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DONDE LA ESCARCHA SE QUEMA

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Sinopsis

Sinopsis Una muerte inesperada desencadena una serie de sucesos que amenazan con alterar el equilibrio de las cuatro Cortes Feéricas, obligando al monarca del invierno a invocar un pacto antiguo, forjado entre hielo y fuego. Hace un siglo, el traicionero asesinato de la reina Meadhbh sumergió al reino de otoño en un largo aislamiento, mientras los inmensos bosques de Arce se pudren bajo una magia desconocida. Para contener la amenaza que avanza sobre las fronteras del Norte, Roarcan, el Rey de Escarcha de la Corte de Invierno, pide una alianza a la Corte de Verano. Ariadne, princesa del verano, es enviada como embajadora al gélido Norte con la encomienda diplomática de investigar la verdad detrás de la agitación de los reinos. Tras sobrevivir a un naufragio, llega al Bastión, donde, entre desconfianzas y sospechas, los misterios no hacen más que aumentar. Atrapados entre traiciones y acertijos, Ariadne y Roarcan deberán medir sus desconfianzas y desenterrar los secretos del pasado.

Estado:
hace 3 días
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1 El Eco del Metal

El Salón de Bronce, el corazón de la Corte de Otoño, se alzaba imponente con sus paredes de leño pulido y un techo cubierto por hojas de bronce y oro oscuro. En el ambiente aún se podía oler la cera quemada, mezclada con un intenso aroma a canela y manzanas dulces proveniente del gran banquete en honor a la noche de Haleg-Monath, la última gran fiesta antes de ceder el lugar al frío invierno.

Los cortesanos ya se habían retirado y la gran sala, antes llena de vida, música y un baile descontrolado, se había sumergido en un silencio casi irreal, interrumpido únicamente por el tintineo sutil de platos y vasos provocado por los pocos Brownies que se habían quedado para ordenar el lugar en la penumbra.

La reina Meadhbh, que se había retirado un poco antes de que la fiesta terminara, se encontraba ahora en su dormitorio.

Todavía no estaba lista para irse a la cama, aunque no podía evitar sentir todo su cuerpo cansado después de semanas encargándose de cada detalle y resolviendo cada problema que surgía a medida que se acercaba la noche del festejo, su mente no dejaba de pensar.

En el aire esa misma noche flotaba una extraña tensión que no la dejaba tranquila. Mirando la luna desde su ventana, se preguntaba qué era exactamente lo que le causaba tanta inquietud.

Un viento frío sopló con fuerza y un mechón rojo y rizado le cayó sobre los ojos, haciéndole cosquillas en la nariz.

Justo entonces la puerta se abrió. Borgoña, su doncella, una pixie del Bosque de Esmeralda con la piel verde y brillante como la de un escarabajo, entró en la habitación cargando un brasero de cobre para calentar la cama. El calor comenzó a esparcirse por la habitación, tiñendo el aire con ese aroma tan particular a ceniza y metal caliente.

—Mi señora, hace mucho frío esta noche. Pescará algo si se queda ahí —.

Rápidamente, con sus largos brazos, tomó un chal de plumas de búho y se lo acomodó sobre los hombros.

—Gracias, Borgoña —respondió Meadhbh. La pixie le sonrió, mostrando sus pequeños dientes puntiagudos.

—Mi señora, tendría que entrar. Se ve muy pálida.

—Ya voy —murmuró ella, sujetándose el chal de plumas. —Es tarde, puedes retirarte.

La pixie hizo una reverencia y salió silenciosamente.

Meadhbh quedó sola.

Otro soplo de viento la hizo temblar como una hoja recordándole la inminente llegada del invierno a su puerta.

Pronto tendría que enviar una misiva al rey Roarcan informándole sobre la escasez de los suministros de este año. Al pensar en las largas reuniones que la esperaban con los delegados del norte todo su cuerpo tembló. Pronto Roarcan llegaría, y la sola idea de verlo consiguió aliviar un poco el cansancio que pesaba sobre ella. Faltaba tan poco para concluir la alianza. Solo unos pocos ajustes para que ambas partes quedaran satisfechas y… Rowen, por supuesto.

Tenía que hablar cuanto antes con su hermana; convencerla no iba a ser fácil. Rowen no era alguien que se dejara guiar por promesas vacías ni por la insistencia de la corona. Meadhbh necesitaba una estrategia, una oferta que su hermanita no pudiera rechazar antes de que fuera demasiado tarde.

