Prólogo
Los tiempos de una nueva emperatriz llegan, al momento que el Emperador Nathan, soberano del imponente imperio Sur, daba su último aliento, los tiempos de la heredera al trono del imperio, llegaban.
Kafta, una joven de altiva belleza y carácter tan fuerte e imponente como su Imperio, está destinada a llevar a dicho Imperio a la cúspide de su mayor apogeo.
Era irónico, como la menor de los tres príncipes que tuvo el emperador, con su esposa, la difunta emperatriz Cerina. Logró ascender al trono.
Primero, su hermano mayor, el Príncipe Kasim, murió por una enfermedad mortal, había enfermado de peste.
Segundo, su hermana mayor, la Princesa Anna, que era la segunda en ser concebida por la emperatriz, había desaparecido sin dejar rastro.
Y la única del linaje de emperador que quedaba para gobernar, era la princesa Kafta, la hija menor.
Kafta desde muy pequeña fue querida por el los ciudadanos, no solo por ser la princesa menor, sino también porque a muy temprana edad empezó a preocuparse por su pueblo.
A los siete años, pidió a su padre que financie un albergue público, el cual fue administrado por su madre, hasta que la princesa, al alcanzar la edad adecuada, terminaría por dirigir y administrar. Lo cual a los diecisiete años adquirió aquel papel.
Dicho albergue, fue su primer proyecto para ayudar al pueblo, el cual hizo que el mismo empezara a tomarle cariño a la joven princesa.
Cuatro años después, la emperatriz Cerina murió, por un cáncer prolongado, y tan solo dos meses después el emperador Nathan murió tras ser herido en un entrenamiento de espadas, con un soldado conspirador. El cual fue capturado bajo las órdenes de Kafta y posteriormente ejecutado.
La era del gran emperador Nathan se acabó; sin embargo, empezó la de su hija, que en cuya coronación fue aclamada tanto por nobles y plebeyos, todos depositaban en ella su esperanza y sed de justicia, estaban molestos por la muerte del emperador, y conocían a la nueva emperatriz, sabían que ella nos los iba a defraudar.
—Nombro a Kafta, la princesa del gran imperio Sur, como nueva emperatriz —anunciaba el sacerdote Imperial.
Kafta se inclinó para que el sacerdote colocara la corona en su cabeza, estando frente a aquel altar, donde yacía el trono del imperio.
Una vez puesta la imponente corona en su cabeza la joven Emperatriz de larga cabellera castaña, volteo hacía los testigos expectantes, contempló tanto nobles y plebeyos, le miraban con orgullo. Como si uno de sus hijos hubiese sido quien había ascendido al trono.
Kafta, sonrió con calma, entonces, volteo nuevamente y esta vez caminó hacía el trono, y se sentó en este, mientras ella se sentaba todos aplaudían. La ahora Emperatriz, comenzó a hablar:
—Ustedes, mi pueblo, son testigos de esto -mencionando con su mirada avellana analizando a todos los presentes—. Que hoy comienza mi mandato, y con este ¡Nuestro ascenso a la gloria!
—¡Dios salve a nuestra emperatriz! —exclamó un plebeyo, el cual se veía orgulloso de aquella coronación.
—¡Larga vida a la emperatriz Kafta! —exclamó con esperanza, esta vez una mujer
Ante alabanzas, la nueva emperatriz tomo el poder del imperio en sus manos, y no cabría duda que ella cumpliría su promesa.
Sin embargo, alguien más escuchaba todo aquello desde el público testigo de aquella ceremonia, vistiendo una capa oscura, una mujer de altiva belleza, con una cabellera rojiza como el fuego incandescente, miraba sonriendo a la nueva emperatriz.
Pero, no era por orgullo, era más bien arrogancia, en su mirada esmeralda se veía que estaba allí no por orgullo a Kafta, era por espiarlo todo. Esta se reía por dentro.
Era insensato dar aquellas declaraciones, cuando los problemas para el gran imperio Sur, estaban por venir. Definitivamente, disfrutaría ver caer a aquella joven emperatriz.








