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Entre el poder y el amor

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Sinopsis

Hay amores que nacen en la calma y otros que aparecen en medio del caos. Esta es la historia de Joss Romano, un hombre acostumbrado al poder, los secretos y un mundo donde confiar puede ser un riesgo. Pero todo cambia cuando Camila llega a su vida y se convierte en mucho más que su mayor debilidad. Entre amenazas, rivalidades, decisiones difíciles y sentimientos que desafían cualquier lógica, ambos descubrirán que amar a alguien también significa enfrentarse a los propios miedos. Porque, a veces, las personas que parecen tenerlo todo son las que más temen perder aquello que realmente importa. Esta no es solo una historia de amor; es una historia de lealtad, secretos y segundas oportunidades. Una historia donde el poder puede conquistarlo todo, excepto aquello que nace del corazón.

Genero:
Romance
Autor/a:
XIO
Estado:
hace 8 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Una amenaza en la sombra

El teléfono vibró sobre el escritorio de mármol.

Joss Romano levantó la mirada de los documentos que tenía delante. Eran casi las seis de la tarde y, desde el ventanal de su oficina, la ciudad parecía continuar con su rutina habitual. Los vehículos avanzaban por las avenidas, las luces comenzaban a encenderse y la gente regresaba a sus hogares sin imaginar que, detrás de algunas puertas, se libraban batallas que nunca aparecerían en las noticias.

Para Joss, el poder significaba anticiparse a los problemas antes de que estos pudieran alcanzarlo. Había construido su reputación aprendiendo a desconfiar de las sonrisas, de las promesas y, sobre todo, de quienes aseguraban ser sus aliados.

Sin embargo, había una persona por la que estaba dispuesto a bajar la guardia.

Camila.

Su esposa era la única capaz de transformar el silencio de su casa en algo parecido a la paz. Con ella podía olvidarse, aunque fuera por unas horas, de los negocios, las amenazas y los hombres que esperaban una señal suya para actuar. Camila conocía una parte de él que el resto del mundo jamás tendría permitido ver.

Y precisamente por eso, también era su mayor vulnerabilidad.

El teléfono volvió a vibrar.

Joss contestó sin apartar la vista de la ciudad.

—Habla.

Al otro lado de la línea, su jefe de seguridad respiraba con dificultad.

—Señor, tenemos un problema.

Joss dejó el bolígrafo sobre el escritorio.

—Más te vale que sea importante.

—Las cámaras del sector B acaban de registrar un incidente. Tres hombres interceptaron el vehículo de la señora Camila. La obligaron a subir a una camioneta negra y se marcharon antes de que nuestros agentes pudieran intervenir.

Durante unos segundos, Joss no respondió.

El silencio que siguió fue tan absoluto que su asistente, situado al otro lado de la oficina, levantó la cabeza.

—Repite lo que acabas de decir —ordenó Joss.

—Señor, la señora Camila ha sido secuestrada.

Joss se puso de pie lentamente. Su silla retrocedió y chocó contra una estantería, pero él ni siquiera miró en esa dirección. Toda su atención estaba concentrada en una sola idea: Camila estaba en manos de desconocidos y nadie sabía qué pretendían hacer con ella.

—¡Llama a todos los hombres! —rugió—. Quiero las grabaciones de cada cámara de la zona, los registros de vehículos y cualquier información que nos permita encontrar esa camioneta. ¡Ahora!

Su asistente salió de la oficina sin atreverse a hacer preguntas.

Joss tomó su chaqueta y caminó hacia el ventanal. Intentó ordenar sus pensamientos, pero la imagen de Camila apareció en su mente con una claridad insoportable. Recordó su sonrisa aquella mañana, la manera en que le había pedido que no llegara demasiado tarde y la promesa que él había hecho antes de salir de casa.

Esta noche cenamos juntos. Te lo prometo.

Había incumplido demasiadas promesas en su vida. No permitiría que aquella fuera una más.

El teléfono volvió a sonar.

—Hable.

—Señor, hemos identificado la dirección en la que se llevaron a la señora. La camioneta se dirige hacia la zona de los antiguos muelles, al sur de la ciudad. La matrícula parece estar vinculada a una empresa fantasma que podría tener relación con Valentino Bale.

El nombre cayó entre ambos como una sentencia.

Valentino Bale.

Joss conocía demasiado bien a aquel hombre. Durante años, sus caminos se habían cruzado en negocios turbios, disputas territoriales y enfrentamientos que nunca terminaban de resolverse. Valentino era paciente, calculador y tenía la desagradable costumbre de convertir los asuntos personales en instrumentos de negociación.

