Ken Ryuguji(Draken)
Romance · Un poco de celos · Ternura · Final bonito
La noche estaba fría y las calles de Tokio estaban casi vacías. Llevabas más de veinte minutos esperando frente a tu casa, mirando tu celular cada pocos segundos.
—Idiota… —murmuraste.
Draken había prometido acompañarte a casa después de pasar la tarde con Mikey y los demás, pero, como siempre, había terminado metido en algún problema.
—¿A quién le dices idiota?
Levantaste la mirada.
Ahí estaba él, con las manos en los bolsillos de su pantalón, su cabello rubio recogido y una pequeña herida en la mejilla.
—A ti, obviamente.
Draken soltó una pequeña risa.
—Qué carácter tienes.
—¡Llegas tarde!
—Lo sé. Perdón.
Te quedaste mirándolo. Su expresión era tranquila, aunque parecía cansado.
—¿Qué te pasó en la cara?
—Nada.
—Ken.
Él suspiró.
—Una pelea. No es para tanto.
Te acercaste y levantaste la mano para tocar cuidadosamente su mejilla. Draken se quedó quieto, observándote.
—Deberías cuidarte más —susurraste.
—¿Y quién va a cuidarme?
—Yo, tonto.
Por un momento, no dijo nada.
Después sonrió de esa manera tan suya, ladeando ligeramente la cabeza.
—Entonces supongo que tendré que volver a verte mañana.
—¿Eso es una excusa para invitarme a salir?
—¿Funcionó?
Te echaste a reír.
Draken te pasó un brazo por los hombros y comenzó a caminar contigo.
—Oye, Ken.
—¿Mhm?
—¿Por qué siempre vienes a buscarme, incluso cuando estás ocupado?
Él bajó la mirada hacia ti.
—Porque no me gusta que estés sola tan tarde.
—¿Solo por eso?
Draken se detuvo frente a la puerta de tu casa.
Te miró durante unos segundos y luego acomodó un mechón de tu cabello detrás de tu oreja.
—No. También porque quiero verte.
Sentiste que las mejillas te ardían.
—Eres muy cursi cuando quieres.
—No se lo digas a Mikey. Me arruinarías la reputación.
Ambos rieron.
Cuando estabas a punto de entrar, sentiste que sujetaba suavemente tu mano.
—Oye.
—¿Qué?
Draken se inclinó un poco para quedar a tu altura.
—¿Puedo besarte?
Tu corazón dio un vuelco.
Asentiste tímidamente.
Él sonrió antes de acercarse y dejar un beso suave sobre tus labios. Una de sus manos descansó en tu cintura, mientras la otra acariciaba tu mejilla.
Cuando se separó, apoyó su frente contra la tuya.
—Buenas noches, preciosa.
—Buenas noches, Ken.
Y justo cuando pensabas que se marcharía, volvió a besarte.
—Ese era de despedida —murmuró.
—¿Y el primero?
—Ese era primero








