Capítulo 1
Rigo, con los rizos cubriéndole la frente, metió una manzana roja en cada uno de los bolsillos de su holgado pantalón verde. La tela estaba raída en las rodillas, con remiendos mal hechos, como casi toda la ropa de los habitantes del pueblo. Lucas imitó su gesto, pero antes se dio el gusto de darle una mordida. Disfrutó el dulzor, la frescura de la fruta parecía irreal en una tarde calurosa, entre el polvo y árboles enrejados con espinas de cobre.
Henry, al igual que sus compañeros, guardó las suyas. Entonces el grito del viejo Billie desgarró el silencio y, con él, comenzaron los ladridos.
El campo estaba rodeado por un laberinto de arbustos altos y gruesos. La fruta tenía un alto valor comercial, razón por la cual el campo era vigilado no por humanos, sino por perros de caza. Entrar allí sin permiso era una sentencia.
Los tres chicos corrían por los pasillos verdes sin estar seguros del punto que marcaron como entrada. Entre risas nerviosas y la brisa que hacía tintinear el metal en los arbustos. Lucas mantenía su mano derecha en el follaje, girando en la misma dirección para no perderse. Según el plan la salida estaba cerca.
Hasta que Henry se detuvo.
Su mirada parecía perdida. Su respiración se agitó. Un segundo después, sus músculos fallaron y su cuerpo se desplomó, sacudiéndose en espasmos.
—¡Henry! —Rigo fue hasta él, pero el sonido de los ladridos y los collares de metal sacudiéndose les anunció que tenían segundos antes de ser alcanzados
Sin pensar, Rigo cargó a su hermano mayor a la espalda. Henry pesaba más de lo que recordaba. Lucas gritó cuando los colmillos de un perro blanco se cerraron sobre su mano. Intentó golpearlo con su mano libre, pero el animal no lo soltaba. Rigo en medida desesperada arrojó una de las manzanas con fuerza. El can, con la atención en la fruta, Obedeció a su entrenamiento, abandonó al intruso y fue tras la manzana.
—¡Corre! —gritó Lucas, presionando su mano contra el pecho para contener el sangrado.
Estaban a pocos metros de la salida cuando un perro negro, mucho más grande, mostraba los colmillos bloqueándoles el paso. Dio un aullido. Su mirada estaba fija en ellos, avanzaba con lentitud entre gruñidos, dio una mordida al aire: la advertencia del ataque inminente.
El perro blanco apareció por detrás de ellos, cerrando la vía de escape. Dando inicio de la inevitable danza entre el depredador y la presa.
—No puedo correr con Henry.
—Tiremos las manzanas. El blanco fue detrás.
—¿Y si no reacciona igual? ¿Y nos despedaza antes?
Henry despertó desorientado, se soltó del agarre y cayó pesadamente al suelo. Aturdido, incapaz de entender el peligro en el que se encontraban, pudo distinguir el camino a la salida. El movimiento incitó el ataque: el perro negro se abalanzó sobre Rigo. Mordió su pierna izquierda. El dolor apareció de inmediato. Desesperado, forcejeó, rodeando el cuello del animal con ambas manos. Lucas arrancó una rama seca, golpeo al perro, pero con una mano lastimada no tenía la fuerza suficiente para clavársela.
El perro negro soltó a Rigo justo cuando el blanco se abalanzó sobre la rama. Esa distracción fue la oportunidad para levantarse y huir.
—¿Qu-ué pasó? —preguntó Henry, tocándose la frente. Recordaba guardar la fruta y lo demás era niebla.
—Después te explico —respondió Rigo al notar que seguía desorientado.
Sabían que no podrían ganarles corriendo, así que Henry no lo pensó y arrojó las manzanas que llevaba lo más lejos posible. Los perros fueron tras ellas. Dándoles tiempo de correr, faltaban veinte metros para salir del huerto y los animales se detuvieron. Su adiestramiento marcaba ese como su límite. Ya habían saboreado sangre: esa era su recompensa.
Al otro lado de la cerca, los tres chicos cayeron al suelo jadeando y riendo, ahogados por la mezcla de emociones, sin creer que lo habían logrado. Rigo y Lucas conservaron una manzana cada uno. No entendían cómo una fruta podría curar la enfermedad, pero así lo había dicho el curandero.
“Manzanas, arándanos, zanahoria y espinaca. Con esos ingredientes podemos hacer una medicina.”
El problema era el costo.
El curandero no les cobraba con dinero, sino con ingredientes, en ocasiones algunos que solo existían en niveles más altos, donde los hombres vestían trajes sin remiendas, y las mujeres no eran obligadas a procrear con el Líder.
