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Atardecer en la Arena

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Sinopsis

Ignacio “el Dynamo” Villanueva, hijo de una de las más grandes estrellas de lucha libre, intenta seguir los pasos de su padre y volverse el mejor luchador del mundo. Para lograrlo, debe ganarle al actual campeón de lucha libre, un luchador enmascarado que se mueve con increíble precisión y cuenta con un talento único que parece bendecido por el dios del sol. Luego de retarlo y perder constantemente por dos años seguidos, su meta comienza a sentirse inalcanzable, lo que provoca que tome una serie de decisiones que lo llevan a darse cuenta que su vida y la del campeón “Tonaez” están entrelazadas en la arena de lucha libre, en rivalidad e incluso romance para siempre.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
EndPlotter
Estado:
hace 4 días
Capítulos:
2
Rating
5.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1:

¿Cómo definir qué era la lucha libre para él? Si lo único que sabía era que siempre estuvo ahí, acompañándolo; como el aire que respira, como la brisa que mueve su cabello al saltar de las cuerdas. La arena, por su parte, se sentía como una segunda casa, creció entre sus gradas, entre el público, entre máscaras imponentes y preciosas, entre aplausos que retumbaban las paredes y entre flashes que mareaban a quien se ponía frente a ellos.

La voz de los comentaristas salía de las bocinas, rebotaba en las paredes y enloquecía al público. Los pisos temblaban a causa de los golpes que daban los asistentes con sus pies y el olor a cerveza, palomitas y una que otra chuchería le daba un toque único al momento.

El público gritaba las típicas porras de siempre, sonaban las cornetas y las groserías abundaban, lo que provocaba que los comentaristas hicieran más bromas. Uno de ellos hablaba emocionado sobre los técnicos qué se presentarían, mientras que el otro mencionaba a los rudos sin cesar.

La arena estaba a reventar como cada que era final de campeonato y para él, era una oportunidad más para demostrar quién era y obtener ese título que tanto añoraba.

—¡Con furia, viene a hacer explotar la arena: Ignacio “el Dynamo” Villanueva! —Se escuchó por toda la arena, lo que provocó que el público aumentara sus gritos.

Una gran luz iluminó la entrada de los luchadores, donde, con vueltas de carro, el hijo de la leyenda hizo aparición. La música de fondo creaba un ambiente energético y resaltaba cada uno de sus movimientos; al mismo tiempo, el público coreaba su nombre al unísono, haciéndolo sentir que la arena era suya. Tan suya como cuando era niño.

Dio un mortal hacia atrás y entró al ring.

—En la otra esquina, misterioso y popular, con racha de ganador desde la primera vez que se apareció en el ring. El hijo del Sol… ¡‘Tonaez’!

La arena entera retumbó, las luces dejaron de enfocarlo, la música cambió de repente y con ella, los gritos del público. Toda la atención ahora le pertenecía a su contrincante y los espectadores que antes gritaban su nombre, ahora vitoreaban el personaje de su némesis, lo que provocó un sonido tan intenso que envolvía a cualquiera que estuviera dentro y fuera del recinto.

Con una sonrisa juguetona y resplandeciente, apareció el hombre con la máscara de jaguar. Imponente —majestuoso— miraba al público con ambas manos levantadas, como si el mundo entero le perteneciera. Como si todos estuvieran a sus pies. Como un sol: grande, resplandeciente, ardiente, de esos que tan solo mirarlo te quema y al mismo tiempo te hipnotiza.

Caminó a lo largo del pasillo con la mirada hacia el público, al mismo tiempo que chocaba los puños con uno que otro aficionado y lanzaba besos a las mujeres. Al llegar al ring, dio un ‘salto del tigre’ para entrar. La capa que llevaba sobre los hombros se extendió por los aires, dándole un toque heróico al movimiento.

Cayó hincado sobre el ring con su mano derecha sobre el pecho, mientras que su brazo izquierdo se extendía con dirección al techo, como si fuera una declaración de amor. El público enloqueció todavía más, ‘Tonaez’ se incorporó con lentitud, para después caminar hasta las cuerdas y cuando estuvo a un lado de ellas, lanzó su capa hacia la audiencia.

En ese momento, Ignacio comprendió que la arena ya no le pertenecía.

—Jugarán a dos de tres caídas sin límite de tiempo.

La frase rebotó en su mente como un eco familiar. Ignacio la había escuchado tantas veces que ya no sabía si la recordaba o si simplemente vivía dentro de él. No tenía memoria de la primera vez que la escuchó, pero sí de la primera vez que lo hizo viendo a su padre.

Recordaba la sensación en su piel, las voces calurosas, gritando a su alrededor, el sudor en el suelo y el haberse espantado cuando un luchador cayó encima de su padre la primera vez. Fue como si a partir de ese momento, todo tuviera sentido.

