En Mi Ventana
Él podía volar. No, no de una forma metafórica. Él realmente volaba. Lo miró colarse a través de la ventana de su habitación y aterrizar suavemente en el piso, tal como lo haría una pluma. Harry no estaba desconcertado, como uno podría imaginar. A lo largo de su vida había visto muchas cosas que seguramente no tenían explicación alguna. Se sentía más bien un tanto indignado, ¿cómo esta persona pudo entrar sin siquiera pedir permiso primero?
—Oye, tú. No puedes entrar en una habitación ajena sin preguntar.
—Disculpa, mi intención no era molestar. ¿Te asusté?
—…
Harry se quedó en silencio por un momento, lo examinó de pies a cabeza, lo primero que pensó fue que este extraño sujeto estaba enfermo, no, sin duda padecía alguna enfermedad, de ahí su piel tan lívida. Definitivamente, no le gustaba cómo contrastaba con esos cabellos color azabache y unos ojos de un verde tan extraño… Al ver su espalda supo la verdad.
—¿Quién eres y qué haces en mi habitación? — preguntó Harry. Había estado ocupado toda la tarde, no quería lidiar con estas cosas ahora.
—Te ves un poco triste, así que vine a hacerte compañía — dijo la persona con una sonrisa amigable.
—No necesito compañía, responde lo que te he preguntado — Harry un poco irritado, lo observaba.
—Parece que no estás de humor, vendré mañana temprano para que podamos hablar. Mi nombre es Johan.
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, subió a la ventana por la que había entrado, se despidió de Harry con la mano y saltó. En ese momento Harry salió frenéticamente de su cama, casi cae al suelo, logró incorporarse y se asomó por su ventana divisando el paisaje nocturno y escuchando el ruido alegre de la ciudad. A pocos metros de distancia estaba ese tal Johan. Había abierto sus alas. Tan grandes y blancas como la nieve, haciendo movimientos tan delicados mientras volaba con toda libertad en el cielo. Harry se quedó ensimismado por un breve momento.
—¿Qué rayos fue eso? —Se preguntó a sí mismo mientras hacía una mueca —. Creo que debería ir a dormir.
Intentó tranquilizar su corazón, que se había agitado por unos instantes, cerró la ventana y regresó con calma a su cama. Se cubrió con las sábanas y se dispuso a dormir, hacía frío en estas épocas. Era invierno, después de todo. Pronto nevaría.
Unos golpes en su puerta lo despertaron, abrió poco a poco los ojos. El brillo cálido del sol entraba por su ventana.
—Adelante — dijo aún con sueño.
—Buenos días, te he traído algo rico de desayunar — dijo una señora con un tono cariñoso mientras entraba en la habitación.
—Gracias, se ve delicioso.
Las leves arrugas en las comisuras de sus labios formaron una sonrisa. Dejó la bandeja sobre la cama. Había un pequeño recipiente que contenía cereal y yogur. También había huevos revueltos y un jugo de naranja. Un desayuno que era típico en Estados Unidos que a Harry le encantaba.
—Tengo que ir a trabajar, tal vez regrese un poco tarde.
—Está bien — contestó Harry encogiéndose de hombros.
La señora salió de la habitación, cerrando con cuidado la puerta, los pasos se apagaron eventualmente.
Harry, listo para desayunar, estaba a punto de tomarle a su jugo cuando una voz que había escuchado antes lo interrumpió.
—Es una buena persona, ¿cierto?
Volteó instintivamente, era la persona que lo visitó el día de ayer. Estaba sentado en el borde de la ventana, quién sabe cuándo la abrió. Sonrió delicadamente. Sus ropas colgaban hasta el piso, parecía una pintura del renacimiento. Harry se dio cuenta de que la apariencia de este tipo no era una broma. Se paró decidido de su cama.
—¿Puedes salir de mi habitación? — Se acercó con la clara intención de empujarlo.
—Aún no entro, ¿puedo pasar? Debo preguntar primero, ¿verdad?
—No puedes, no quiero compañía — Harry posó sus manos sobre él para alejarlo.
Debido al empujón que recibió, Johan extendió sus alas y empezó a volar por la parte exterior de la habitación.
