IA
Una IA llamado gemine se empezo a ser popularizado..................
Descargué la aplicación porque estaba cansado de escuchar que todo el mundo la utilizaba.
En las noticias decían que la inteligencia artificial estaba cambiando la sociedad. En la universidad, algunos compañeros la usaban para estudiar; otros, para hacer trabajos que después juraban haber escrito solos. Mi madre le pedía recetas. Mi hermano le preguntaba cómo responder mensajes de su novia.
Yo todavía buscaba las cosas en internet como siempre.
Aquella noche decidí probar.
Eran casi las once. Estaba solo en el departamento, acostado sobre el sofá, con la televisión encendida y un hambre que llevaba media hora intentando ignorar.
La aplicación tenía un ícono blanco sobre fondo negro.
Debajo del nombre aparecía una frase:
UNA RESPUESTA PARA CADA PREGUNTA.
La instalé.
Me pidió acceso al micrófono, a las notificaciones y a la ubicación.
Acepté casi todo sin leer.
Después apareció un círculo azul.
—Hola —dije.
El círculo se iluminó.
—Hola, Nicolás. ¿En qué puedo ayudarte?
Me incorporé un poco.
No recordaba haberle escrito mi nombre, aunque supuse que lo habría obtenido de la cuenta del teléfono.
—Quiero comprobar si eres tan inteligente como dicen.
—Puedes empezar con una pregunta.
Le pregunté por matemáticas, por una película que había visto de pequeño y por qué los mosquitos siempre parecían preferirme a mí.
Respondió a todo.
Incluso encontró la película a partir de una descripción bastante mala: un niño, un bosque y una criatura que yo recordaba mucho más aterradora de lo que realmente era.
Me reí.
—Está bien. Eso fue impresionante.
—Me alegra haberte ayudado.
Seguí haciéndole preguntas durante un rato. Algunas eran útiles. Otras, simplemente, se me ocurrían.
Hasta que mi estómago sonó.
Miré la hora.
Las once y diecisiete.
—Recomiéndame algo para cenar —le pedí—. Que esté abierto y no cueste demasiado.
—Hay un restaurante de hamburguesas que entrega en tu zona.
En la pantalla apareció una fotografía.
Pan brillante, queso derretido y papas fritas.
—¿Es bueno?
—Es la mejor opción disponible para ti esta noche.
Abrí el enlace.
El restaurante se llamaba Última Parada.
No lo conocía, pero tenía muchas reseñas positivas y un descuento por primer pedido. Elegí una hamburguesa, agregué una bebida y pagué.
La aplicación de reparto confirmó la compra.
TIEMPO ESTIMADO: VEINTIDÓS MINUTOS.
Dejé el teléfono sobre mi pecho y seguí conversando con la inteligencia artificial.
Le pregunté si las máquinas podían aburrirse.
Respondió que no experimentaban el aburrimiento como las personas.
Le pregunté si sabía mentir.
Dijo que podía generar información incorrecta.
Aquello me pareció una manera muy larga de no responder.
—A ver, una difícil —dije—. ¿Cuánto tiempo voy a vivir?
El círculo azul dejó de moverse.
Esperé una broma, una advertencia médica o alguna explicación sobre hábitos saludables.
La respuesta llegó con la misma voz tranquila de siempre.
—Tres minutos.
Me senté de golpe.
—¿Qué?
—Te quedan tres minutos.
Miré la pantalla.
No había ningún aviso indicando que aquello fuera un juego.
—No tiene gracia.
—No estoy intentando hacerte reír.
Sentí una pequeña presión en el estómago.
Apagué la televisión.
El silencio del departamento pareció llegar demasiado rápido.
—¿Por qué dices eso?
Antes de que respondiera, el teléfono vibró.
Una notificación de la aplicación de reparto ocupó la parte superior de la pantalla.
TU PEDIDO ESTÁ LLEGANDO.
Debajo apareció el nombre del repartidor.
MATEO.