Apartándose el cabello de la cara, cerró la ventana y se acomodó en su sillón cerca del fuego. Estaba considerando si llamar a alguien para que le trajera una bebida caliente antes de dormir cuando las puertas de la habitación se abrieron de par en par.

Rowen entró como lo hacía siempre: como un ciclón sin rumbo arrasando con cada cosa que se pusiera en su camino. Su hermana gemela era una auténtica fuerza de la naturaleza; no podían ser tan parecidas físicamente y, al mismo tiempo, tan distintas.

Los guardias, dos espíritus del bosque con patas de cabra que hasta hacía un momento custodiaban la entrada, entraron corriendo detrás de ella haciendo resonar sus pezuñas en el piso de madera, intentando detener al pequeño diablillo que acababa de irrumpir en los aposentos de la Reina. Meadhbh no pudo evitar reír antes la escena: dos guardias grandes y robustos corriendo de un lado a otro de su habitación, persiguiendo a una joven esbelta, de cabello rojo y rebelde decorado con hojas secas.

Al escuchar la risa de la Reina, los guardias se detuvieron, exhaustos.

—Le pedimos perdón, mi Reina... No pudimos retener a la princesa. Ella simplemente entró.

Rowen soltó una carcajada mientras se acercaba a su hermana, saltándole encima como hacía cuando era niña, abrazándola con demasiada fuerza.

—Soy su hermana, no necesito permiso para venir a verla.

Meadhbh la miró seriamente, alejándola un poco, aunque en verdad no le importaba en absoluto aun así tenía que mantener las etiquetas delante de los demás; al fin y al cabo, ella era la Reina y no podía permitirse el lujo de ser tan "espontánea" como su gemela, a pesar de que siempre había envidiado su libertad.

—Pueden retirarse —ordenó Meadhbh.

Los guardias hicieron una reverencia y salieron, dejando a Rowen tomar asiento en la silla de madera justo a su lado, al calor del fuego.

—Te ves cansada. —

—Fue una semana agitada. —

Rowen chasqueó la lengua, jugando con una hoja de su cabello.

—Los nobles no paran de zumbar a tu alrededor. Casi no he podido verte en semanas—

—Tuvimos muchos problemas con la cosecha de este año y los embajadores del invierno llegarán pronto.

—Estupideces. Solo quieren más de lo que ya tienen. Nunca les alcanza.

—Rowi —la reprendió.

—No sé cómo podés soportar todo esto —refunfuñó, apartándose un rizo rebelde de la cara.

—¿A qué te referís?

—A todo esto —dijo, señalando la habitación—. Los guardias en la puerta, los nobles arrastrándose hacia ti siempre en busca de algo de poder... Sonreír, aunque no quieras mientras esos idiotas te alaban falsamente

—No todos son así, Rowen­— le reprochó severamente.

Su hermana suspiró pesantemente ­—¿No extrañas el Bosque?

Meadhbh miró el fuego crepitar. Sería mentira contestarle que no, que no extrañaba los días en los que podía correr libremente entre los arces, trepar el viejo roble o subir al manzano por las tardes y robar algunas frutas para comer a la orilla del lago. El bosque siempre había sido su refugio, desde aquellos días en que era una joven que corría detrás de su hermana menor, buscando aventuras entre los árboles de otoño. Pero habían pasado siglos desde entonces, sus padres habían fallecido y la corona había pasado a ella, y aunque había días que pesaba demasiado sobre su cabeza era una carga que en algún modo aceptaba.

—El bosque siempre será mi segunda casa, pero la Corte me eligió y es parte de mí, como tú eres parte del bosque — dijo acomodándole un rizo detrás de su pequeña oreja puntiaguda.

—Me gustaría que no fuera así, Mae —

—Rowi…

—Tendríamos que irnos, ahora —.

Rowen la agarró por la muñeca como si estuviera lista para arrastrarla hasta el bosque si fuera necesario.

Sin embargo, el ímpetu del momento se evaporó tan rápido como había llegado, dejando a su hermana confundida.

—Rowi... ¿qué pasa? —murmuró Meadhbh, suavizando la mirada.