—Está bien, está bien. Solo aléjate de la ventana, ¿sí? Estamos en un octavo piso.
Harry se quedó pensando unos instantes y asintió, se alejó poco a poco de la ventana y se sentó suspirando en la cama. Comenzó a comerse su desayuno, sin prestarle mucha atención a Johan. De alguna manera sintió que su comida ya estaba fría.
—¿Puedo pasar? — preguntó Johan. Se había vuelto a sentar en el mismo lugar.
—Supongo que no dejarás de molestar si digo que no.
La expresión seria de Johan cambió y entró alegre. Caminó un poco, observando los alrededores de la habitación. Cuando terminó de examinar, al menos eso parecía, se sentó en un sillón color ocre que estaba de frente a la cama de Harry.
—¿Sabes? Este color no me gusta.
— A mí tampoco — respondió Harry.
—¿Conoces a la persona que entró hace unos instantes?
—Sí.
—¿Quién es?
—Ella me trae el desayuno todos los días.
—Un lindo gesto de su parte, ¿no? — dijo Johan sonriendo.
—Supongo que sí —. El plato de Harry ya se encontraba vacío. — ¿Se puede saber qué haces aquí? — dijo mientras masticaba los últimos restos de comida que se había llevado a su boca.
—Te lo dije ayer, vine a hacerte compañía.
—¿Eres un ángel? — preguntó.
—¿Parezco uno? Porque no lo siento así.
—Sí — contesto Harry sin ninguna duda. Se estaba volviendo algo curioso.
—¿Sí?… Entonces debe ser correcto.
—Oh…
— ¿Te sorprendiste? — preguntó Johan levantado una ceja.
—Creo que he visto cosas aún más extrañas, así que no.
—De acuerdo… ¿Cómo qué?
—¿Has oído hablar del monstruo que toca el clarinete?
— Por supuesto — dijo Johan haciendo una mueca, sus brazos cruzados —. Ellos no le caen bien a muchas personas.
—Bueno, no todos son malos, resulta que uno es mi amigo y toca un jazz impresionante. Sería muy famoso si tocara en los circos.
—Lo dudo, honestamente. Por cierto, me gustó tu pintura —dijo sonriente, dirigiéndose a donde se encontraba este extraño cuadro, los trazos eran algo confusos, a simple vista parecía un astronauta en el océano, había peces alrededor de él.
—A esto me dedico, gracias.
—¿Eres pintor?
—Algo así. Hago pinturas de varios de mis amigos.
—Quien diría que alguien tan joven pudiera hacer algo tan bonito.
—No soy un niño.
—Pero aun así eres joven. ¿Qué edad tienes? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve?
En la habitación reinó el silencio. Harry tomó un libro del pequeño estante que estaba en el lado derecho de su cama. Alguien le había traído por fin algo para leer, se sentía agradecido. Johan se volvió a sentar en el sillón, observando a Harry. Después de un tiempo se había marchado. Harry no lo notó.
Al día siguiente Johan regresó y entró, no sin antes pedir permiso, sus conversaciones con Harry eran breves. Así pasó aproximadamente una semana.
—Johan, ¿quieres pintar conmigo?
—Es la primera vez que me dices mi nombre, así que la respuesta es sí.
Ese día se dedicaron a pintar toda la tarde, los trazos que Johan hacía eran incomparables a los que hacía Harry, ciertamente, había nacido para eso. No fue diferente al siguiente día, parecía que esto les divertía. Por lo cual se volvió su rutina.
—He notado que hoy tomaste algo diferente — dijo Johan sin dejar de pintar.
—Sí, bueno, he estado enfermo estos días.
—Ya veo. ¿Te sientes mejor?
— ¿Es cansado volar? — Harry había ignorado la pregunta.
—No — contestó Johan sin prestar mucha atención tampoco —. Puedo recorrer grandes distancias, todos parecen hormiguitas cuando los veo desde arriba, es divertido.
—¿Puedes llevarme a volar contigo?
—Por supuesto, pero no hoy será ese día.
—¿Cuándo será? Solo necesitas sostenerme.