Pero Camila no tenía nada que ver con sus conflictos.

—Confirma esa información —dijo Joss, con una calma que contrastaba con la tensión de su mandíbula—. Y escucha bien: quiero a Camila de regreso. No me importa cuánto tiempo nos tome encontrarla, pero nadie actuará por su cuenta.

—Entendido, señor.

Joss terminó la llamada y se volvió hacia su asistente, que acababa de regresar acompañado por Marco, uno de sus hombres de mayor confianza.

—Prepara los vehículos —ordenó—. Marco, coordina al equipo y mantén abiertas todas las comunicaciones. Quiero saber quién está detrás de esto y por qué ha decidido meterse con mi familia.

Marco asintió.

—La encontraremos.

Joss lo miró fijamente.

—No me des promesas. Dame resultados.

La camioneta avanzaba por una avenida cada vez más alejada del centro. Camila permanecía sentada en la parte trasera, con las manos sujetas y el corazón latiéndole con fuerza. Había intentado conservar la calma desde el momento en que aquellos hombres la obligaron a abandonar su vehículo, pero cada giro la alejaba más de las calles que conocía.

El hombre sentado a su lado llevaba una cicatriz que le cruzaba una mejilla. No dejaba de observarla, como si esperara que cometiera un error.

Camila levantó la barbilla.

—¿Qué quieren de mí?

El hombre soltó una risa breve.

—Eso no te corresponde saberlo.

—Si pensaban que iba a quedarme callada, eligieron a la persona equivocada.

El conductor golpeó el volante con una mano.

—¡Cierra la boca y quédate quieta!

Camila lo ignoró y volvió a mirar al hombre de la cicatriz.

—¿Esto tiene que ver con mi esposo?

El desconocido intercambió una mirada con el conductor. Fue un gesto rápido, pero suficiente para confirmar sus sospechas.

—Tu esposo tiene muchos enemigos —respondió finalmente—. Algunos creen que ha llegado el momento de recordarle que no puede controlarlo todo.

Camila sintió que el miedo se mezclaba con la indignación.

—Entonces hablen con él. Yo no tengo nada que ver con sus negocios.

—Precisamente por eso eres tan importante.

El hombre se acomodó en el asiento y miró por la ventana.

—Valentino Bale quiere algo de Joss Romano. Y tú eres la manera más sencilla de conseguirlo.

Camila conocía el nombre. Había escuchado a Joss mencionarlo en conversaciones interrumpidas de repente, llamadas que terminaban cuando ella entraba en una habitación y reuniones de las que su esposo regresaba con el rostro endurecido.

Nunca había necesitado conocer todos los detalles para comprender que Valentino representaba una amenaza.

Aun así, no pensaba permitir que aquellos hombres la vieran indefensa.

—Mi esposo los encontrará —dijo con firmeza—. Y cuando lo haga, van a tener que responder por lo que están haciendo.

El hombre de la cicatriz sonrió sin humor.

—Eso es exactamente lo que esperamos.

La camioneta giró hacia una carretera industrial. Los edificios comenzaron a espaciarse y las fachadas comerciales dieron paso a almacenes cerrados, muros desgastados y terrenos casi vacíos. Camila intentó reconocer el recorrido, buscando cualquier referencia que pudiera ayudarla más adelante.

No iba a dejar que el miedo decidiera por ella.

Mientras tanto, Joss bajaba las escaleras de su edificio acompañado por Marco y varios hombres de seguridad. En el exterior, los vehículos oscuros ya estaban preparados.

Antes de subir, sacó su teléfono y marcó un número que llevaba años evitando.

La llamada fue atendida después del segundo tono.

—Romano —respondió una voz masculina—. Qué sorpresa.

Joss apretó la mandíbula.

—Valentino.

—¿A qué debo el honor?

—Sé que tienes algo que ver con la desaparición de mi esposa.

Al otro lado de la línea se escuchó una risa discreta.

—Siempre tan desconfiado. ¿No crees que estás sacando conclusiones demasiado rápido?

—No tengo tiempo para tus juegos. Devuélveme a Camila.

—¿Y si no quiero?

Joss cerró los ojos durante un instante. Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado. La incertidumbre seguía allí, pero ahora estaba acompañada por una determinación fría y absoluta.

—Entonces vas a descubrir que cometiste un error.

—Camila es una distracción, Joss. Siempre lo he dicho. El poder exige sacrificios, pero parece que tú has olvidado esa lección.

—No vuelvas a pronunciar su nombre.