Fue entonces cuando la agitación nerviosa de Rowi llamó la atención de la reina. Meadhbh miró atentamente el rostro redondo y pecoso de su hermana. Rowen siempre había sido impulsiva, así que su entrada intempestiva no era ninguna novedad, pero al observarla de cerca notó que algo iba mal. Cuando Rowen estaba nerviosa, tenía la costumbre incontrolable de enredar sus dedos en el cabello, y en ese momento su manía estaba fuera de todo límite, haciendo que sus rizos se volvieran aún más eléctricos y encrespados.

—¿Qué pasa, Rowi?

Su hermana la miró. Sus ojos dorados reflejaban los suyos con intensidad.

—¿No lo sentís, Mae? Algo está mal. Siento algo en el aire, como si miles de insectos me recorrieran el cuerpo.

Meadhbh la contempló, debatiéndose entre tranquilizarla o admitir que ella misma compartía esa misma opresión en el pecho. Justo cuando estaba a punto de confesarle su propia inquietud, unos golpes firmes sonaron en la puerta.

—Adelante.

Uno de los guardias asomó la cabeza.

—Mi señora, el príncipe Aodhán y su consorte, la señora Mab, solicitan audiencia.

Rowen gimió de frustración. No estaba en buenos términos con su hermano, y mucho menos con su prometida.

—No los dejes entrar, Meadhbh. No esta noche.

—No puedo dejarlo afuera, Rowen.

—¿Por qué no? Eres la Reina.

—Los nobles hablarán.

—¿Y qué? Siempre hablan.

Meadhbh suspiró, sintiendo una vez más lo difícil que era hacerle entender a su hermana lo que realmente significaba ser una gobernante.

—Justamente porque soy la Reina, no puedo hacer lo que quiero.

Rowen bufó y se dejó caer en el sillón, completamente abatida. Meadhbh sonrió a su hermana, apretando su mano con fuerza una última vez, antes de darle la orden al guardia.

—Déjalos pasar.

Aodhán y Mab entraron juntos riendo y susurrándose algo al oído.

Su hermano parecía estar ebrio. Sus ojos dorados brillaban con una euforia difícil de disimular mientras escoltaba a su prometida, caminando con una sonrisa despreocupada. Su cabello rojo oscuro y rizado estaba ligeramente revuelto. Su porte, habitualmente impecable, había perdido toda la rigidez que solía mostrar frente a los nobles.

A su lado Mab lucía tan espléndida como siempre: pequeña, elegante, con un cuello de cisne, una piel de una blancura casi irreal, su cabello negro, largo y lacio, caía sobre un vestido confeccionado con telarañas plateadas. Gotas de rocío brillaban entre los delicados hilos, resaltando su silueta perfecta. A simple vista, parecía una mujer dulce y gentil, pero eran sus ojos los que revelaban su verdadera y oscura naturaleza. En sus órbitas parecía contenerse el mismísimo cielo nocturno. Más de una vez, al mirarla fijamente, había percibido la sensación de algo que se cerraba lentamente a su alrededor, sumiéndola en una oscuridad absoluta. Sin embargo, aquella sensación escalofriante desaparecía tan rápido como había surgido, antes de que pudiera siquiera comprender si realmente había sucedido o si solo había sido producto de su imaginación.

Aunque no dijo nada a su hermana, tampoco le agradaba recibir en su aposento a la pareja.

—Hermano, Mab... Acomódense. ¿Qué los trae por aquí en esta noche de fiesta?

Aodhán ayudó a su consorte a sentarse; el vestido era espléndido, pero indudablemente incómodo. Acto seguido, él mismo se acomodó a su lado, sonriendo con la misma sonrisa de Meadhbh: cordial y distante.

—La fiesta fue impecable como siempre, hermana —dijo Aodhán, rompiendo el hielo con una cortesía perfectamente ensayada—. Mab quedó impresionada.

—Querido, me divertí muchísimo —intervino Mab, su voz arrastrada y suave, casi como un ronroneo—. Lástima que duró tan poco; voló tan rápido como un sueño. Me hubiera gustado parar el tiempo, aunque tal vez sea mejor así. Los mejores recuerdos son veloces como el aleteo de un colibrí.

“¿Duró tan poco?”

Meadhbh miró de reojo a su hermana. A su lado, Rowen se había quedado completamente rígida y, la Reina estaba segura, su gemela lucía la misma expresión de profunda confusión que se había apoderado de ella en aquel instante.

