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No quiero que me odies

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Sinopsis

Para salvar a su hijo, Deivis Jameson necesita una fruta divina. Conseguirla parece su última esperanza, hasta que un muchacho llamado Nathan Adams se interpone en su camino. Ahora Deivis está muerto, pero su odio sigue vivo. Convertido en un espíritu vengativo, persigue al joven al que culpa de haberle arrebatado todo. Sin embargo, entre cada ataque regresa un recuerdo: una promesa, el rostro de su hijo y una pregunta que ni la muerte ha conseguido silenciar. ¿Me odiaste por lo que hice?

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Dominus
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Deivis Jameson

Me pregunto si… te sentiste aliviado después de lo que hice.

Vio el rostro de su hijo.

El hijo a su padre.

Me pregunto si me odiaste.

Deivis Jameson, apenas consciente, reunió las últimas hebras de esencia que le quedaban. Su mano temblaba, no de miedo, sino de contención, y bajo la piel de la muñeca el cristal negro de su implante seguía opaco: sin asistente que lo guiara, solo podía confiar en lo poco que su cuerpo aún le daba. Su cabeza hervía con un solo pensamiento: aquel pequeño diablo no había sido capaz de escucharlo. Sabía que lo que hacía no estaba bien, pero la impotencia de que le arrebataran lo que necesitaba lo empujó más allá. Había prometido dejar al chico solo inconsciente; sin embargo, su último acto fue intentar matarlo, un acto de pura desesperación.

—No… —susurró—. ¡No! ¡No! —Y lanzó una bola de fuego cargada con toda su rabia contra el chiquillo que tenía enfrente.

El resplandor recorrió las raíces que crecían en direcciones imposibles y las palmeras retorcidas, inclinadas hacia el centro del cráter. Nathan apenas tuvo tiempo de reaccionar. Fue puro instinto: sus manos se envolvieron en magia protectora y golpeó. La esfera rebotó contra su defensa y regresó hacia Deivis.

El tiempo pareció ralentizarse. Los ojos del ladrón, hundidos entre ojeras profundas, se abrieron de terror. Futurojo se lo había mostrado un segundo antes con el ojo izquierdo, el del aro negro más oscuro que el otro: su propio ataque regresando hacia él. Un segundo para entenderlo. Ninguno para pensar.

La llama lo envolvió por completo. Fue una combustión instantánea que devoró, una a una, la capa endurecida por la sangre seca, los vendajes del torso y del brazo, aún húmedos de sangre fresca, y la ropa de viajero ya destrozada por los cortes. El calor lo invadió con violencia. Un grito desgarrador le rasgó la garganta, intentando ahogar el dolor, pero el dolor empezó a apagarse a medida que sus nervios se desvanecían.

Nathan no se movió. No porque no quisiera, sino porque su cuerpo dejó de obedecerle. El calor le llegaba en oleadas, de ese tipo que no se siente en la piel sino detrás de los ojos, y le pegaba el flequillo castaño a la frente. Nunca había escuchado algo así; no sabía que un ser humano pudiera hacer ese sonido. Se quedó paralizado, con la fruta apretada contra la camiseta deformada y los nudillos blancos de tanto apretar, hasta las piernas flacas le temblaban bajo el short. Veía sin entender algo que era perfectamente claro.

Los gritos se apagaron. No de golpe, eso habría sido más fácil, sino poco a poco, como algo que se gasta.

Y de ahí llegó la inconsciencia. O la muerte. Fueron ambas al mismo tiempo.

La piel. La carne. Solo quedaron los huesos.

Después, solo el silencio, el olor y el calor quieto flotando en el aire del cráter. Nathan parpadeó. Una vez. Otra vez. A su alrededor, las flores de pétalos oscuros seguían inclinadas hacia el fuego, como si lo hubieran visto todo.

Silencio. Oscuridad. Y el remordimiento del chiquillo: no buscaba asesinarlo. Fue sin querer. Culpa.

