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Valentín Cantares y la familia Rosanegra

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Sinopsis

España. Un lugar tan histriónico como vulgar. ¿Quién pensaría que un chaval de diecisiete años se vería envuelto con una familia disfuncional llena de monstruos? Él, por supuesto que no.

Estado:
hace 4 horas
Capítulos:
3
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Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: En un lugar de la Mancha, cuyo nombre no podría olvidarse

El olor a tierra mojada endulzaba el ambiente a causa de la lluvia que caía sin ganas en el cementerio de El Pajaral. La niebla, más dispersa que espesa, se arrastraba volátil por las lápidas, estatuas y algún que otro sauce llorón. Era como si el día hubiese decidido intentar ofrecer una especie de solemnidad impostada a la reunión.

Al menos una veintena de paraguas negros con sus respectivos dueños en luto rodeaban en silencio un féretro, o al menos, casi todos. Valentín, un joven que llevaba consigo uno amarillo chillón y un traje alquilado de azul marino barato, destacaba sobre todos ellos; era un patito de goma en una bañera llena de bolas negras.

Miró la fosa con un semblante sereno e impasible, aunque más bien se preguntaba cómo habían encajonado a su tía en el ataúd. Esa señora era un tapón rollizo, un asteroide o una especie de bola de demolición con rulos canos y cara de bulldog francés buscando oxígeno a cada palabra. Allá donde marchaba con su silla motorizada, arrasaba con el ánimo y las ganas de vivir de quienes la rodeaban.

Pensando en ello, escuchaba las típicas frases de entierro de los pocos que llegaron, de esos que se sueltan sin pensar, de acto de presencia mientras te golpeas el pecho o pones las manos a la espalda con el rictus serio: «Con lo joven que era» —cuando Rosario tenía ya ochenta y siete años—, o «Un día estamos aquí y otro día allí»; él no les quitaba la razón en esa reflexión póstuma; después de todo, Rosario murió de un fulminante ataque al corazón de la emoción de una partida de mus.

A él, por supuesto, todo esto le parecía demasiado falso, impostado y estaba sinceramente a desgana. Para él, este día, aunque un punto y aparte, significaba poco.

—Ay, Valentín, majo, que te has quedado sin tía.

María, anciana amiga de Rosario, con el cuello largo de periscopio y ojos clavados en él mientras se aplastaba una mano compungida contra el pecho, hacía falsos pucheros al hablar:

—¿Qué vas a hacer? ¿Tienes dónde quedarte? ¿Necesitas algo? Lo que sea, chico.

Valentín alzó las cejas, no por sorpresa, sino por quién le hablaba; esta señora le tiró su perro, un yorkshire, a los pies mientras reía diciendo: «¿A que es guapo mi Missi?», y no hacía nada para detenerlo justo cuando los diminutos dientes le mordían el zapato. Más de una vez.

—No, señora…

María, al escuchar la respuesta de Valentín, fingiendo sollozos, le agarró con esas uñas de gárgola por el traje y acercó su nariz ganchuda hasta la de él en desafío:

—¡Ay, Valentín! ¡Diecisiete añitos y tan solo…!

Zarandeó al chaval agarrándolo de las solapas:

—¡¿Qué vas a hacer?! —repitió otra vez.

Golpeó su mejilla con la mano abierta un par de veces —con anillo incluido—, luego le soltó, suspiró dejando atrás su tristeza y dio media vuelta. El giro fue tan dramático y brusco que le arreó un culazo monumental embutido en falda negra contra el muslo y enfiló a paso lento hacia el corrillo de sus amigas. Se rascó la pierna y no pudo evitar chasquear la lengua en silencio.

Valentín no sabía dónde meterse. No conocía a la mitad de ellos, y la otra mitad parecían estar aquí por aburrimiento. Se ajustó con los dedos la corbata mal atada, viendo la espalda de María.

—Gracias… —agradeció al aire.

Apretó la mandíbula y el cura, parecido a una mantis de lo delgado y alto que era, alzó la mano, llamando la atención de todos en el entierro.

Vestido de sotana negra y crucifijo de oro, carraspeó mientras en silencio santiguaba el féretro. Los operarios de defunción, de amarillo fosforito y gorra, tiraron de la grúa para empezar a bajar al agujero negro el cuerpo frío de Rosario.

