ᴍʏ ɢᴏᴏᴅ ɢɪʀʟ

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Summary

𝘓𝘰 𝘱𝘳𝘰𝘩𝘪𝘣𝘪𝘥𝘰 𝘴𝘪𝘦𝘮𝘱𝘳𝘦 𝘦𝘴 𝘭𝘰 𝘮𝘢́𝘴 𝘥𝘶𝘭𝘤𝘦... 𝘺 𝘭𝘰 𝘮𝘢́𝘴 𝘱𝘦𝘭𝘪𝘨𝘳𝘰𝘴𝘰. Después de perderlo todo, Bonnie solo busca un lugar donde curar sus heridas. La casa de su tía debería ser un refugio, pero se convierte en una jaula de miradas frías. Porque él está ahí. Freddy. Su primo. El chico con el que compartió juegos de infancia y que ahora, convertido en una fuerza de la naturaleza -un dios del fútbol americano con ojos de hielo y manos que saben destrozar- ve su llegada como una intrusión. Él es la pesadilla hecha hombre. Hostil, cruel, y decidido a hacerle la vida imposible para que se marche. Pero Bonnie también ve lo que ocultan esos ojos azules: un fuego oscuro que quema solo para ella. Una atracción tan retorcida como inevitable. Cada roce casual es una descarga eléctrica. Cada insulto, una caricia disfrazada. Cada mirada que le clava en los pasillos de la universidad... una promesa. Freddy dice odiarla, pero sus acciones gritan posesión. Y cuando la línea entre el odio y la obsesión se desdibuja, Bonnie descubrirá que el chico que debería protegerla es quien más desea corromperla. Él es su pecado. Ella, su buena chica a punto de caer. ¿𝖧𝖺𝗌𝗍𝖺 𝖽𝗈́𝗇𝖽𝖾 𝗅𝗅𝖾𝗀𝖺𝗋𝖺́𝗇 𝗉𝗈𝗋 𝗎𝗇 𝖺𝗆𝗈𝗋 𝗊𝗎𝖾 𝗇𝗎𝗇𝖼𝖺 𝖽𝖾𝖻𝖾𝗋𝗂́𝖺 𝖾𝗑𝗂𝗌𝗍𝗂𝗋?

Genre
Erotica
Author
Kashi_E
Status
Complete
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝖢𝖺𝗉𝗂́𝗍𝗎𝗅𝗈 𝟣

𝖡𝖮𝖭𝖭𝖨𝖤

El sonido que lo inició todo no fue un estruendo, sino un silencio. Un vacío repentino y absoluto que cortó la risa de mi madre de raíz. Luego, el metal retorciéndose como papel, un chirrido agudo y prolongado que me taladró los tímpanos y se quedó grabado a fuego en mi alma. No fue un accidente, fue una aniquilación. Un tren, un monstruo de acero y luz cegadora, que se llevó su auto, sus sueños, sus voces, y los convirtió en un amasijo irreconocible entre las frías vías. Yo me salvé por un capricho del destino: una gripe fuerte que me tuvo en cama y me impidió acompañarlos ese día. A veces me pregunto si la culpa que siento, ese peso de plomo en el pecho, no será el precio que debo pagar por haber sobrevivido.

La muerte de mis padres fue como si alguien hubiera apagado el sol. Mi mundo, una vez lleno de los colores vibrantes de la pintura de mi madre y la música clásica que mi padre tarareaba, se volvió de un gris opresivo y silencioso. Todo olía a polvo de iglesia y a flores marchitas. Me convertí en un fantasma, moviéndome por la casa vacía, acariciando las telas de los vestidos de ella y oliendo la chaqueta de él, buscando desesperadamente un rastro de su esencia que se desvanecía más cada día.

Fue entonces cuando llegó la decisión. La tía Carla, hermana de mi padre, vino desde la ciudad con sus ojos hinchados de un dolor que reflejaba el mío. Me envolvió en sus brazos, que olían a jabón de lavanda y a pan recién horneado, un aroma a hogar que yo ya creía perdido.

Vendrás a vivir con nosotros, Bonnie —dijo con una voz firme pero quebrada por la emoción—. No estás sola. Eres sangre de mi sangre.

Y así, empacando lo poco que sentía que aún me pertenecía en unas cuantas cajas –mis pinceles, un par de fotografías, la vieja edición de Orgullo y Prejuicio de mi madre–, dejé atrás los ecos de mi vida anterior y me mudé a la casa de mis tíos.