Y, lejos de ahí, una hoja blanca se desprendió de una rama superior del árbol. Lenta. Inmensa. Y esa misma hoja se posó sobre una rama inferior. Allí, entre tanta calma y belleza, un fuego blanco se extendió en el aire y tomó la forma humana del hombre que había muerto: Deivis Jameson volvió a la vida.

—¡Ahhh! ¡Ah! ¡Ah! —tropezó sobre las ramas del árbol blanco, con el recuerdo del dolor aún fresco, y se arañó los brazos, ahora sin vendajes ni heridas, para comprobar que ese dolor ya no existía. Con los ojos temblorosos, murmuró para sí mismo:

—No... —dejó que esa primera negativa se clavara unos segundos en el ambiente colosal del árbol, entre cielos llenos de galaxias—. No. No. No.

Pensó en lo que significaba su fracaso y se alzó entre temblores, tan inestable que cayó de frente; sus manos evitaron que los labios chocaran contra la corteza. Volvió a levantarse, decidido a buscar ayuda.

—¡Logré volver por las oportunidades! —Cada ser tiene dos al obtener una NecroRuna: una moneda al aire, y la suya había caído del lado bueno—. ¡No hay tiempo!

Su cabeza se llenó de imágenes del lugar al que quería ir. Árboles que crecían hasta rasgar el cielo. Criaturas mágicas. Un evento extraordinario que ocurría cada cierto tiempo. La sociedad a la que debía acudir.

En medio de la rama se manifestó una puerta de luz. El hombre no se lo pensó dos veces: la cruzó.

El ambiente cambió poco a poco, como si transitara a otro mundo. La rama bajo sus pies se volvió tierra y lodo café; el aire frío se hizo caliente y húmedo, con olor a tierra mojada. Las hojas, ya no tan inmensas pero aún más grandes de lo normal, empezaron a caer, cafés. Y, finalmente, el paisaje se redibujó en un bosque de árboles cafés, gruesos y gigantescos, cuyos troncos estaban rodeados por escalones con barandillas.

En lo alto, los hogares de aquellas criaturas. Allí era donde quería llegar; corrió desesperado hacia las escaleras.

Subió. Subió y subió, con el corazón retumbándole en el pecho. Apretó la palma contra él, intentando borrar aquel cosquilleo.

Me pregunto si me odiarás.

Al llegar a la cima, siguió corriendo hacia el recinto hospitalario. Las criaturas mágicas que andaban sobre las tablas de madera, dispuestas como pisos en la altura, miraban con extrañeza al humano.

La raza de aquel lugar eran los Gerfelinos. Muchos ya habían alcanzado la edad adulta, los dieciséis años; otros eran menores, y también había ancianos.

Deivis Jameson llegó a su destino. Sonrió.

No quiero que me odies.

Pero enseguida corrigió su alegría negando con la cabeza: había un problema. Los Gerfelinos le habían pedido una fruta divina como pago de la operación. Deivis no la tenía, pero sabía que aquellas criaturas eran muy compasivas.

Entró a la receptoría, al aire libre, suspendida en el vacío y sostenida solo por las tablas de madera ancladas a los troncos.

—¡Yadalayusha i erano rila. O Valeo i marailu dalacariote. Uiala! —gritó a la chica Gerfelina, y golpeó la mesa de madera, tambaleando la estructura.

Deivis se mareó un poco; tuvo que concentrarse en la firmeza de sus pies para anclarse al piso. Los Gerfelinos, en cambio, no se movieron ni un poco: estaban completamente adaptados a ese vaivén.

La chica, tranquila y aún sentada, llamó a los médicos al ver que el hombre no lograba calmarse.

Los médicos llegaron. Vieron al hombre llorar y suplicar en su lengua. Uno de ellos, un enfermero entrado en años, de pelaje ralo y grisáceo, se arrodilló ante él. Vestía una túnica de lino crudo con un delantal manchado de hierbas y un cinturón del que colgaban frascos diminutos.

—¿Dalakuta i hue?

—Dalakuta i na neg —respondió Deivis, y se desplomó en el piso con los ojos llenos de lágrimas. La negativa era clara: no tenía la fruta divina.

