Un destino que no eligieron
El sonido de la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión mientras Luna observaba su reflejo frente al espejo. Llevaba un vestido elegante y el cabello cuidadosamente peinado, pero nada de aquello conseguía disimular su expresión de tristeza.
A sus veinte años, Luna había crecido rodeada de comodidades. Tenía una habitación espaciosa, ropa de diseñador y todo lo que una joven de su posición podía desear. Sin embargo, aquella mañana comprendió que tenerlo todo no significaba ser libre.
—¿De verdad no hay otra opción? —preguntó, mirando a su padre, que permanecía junto a la puerta.
Él suspiró.
—Luna, ya hemos hablado de esto.
—No, papá. Tú has hablado. Yo solamente he tenido que escuchar.
Su padre se acomodó la chaqueta antes de responder.
—Nuestra familia atraviesa una situación complicada. Este acuerdo puede ayudarnos a superar los problemas económicos que tenemos.
Luna se levantó de la silla.
—¿Y por eso tengo que casarme con un hombre al que ni siquiera conozco?
—Se llama Louis. Es un hombre trabajador, honesto y responsable. Vive en el campo y tiene una granja.
—¿Una granja? —repitió ella, incrédula—. ¿Me estás diciendo que voy a abandonar mi vida para casarme con un desconocido y vivir en medio de la nada?
—No será tan terrible como imaginas.
—Eso es fácil de decir cuando no eres tú quien tiene que hacerlo.
Su padre guardó silencio. Luna conocía aquella expresión: era la misma que utilizaba cada vez que una conversación llegaba a un punto en el que no estaba dispuesto a ceder.
—La boda será dentro de dos semanas —anunció finalmente.
Luna sintió un nudo en la garganta.
—¿Ya decidiste hasta la fecha?
—Todo está organizado.
Ella soltó una risa amarga y volvió a mirar por la ventana. El jardín estaba perfectamente cuidado, las flores crecían alrededor de la fuente y los caminos de piedra brillaban bajo la lluvia. Aquella casa siempre le había parecido hermosa, pero ahora sentía que cada rincón la encerraba un poco más.
—Espero que al menos sea un buen hombre —murmuró.
—Lo es. Estoy seguro de que aprenderán a llevarse bien.
Luna no respondió. No quería discutir más. Su futuro ya estaba decidido por personas que parecían olvidar que sería ella quien tendría que vivirlo.
A varios kilómetros de la ciudad, Louis comenzaba su jornada antes del amanecer.
El aire fresco recorría los campos y las gotas de rocío cubrían las hojas de los cultivos. Louis salió de la casa con una chaqueta de trabajo y una taza de café. Después de revisar las herramientas del granero, caminó hasta la cerca que llevaba varios días necesitando reparaciones.
La granja era su hogar y su mayor orgullo. Había dedicado años de esfuerzo a mantenerla, pero las últimas cosechas no habían producido lo suficiente. Entre los gastos de mantenimiento, las reparaciones de la maquinaria y las deudas acumuladas, cada mes resultaba más difícil conservar la propiedad.
Por eso había aceptado la propuesta de matrimonio.
No porque creyera en casarse por conveniencia, sino porque el acuerdo le ofrecía una oportunidad de mantener aquello por lo que tanto había trabajado.
Aun así, la idea de compartir su vida con una desconocida no le agradaba.
Recordó la conversación con el padre de Luna, quien le había advertido que su hija estaba acostumbrada a una vida de lujos.
—Espero que puedas comprenderla —le había dicho el hombre.
Louis había respondido con sinceridad.
—Haré lo que pueda, pero no puedo ofrecerle una vida de lujos. Esta granja es lo que tengo.
No quería engañar a su futura esposa prometiéndole cosas que no podía cumplir. Su casa era sencilla, los muebles tenían años de uso y buena parte de sus días transcurría trabajando en los campos.
No sabía si Luna sería capaz de adaptarse. Quizá lo odiaría por haber aceptado el acuerdo. Quizá nunca conseguirían ser más que dos personas obligadas a compartir un techo.
Louis dejó la herramienta y contempló el horizonte.
—Espero que al menos podamos llevarnos bien —murmuró.
Por ahora, eso era todo lo que se permitía esperar.
Las dos semanas pasaron más rápido de lo que Luna hubiera querido.
La familia organizó la ceremonia, eligió las flores y preparó cada detalle. Todos parecían emocionados, como si aquel matrimonio fuera el comienzo de una hermosa historia de amor. Luna, en cambio, sentía que estaba asistiendo a una obra en la que le habían asignado un papel sin preguntarle si quería interpretarlo.
El día de la boda llegó bajo un cielo despejado.
La ceremonia se celebró en un jardín decorado con flores blancas. Los invitados vestían sus mejores trajes y las conversaciones llenaban el ambiente. Cuando Luna apareció, todos volvieron la mirada hacia ella.
Louis la esperaba frente al oficiante, vestido con un traje oscuro que parecía tener poco que ver con la ropa que acostumbraba llevar para trabajar.
Al verla acercarse, se quedó inmóvil durante unos segundos.
Era hermosa, pero había algo en sus ojos que llamó su atención. No parecía la mirada de una mujer que estuviera a punto de casarse por amor.
Cuando Luna llegó a su lado, Louis le ofreció el brazo. Ella lo aceptó con cierta vacilación.
Durante la ceremonia, intercambiaron los votos preparados para ellos. Las palabras sobre el amor, la confianza y la promesa de permanecer juntos sonaron extrañas en una relación que apenas comenzaba.