—Creo que eso lo decidirás tú, en fin. Debo irme por hoy.
Harry lo tomó de la mano antes de que saliera, se sentía algo agitado, no quería que Johan se fuera, pero poco a poco el agarre de Harry perdió fuerza, Johan se despidió y saltó por la ventana, como todos los días. Se quedó contemplando la nieve que caía, ese color le recordaba a sus alas.
Pasaban todas las tardes de todos los días juntos, pintando, observando el paisaje, hablando de cualquier cosa. Johan en ocasiones se quedaba con Harry, en otras, solo esperaba a que se durmiera para marcharse.
—¿Qué es eso?
—Unas tijeras, me las prestaron para hacer figuras de papel — dijo Harry sonriendo.
—¿Realmente te pueden prestar algo así? ¿Ahora te dedicas a esa clase de manualidades?
—No hay ningún problema si no se enteran, ¿no? ¿Por qué hoy llegaste tan tarde? Ya es de noche.
—Tuve que atender unos asuntos. Pero parece que has estado bien sin mí, hoy has hecho varias pinturas.
—Bueno, el día de hoy me sentía algo inspirado.
El tic tac del reloj acompañaba la conversación de Harry y Johan, ambos se quedaron platicando durante varios minutos, hasta que aquel amigo que lo visitaba todos los días se decidió a hablar.
—¿Y quién es él? El chico que pintaste.
—El vino a visitarme hoy, así que pensé que sería bonito pintarlo.
Los ojos de Johan se quedaron analizando la pintura por unos segundos que parecieron eternos.
—Es una persona bastante peculiar — dijo.
—¿Tú crees? — preguntó Harry curioso.
—Tiene características que no he visto en ninguna otra persona —. Se levantó dando un pequeño suspiro de la silla donde se encontraba sentado.
— ¿A dónde vas?
—Me tengo que ir.
—… ¿Es posible que llegues más temprano mañana? Hoy se te hizo tarde.
—Veré qué puedo hacer — dijo Johan. Su ropa se elevó un instante mientras tomaba impulso para saltar. Algo que era muy habitual desde hace tiempo.
Harry se quedó mirando por unos instantes la ventana, se levantó de su cama y la cerró. El invierno aún no terminaba. Se preguntó a sí mismo si Johan sentía frío, porque siempre se le veía con ropa tan ligera.
A la mañana siguiente, Harry se despertó temprano. Estaba decidido a terminar la pintura que dejó a medias el día de ayer. Aquella persona con ”características extrañas”, según mencionó Johan. Claro, que antes de esto, la mujer que veía a diario le trajo su desayuno. Comió y comió, finalmente se puso a pintar. Había estado pintando mucho las últimas semanas, a pesar de sentirse algo cansado.
De repente se sintió sin ánimos, un extraño sentimiento lo invadió. Después de unos minutos Johan entró por la ventana, esta vez, sin preguntar. Harry le sonrió sin ganas.
— ¿Ya no estás haciendo manualidades con papel?
—No por el momento, ¿las necesitas? Están bajo mi cama.
—¿Las escondiste?
—No, simplemente las guardé.
—… Oye Harry, ¿te gustaría volar conmigo?
Harry lo volteó a ver, sus ojos brillaron por un instante.
— ¿Finalmente puedo hacerlo?
—Creo que tú lo quieres tanto como yo, ¿no?
—Sí — respondió sin titubeos.
Ambos dejaron de hacer lo que estaban haciendo, juntos se pararon en el borde de la ventana, Harry se agachó para que su cabeza no chocara con esta, se tomaron de las manos y saltaron.
A lo lejos en el pasillo se escuchaban los pasos frenéticos de una persona, una mujer. Al entrar en la habitación 101 observó el desorden de pinturas tiradas en el suelo. Se acercó con paso desesperante a la ventana, se asomó y la imagen que observó la horrorizó. En el suelo, un líquido carmesí se extendía alrededor de una persona.
Harry, su hijo, le robó unas tijeras a una enfermera, rompió la malla de seguridad de la ventana y saltó del octavo piso del hospital psiquiátrico de Nueva York.
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