El enfermero solo suspiró. Lo que dijo a continuación sonó a otra lengua, pero su mirada baja y sus manos abiertas lo tradujeron todo:

—No podemos hacer nada sin la fruta divina. Es estrictamente necesaria. Lo sentimos.

Deivis lo agarró del poco pelaje que le quedaba.

—¿¡Por qué!? ¿¡Acaso ese no era el pago!?

El enfermero trató de apartarlo.

—Sí, lo es —dijo, midiendo cada palabra para no herirlo—. El problema es que los huevos de las criaturas del vacío están esparcidos por el cuerpo de su hijo, y son tan grandes que tendríamos que abrirlo casi por completo para salvarlo.

—¿Una cirugía tan extrema? —Deivis negó con la cabeza—. ¡Pero ustedes tienen la técnica universal de curación! Tienen técnicas avanzadas de enfermería. ¡Deberían poder hacerlo! —empujó al enfermero y lo hizo caer—. ¡Justamente con mi hijo no pueden!

—Es que es así... Su hijo morirá durante la cirugía. Haciéndolo rápido, teníamos planeado traerlo de vuelta con un cuarto de la fruta divina; el resto sería el pago.

—¡Interesados! —lo señaló, y luego señaló a todos a su alrededor—. ¡Todos son unos interesados! Porque... ¡tiene que existir una alternativa! ¡Por favor, no dejen morir a mi bebé!

El enfermero se levantó y se sacudió la túnica.

—Lo sentimos, señor.

El ladrón gateó hasta él y lo agarró de la túnica, arrodillado.

—Por favor —el silencio que siguió fue doloroso; en él se sentía la voz de un hombre sumido en la desesperación—. Hagan algo. Intenten algo. Lo que sea. No sé. Cualquier cosa.

[Presente | Bosque de los murmullos]

Un claro con forma de huevo. Los árboles lo dibujaban con tanta exactitud que parecía obra de una mano, y sus troncos oscuros y retorcidos se apretaban como un muro más allá del cual empezaba el bosque de verdad. En el centro, la hierba crecía baja y rala, casi pelada: un suelo abierto, sin dónde esconderse. Entre las ramas, aureolas blancas flotaban despacio, como si respiraran, y el aire, espeso y quieto, murmuraba con algo parecido a voces lejanas.

Ahí estaba. Deivis Jameson.

Aunque ya no era el mismo. ¿Quién era ahora? Un espíritu vengativo, un muerto. ¿Cómo había acabado así? Eso ya daba igual.

Alzó el cuchillo al frente mientras la lanza del centauro caía sobre él con tanta fuerza que, si intentaba bloquearla, no solo se partiría el cuchillo: también su brazo.

Un engaño.

La lanza no impactó contra la cuchilla ni contra el brazo: siguió su recorrido y estalló en una nube de tierra y polvo que no dejó ver nada más. Entre ella, el ladrón corrió hacia delante, dándole la espalda al centauro, rumbo a la roca que se alzaba en la parte baja del claro: una mole de al menos seis metros, con la cima plana como una plataforma.

Comenzó a escalarla con la pura velocidad que le corría por los músculos y, aun así, jamás superaría la del centauro.

El filo de la lanza venía de nuevo hacia él. Ya casi había alcanzado la cima cuando el filo que trataba de evitar partió aquella pequeña montaña por la mitad. La mitad superior, desprendida de la que seguía hundida en la tierra, salió volando con el ladrón aún aferrado a ella, sin haber llegado del todo arriba. Intentó sujetarse mejor y, con el rabillo del ojo, vio al centauro apuntándolo ya con la lanza.

No quiero que me odies.

—¡Gurraah! —El centauro manifestó su divinidad y salió impulsado hacia delante; mientras más avanzaba hacia el enemigo, más guerreros aparecían.

El espíritu vengativo no se quedó sin hacer nada.

—MeHuma.

El filo de la lanza brilló sobre todo su rostro.

Una esquiva, de lado. El centauro continuó volando hacia delante, por un camino que no había planeado.