Las palabras de Mab no sonaban a un halago inocente; tenían el filo oculto de una advertencia que ninguna de las dos logró descifrar todavía.

La voz de la consorte daba vueltas en su cabeza. Meadhbh las repetía una y otra vez en su mente: «Lástima que duró tan poco». La fiesta de Haleg-Monath debía durar toda la noche, hasta el amanecer. Entonces, ¿por qué había terminado ya?

Meadhbh desvió la mirada hacia la ventana; la luna todavía estaba alta en el cielo. Tenía que ser, como mucho, la hora del búho. ¿Por qué estaba ya en su recámara?

Un terror frío le recorrió la columna, sentía la sensación de una serpiente se deslizara bajo su piel, enroscándose alrededor de su cuerpo.

Mab pareció percatarse de su incomodidad y rió alegremente, un sonido cantarín que erizaba la piel.

—No me preste demasiada atención, mi señora. A veces se me escapan cosas que no debería decir—.

—Entonces tendrías que aprender a no decir nada — le contestó Rowen entre dientes.

—Lo tendré en cuenta, princesa — respondió Mab con una sonrisa dulce —Una siempre debe escuchar a las expertas... y nadie conoce mejor las consecuencias de hablar de más que tú.

Sin darle tiempo a replicar, la consorte enlazó con parsimonia el brazo de Aodhán, ajena a la furia que encendía el rostro de la joven.

—Querido, creo que es hora de retirarnos —dijo Mab, acomodándose en el brazo de su consorte sin mostrar ninguna molestia.

—Tus hermanas no parecen sentirse cómodas con nuestra presencia aquí. Y todavía tenemos mucho por hacer... Vamos, el espectáculo está por empezar.

Aodhán curvó los labios con un gesto displicente, casi aburrido, mientras les dedicaba a sus hermanas una falsa cortesía:

—Creo lo mismo, querida. Ya es el momento. Hermanas —se despidió antes de levantarse y tenderle un brazo a Mab para ayudarla a incorporarse—: no querría perderme ni un solo acto.

Antes de cruzar el umbral, Mab ejecutó una reverencia lenta y teatral, casi burlona, haciendo que las telas de su vestido relucieran en la penumbra. A su lado, Aodhán no pudo contener una risa estrangulada, un sonido que se volvió más fuerte a medida que las pesadas puertas se cerraban, dejando su eco resonando a lo largo del pasillo antes de dar paso al silencio absoluto.

Meadhbh, completamente desconcertada por el comportamiento de la pareja, se volteó hacia su hermana.

Rowen todavía contemplaba la puerta con desprecio. Y había algo más en su expresión, algo que Meadhbh rara vez había visto en ella: miedo.

—Como los odios— susurró

—Rowen... ¿te acuerdas de como terminó la fiesta?

Su hermana la miró, parpadeando.

—¿Cómo?

—¿Qué es la última cosa que recuerdas antes de entrar en mi habitación?

Rowen se le quedó mirando, confundida. Meadhbh vio el enorme esfuerzo que estaba haciendo su hermana en el intentar hacer memoria, pero al cabo de unos segundos sus ojos dorados se abrieron de par en par, llenos de espanto.

—Yo... yo estaba bailando. Estaba bailando en el salón y.… de pronto, aparecí adelante de tu puerta. Solo sentí el impulso de venir a hablar contigo. Pero... — Las palabras murieron en su boca.

Un silencio sobrenatural se abatió sobre la habitación y le erizó la piel. El fuego, que hasta hacía un instante crepitaba alegremente a su lado, había quedado completamente mudo. Las llamas permanecían inmóviles, suspendidas en el aire. El tiempo se había detenido.

Entonces, a lo lejos, un reloj dio una campanada seca y profunda que hizo sobresaltar a ambas.

Con el corazón en la garganta, la reina tomó la mano de su gemela. Su pulso latía frenético, acompasado por los violentos golpes de su corazón contra el pecho.

—Mae... ¿escuchas eso?.

La reina se quedó inmóvil. En mitad del silencio de su habitación comenzó a filtrarse un eco lejano: música y risas. El sonido creció a una velocidad alarmante, haciéndose más y más fuerte, atronador, hasta dejarla completamente ensordecida.