La casa de la tía Carla y el tío Elric era todo lo contrario a la mía: bulliciosa, llena de luz y de vida. Olía a comida casera y a césped recién cortado. Sandy, mi prima pequeña de seis años, era un torbellino de coletas rubias y risas contagiosas que corría por los pasillos con sus juguetes. La tía Carla, con su rostro amable y sus manos siempre ocupadas, intentaba hacerme espacio, integrarme. "Esta es tu casa ahora, Bonnie," repetía, llenando el armario de mi nueva habitación con sábanas limpias. El tío Elric, un hombre de pocas palabras pero con una sonrisa tranquila, me daba palmadas suaves en el hombro, un gesto torpe pero sincero de bienvenida.

Pero entonces estaba Freddy.

Freddy, mi primo. El hijo mayor. El heredero de este nuevo reino al que yo llegaba como un pájaro asustado con el ala rota.

La primera vez que lo vi en ese nuevo contexto, fue como ver a un extraño al que, paradoxalmente, conocía de toda la vida. Habíamos crecido juntos en reuniones familiares, jugando en el jardín de los abuelos, compartiendo postres en Navidad. Él era el primo mayor, algo distante pero siempre presente. Ahora, era el dueño de la casa, el príncipe cuyo territorio yo invadía sin su permiso.

Él es la antítesis absoluta de mí. Donde yo tengo la piel canela y tibia, heredada de mi madre, él es de una tez blanca, casi mármol, que parece brillar bajo la luz. Mide fácilmente sobre un metro ochenta y cinco, y sus veinte años se plasman en un cuerpo fornido, esculpido por los entrenamientos de fútbol americano. Sus hombros son anchos, su pecho amplio, y sus brazos, incluso en reposo, muestran la definición de una fuerza contenida. Lleva el cabello castaño claro, casi dorado, desordenado de una manera que parece deliberadamente perfecta.

Pero son sus ojos lo que más me perturban. De un azul intenso y frío, como el hielo de un lago en invierno. Esos ojos no me miran; me escanean, me evalúan, y en su profundidad no encuentro el calor familiar de la tía Carla, sino una reserva de desaprobación silenciosa.

No le caí bien. Lo supe desde el primer instante. No hizo falta que lo dijera. Lo gritaba su postura rígida cuando yo entraba a la habitación, el modo en que cruzaba los brazos sobre su poderoso torso, como erigiendo una barrera. Lo delataba la manera cortante y breve en que respondía si yo le dirigía la palabra, siempre lo mínimo indispensable, antes de desviar su mirada azul hacia cualquier otra cosa, como si yo fuera una mancha en el paisaje ordenado de su vida.

Él es el capitán del equipo de fútbol americano de su universidad, un dios local en su tercer año, rodeado de amigos y de una fama que precede su nombre. Y yo… yo soy la prima lisiada por el dolor, la intrusa que llega para su primer año universitario arrastrando una sombra de tragedia que ensucia la brillantez de su mundo perfecto.

Me observa, y yo siento el peso de su juicio. Siento cómo sus ojos azules recorren mis facciones delicadas, mis labios que he escuchado son carnosos pero que yo solo siento secos por los nervios, mi nariz recta, y se detienen en mis ojos, en ese tono avellana-verdoso que todos dicen que es mi mejor feature, pero que bajo su escrutinio solo siento expuestos y vulnerables. Mi cabello, castaño oscuro y voluminoso, con rizos que se rebelan contra cualquier intento de control, parece gritar "desorden" en una casa donde él es el orden personificado. Mi cuerpo esbelto, con curvas sutiles que aún no terminan de definirse, se siente infantil e insignificante frente a su masculinidad palpable y formidable.

Cada comida es un suplicio. Me siento en la mesa, tratando de hacerme pequeña, de no ocupar espacio. Sandy balbucea historias sin sentido, la tía Carla habla con animación, el tío Elric asiente. Y Freddy está allí, al otro lado de la mesa, comiendo con una elegancia despreocupada pero con esa mirada que, de vez en cuando, se clava en mí como un dardo de hielo. Es una mirada que no entiendo del todo. No es solo enojo o resentimiento. Hay algo más, algo más profundo y complejo que se agita en esas profundidades azules, algo que se parece a la curiosidad y a la irritación a partes iguales, y que me eriza la piel.