Luego, los guerreros sangrientos y muertos: uno, dos, tres, cuatro. Una esquiva hacia abajo y, desde esa misma posición, otra hacia el costado derecho. Después inclinó la espalda hacia atrás para evitar la lanza de un tercero. Al último no lo esquivó: agarró con la palma el arma de ese guerrero y lo arrojó hacia el centauro, que ya estaba en el suelo.

El guerrero lo golpeó con la cabeza, le provocó daño y su esencia se desvaneció.

El fuego en los ojos de la criatura equina se avivó.

Un asesino. Su pasado. Un pasado que su espíritu no puede olvidar. Un pasado que forma su ser. Recuerdos que forman la ira.

Preparación.

Piernas equinas flexionadas. Tierra hundida, piedra saltando en el aire. Un centauro que se alzaba hacia su enemigo de un solo salto, con su ejército siguiéndolo detrás.

El espíritu desactivó conscientemente la técnica durante un solo segundo, convencido de que podría esquivar sin ayuda.

Los guerreros muertos atacaron una y otra vez.

Un segundo al futuro: cada ataque fue previsto y la energía que formaba a sus compañeros se desvaneció. El centauro aprovechó ese desvanecimiento con una estocada tan rápida que ni siquiera ver el futuro fue suficiente.

Tú también me odias.

Sangre blanca y brillante, de contorno celeste, que escapaba hacia el cielo como aureolas.

Percepción y vista.

Vespera por fin podía ver el combate a través de la sangre del ladrón, gracias a su convergencia de la sangre resistente.

—¡Vaya! —Salió a la superficie para tomar aire. El cabello azul oscuro le cayó sobre los hombros y las orejas gatunas, del mismo azul, se sacudieron solas antes de que volviera a hundirse en la sangre—. Ese espíritu esquiva cada ataque del centauro. Es increíble.

Nathan habló desde el charco.

—No es que sea rápido... Es una de sus técnicas. Tiene dos: una le permite ver un segundo y medio al futuro y la otra, esquivar cualquier ataque.

—¿Cualquier? Suena como la del profesor Jack, pero... La de Jack solo funciona con ataques, no con técnicas.

Nathan también sacó la cabeza para tomar aire.

—No, no. Lo esquiva todo. Creo que se llamaba Me... Mehuma o algo así.

—Me... ¡MeHuma! Es una buena convergencia, pero tiene que escalar demasiado.

—¿Escalar?

Vespera vio, a través de la sangre del ladrón, cómo el centauro lanzaba varios golpes.

El ladrón había vuelto a ejecutar MeHuma.

Uno. Tres. Diez.

Cada golpe con una velocidad excepcional y, aun así, el ladrón los esquivaba todos.

El aire que desplazaba cada ataque hacía mover los árboles y las hierbas. Los arbustos del borde soltaban su carga de bayas, de un rojo casi sanguíneo; muchas hierbas se arrancaban del suelo por la ferocidad de los golpes, y hasta algunos árboles débiles y troncos caídos salían volando, con las raíces grises colgando como dedos de piedra.

Estocada. Estocada. Al estómago. A la cabeza. Esquiva tras esquiva.

Un corte diagonal a la frente: el ladrón lo esquivó agachándose en el aire y respondió con un cuchillazo en el estómago de la parte humana del centauro.

El cuchillo no perforó, pero el golpe fue tan fuerte que se sintió como el puñetazo de un boxeador profesional.

La criatura equina dejó de atacar, aguantando el dolor. Gruñó con la fuerza de un caballo descontrolado y lanzó un puñetazo con su mano humana, sin soltar la lanza con la otra.

Esquiva.

Pero esta vez fue diferente.

Contraataque.

Otro cuchillazo.

Moretón en el vientre humano de la criatura. Aun así, el centauro ya tenía experiencia contra enemigos que esquivan ataques, y su siguiente movimiento no fue una estocada inútil ni un puñetazo rápido: ejecutó su manifestación menor en la lanza, que giró en un círculo perfecto, como una licuadora.

...