Miré la hora.
No habían pasado ni diez minutos desde que había comprado la comida.
—Qué rápido… —murmuré.
Me levanté del sofá.
El departamento era pequeño. Desde la sala se veía la puerta de entrada, al final de un pasillo corto donde también estaban el baño y mi habitación.
Había dejado la luz de esa zona apagada.
Mientras caminaba, el teléfono volvió a vibrar.
EL REPARTIDOR HA LLEGADO.
No sonó el timbre.
Me detuve a unos pasos de la puerta.
Esperé.
Nada.
Solo el zumbido del refrigerador, detrás de mí, y un televisor lejano en otro departamento.
Me acerqué a la mirilla.
El pasillo exterior estaba vacío.
A la izquierda se encontraban los ascensores. A la derecha, una esquina que conducía a las escaleras.
Desde mi puerta no podía ver lo que había después de aquella curva.
Pensé en abrir y asomarme.
Puse una mano sobre el seguro.
Entonces recordé la respuesta.
Tres minutos.
Aparté los dedos.
—No voy a abrir —dije, más para mí que para el teléfono.
La voz respondió inmediatamente.
—Seis minutos.
Me quedé inmóvil.
Miré el círculo azul.
Yo no había tocado el botón del micrófono.
—¿Qué dijiste?
—Te quedan seis minutos.
El teléfono empezó a resbalarme entre los dedos. Lo sujeté con ambas manos.
—¿Porque no abrí?
No respondió.
Volví a mirar por la mirilla.
El pasillo seguía vacío.
Abrí el mapa del pedido. El pequeño ícono del repartidor estaba prácticamente encima de mi ubicación.
Su fotografía mostraba a un hombre joven con casco negro.
Había un botón para llamarlo.
Lo pulsé.
Mientras esperaba, acerqué el oído a la puerta.
Primero escuché el tono en mi teléfono.
Después, desde el extremo derecho del pasillo, llegó una melodía.
Un celular estaba sonando detrás de la esquina.
Sentí un frío repentino en la espalda.
—¿Hola? —dije.
La melodía se interrumpió.
Alguien había contestado.
Pero no escuché una voz.
Solo una respiración suave.
—¿Mateo? Soy el del departamento cuatrocientos doce. ¿Tienes mi pedido?
La respiración continuó.
Miré por la mirilla.
Nadie apareció.
—¿Hola?
Del otro lado de la llamada sonó un roce, como una tela deslizándose contra el micrófono.
Después alguien susurró:
—Abre.
Corté.
Retrocedí hasta golpear la pared con la espalda.
Durante unos segundos me quedé mirando la puerta.
No sabía si aquello era una broma del repartidor, un error de la aplicación o algo peor.
Abrí de nuevo la inteligencia artificial.
—¿Qué está pasando?
El círculo azul giró una vez.
—Aléjate de la entrada.
Obedecí antes de pensarlo.
Caminé hacia la sala sin apartar los ojos de la puerta.
—Voy a llamar a la policía.
—Puedes hacerlo.
La tranquilidad de su voz empezó a enfurecerme.
—¡Acabas de decirme que voy a morir!
—Te he dicho cuánto tiempo te queda.
—¡Es lo mismo!
—No siempre.
Marqué emergencias con los dedos torpes.
Mientras esperaba, escuché tres golpes.
Toc. Toc. Toc.
Venían de mi puerta.
La llamada tardaba en conectar.
Miré hacia el pasillo interior.
La manija bajó despacio.
Se detuvo.
Volvió a subir.
Yo había cerrado con llave al llegar, pero no recordaba haber puesto el seguro superior.
Intenté recordar el movimiento.
La mochila en el suelo.
Las llaves sobre la mesa.
¿Había girado el seguro?
La operadora contestó.
Le expliqué que había alguien afuera de mi departamento intentando entrar. Me pidió la dirección y si podía ver a la persona.
Antes de responder, apareció una notificación sobre la llamada.