Por las noches, en mi nueva habitación, me acurruco bajo las sábanas y escucho los sonidos de la casa. Los pasos firmes de Freddy subiendo las escaleras, la puerta de su habitación, que está justo al final del pasillo, abriéndose y cerrándose. Y en la quietud de la noche, mi corazón late con un ritmo acelerado y prohibido. Porque a pesar de su frialdad, a pesar de la palpable hostilidad que emana de él, hay una atracción visceral que me avergüenza y me confunde.

Es el pecado hecho persona. El chico con el que crecí, el primo que debería sentir como un hermano, pero cuya mera presencia despierta en mí algo oscuro, prohibido y terriblemente excitante. Una atracción que nace de la pena, de la soledad, y de la necesidad desesperada de encontrar un ancla en este nuevo y abrumador océano en el que naufrago.

Y esta casa, que debería ser mi refugio, se ha convertido en mi jaula dorada, con Freddy como su celador más severo y deseable. Sé que esto está mal. Lo sé con cada fibra de mi ser. Pero cuando sus ojos azules se encuentran con los míos por un segundo de más, todo, incluido el dolor, parece transformarse en una electricidad peligrosa y adictiva.

La universidad era un océano de caras desconocidas y pasillos interminables. Un lugar que, en otras circunstancias, me habría llenado de una emoción nerviosa, de la promesa de un nuevo comienzo. Pero yo navegaba esas aguas con la sensación de ser un espectro, una isla de duelo en medio de un mar de alegría despreocupada. Llevaba mi dolor como un abrigo pesado, invisible para todos excepto para mí, que sentía su peso opresor en cada paso.

Y luego estaba él. Freddy.

En el campus, su presencia era aún más magnífica, más intimidante. No era solo el primo frío y distante de la casa; aquí era una pequeña celebridad. La gente se giraba a mirarlo cuando pasaba. Las chicas con sonrisas brillantes y minifaldas lo saludaban con familiaridad, y él correspondía con una sonrisa fácil, un gesto de su mano, una palmada en el hombro de algún compañero de equipo. Era el sol alrededor del cual giraba su propio sistema planetario. Yo era solo un cometa errante, perdido y sin rumbo, que pasaba rozando su órbita con torpeza.

Intenté evitarlo. Tomaba rutas diferentes, me escondía en la biblioteca durante los descansos. Pero el universo, o quizás una cruel ironía del destino, parecía empeñado en ponernos en el camino del otro.

Pero hoy en la cafetería. El lugar estaba abarrotado, un zumbido de conversaciones y el olor a café rancio y comida grasienta flotando en el aire. Yo estaba de pie, sosteniendo mi bandeja con manos temblorosas, buscando desesperadamente un lugar vacío donde pasar desapercibida. Mi mirada, ansiosa, barrió la sala y se topó con la de él.

Freddy estaba sentado en una mesa grande y ruidosa, rodeado de sus amigos, todos con físicos similares, todos irradiando la misma confianza arrogante. Su brazo descansaba sobre el respaldo de la silla de la chica sentada a su lado, una rubia esbelta y segura de sí misma que reía con la cabeza echada hacia atrás, mostrando una garganta larga y pálida. Sus ojos azules me atravesaron desde la distancia, y por un segundo, el bullicio a su alrededor pareció desvanecerse. No hubo un reconocimiento amable, ni un gesto de invitación. Solo esa mirada gélida, evaluadora, que me hizo sentir como un animal extraño y patético en un zoológico.

Mi corazón se encogió. Giré sobre mis talones, decidida a escapar, a refugiarme en algún rincón oscuro. Pero en mi precipitación, no vi el pie que sobresalía de una mesa. Mi tobillo se torció con un dolor agudo, y mi cuerpo perdió el equilibrio. La bandeja voló de mis manos, proyectando el plato de pasta con salsa roja, el vaso de agua y la manzana hacia adelante en un arco desastroso.

El tiempo se ralentizó. Vi la mancha escarlata extenderse en el aire, un color violento contra la grisalla de mi mundo. Y luego, el impacto.

No fui yo quien cayó al suelo. Fue la comida. Y cayó directamente sobre la impecable camiseta blanca y los jeans claros de la rubia que estaba sentada junto a Freddy.

El sonido de la bandeja al estrellarse contra el suelo de linóleo fue un disparo. Un silencio repentino y horrorizado cayó sobre nuestra sección de la cafetería. Todo el mundo miró. La chica gritó, saltando de su silla con el torso empapado de agua y adornado con trozos de pasta y manchas de salsa que se veían grotescamente íntimas.