El aire se cortó a la perfección, y con él los fragmentos que se alzaban, pero el ladrón esquivó con igual perfección.

Lo siguiente fue una patada giratoria directa a la cabeza del centauro; esta vez, el golpe fue demasiado poderoso. Cada ataque nuevo del ladrón superaba al anterior.

Sangre en forma de fuego fue escupida por la boca del centauro.

Alboroto se manifestó.

Velocidad.

Se alejó del ladrón y comenzó a dar vueltas a su alrededor a toda velocidad.

Esta vez, el espíritu vengativo finalmente desactivó MeHuma. El gasto de esencia de la técnica de esquiva se estaba volviendo extremo. Ahora confiaría en sus ojos.

Un segundo después, el centauro ya había alcanzado su velocidad máxima: x50.

De frente.

Para alguien normal habría sido imposible adivinar por dónde vendría. MeHuma le había dejado un desgaste energético brutal, pero el escalado de poder acumulado y sus ojos lo hacían confiar en que aún podría sortearlo.

Lanza al frente. Brazo extendido. Un silbido en el aire. Otra esquiva. Con un solo golpe había mandado al centauro aún más alto; entonces se impulsó con magia para volar y alcanzarlo en los cielos.

Lanza. Contraataque.

Una estocada horizontal abrió una herida que partía por la mitad el cuerpo del ladrón. La sangre, en forma de esas hermosas aureolas, salió a chorros hacia los lados, aunque algunas se le quedaron pegadas.

El espíritu vengativo apretó los dientes. Cuando miró al frente, el centauro ya no estaba; lo buscó a los lados, con desesperación.

Un sabor extraño en la boca.

Era tierra.

Y una masa difícil de moldear: piedra.

Ya estaba en el suelo y ni siquiera se había dado cuenta. Una velocidad tan potente que resultó imperceptible.

Con la mirada en el suelo, gritó:

—¡MeHuma!

Esquivó la lanza que buscaba asesinarlo... ¿Asesinarlo? La palabra correcta sería exorcizarlo.

Además, era extraño: un espíritu exorcizando a otro. Qué estupidez. Pero la pelea tenía un objetivo más allá de exorcizar al otro: matar a Nathan con sus propias manos.

Nathan estaba tan tranquilo escuchando a Vespera narrar la pelea y explicar las técnicas del ladrón.

—Cada esquiva le da un uno por ciento de poder máximo adicional.

—Eso no me parece un escalado tan bueno —respondió Nathan con el mismo tono con el que había leído su manual de la convergencia “los estados”.

Amelia se rió un poco; el cabello rosa, corto, se le pegaba a la frente.

—Cada convergencia tiene su truco, Nathan. Es algo que ya deberías saber y haber experimentado.

—Bueno, sí, pero ¿quién lograría saber el truco de esa convergencia?

Amelia cruzó los brazos y miró hacia la salida del charco de sangre.

—El truco es que, al llegar a un cien por ciento, su escalado empezará a multiplicarse por sí mismo: cien por cien serían diez mil; luego vuelve a esquivar otro ataque y serían diez mil por diez mil.

—¡Carajo! Eso realmente es demasiado.

—Siii. Impresionante, ¿no? —Amelia imitó la energía y el asombro de Nathan—. ¡Podría llegar a ser más poderoso que Hagane con el tiempo!

—Hagane —susurraron Vespera y Nathan al mismo tiempo.

Bajo la sangre, la cola azul oscuro de Vespera, que salía de su falda negra, se tensó y apenas se movió.

—Me... Me debes un chicle, Vespera.

—¿Qué? Esas tradiciones yo no las sigo.

Amelia sintió la incomodidad que había provocado el nombre de Hagane y jugó con sus manos, tratando de arreglarlo.

—¡Pero obviamente Hagane no dejaría que él lo superara! Además, eso se reinicia cada vez que sale de una pelea, y no podría esquivar ni uno solo de los ataques de Hagane.

—Sí... —respondió Vespera, dejando de ver la pelea a través de la sangre—. Se te olvida que Hagane amplifica su poder cada vez que lo superan, así que igualmente seguiría siendo el más poderoso.