Lucas miró su mano hinchada. Con tres semanas de salario podría haber comprado la fruta… y si Billie denunciaba, se la cortarían. Nadie creería que se trató de un accidente, las marcas de los dientes eran evidentes.
Rigo cojeaba, apoyado en Henry. Su destino era la casa de Melissa. Tardaron más de lo esperado tomando desvíos. Nadie con una herida sangrante se acercaba a los soldados de control sin recibir un disparo preventivo.
La casa de Melissa estaba cubierta de plantas secas, colgadas como si fueran escudos protectores. Su madre fue acusada de brujería en su juventud, pero nadie se atrevió a tocarla en ese entonces: sabía preparar cosas que ni el curandero ni los soldados podían curar. Esa memoria colectiva la había protegido, al menos por ahora.
Cuando los hombres llegaron ya entrada la noche. Melissa se asustó al ver las heridas de sus amigos. Ató su largo cabello oscuro, hecho más leña al fuego y puso a hervir agua. No preguntó. Solo actuó. Los movimientos eran precisos, aprendidos, como si tuviera miedo de ser observada.
La chica colocó hojas de matico y caléndula en una olla, y otra solo con agua. Mientras hervía, limpió los instrumentos y escuchó en silencio los relatos de los chicos que aun parecían extasiados por lograr su cometido.
Rigo se tragó un grito cuando la aguja lo perforó. Lucas solo necesitó vendaje, aunque su mano estaba entumecida probablemente los colmillos del can alcanzaron alguno de sus nervios. Melissa les dio frascos con infusión para beber y para aplicar. Ellos, como pago, dejaron una manzana sobre la mesa.
—Rigo, quédate, quiero que me ayudes con algo.
—Tiene la pierna mala —protestó Henry.
—No te preocupes, me quedo —se adelantó Rigo.
Lucas entendió y empujó a Henry suavemente hacia la salida.
Tras escuchar los pasos alejándose. Melissa encendió otra vela para iluminar la casa. No sabía cómo iniciar la conversación. La última vez que hablaron fue hace tres días, a gritos. No esperaba volver a verlo tan pronto.
Se acercó con cautela.
—Recolecté hierbas para Henry. Pero aún me faltan. Sus ataques son más seguidos, y su memoria se borra. El otro día no recordaba mi nombre —su voz tembló al punto de que casi no pudo terminar la oración.
—Si tienes las hierbas, solo hay que darle el té —replicó.
—El curandero insiste en que su alma está maldita. Hubo un tiempo que lo creí también.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Nuestra medicina no puede sanarlo. Es un hecho o no estaría empeorando.
—¿Por qué lo dices? Nadie más en el pueblo tiene la maldición de mi hermano —preguntó, con mirada fija e inquisidora.
—Lo escuché por ahí, tu padre era igual ¿no?
—No recuerdo mucho de él, solo que decía cosas sin sentido y me asustaba. El curandero decía que la maldición de papá era porque su mente estaba intranquila, sabía algo de su vida pasada que no soltaba y chocaba con el presente.
La lluvia empezó a caer, el fuego ardía con más fuerza haciendo que la manzanilla que estaba secando cerca de la estufa soltara un aroma dulce.
Melissa inhaló profundo mientras lo miraba con atención.
—A veces pienso que papá enfermo a Henry con las historias raras que le contaba. Se encerraba con él y pasaban mucho tiempo hablando. A veces envidiaba que fuera el favorito y yo el invisible, aunque eso me salvó —dijo finalmente.
—¿Henry alguna vez te dijo de que hablaban?
Rigo miró el fuego antes de responder.
—No. Era un secreto.
—Todos tenemos secretos, me incluyo.
Él sonrió con cierta ironía.
—¿Qué te gusta Henry? —se burló— eso no es un secreto.
Ella sonrió. Tenía otra cosa que decir. Su expresión la delataba. Rigo se dio cuenta de inmediato que la conversación era una distracción para lo que en verdad quería pedirle, la conocía hace años podía descifrar todos sus gestos.
—La infusión ayudaría con los síntomas y nada más, pero aún me faltan algunas hierbas que no crecen aquí. Si voy a otro pueblo las podría encontrar y quizás hasta tengan un mejor curandero y…
—¿¡Estás loca!? —interrumpió — ¡Te matarían! Si es necesario puedo trabajar turnos extra, vender mis raciones y comprar lo que falte, pero salir del nivel está prohibido, es traición al Líder.
—¡No hay otra forma! Si su mente sigue dañándose su cuerpo también.
Rigo tragó saliva. Todo lo que decía era una locura sin sentido.