¡¿Qué demonios?! ¡Mira lo que me has hecho! — chilló, su rostro hermoso contraído por la furia y el asco.

Yo me quedé paralizada, la sangre abandonando mi rostro. Las lágrimas, siempre tan cerca de la superficie estos días, acudieron inmediatamente a mis ojos, nublando mi visión. Tartamudeé una disculpa, un sonido débil y quebrado que se perdió en el murmullo de conmoción y risas ahogadas que empezaba a surgir a nuestro alrededor.

Lo siento... yo... no fue mi intención... —Las palabras morían en mis labios, inútiles.

La rubia no quería disculpas. Quería sangre.

¡Eres una torpe patética! ¡Esta camiseta es de edición limitada!

Fue entonces cuando él se movió.

Freddy se levantó de su silla con una calma que resultaba aterradora. Su altura y su envergadura parecieron ampliarse, absorbiendo todo el espacio y el oxígeno a su alrededor. Sus amigos se callaron. La rubia miró hacia él, esperando, sin duda, que viniera en su defensa.

Pero sus ojos azules no estaban puestos en ella. Me miraban a mí. Y en ellos ya no había solo hielo. Había algo oscuro, una chispa de irritación intensa, pero no dirigida hacia el desastre, sino hacia la situación, hacia el espectáculo.

Sin decir una palabra, se quitó la sudadera gris de manga larga. Debajo, llevaba una camiseta ajustada negra que se moldeaba a cada músculo de su torso. Con movimientos bruscos y eficientes, le tendió la sudadera a la chica.

Aquí. Cúbrete. Ve al baño a limpiarte —dijo su voz, un bajo profundo que cortó la tensión como un cuchillo. No era un consuelo; era una orden.

La rubia, sorprendida pero aún furiosa, aceptó la prenda con mal gesto.

Freddy, ella...

Vete, Tiffany —interrumpió él, sin alzar la voz, pero con una firmeza que no admitía réplica.

Ella titubeó, lanzándome una mirada venenosa antes de darse la vuelta y marcharse hacia los baños, seguida por los murmullos y las miradas de los presentes.

Y entonces, nos quedamos solos en el centro del círculo invisible que formaban los espectadores. Yo, temblando, con las lágrimas resbalando por mis mejillas, sintiendo el rubor de la vergüenza quemándome la piel canela. Y él, Freddy, plantado frente a mí como una estatua de mármol enfadado, con las manchas de salsa salpicando sus zapatos de deporte.

Su mirada me recorrió de arriba abajo, tomando nota de mi temblor, de mis lágrimas, de mi absoluta y total vulnerabilidad. El desprecio en sus ojos era palpable, pero mezclado con algo más... una frustración profunda.

¿Era necesario hacer un drama? —dijo por fin, su voz baja pero cargada de una intensidad que me hizo estremecer—. ¿No puedes ni caminar sin causar un caos?

Su palabras me golpearon con más fuerza que cualquier empujón. Abrí la boca para responder, pero solo salió un sollozo ahogado. Negué con la cabeza, impotente.

Él suspiró, un sonido de fastidio exasperado, y pasó una mano por su cabello perfectamente desordenado. Luego, para mi absoluto asombro, se agachó. No para ayudarme a mí, sino para recoger los restos de mi bandeja volcada. Recogió los trozos de plástico, la manzana rodada, el plato roto, con sus manos grandes y fuertes, indiferentes al desorden. Cada movimiento suyo era ágil y poderoso, una demostración de fuerza controlada que me dejó sin aliento.

Cuando terminó, se levantó y arrojó los restos a un bote de basura cercano. Luego, se limpió las manos en sus jeans con gesto distraído.

Vete a tu clase —dijo, sin mirarme. Su perfil era duro, impasible—. Y mira por dónde caminas.

Giró sobre sus talones para regresar a su mesa, a su mundo, dejándome plantada allí, sola en medio del desastre que había creado. La mancha roja en el suelo parecía burlarse de mí, un recordatorio sangriento de mi torpeza, de mi falta de lugar.

Pero mientras me alejaba cojeando, el tobillo dolorido palpitando al compás de mi corazón acelerado, no podía dejar de pensar en él. En la furia contenida en sus ojos azules, en la manera en que había manejado la situación con una autoridad brutal, en el modo en que sus músculos se habían tensado bajo la camiseta negra al agacharse.