—Oh... Oh, es verdad.

Silencio. Durante unos segundos, los tres se quedaron simplemente flotando sobre la sangre.

—Oigan, chicos, lo sien—

Sus disculpas fueron interrumpidas cuando un grito desgarrador envolvió todo el lugar.

Era el ladrón.

Vespera y Nathan se lanzaron miradas asustadas: si no se apuraban, una parte del plan saldría mal.

Salieron disparados del charco, con Amelia detrás.

—¡Magnificar! —gritó ella, y Vespera creció.

Amelia se escondió en la franja de hierba alta que rodeaba la base de la roca y serpenteaba de lado a lado del claro, tan densa que la tragó por completo, con la blusa y la falda moradas oscuras chorreando.

Nathan y la Gerfelina lograron ver las heridas horribles del ladrón: varias cortadas superficiales que, juntas, lo estaban desangrando, y el aire le ardía tanto en ellas que cada grito le desgarraba la garganta.

—¡No! —Nathan extendió la mano, sin saber bien por qué. Fue puro instinto—. ¡Alboroto!

Vespera, más alta que él, le apretó la mano; compartieron la velocidad y ella salió disparada hacia la cabeza del centauro.

—¡Desmagnificar! —Amelia había alcanzado la espalda de la criatura, y Vespera le metió un golpe al cuerpo, ya disminuido y contenido, del centauro.

El centauro cayó al suelo por la fuerza de Vespera; además, ya estaba algo agotado tras la pelea con el ladrón.

—¡Malditos! ¡Ya dejen de joderme! ¡Es lo único que han estado haciendo! ¡No me dejan matar a él, no me dejan acabar con ese idiota y ahora ustedes vuelven a hacerlo!

Con una voz más calmada, el centauro volvió a hablar.

—Mis compañeros. Mis guerreros. ¿Por qué...? —Ahí se rompió la calma de su tono, y el caballo desbocado salió de nuevo—. ¡¿Por qué ellos no son como ustedes?! ¡¿Por qué ellos no fueron igual de leales?! ¡¿Por qué me abandonaron?!

Una estocada diagonal.

Vespera la esquivó con facilidad, se impulsó para darle otro golpe en la mejilla y dio varias vueltas a su alrededor, enredándolo con sus cables de sangre.

El centauro agarró los cables que se enredaban en su cuello y su frente e intentó separarlos para poder ver y respirar bien.

Ante su vista, algo inaceptable: Nathan Adams abría los brazos frente al ladrón, frente a la criatura con la que había peleado.

¿Por qué no abría los brazos así con él? ¿Qué había hecho mal él? ¿Tan malo era? ¿Por qué era malo?

Extendió su brazo humano.

Solo quería corregir a Nathan. Solo quería hacerle saber que estaba mal. Quería que fuese mejor. Después de todo, los únicos que desean que seas mejor que tú... son tus padres, ¿no?

Pero Nathan no era su hijo. Tampoco era hijo del ladrón y, aun así, no detuvo el cuchillazo que se acercaba a su pecho.

El filo se abrió paso entre músculos y sangre. Una cortada profunda.

—Guah —soltó Nathan, junto a un grito débil, como si tratara de contener el dolor. Cuando el cuchillo salió, la sangre brotó como un chorro de agua desde la herida.

Latido. Latido. Más fuerte. Más.

Su cuerpo trataba de mantenerlo con vida a pesar de que él había aceptado que su muerte era necesaria. La hemorragia intentaba detenerse.

Nathan se desplomó por la pérdida de sangre.

Un cuchillazo más en su pierna.

—¡Garrr! ¡Ahhh! —gritó, cerrando los ojos con fuerza.

Entonces lo vio.

Deivis Jameson lo vio.

Había prometido dejar al chico solamente inconsciente; sin embargo, su último acto fue asesinarlo, el acto de un ser vengativo.

—Chico —sus rodillas cayeron con fuerza sobre la tierra—. ¡Chico! ¡Chico! Escúchame... ¡¡Chico!!

