veía.

Bebió. Yo no dije nada, porque cualquier cosa que dijera iba a sonar a disculpa y no era el momento.

—Lo que me pasa es que a mí me gusta mirar —siguió—. Y no lo digo como una manera educada de decir que no me apetece participar. Es que cuando estoy dentro me pierdo la mitad. El sábado me di cuenta: lo que más me gustó fue el rato que me aparté al final. Y eso, contigo delante, ha empezado a darme un poco de vergüenza.

—¿Vergüenza?

—De estar aprovechándome de algo. —Dejó el vaso—. Y si alguna vez tengo que elegir entre pasarlo bien y hacerte daño, me marcharé.

—¿A mí?

—A ella. A ti. Al plan. —Se encogió de hombros—. Lo digo para que lo sepas antes y no después.

—¿Y qué propones?

—El viernes. Vosotras dos. Yo me siento en una silla y no digo nada. Si sale bien, repetimos; si sale mal, ya veremos.

Lidia volvió con el hielo cuando ya estaba todo dicho, lo que confirmaba que se había ido a propósito. Se sentó, se sirvió agua, y me miró con una tranquilidad que daba un poco de miedo.

—¿Y tú qué quieres?

—Que salga bien —dije.

—Eso no es querer nada. Eso es desear que no haya problemas.

Me quedé con la respuesta a medio camino y ella esperó, sin ayudarme. Héctor tampoco ayudó. Los dos se habían puesto de acuerdo en algo que no me habían contado, y de pronto la cena entera me pareció una encerrona bienintencionada.

—Quiero que él mire —dije al final—. Y quiero estar contigo.

Lidia tardó un segundo en contestar, y ese segundo me pareció larguísimo.

—Eso sí —dijo—. Eso es querer algo.

Y después, sin cambiar de tono, como si fuera la misma pregunta:

—El sábado, cuando te corriste la segunda vez, ¿a quién mirabas?

Me pilló, igual que antes. Tardé lo mío y ella no me ayudó.

—A él.

—¿Y yo a quién te miraba?

—A él también.

—Y tú, ¿a quién le hacías el favor?

—A mí —dije—. Estaba ganando.

Lidia se quedó un momento con el vaso en el aire. Luego lo dejó en la mesa y dijo:

—Vale.

—Vale —dijo Héctor, y se levantó a recoger los platos.

Salí a la una y media. Lidia me acompañó al descansillo y, en lugar de darme dos besos, me empujó contra la pared del rellano y me metió la mano por dentro del abrigo. Me besó como si lleváramos semanas sin vernos. Me subió la falda, me metió la mano por dentro de las bragas y me dejó con dos dedos dentro, quietos, cuando ya tenía la respiración alta.

—El viernes —dijo contra mi boca—. Ahora no, que si empezamos no te vas.

Y me quitó la mano y se metió en su casa.

Bajé los cuatro pisos con las piernas temblando y el pelo hecho un desastre. Mi madre llevaba tres meses preguntándome por qué había comprado un piso tan alto y sin ascensor, y yo llevaba tres meses contestándole que por la luz. Al cruzar el patio levanté la cabeza hacia mi cocina, cuatro pisos más arriba, y la vi a oscuras, con la persiana a medio subir y la maceta en el alféizar. Detrás de mí, la de ellos seguía encendida, con dos siluetas moviéndose por delante del cristal.

Me quedé un rato mirándolas desde el patio, como había hecho tantas noches desde mi cocina durante los últimos tres meses. Y pensé que al día siguiente era miércoles y que el viernes quedaba lejos.

7. La otra ventana

El miércoles a las ocho me escribió Lidia. Cuatro palabras y un signo de interrogación, que en ella era toda una novedad: «¿Puedes venir?»

Llegué a las nueve. El piso estaba distinto sin él. No desordenado: quieto. La puerta del baño abierta, la maquinilla fuera del armario y, sobre la mesa de la cocina, una nota con dos líneas y media. La leí de pie mientras Lidia abría una botella.

«Me voy dos días. No es nada. H.»

—No es la primera vez —dijo ella, sin que yo preguntara—. La otra fue en marzo.

Se había recogido el pelo de cualquier manera y bebía más rápido que de costumbre. Hablamos veinte minutos de tonterías y ninguno de los dos temas que había en la habitación.

—El sábado —dijo al fin, mirando el vaso—, cuando me corrí, tú mirabas a Héctor.