Tan solo tenía 4 años cuando se dio cuenta de quién era su padre. Lo notó en los recreos, cuando sus compañeros llevaban pequeñas figuras de plástico con la máscara de estrella que tanto caracterizaba a su papá; como también lo notó en la televisión, cuando mencionaban que su padre había salvado a alguien.

Recordaba la sensación de felicidad —y de cierto orgullo— que le provocaba ser hijo del ídolo de la lucha libre: el gran Isaac ‘Supernova’ Villanueva, la estrella de la lucha libre. Era como llevar una corona invisible, una insignia, un reconocimiento especial que recibía solo por ser él. Y era tan agradable, tan emocionante, que desde entonces deseaba con todas sus fuerzas ser como su padre algún día.

Ignacio suponía que había tenido buena infancia. Los momentos con sus padres y su hermana eran algo que atesoraría por siempre. Recuerdos que cada que se le venían a la mente, le ponían una sonrisa en el rostro. No obstante, su carrera como luchador no comenzó sino hasta los 10 años, apenas unos meses antes de que las cosas dejaran de ser como eran. Como cuando te lanzas desde lo alto de los postes, hay un instante en el aire donde todo parece en su lugar… pero tarde o temprano hay que caer. Todo lo que está arriba tiene que bajar y los ídolos simplemente se esfuman de la misma forma en la que llegan.

La presión en el pecho, el calor de la arena, la humedad de su sudor y su propia respiración agitada lo devolvieron a la realidad. Estaba en el ring, en la lucha por el campeonato. Los gritos y los insultos del público retumbaban más fuerte con cada segundo que pasaba, mientras el aire denso y caliente lo envolvía. Frente a él, estaba su contrincante, el luchador del momento, ’Tonaez’, quien lo miraba con esa maldita sonrisita burlona que tanto lo caracterizaba. Ignacio sabía que se burlaba de él y —en comparación con otros luchadores— esta burla le calaba hasta los huesos.

‘El Dynamo’ apretó la mandíbula, dio unos pasos hacia atrás, justo donde estaba la cuerda, la cual sintió tensarse contra su espalda, tomó impulso y se lanzó.

Lo conocía de memoria. Conocía cada uno de los movimientos del tal ‘Tonaez’. Ya se habían enfrentado un par de veces y en todas, él había perdido. Ni siquiera sabía de dónde había salido ese imbécil, era como si una mañana simplemente hubiera aparecido en la lista de los mejores y nunca más se hubiera bajado de ahí. Su fama arrasó con la suya y algunos comentaristas incluso se atrevían a compararlo con su padre. “Simplemente era una vergüenza que ‘El Dynamo’ no fuera así de bueno”.

‘Tonaez’ respondió su ataque con un contragolpe limpio, lo cargó y lo estrelló de espaldas contra la lona. Ignacio reconoció ese movimiento de inmediato, podía reconocer sus trucos, su respiración e, incluso, esa estúpida sonrisa donde sea que estuviera. Las había estudiado todas y cada una de ellas una y otra y otra vez, pero nada parecía suficiente, debido a que siempre que se enfrentaban, ‘Tonaez’ iba un paso adelante y su esfuerzo se quedaba en nada.

Después de que su padre falleció, Ignacio comenzó su entrenamiento con el antiguo entrenador de su progenitor, un hombre que prometió llevarlo a la gloria; y lo hizo, al menos por 2 años antes de que ‘Tonaez’ llegara.

—¡Idiota, a la derecha! —Escuchó gritar a su entrenador desde algún rincón de la arena. Siempre le gritaba y por más que Ignacio intentara seguir esas malditas instrucciones, parecía que ‘Tonaez’ ya las conocía de memoria. Como si lo tuviera estudiado.

Ignacio ‘El Dynamo’ Villanueva era, sin duda, una gran promesa de la lucha libre. Lo tenía todo: el apellido, el entrenamiento y la juventud. El público lo adoraba, su técnica era impecable, su personalidad llenaba el ring y la nostalgia inundaba a sus seguidores. Cada combate suyo era un espectáculo y sus victorias, momentos para recordar, pero su fama no duró mucho y su caída fue más rápida de lo que cualquiera esperaba. Más corta que la de su padre y eso era lo que más le dolía.

‘Tonaez’ lo tenía atrapado en una llave que lo apretaba como una víbora. Sus cuerpos estaban tan pegados como exigía el deporte, con el sudor mezclado y la respiración entrecortada. Ignacio apretó la mandíbula con fuerza, lo que provocó que sus dientes le crujieran.

—¿Qué, mi ‘Dynamo’? ¿Esta vez sí me vas a ganar? —escuchó que le susurraban al oído con un tono burlesco.

La pregunta solo lo tensó más. El enojo pronto se transformó en coraje, por lo que no tardó mucho en comenzar a golpear el brazo de su contrincante para zafarse de su agarre. Una, dos, hasta que ‘Tonaez’ por fin lo soltó. Con un respiro entrecortado, Ignacio aprovechó el espacio, pasó la pierna izquierda por detrás de la suya y lo derribó con toda la fuerza que le quedaba.

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