La casa escondida entre la maleza
El viaje había comenzado hacía varias horas. El sol brillaba con fuerza sobre la carretera, y el paisaje que se extendía a ambos lados parecía repetirse una y otra vez: campos inmensos, árboles dispersos y pequeñas carreteras secundarias que se perdían entre las montañas.
Dentro del coche, el ambiente era tranquilo. Algunos hablaban, otros escuchaban música y la pequeña, sentada en su sillita infantil, entretenía a los adultos con sus preguntas.
Mai viajaba en el asiento del copiloto. Tenía el pelo largo, de un castaño claro que adquiría reflejos dorados cuando la luz del sol incidía sobre él, y unos ojos del mismo color que destacaban bajo sus pestañas. Su cuerpo atlético reflejaba las horas de entrenamiento y una vida activa. Llevaba una camiseta cómoda, unos pantalones cortos y las zapatillas que había elegido para el viaje.
A su lado conducía Ángel, su pareja. Era moreno, de ojos verdes y barba bien cuidada. Tenía varios tatuajes que le cubrían parte del pecho y se extendían por las piernas, aunque algunos quedaban ocultos bajo la ropa. Conducía con una mano en el volante mientras la otra descansaba cerca de la palanca de cambios.
—¿Cuánto queda? —preguntó Mai, mirando la pantalla del navegador.
—Según esto, unos veinte minutos hasta el siguiente pueblo —contestó Ángel—. Después ya veremos dónde paramos a comer.
Desde los asientos traseros llegó un suspiro exagerado.
—Llevamos horas metidos en este coche. Como no paremos pronto, voy a empezar a morder a alguien.
Mai se giró y soltó una carcajada.
—Tú empiezas a tener hambre a los veinte minutos de salir de casa.
—Eso es mentira.
—¿Quieres que te recuerde quién se comió las patatas que habíamos comprado para el viaje antes de llegar a la autopista?
—Aquellas patatas estaban ahí, abandonadas, pidiendo que alguien se hiciera cargo de ellas.
—Claro. Y tú, como buen samaritano, decidiste sacrificarlas.
Las risas llenaron el vehículo.
En el asiento trasero viajaban varios de sus amigos. Entre ellos estaban la hermana de Mai, Laura, y su cuñado, Marcos, que llevaba a su hija pequeña sentada en la sillita de seguridad. La niña estaba entretenida con un muñeco de tela que abrazaba contra el pecho, ajena a las bromas de los adultos.
El resto del grupo había decidido seguirlos en el mismo coche para hacer el viaje más sencillo. Todos llevaban días hablando de aquella escapada, de desconectar de la rutina y descubrir lugares nuevos sin demasiados planes.
Lo que ninguno imaginaba era que aquel viaje terminaría llevándolos a un lugar que no figuraba en ninguna de sus conversaciones.
Ni siquiera en sus peores sospechas.
![Eres mía [#1]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_4344f13bc3a0abb8b1c504d5bd3ac0a3.jpg)