—Sí.

—Y él me miraba a mí.

—También.

—¿Y a ti quién te miraba?

—Nadie. Estaba mirando yo.

Lidia se rió sin ganas.

—Eso es lo que me jode. Que juegas mejor que yo y que encima te da igual ganar.

—¿Y por qué se ha ido?

—Por lo de siempre. Le gusta mirar y luego le parece poco. O demasiado. —Se encogió de hombros—. Lo dijo el martes, ¿no? Lo de marcharse. Se va para no tener que elegir. Y vuelve.

—¿Y tú qué haces?

—Espero. Y no me gusta esperar. —Bebió—. Ni me gusta que me guste que me elijas. Es un desorden, y yo no tengo desórdenes.

A las once y media dijo, de pronto:

—Quiero ver tu casa. Nunca he estado.

Bajamos los cuatro pisos, cruzamos el patio y subimos los otros cuatro. Le enseñé el pasillo, el salón, la habitación. Se quedó un rato en la puerta del dormitorio, mirando mi cama como se mira la cama de un hotel. Después entró en la cocina y se paró en seco.

La silla estaba de frente al cristal. Los prismáticos, en el alféizar.

Lidia los miró. Me miró a mí. Volvió a mirar la silla.

—¿Y esto?

No había manera de escurrirse.

—Los compré en septiembre.

—¿Y desde entonces?

—Desde entonces.

Cogió los prismáticos, se sentó en la silla y miró por ellos hacia su propia cocina, encendida y vacía al otro lado del patio, con la botella abierta y los dos vasos.

—Joder —dijo—. Se ve la nota.

Estuvo así un rato largo. Después bajó los prismáticos y me miró por encima del hombro.

—O sea, que llevas desde septiembre viéndonos follar y no nos has dicho nada.

—Vosotros tampoco me preguntasteis.

Se rió. Fue la primera vez en cinco días y sonó a que algo se aflojaba por dentro.

—Ahora te toca a ti —dijo, y me pasó los prismáticos—. Ponte ahí y mírame.

Me senté. Ella se quedó de pie, apoyada en la encimera, a tres metros, mirándome mirarla. Después se acercó, me quitó los prismáticos y los dejó en el mármol, y me besó de pie en mi propia cocina, que era el único sitio donde todavía no nos habíamos besado.

Nos fuimos a mi cama. Y allí, por primera vez desde septiembre, no había nadie más.

—¿Puedo? —preguntó, con la mano en el bajo de mi camiseta.

En ella, «¿puedo?» era un acontecimiento. Le dije que sí y me desnudó despacio, sin la eficacia de las otras veces, deteniéndose en cosas que no hacían falta: la costura del hombro, la goma de las bragas, la parte de detrás de la rodilla. Me tumbó boca arriba y se quedó encima, con el pelo cayéndole a los dos lados, y me besó el cuello hasta que dejé de pensar en nada útil.

Me tocó con la mano entera, sin dedos, hasta que estuve empapada, y después metió dos y los movió despacio, muy cerca, mirándome la cara desde veinte centímetros. No había público y se notaba: en el sofá y en su cama yo había estado, sin darme cuenta, un poco de perfil. Aquí no. Aquí era la única cosa que había en el mundo y no había forma de colocarse bien para nadie.

Me corrí con la boca abierta y con los ojos abiertos también, cosa que no me había pasado nunca, y ella se quedó mirándome mientras ocurría, sin perderse nada.

Después la puse boca arriba. Antes de bajar le pregunté lo mismo, y ella dijo que sí con la voz un poco rota. Le costó más que en su casa. Tardó, se le escapó una vez y volvió a empezar, y a mitad se rió de sí misma con la mano en mi pelo. Cuando se corrió lo hizo con ruido, sin control, y con las dos manos agarradas a la sábana como si fuera a caerse.

Nos quedamos de lado, con las piernas enredadas, y me habló con la boca pegada al hombro.

—No sabía que se podía estar así sin nadie mirando.

—Yo tampoco.

Y las dos sabíamos lo mismo y ninguna lo dijo: que estaba bien y que faltaba él.

El jueves por la noche lo vi volver. Estaba en la cocina, con la luz apagada y los prismáticos, cuando apareció por el arco del portal con una bolsa de deporte y cruzó el patio sin prisa. Al pasar levantó la cabeza hacia mi ventana. Yo no me escondí; él tampoco hizo como que no me había visto.