No quiero que me odies.

Lo tomó entre sus brazos. No hubo lágrimas, pero sí un dolor: el de haber hecho algo que solo creía propio de un monstruo.

Entonces lo recordó.

Fue igual que él.

Su hijo... Esa imagen grotesca que encontró al volver a casa luego de perder el tiempo entre llantos y súplicas que fueron inutiles. Con la cara adolorida y los párpados cansados, se dio cuenta que los huevos dentro de su pequeño eclosionaron y salieron de su vientre.

El dolor de ver a su hijo sufriendo.

Cómo gritaba.

Cómo se retorcía, intentando olvidar el dolor.

Su garganta rasgada.

—¡¡¡Noooo!!! —cómo había corrido, cómo había apartado a cada criatura para sostener a su hijo en sus brazos. Esta vez sí hubo lágrimas, y también un dolor que bajaba de la cabeza hasta los pies como un escalofrío que ardía.

—¡Ahhhh! ¡¡¡Ahhhh!!!

No quería escuchar más a su hijo sufrir así.

No me odies.

Fue el pensamiento.

No me odies.

Ese pensamiento.

No me odies, por favor.

Un pensamiento que resonó cuando ahorcó a su propio hijo, en busca de liberarlo de su sufrimiento.

Apretó su débil cuello con tanta fuerza que casi lo separó del cuerpo.

Escuchó los gemidos ahogados de su amado hijo.

No fue capaz de mirarlo a los ojos.

Me pregunto si… te sentiste aliviado después de lo que hice.

Vio el rostro de su hijo.

El hijo, a su padre.

Me pregunto si me odiaste.

¿O fuiste capaz de verlo?

Viste cómo te susurraba amor, cómo quería mostrarte una expresión amorosa entre el miedo a la muerte y el sufrimiento. Esa sonrisa tan bonita que se mezclaba con sangre. Y, aun así, pensaste que expresaba odio.

No quiero que me odies.

La consciencia de su hijo se desvaneció.

Murió.

Y, entre lágrimas, una furia incandescente se encendió: mató a cada uno de los parásitos del vacío que habían salido del vientre de su hijo.

A cada uno.

Por más que se defendieran, por más que le desgarraran el cuerpo. Los hizo estallar. Los golpeó. Los acuchilló.

Al final, solo quedó él, acostado junto al cuerpo inerte de su pequeño.

La sangre que brotaba de sus heridas empezó a hacer efecto.

Sangre.

Muerte.

Estaba bien.

Podría volver a ver a su hijo... Pero había alguien más a quien odiaba por el sufrimiento que le había hecho pasar a su amado pequeño.

Nathan Adams.

Aquel chico que le había plantado cara.

—Te odio —susurró—. Te odio. Te odio. Te odio. Maldito eres, muchacho. Maldito serás. Y, como maldito eres, será por un maldito que morirás.

Sus palabras salieron con tanto rencor, con tanto odio y maldición, que no se dio cuenta de que se maldecía a sí mismo: de que él sería ese maldito por el cual Nathan moriría.

Y se desvaneció.

Su consciencia se desvaneció.

Su alma se desvaneció.

Se desvaneció.

Incluso en el presente se desvanecía.

Su esencia espiritual se desmoronaba hacia el cielo; las aureolas escapaban del cuerpo del ladrón.

Se deshacía.

Se deshacía.

Su cuerpo se desmoronaba.

—¡Chico! —Nathan no dijo ni una sola palabra—. Chi... co. No quiero que me... odies.

El cuerpo de Nathan cayó por completo al suelo. El cuerpo de Deivis había desaparecido. Hasta la última pizca de él había ascendido.

Nathan miró al suelo. Su mirada se volvía cada vez más vacía.

Por otro lado, Vespera le dio un golpe demoledor al centauro, cuyo cuerpo se estrelló contra un árbol que derribó a otros tres tras de sí.

La chica Gerfelina aprovechó para correr hacia Nathan. Llegó a su lado, se sentó en el suelo de tierra, le tomó la mano y le habló directamente al rostro.