La humillación ardía en mi interior, pero otra sensación, más profunda y mucho más peligrosa, comenzaba a brotar bajo las cenizas de mi vergüenza. Una atracción retorcida, prohibida, hacia la misma fuerza que me repelía. Él me había despreciado, me había humillado, y sin embargo, por primera vez desde la muerte de mis padres, había sentido algo más que el vacío insondable de mi dolor.

Había sentido el calor abrasador de su atención, aunque fuera negativa. Y esa grieta en su armadura de hielo, por minúscula que fuera, era más adictiva de lo que me atrevía a admitir.

El resto del día en la universidad fue una neblina gris. Cada paso que daba con mi tobillo dolorido era un recordatorio punzante de mi humillación pública. Sentía las miradas furtivas de los demás estudiantes, los susurros que creía escuchar detrás de mis espaldas. Me había convertido en la "chica del incidente de la pasta", la torpe que había enfurecido a Tiffany y, lo que era peor, había llamado la atención del gran Freddy de la manera más patética posible.

Me refugié en la biblioteca, en el rincón más apartado que pude encontrar, entre polvorientas estanterías de libros de filosofía que nadie parecía consultar. Apoyé la frente en la fresca superficie de la mesa, tratando de calmar el latido acelerado de mis sienes y el fuego que aún me quemaba las mejillas. El aroma a papel viejo y silencio era un bálsamo temporal, pero no podía ahuyentar la imagen de los ojos azules de Freddy, cargados de ese desdén tan intenso.

Cuando el reloj marcó el final de las clases, un nuevo problema se presentó: cómo volver a casa. El tobillo, ahora hinchado y amoratado, protestaba ante la sola idea de caminar hasta la parada del autobús, que quedaba al otro extremo del campus. Una oleada de pánico me recorrió. Estaba sola, herida, y la idea de enfrentarme al mundo exterior me aterraba.

Entonces, lo vi. A lo lejos, cruzando el patio central, estaba Freddy. Su figura alta y ancha era inconfundible. Caminaba con esa seguridad inquebrantable hacia el aparcamiento de estudiantes, donde sin duda lo esperaba su coche. Por un momento, un destello de esperanza, irracional y débil, iluminó mi interior. Era mi primo, después de todo. Vivíamos en la misma casa. A pesar de lo ocurrido, ¿no tendría la obligación mínima de asegurarse de que yo llegara a casa? Quizás su actitud en la cafetería había sido solo una fachada para sus amigos. Quizás, en el fondo, sentía algo de responsabilidad.

Con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, tomé una decisión desesperada. Agarré mi mochila, me apoyé en las paredes y en las bancas para no cargar el peso sobre mi tobillo lesionado, y me dirigí hacia el aparcamiento con una cojera marcada. Cada paso era una agonía, pero la posibilidad de no tener que enfrentar el viaje en autobús me daba fuerzas.

Llegué jadeando al estacionamiento, justo a tiempo para verlo abrir la puerta de su Jeep negro, imponente y brillante. El sol de la tarde se reflejaba en la carrocería, cegándome un poco. Él se disponía a subir.

Freddy —llamé, con una voz más débil de lo que hubiera querido.

Se detuvo. Giró la cabeza lentamente, y aquellos ojos glaciares se posaron en mí. No mostró sorpresa. Solo una paciencia exasperada, como si yo fuera una mosca persistente que volvía a zumbar a su alrededor.

¿Qué? —preguntó, sin ningún rastro de calidez.

Yo tragué saliva, sintiendo cómo la vergüenza volvía a inundarme.

Es mi tobillo... está muy mal. No creo que pueda tomar el autobús —Hice una pausa, buscando las palabras correctas—. ¿Podría...? Quiero decir, ¿podría ir contigo?

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito. Me estudió de arriba abajo, su mirada recorriendo mi cuerpo tembloroso, mi postura insegura, hasta detenerse en mi tobillo, que yo intentaba mantener en vilo. No había compasión en su rostro. Solo evaluación. Cálculo.

Por un instante, brevísimo, pensé que iba a asentir. Que iba a gruñir un "sube" y ese sería el fin del asunto. Pero entonces, sus labios, tan bien definidos y que en otro contexto podrían haber sido considerados sensuales, se fruncieron en una línea delgada y dura.

No —dijo, con una frialdad que me heló la sangre—. Tengo que ir al entrenamiento. No voy directo a casa.

La esperanza se desvaneció de golpe, dejándome vacía y más fría que nunca.

Pero... ¿y yo?

Él se encogió de hombros, un gesto que parecía amplificar su indiferencia.

Llama a mi madre.