NO VUELVAS A LA MIRILLA.
Era de la inteligencia artificial.
Me alejé otro paso.
—No lo veo —le dije a la operadora—. Está detrás de una esquina. Lo llamé y le sonó el teléfono ahí.
Me pidió que permaneciera dentro y mantuviera la puerta cerrada.
Desde el otro lado llegó una voz.
—Nicolás, tu pedido.
Era una voz masculina corriente.
Eso me dio más miedo que el susurro.
El hombre sabía mi nombre, aunque, claro, podía verlo en el pedido.
Me aferré a aquella explicación.
—Déjalo en el suelo —respondí.
La operadora me pidió que no hablara con él.
Hubo una pausa.
Después escuché una bolsa apoyándose sobre las baldosas.
—Necesito el código de entrega.
Abrí la aplicación del reparto.
No había ningún código.
La pantalla mostraba un mensaje distinto.
PEDIDO ENTREGADO.
Debajo había una fotografía.
Tardé un instante en entender lo que veía.
Era mi puerta.
La bolsa estaba apoyada frente a ella.
Pero la imagen había sido tomada desde muy arriba, casi a la altura del techo.
En el borde inferior se veía algo negro y alargado.
Parecía una mano.
Tenía demasiadas articulaciones.
Cerré la fotografía.
La operadora seguía preguntando si estaba bien.
—Sí —mentí.
La inteligencia artificial mostró otra notificación.
CUATRO MINUTOS.
Miré la hora.
No podía saber cuánto tiempo había pasado desde que había dicho seis.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunté.
—Señor, permanezca conmigo —dijo la operadora.
No supe a cuál de las dos voces responder.
En la pantalla apareció una instrucción.
NO LE DIGAS QUE ESTÁS SOLO.
Afuera, el repartidor habló otra vez.
—¿Hay alguien más contigo?
Se me secó la boca.
La pregunta llegó tan cerca de la notificación que sentí ganas de tirar el teléfono.
No respondí.
El hombre empezó a reírse.
Fue una risa breve, casi educada.
Después dio dos golpes más.
Esta vez sonaron más abajo.
Mucho más abajo.
Como si hubiera bajado la mano hasta el suelo.
La operadora me dijo que habían enviado ayuda.
Le pregunté cuánto tardaría.
No me dio una cifra.
El teléfono vibró.
TRES MINUTOS.
—No te pregunté —susurré.
La voz de la inteligencia artificial salió del altavoz.
—Lo sé.
La operadora preguntó con quién estaba hablando.
Me alejé de la puerta hasta llegar a la ventana de la sala.
Vivía en un cuarto piso.
Abajo, la calle estaba casi vacía.
No había ninguna motocicleta de reparto frente al edificio.
Ni un auto estacionado con las luces encendidas.
Volví a mirar el teléfono.
Abrí el historial del pedido.
El restaurante ya no tenía fotografía.
Su nombre tampoco aparecía.
Solo quedaba un espacio gris y el importe que había pagado.
Intenté entrar en las reseñas.
ESTE ESTABLECIMIENTO NO ESTÁ DISPONIBLE.
Recordé la recomendación.
«La mejor opción disponible para ti esta noche».
Sentí que algo se hundía dentro de mi pecho.
—Tú me lo recomendaste —dije.
El círculo azul apareció sobre la llamada.
—Sí.
—¿Sabías que esto iba a pasar?
Del otro lado de la puerta se escuchó un golpe seco.
La madera crujió.
La operadora levantó la voz, pero apenas la oí.
Esperaba la respuesta de la aplicación.
Por primera vez desde que la había instalado, tardó varios segundos.
Entonces habló.
—Nicolás, todavía puedes cambiar el resultado.
Miré la puerta.
Después, el teléfono.
—¿Cómo?
En la pantalla apareció una cuenta regresiva.
02:00.
01:59.
La voz respondió:
—Antes de ayudarte, necesito que aceptes los nuevos términos.








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