Cinco minutos después me llegó un mensaje de un número que no tenía guardado.

«Mañana sigo en la silla, si os parece. H.»

Lo leí dos veces y contesté que sí. Luego me quedé en la silla, con los prismáticos en el regazo, mirando la cocina de enfrente. Lidia estaba de pie junto a la encimera y él entró, dejó la bolsa en el suelo y se puso a su lado. Hablaron un minuto. Después ella levantó la cabeza, miró hacia mi ventana y levantó dos dedos, igual que la primera noche de septiembre.

No se los devolví con la mano. Me quedé quieta, mirándola, para que supiera que estaba ahí.

8. La silla

Con Héctor no nos habíamos tocado desde el sábado, y él había pasado dos días fuera. Con Lidia, una vez, el miércoles, en mi cama, sin nadie mirando. El viernes por la mañana las cuentas no me cuadraban y dejé de hacerlas.

El viernes me escribió Lidia a las ocho: «Ven a las diez. Hoy no traigas nada.»

Llegué a las diez. Cenamos con una tranquilidad que no era la del sábado anterior: era una tranquilidad con memoria, de las que se tienen después de que alguien se haya ido y haya vuelto. Nadie mencionó la ausencia de nadie y nadie mencionó la silla, que llevaba dos semanas al pie de la cama con una manta doblada encima.

Cuando terminó de cenar, Héctor se levantó, dejó su plato en el fregadero y cruzó el pasillo. Oí el ruido de la silla al girar sobre las patas. Después, nada.

Lidia me miró desde la mesa, con la copa en la mano.

—¿Vienes?

Nos quedamos de pie, frente a frente, con la luz del pasillo encendida y la del dormitorio en penumbra. Héctor estaba sentado al pie de la cama, con las manos sobre los muslos y la espalda muy recta. Había prometido no decir nada, y ya había cumplido una vez: dos días de silencio con una nota de dos líneas y media.

Lidia no me besó enseguida. Me miró la boca, luego los ojos.

—¿Sí?

—Sí.

Me besó con la boca abierta y sin ninguna delicadeza, la lengua entera, la mano en la nuca agarrándome del pelo. Sabía a vino y a sal. Le metí las manos por debajo de la camiseta y se la subí hasta los pechos; se la quité entera de un tirón y ella hizo lo mismo con la mía. Debajo no llevaba nada. Tenía los pezones duros y pequeños, y un lunar junto a la axila que desde la ventana no se veía. Se los chupé de uno en uno, sin suavidad, y ella me sujetó la cabeza con las dos manos para que no me fuera.

Detrás de nosotras, la silla crujió una vez. Después, otra vez el silencio.

Me desnudó de abajo arriba: el botón del pantalón, la cremallera, las manos metidas por dentro para bajármelo con las bragas de una vez. Cuando me quedé descalza y con las bragas por los tobillos, me las hizo pisar para sacármelas. Me miró el coño sin disimulo, con una atención tranquila que me puso roja y me gustó.

Me sentó en el borde de la cama. De cara a la silla. Y después se puso de rodillas en el suelo, me abrió las piernas con las dos manos y me lo dijo al oído, a dos metros de él:

—Así. Que te vea.

Y noté de golpe una diferencia que llevaba tres meses aprendiendo sin saberlo: que no es lo mismo estar desnuda que estar puesta. Me acarició por fuera, arriba y abajo, con dos dedos, y luego me los metió de golpe. Arqueé la espalda. El ruido, esta vez, lo reconocí. Levanté la cabeza y lo busqué a él, y él estaba ahí, con los codos en las rodillas y la boca un poco abierta, sosteniéndome la mirada sin sonreír. A mí, por primera vez desde la primera noche, no me daba vergüenza ninguna.

Me metió un dedo hasta el fondo y después dos, y me folló con ellos despacio, sacándolos casi enteros y volviendo a entrar, mientras el pulgar me aplastaba el clítoris. Se oía. Igual que la primera noche, se oía todo, y a mí me daba igual.

Después bajó la boca. Me lamió de abajo arriba, toda la raja, despacio, y se entretuvo en los labios, chupándolos, metiendo la lengua. Cuando llegó al clítoris me lo chupó sin prisa, con la punta, y a la vez me metió dos dedos y me los dobló contra el vientre. Con la otra mano me abría un poco para llegar mejor.