Y con eso, dio media vuelta, subió al Jeep y arrancó el motor con un rugido potente que resonó en mis huesos. Ni siquiera me miró por el espejo retrovisor. Simplemente se alejó, dejándome plantada en medio del aparcamiento, sintiendo el polvo y la gravilla que levantaban sus ruedas como una metáfora de mi propio valor a sus ojos: insignificante y fácil de dispersar.

Las lágrimas, esta vez no de vergüenza sino de una profunda y desgarradora soledad, volvieron a brotar. Me sequé los ojos con el dorso de la mano, sintiéndome ridícula y patética. ¿En qué había estado pensando? ¿Cómo había podido creer, aunque fuera por un segundo, que él haría algo por mí?

Con dedos temblorosos, saqué mi teléfono móvil. La lista de contactos era desoladoramente corta. Deslicé el dedo hasta "Tía Carla" y presioné la tecla de llamar. Cada tono de marcado sonaba como un latigazo en mi corazón.

¿Bonnie, cariño? —La voz de mi tía, cálida y llena de preocupación, surgió del auricular. Era un bálsamo y una puñalada al mismo tiempo.

Tía Carla —dije, y mi voz se quebró—. Lo siento mucho molestar... es que... me torcí el tobillo en la universidad y no puedo caminar bien para tomar el autobús. Freddy dijo que tenía que ir al entrenamiento y que... que te llamara.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. Podía casi sentir su decepción, no hacia mí, sino hacia su hijo.

Ay, pobrecita mía. No te preocupes por nada. ¿Dónde estás? ¿En la entrada principal?

—murmuré, sintiéndome como una niña pequeña y perdida.

Allí estaré en quince minutos. No te muevas, ¿vale?

Colgué y me apoyé contra la pared de ladrillo de un edificio cercano, deslizándome hasta quedar sentada en el suelo, abrazando mis rodillas. El hormigón estaba frío a través de la tela de mis jeans. Observé cómo los demás estudiantes se reunían, reían, subían a sus coches y se iban a sus vidas, a sus hogares. Yo era la única que seguía allí, esperando a que alguien viniera a rescatarme.

Cuando el coche familiar de la tía Carla apareció, fue como ver la llegada de la caballería. Se detuvo frente a mí y bajó corriendo, su rostro marcado por la compasión.

¡Dios mío, Bonnie! ¡Pobrecita! —Me ayudó a levantarme con cuidado, pasando un brazo firme alrededor de mi cintura. Su olor a lavanda y hogar me envolvió, y por primera vez en horas, me sentí a salvo—. ¿Qué pasó? ¿Te duele mucho?

Mientras me acomodaba en el asiento del copiloto, le conté una versión abreviada del incidente, omitiendo los detalles más humillantes sobre Freddy y Tiffany. Ella movía la cabeza, sus ojos llenos de ternura.

Los chicos a esa edad a veces son... insensibles —dijo, eligiendo la palabra con cuidado mientras salíamos del campus—. Freddy está muy centrado en sus cosas, en el equipo. No lo tomes como algo personal, cariño.

Pero cómo no tomarlo como algo personal. Su rechazo había sido tan deliberado, tan frío. Miré por la ventana el paisaje urbano que pasaba, pero no veía nada. Solo veía su rostro impasible diciendo "No" sin el más mínimo atisbo de duda.

Al llegar a casa, la tía Carla me ayudó a subir las escaleras, me instaló en el sofá de la sala con el tobillo vendado y elevado sobre un cojín, y me trajo una bolsa de hielo y un analgésico. Sandy vino a curiosear, preocupada por su prima mayor.

¿Te duele? —preguntó con sus ojos grandes.

Solo un poco —le mentí, sonriéndole débilmente.

Mientras yacía allí, escuché el potente motor del Jeep acercarse y estacionarse en el garaje. Los pasos firmes de Freddy resonaron en el pasillo. Pasó por la entrada de la sala sin siquiera mirar hacia adentro, y subió las escaleras hacia su habitación. No preguntó por mí. No mostró el más mínimo interés.

Y en ese momento, acurrucada en el sofá, con el dolor palpitante en mi tobillo y el eco de su indiferencia resonando en mis oídos, algo cambió dentro de mí. La atracción confusa y prohibida que había comenzado a brotar se mezcló con una determinación fría. Ya no solo era la prima triste y vulnerable. Era la mujer a la que él había dejado tirada.

Quizás no le importara. Quizás yo solo fuera una molestia para él.