—Buscaré las hierbas que faltan —dijo con firmeza—. Te enseñaré a prepararlas. Y lo cuidarás cuando yo no esté.
—¿De qué hablas? Todo lo que estás diciendo suena a traición ¿en serio quieres que te maten?
Rigo alterado se levantó de la silla olvidando la herida, y tomó las manos de Melissa como si pudiera hacerla entrar en razón.
—¡Ya estoy condenada!
Lo miró a los ojos, y agregó:
—Te pareces mucho a él. Pero sus ojos son diferentes, los de él son cálidos. Los tuyos siempre parecen estar viendo tormentas en todos lados.
Rigo sintió una presión en el pecho. Miró a los lados, como si las paredes de la casa pudieran escuchar. El pueblo era un lugar lleno de susurros y ojos vigilantes. No era solo un capricho; solo las personas de alto rango tenían acceso entre los diferentes niveles.
—Si sigues adelante con esto —Rigo acarició el puente de su nariz—. ¿Qué crees que pasará si te descubren?
—No sé, no hay opción, todo eso está prohibido. Hay otras cosas que no he dicho, pero ya no tiene sentido esconderlas —empezó Melissa con la voz más baja, como si desenterrara un recuerdo que aún podía sentir —si me eligen, voy a morir de todos modos.
Rigo mantuvo el silencio. Sospechando de que se trataba.
—Me aterra que me olvide. Pero ya lo ha hecho con algunas cosas.
Se acercó un poco al fuego, como si eso le diera el valor para seguir hablando.
—Hace un año, me bañaba en el río como solía hacerlo cuando quería pensar. Y de pronto, él llegó sin decir palabra jugamos en el agua hasta que de repente se quedó quieto, con la mirada perdida. Lo saqué del agua como pude. Pensé que se iba ir para siempre. Pero después de un rato reaccionó. Volvimos al agua y algo cambió, estaba distinto, como si estuviera en otra parte.
Hizo una pausa larga.
—Entonces me lo dijo de la nada. Que su padre venía de otro lugar y que no le pudieron “borrar” la memoria. Pero le dejaron una maldición para “curarlo”. Algo que hace que su mente se deshaga con el tiempo. Que olvide. Que enferme.
Rigo tragó saliva con dificultad. Lo que escuchaba parecía imposible. Y, sin embargo, algo dentro de él le decía que podía haber una pizca de verdad, eso último le molestaba, significaba que Henry si compartió lo que alguna vez habló a escondidas con su padre, pero no confió en él.
—La forma en como lo dijo era como queriendo decir algo más, se veía angustiado —Melissa sonrió triste—. Así que lo abracé. Quise quedarme ahí. Y lo besé. Esperaba que me rechazara, que dijera que estaba mal, pero no lo hizo. Acarició mi mejilla, dijo mi nombre de una forma muy suave.
Melissa se cubrió las mejillas con ambas manos.
—Esa tarde lo elegí y rompimos una regla. No nos atraparon, pero la consecuencia me persigue.
Rigo sentía una mezcla de emociones que no podía descifrar. Su estómago se encogió y sus manos temblaron.
—¿Y…? —se obligó a decir, aun sabiendo que no quería escuchar la respuesta— ¿No pensaste en las consecuencias?
Melissa lo miró con cierta compasión. No por superioridad, sino porque que él aún estaba atado a las reglas, el miedo al castigo.
—Sí, lo pensé. Pero no tiene sentido vivir con tanto cuidado si eso significa no sentir nada real.
Él bajó la mirada, como si lo hubieran golpeado. No sabía por qué se sentía tan mal ante la confesión; quizás temía que Henry la contagiará con su enfermedad o simplemente temía que todo lo que creía suyo se iba rompiendo, no quería aprender a vivir con las partes que quedaran.
Un silencio denso llenó la casa. El fuego chisporroteaba, ajeno a la tensión.
Melissa notaba la incomodidad de su amigo mientras parecía determinado a salir de la casa, no podía permitir que se fuera mientras la lluvia continuaba. Debía preocuparse de que ningún guardia lo viera con una herida semejante a la que provocaría un perro o se sospecharían que se trataba del ladrón.
—Quédate esta noche. El vendaje se arruinará con la lluvia. Además, si los guardias te ven, podrían hacerte daño.
Rigo pareció entender el riesgo, pero también estaba incómodo con todo lo que ella había dicho. ¿Qué pasaría ahora? ¿Fingir que ella no era una traidora? ¿Seguir buscando una cura para Henry, siendo que el también rompió las reglas? Estaba confundido; sus principios se enredaban sin ver una salida clara.