Cuando llegó el momento del beso, Louis se inclinó despacio, dándole tiempo para apartarse si así lo deseaba. Sus labios se encontraron apenas unos segundos.
Los invitados aplaudieron y las cámaras capturaron sus sonrisas.
Para todos los presentes, aquella era una boda feliz.
Para Luna y Louis, era el primer paso hacia una vida llena de incertidumbre.
Al caer la tarde, ambos viajaban en la camioneta de Louis rumbo a la granja.
Durante los primeros minutos, ninguno habló. Luna observaba por la ventana cómo los edificios desaparecían y las calles daban paso a extensos campos verdes. A medida que avanzaban, el paisaje se volvía más tranquilo y las casas estaban cada vez más separadas.
—¿Cuánto falta? —preguntó finalmente.
Louis miró brevemente el tablero.
—Unos veinte minutos.
—Ah.
El silencio regresó.
Louis no sabía cómo iniciar una conversación. Había imaginado aquel viaje muchas veces, pero ninguna de sus ideas parecía adecuada con Luna sentada a su lado.
—Sé que esto no es lo que esperabas —dijo al cabo de un rato.
Ella giró la cabeza para mirarlo.
—¿Y tú sí esperabas casarte con una desconocida?
—No.
La sinceridad de su respuesta la tomó desprevenida.
—Entonces, ¿por qué aceptaste?
Louis mantuvo la vista en la carretera.
—Tenía mis razones.
—Qué respuesta tan conveniente.
—No he dicho que fueran buenas razones.
Luna lo observó, buscando alguna señal de arrogancia. No encontró ninguna. Louis parecía tan poco entusiasmado con la situación como ella.
—¿Qué esperas de mí? —preguntó después de unos segundos.
—Que podamos convivir sin hacernos la vida imposible.
Ella arqueó las cejas.
—Vaya. Qué romántico.
Louis dejó escapar una pequeña risa.
—No soy muy bueno con los discursos.
A pesar de sí misma, Luna estuvo a punto de sonreír, pero volvió la mirada hacia la ventana. No quería encontrar nada agradable en aquel hombre. Si comenzaba a sentirse cómoda a su lado, quizá le resultaría más difícil aceptar que su vida había cambiado sin que ella pudiera impedirlo.
Poco después, la camioneta abandonó la carretera principal y tomó un camino de tierra. Al final del sendero apareció una casa de dos pisos, con un porche de madera, ventanas amplias y un jardín sencillo. A un lado se extendían los campos, y detrás de la vivienda se alzaban un granero y varias construcciones agrícolas.
Louis estacionó frente al porche y apagó el motor.
—Llegamos.
Luna bajó lentamente y contempló la casa.
No era fea, pero tampoco se parecía al hogar que había imaginado para sí misma. El aire olía a tierra húmeda y hierba fresca. No había bocinas ni ruido de tráfico, solamente el sonido del viento entre los árboles.
Louis sacó las maletas de la camioneta.
—Ven. Te mostraré la casa.
Ella lo siguió hasta la entrada. En el interior encontró una sala modesta, con un sofá de tela, una mesa de madera y una chimenea. Todo estaba limpio, aunque los muebles parecían llevar allí muchos años.
—La cocina está al fondo —explicó Louis—. El baño principal está a la izquierda y hay otro arriba. Tu habitación está en el segundo piso, al final del pasillo.
—¿Y la tuya?
—La habitación de al lado.
Luna se quedó quieta.
Louis comprendió su preocupación y añadió:
—No tienes que preocuparte. No voy a entrar en tu habitación sin permiso. Y tampoco espero que compartamos habitación si no quieres.
Ella lo miró, sorprendida. Hasta ese momento había supuesto que el matrimonio implicaba una serie de obligaciones que tendría que aceptar sin discutir.
—Gracias —murmuró.
Louis tomó una de las maletas y subió las escaleras. Luna lo siguió hasta una habitación con paredes color crema, una cama amplia, un armario de madera y una ventana que daba directamente a los campos.
Sobre la cama había una manta cuidadosamente doblada. En una pequeña mesa descansaba un jarrón con flores silvestres.
—No sabía qué colores te gustaban —explicó Louis—, así que intenté dejarlo todo lo más sencillo posible. Si necesitas algo, puedes decírmelo.
Luna recorrió la habitación con la mirada. No había decoraciones lujosas ni muebles modernos, pero alguien se había tomado el tiempo de preparar aquel espacio para ella.
—Está bien —respondió con más suavidad—. Gracias.
Louis asintió.
—Te dejaré descansar. La cena estará lista en una hora, si quieres comer conmigo.
—¿Tú cocinas?
—Cuando no quiero morirme de hambre, sí.
Luna soltó una pequeña risa antes de poder contenerla. Louis pareció notarlo, pero tuvo la delicadeza de no comentarlo.
—Nos vemos abajo —dijo antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, Luna se sentó en el borde de la cama. Seguía enfadada y sabía que una habitación acogedora no cambiaría las circunstancias que la habían llevado hasta allí.
Sin embargo, Louis no había intentado fingir que su vida era perfecta. Tampoco le había exigido que se comportara como una esposa enamorada. Le había ofrecido espacio y respeto, dos cosas que ella no esperaba encontrar en aquel matrimonio.
Se levantó y se acercó a la ventana. El sol comenzaba a desaparecer detrás de las colinas, tiñendo los campos de tonos dorados.
En algún lugar de aquella propiedad se encontraba el hombre con quien acababa de casarse. Un hombre que no conocía y que tampoco la conocía a ella.
A partir de aquel día tendrían que aprender a compartir una vida.
Fin del capítulo 1.