La voz de Valentino perdió parte de su tono burlón.

—Tienes diez minutos para decidir cómo quieres que termine esta conversación.

Joss miró a Marco, que ya estaba esperando junto al vehículo.

—No necesito diez minutos para decidir nada. Voy por ella.

Terminó la llamada.

—Nos dirigimos a los antiguos muelles —ordenó mientras subía al vehículo—. Quiero todas las entradas vigiladas y cualquier posible salida identificada. Nadie se adelanta sin confirmación. No sabemos cuántos hombres hay allí ni qué pretenden.

Marco ocupó el asiento delantero.

—¿Y si Valentino está esperando que lleguemos?

Joss miró por la ventana mientras los vehículos abandonaban el estacionamiento.

—Entonces no le daremos la satisfacción de encontrarnos desprevenidos.

La caravana se incorporó a la avenida. Las luces de la ciudad comenzaron a difuminarse sobre los cristales y el tráfico quedó atrás. Joss permaneció inmóvil, con el teléfono entre las manos, revisando cada nueva información que recibía.

No pensaba en el dinero que podía perder, en los acuerdos que tendría que romper ni en las consecuencias de enfrentarse nuevamente a Valentino.

Solo pensaba en Camila.

La camioneta frenó bruscamente en un callejón situado entre dos almacenes abandonados.

Camila se sujetó al asiento para no perder el equilibrio. El hombre de la cicatriz abrió la puerta y descendió, mirando a ambos lados antes de hacerle una señal al conductor.

—Ya llegamos.

—¿Dónde estamos? —preguntó ella.

Nadie respondió.

El hombre la ayudó a bajar y la condujo hacia una puerta metálica. Camila intentó memorizar cada detalle del lugar: la distribución de los edificios, el ruido distante de los motores y las luces que se filtraban por las ventanas rotas.

Al cruzar el umbral, distinguió varias figuras esperando en el interior. No pudo reconocer sus rostros, pero comprendió que aquello estaba organizado desde mucho antes de su llegada.

Uno de los hombres consultó su reloj.

—¿Y Romano?

—Vendrá —respondió el de la cicatriz—. No va a abandonar a su esposa.

Camila sintió un nudo en el estómago, aunque se obligó a mantener la mirada firme.

—Si quieren hablar con Joss, déjenme llamarlo.

—Tu esposo ya sabe que estás aquí.

El hombre sacó su teléfono y sonrió al leer un mensaje.

—De hecho, parece que está más cerca de lo que pensábamos.

A varios minutos de allí, el vehículo de Joss redujo la velocidad al aproximarse a los antiguos muelles. Las grúas se recortaban contra el cielo oscurecido y el viento arrastraba el olor del agua y del metal oxidado.

—Señor, estamos a cinco minutos —informó el conductor.

Joss guardó el teléfono y observó los almacenes que aparecían al final de la carretera.

—Preparen al equipo. Quiero que revisen la zona antes de entrar.

Marco se volvió ligeramente hacia él.

—La última señal del teléfono de uno de los sospechosos procede de un almacén cercano. Es probable que la tengan allí.

Joss no respondió de inmediato. Se limitó a mirar el edificio que se levantaba al otro lado de la calle.

Por primera vez desde que había recibido la noticia, tuvo una certeza: estaba cerca de Camila.

Y, sin embargo, algo no encajaba.

Valentino había dejado demasiadas pistas. Había permitido que identificaran la camioneta, había contestado su llamada y prácticamente le había confirmado dónde encontrarla. Un hombre como él no cometía errores tan evidentes sin una razón.

—Marco —dijo finalmente—, quiero que compruebes si hay otra salida en ese almacén. Y no permitas que nadie entre hasta que sepamos qué nos espera.

—Entendido.

Joss volvió a mirar el edificio. Su mano se cerró alrededor del teléfono cuando apareció un nuevo mensaje de un número desconocido.

Lo abrió.

Solo había una fotografía.

Camila estaba sentada dentro del almacén, con la cabeza levantada y los ojos fijos en alguien que permanecía fuera del encuadre.

Debajo de la imagen, una frase:

«Ven solo, Romano. Si quieres volver a ver a tu esposa, tendrás que confiar en mí».

Joss leyó el mensaje dos veces.

Después levantó la mirada hacia las puertas del almacén, donde una luz acababa de encenderse.

Había llegado el momento de descubrir qué quería realmente Valentino Bale.

Y, por primera vez en muchos años, Joss Romano no estaba seguro de tener el control de la situación.

Fin del capítulo 1.

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