—¡Está bien! Estás bien... Lo hiciste bien. Lo lograste, Nathan —sonrió—. Tú lo hiciste.

Nathan también se desvaneció, mientras la esencia de Vespera aún corría por su segundo cuerpo.

Inconsciencia.

Un sonido constante, ese ruido molesto que escuchas cuando todo está completamente en silencio.

Sí, era silencio. Puro silencio. Oscuridad también.

Sin cuerpo. Sin peso. Sin saber si seguía respirando.

¿Estoy muerto?

Entonces, desde muy lejos, una carcajada. Cálida. Cada vez más cerca.

—Hijo. ¿Me has estado esperando aquí todo este tiempo?

—¡Oh! —soltó Nathan mientras la luz llegaba como si siempre hubiese existido allí... Pero todo era blanco. No había arriba ni abajo, tampoco profundidad. Vio al ladrón.

No. No vio al ladrón.

Vio a Deivis Jameson.

—Vaya, mira quién llegó... —dijo con una sonrisa ladeada—. Nos enfrentamos como bestias y ni siquiera supimos nuestros nombres. Qué descortesía la nuestra.

—Papi, ¿quién es él?

—¿Él? Es... un viejo conocido. Adelántate, hijo; enseguida te alcanzo.

Su hijo asintió y dio unos cuantos pasos, pero, antes de alejarse del todo, se quedó quieto, impaciente, poniéndose de puntillas y volviendo a apoyar los talones una y otra vez.

—Es hermoso, mi hijo, ¿no crees? Salió a su padre, por supuesto —suspiró—. Me llamo Deivis Jameson y él es Deivid.

—Sí, Deivis, y qué original eres con los nombres. Oye, mi nombre es Nathan... Nathan Adams.

—Ja, ja. Nathan Adams... Un placer, Nathan. Mejor tarde que nunca.

Nathan miró hacia lo que creía que era abajo, o el piso.

—¿Qué pasará contigo? ¿Con... ustedes?

—Cuando morí la primera vez no vi esto... Es la primera vez que experimento lo que hay después de la muerte —respondió, encogiéndose de hombros con una calma insolente—. Ya veremos qué sucede.

Nathan asintió. Pasaron unos segundos sin que nadie hablara.

—Perdón.

Deivis sonrió.

—¿Perdón? Ja. Entonces perdóname tú a mí. Perdóname por tu sirviente.

Su sirviente.

Skizo.

—Ey, él... Él no era un sirviente. Era tan humano como tú o yo, je.

—¿En serio? Corrección aceptada. Perdóname, entonces, por tu amigo.

Nathan no hizo ni un ruido, con la mirada perdida en el suelo blanco. Pasó un largo instante antes de que alzara la vista, lo mirara a los ojos y extendiera la mano.

—Te perdono... ¿Tú me perdonas a mí?

Deivis miró la mano del chico.

—¿Yo? Perdonarte... No seas iluso, muchacho. No te perdono —se dio la vuelta hacia su hijo.

—¿Ehhhh? ¿¡Por qué!? ¡Yo ya lo hice!

Deivis se alejaba cada vez más. Soltó una carcajada altiva.

—Te perdono que me asesinaras. Incluso te agradezco que me exorcizaras de una forma tan agradable. Pero no te perdono todo lo que le hiciste pasar a mi hijo.

—Tú... no me digas, ¿¡él está aquí por mí!?

—Así es. Eso no lo perdono.

Nathan no respondió.

Se quedó en esa posición, en esa postura recta. Su rostro se arrugó de dolor y unas lágrimas comenzaron a salir.

—Pero no te preocupes, muchacho. Ya no te guardo rencor; es algo indigno de un hombre como yo.

Sonrisa.

Su hijo lo imitó.

Ambos alzaron la mano en una despedida y ambos dijeron lo mismo:

—Hasta nunca.

Padre e hijo se esfumaron entre la blancura mientras el eco de sus carcajadas se grababa en el lugar.

Deivis Jameson.

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