Ante sus ojos, las paredes del dormitorio comenzaron a ondularse y desvanecerse como si fueran un mero reflejo en el agua. La habitación desapareció y Meadhbh se descubrió de golpe en el Salón de Bronce, sentada en su trono de cerezo dorado. A su lado, Rowen miraba a todas partes, completamente desconcertada mientras la fiesta continuaba frente a sus ojos. La corte entera estaba allí con los cálices en alto cantando y bailando, ajena a la confusión grabada en los rostros de las hermanas.

—No es real —susurró Rowen.

—Lo es —Meadhbh observaba con total seriedad el banquete que proseguía en una normalidad inquietante.

—Alguien está interfiriendo con la Corte —.

—¿Cómo? —

La Reina no lo sabía, nunca había visto algo parecido.

La realidad había sido tejida con paciencia y precisión, hilo a hilo, como la trampa de una araña que aguarda en silencio a su presa.

Meadhbh miró a su alrededor y se le erizó la piel.

Sus guardias habían desaparecido.

—Rowen…

—¡Larga vida a la Reina de las Hojas de Bronce! —la interrumpió Aodhán, alzando su copa con un brillo cruel en la mirada

Los cortesanos ebrios y en frenesí aclamaron en un coro ensordecedor, alzando sus copas de hidromiel en un brindis en su honor antes de sumergirse de nuevo al festejo.

Meadhbh no podía apartar los ojos de las figuras que danzaban a pocos metros de ellas. Giraban en círculo, cada vez más rápido, arrastradas por el ritmo frenético de la música, mientras la melodía aceleraba hasta volverse casi insoportable.

Intentó mirar a su hermana, sentada a su lado. Quiso advertirle, decirle que debían marcharse, que tenían que escapar de allí lo más rápido posible.

Intentó moverse.

No pudo.

Su cuerpo permanecía rígido, atrapado por una fuerza invisible que la clavaba al suelo. Quiso gritar, pedir ayuda, hacer cualquier cosa, pero su voz se negó a obedecerla.

En su mente solo resonaba sus gritos desesperado.

«! Corre, corre, ¡corre!» pero sus labios permanecían sellados.

Solo podía observar.

A su alrededor, todo continuaba como sin nada.

Los músicos seguían tocando. Las copas continuaban alzándose. Las risas llenaban el salón mientras sus súbditos disfrutaban de la fiesta, completamente ignaros de lo que estaba ocurriendo frente a sus propios ojos. Nadie parecía advertir la amenaza que se cernía sobre ellos. Nadie, excepto ella y Rowen.

Todo era una farsa pulcramente orquestada.

Meadhbh sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No de miedo, sino de una impotencia tan profunda que le oprimía el pecho.

Entonces miró a Mab. Sentada a pocos metros de ella, la observaba con una sonrisa tranquila, complacida mientras disfrutaba del espectáculo. Cuando sus miradas se encontraron le guiñó el ojo y ensanchó su sonrisa, mostrando los dientes de forma depredadora mientras una figura encapuchada se inclinaba hacia ella sosteniendo una daga. La consorte le extendió la mano; el filo rozó su piel y la palma se tiñó de rojo.

A pocos pasos, Rowen soltó un sonido estrangulado mientras veía a Mab aproximarse a ella. Sin borrar la sonrisa, la consorte deslizó con delicadeza la empuñadura ensangrentada entre los dedos temblorosos de la princesa. Luego le sujetó el rostro con la mano herida, dejando marcas de sangre fresca sobre sus mejillas, fijando los ojos en ella:

—El precio está pagado, el inocente condenado y la sangre se ha derramado... —Rowen gimió bajo su mano—. Shh, pequeña... las traiciones duelen; haré que nunca lo olvides

—Mae... corre...

Fue en ese instante cuando la reina lo comprendió todo.

Pero ya era demasiado tarde.

La oscuridad ya la había alcanzado.

Meadhbh sintió el golpe helado del metal y el dolor punzante que le robaba el aire. Lo último que vieron sus ojos antes de que el abismo la devorara por completo fueron esas órbitas negras repletas de estrellas ajenas. Mientras su cuerpo caía sin vida del trono de cerezo, el eco de un grito horrorizado resonó en las altas paredes de metal, sellando el destino de su gemela:

—¡La princesa Rowen ha matado a la Reina!

Y el Tiempo de Bronce se apagó para siempre.

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