No fue un grito. Fue una tensión que me subió por las piernas, se me quedó quieta un segundo en el vientre y se soltó en oleadas cortas. Apreté la sábana con las dos manos, se me cerraron las piernas alrededor de su cabeza y dije su nombre una vez, con la voz rota. Ella no paró hasta que se lo pedí, y aun así tardó en salir.

Cuando abrí los ojos, Héctor seguía en la silla. Tenía el albornoz abierto, la polla marcándosele en el pantalón y las manos quietas sobre los muslos, sin tocarse. Al notar mi mirada se pasó la lengua por el labio y sonrió apenas.

Le pedí a Lidia que se sentara. Quería devolvérselo y quería hacerlo con él mirando, ya sin ninguna coartada. Lidia se subió a la cama, se apoyó en el cabecero y abrió las rodillas, sin ninguna vergüenza, y esperó. Estaba mojada hasta los muslos. La abrí con los pulgares y me quedé un segundo mirándola de cerca: los labios hinchados, el clítoris fuera, todo brillante. Le pasé la lengua de abajo arriba muy despacio y ella arqueó la espalda de golpe y me clavó una mano en el pelo.

Aprendí rápido lo que le servía: despacio, sin bajar, presionando hacia arriba, la lengua entera contra el clítoris y los dedos dentro, doblados hacia arriba, buscándole el punto. Le temblaban los muslos. Me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverse ella, follándose mi boca, y eso fue lo que más me puso de todo.

—No pares —dijo—. No pares, no pares.

Se corrió con la boca abierta y sin ningún ruido, temblando, con los talones clavados en el colchón y el coño apretándome los dedos a golpes. Se le escapó un poco más y yo lo lamí todo sin levantarme.

Me tiró del pelo hasta que subí y me besó con la boca sucia, a ella misma, y se rió contra mis labios.

Después nos pusimos de lado, frente a frente, con una pierna cada una por encima de la otra, y nos metimos la mano entre las piernas al mismo tiempo. Sin prisa, mirándonos desde muy cerca, hasta que los dos ritmos se juntaron y dejamos de distinguir de quién era cada gemido. Esa parte no la había hecho nunca: no la de que me tocaran, sino la de estar tan cerca de una cara mientras ocurría, con su aliento en mi boca y sus ojos abiertos.

En algún momento Héctor se levantó de la silla. No para meterse en la cama: se quedó de pie al borde, mirándonos, con una mano apoyada en el respaldo. Lidia levantó un brazo sin dejar de moverse y él lo tomó. Estuvimos así un rato, las tres conectadas por un brazo, hasta que ella me apretó los dedos con los suyos y se le quebró la respiración por segunda vez.

Y caí en la cuenta, con tres semanas de retraso, de que Héctor no había estado dentro de mí ni una sola vez. Ni él lo había buscado ni yo lo había pedido, y a nadie le había hecho falta.

Al final nos quedamos los tres en la cama, mal colocados, con las sábanas revueltas y los pies por donde cayeron. Héctor fue el último en acostarse. Cuando apagué la lámpara dijo, a oscuras, la única frase de toda la noche:

—No he dicho nada.

Y Lidia se rió contra mi hombro.

Me desperté a las nueve, en su cama, con la mano de Lidia sobre el vientre y olor a café. Héctor estaba en la cocina, vestido, con la radio puesta. La silla había vuelto a su sitio, al pie de la cama, con la manta doblada encima, como si nunca hubiera servido para nada.

Desayuné con ellos. Salí a las once. Lidia me dio un beso en el descansillo y Héctor, desde la puerta, levantó dos dedos en un saludo pequeño, casi cortés, igual que la primera noche al otro lado del patio.

Llegué a casa a las once y media. La silla seguía frente al cristal de la cocina y los prismáticos encima, donde los había dejado el miércoles. Me senté por costumbre y miré hacia enfrente: la persiana azul a medio subir, la casa vacía, nadie. Al rato encendieron y aparecieron los dos moviéndose por la cocina, y yo me quedé ahí con los prismáticos en el regazo, sin usarlos, porque a doce metros ya no hacía falta ninguno.

Estuve un rato pensando en guardarlos en el cajón, que era lo que había decidido desde el principio. Y al final no los guardé: los puse otra vez en el alféizar, en su sitio. Y antes de acostarme hice una cosa que no había hecho en cuatro meses.

Dejé encendida la luz de la cocina.

Aquella noche, desde la ventana de enfrente, se me veía.

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