—Y así, nuestra hermana se nos marcha. —La grúa crujía y chirriaba mientras el cura seguía su oración—. Pero no es una despedida definitiva. —La grúa restalló a mitad de camino. El cura carraspeó—. Padre, la tiene en su sino, digo esto, seno…

Por fin la grúa dejó de gemir en cuanto se posó el féretro en el fondo de la fosa. Los trabajadores se limpiaron el sudor imaginario. Y el amén del cura puso fin al ritual. Nadie tiró flores dentro, nadie dijo nada; como quien ve cerrar la cortina de un bar, todos se dieron la vuelta y se fueron marchando, excepto Valentín.

Rodeado de tumbas mojadas, de césped mal cuidado y de trabajadores tirando de pala, se quedó pensando en que se había quedado buen día y que, por desgracia, su vida continuaba.

Tenía cosas que hacer. Al pan, pan, y al vino, vino.

Caminando por el pueblo de El Pajaral, donde la gente salía con sus paraguas, los coches salpicaban a cincuenta en calles de veinte y el otoño se había comido las hojas de los árboles, se dirigió hasta la hamburguesería donde trabajaba —enchufado por su tía— desde los trece años.

Entró y el almizcle de alquitrán cárnico destruyó el olor a limpio de lluvia. La campanilla resonó por el establecimiento vacío, sucio y con olor a grasa de eones. Taburetes de cuero rojo cuarteado en fila al lado de la barra amarillenta y sillas de madera con sus respectivas mesas donde termitas vivían de ocupas desde hace años.

—Chico —dijo el jefe. Apoyado en la barra, canoso, con más papada que cuello y una barriga perenne, saludó al chico con cara de jubilación anticipada—. ¿Qué haces vestido de fiesta? ¿Vas a una boda o qué?

—Entierro, señor Manolo. —Valentín cerró el paraguas y lo dejó en una esquina. Empezó a encharcar el suelo que él, por supuesto, secaría luego—. Vengo de enterrar a mi tía.

—¿Tu tía? —carraspeó—. ¿Qué tía?

—¿Qué tía? Mi tía… —Valentín se señaló con ambas manos.

—Ah, Rosario…

Manolo negó en silencio. Asintió, se encogió de hombros y señaló con el pulgar la puerta a la cocina:

—Un día estamos aquí y otro allí, chico. —Manolo sacó su teléfono—. Tenemos dos pedidos para llevar. Al tajo.

Valentín se quitó la chaqueta y desenrolló el nudo de la corbata mientras se dirigía a la puerta beige. No esperó tampoco un pésame; suficiente tenía Manolo con lo suyo, que era mucho. Al entrar, la cocina, más pequeña que una habitación de soltero, estaba limpia como una patena porque Valentín la limpiaba con esmero. Colgó la chaqueta, suspiró y se ató el mandil en silencio.

Tomó los pedidos.

Sacó de la nevera un par de hamburguesas, cebolla ya picada de a saber qué año y un par de lonchas de queso cheddar de esos que para fundir hace falta un crisol. Encendió los fogones. Después de aplicar mantequilla y poner las hamburguesas que chisporrotearon al contacto de la plancha, añadió la cebolla. Un par de pepinillos, lechuga iceberg algo mustia y kétchup, acabando todo en un papel de aluminio que cerró a desgana.

Se quitó el mandil. Salió de la cocina y agarró el casco al lado del dispensador de cerveza.

—¿Dónde es el pedido? —preguntó mientras se ataba las correas del casco.

Manolo, atento a su aplicación de citas, con la barriga apoyada en la barra, giró el intento de cuello y, sin mirar a los ojos de Valentín, le señaló con la cabeza la barra donde había un trozo de papel.

Agarró la nota, la mochila térmica vieja rajada en la que colocó las dos bolas de papel de aluminio y salió fuera, donde una bicicleta verde oxidada esperaba atada en lo que antes era una tubería de gas. La desenganchó a duras penas, ya que la llave del candado estaba en huelga, y al subir el sillín gimió como si lo hubiesen matado.

Pedaleó calle abajo.

El paraguas amarillo se quedó encharcando el suelo de Manolo. Pedalear con él era comprar papeletas para desnucarse. La hamburguesería Tío Manolo estaba en la calle Alegría y su pedido estaba en la otra punta, entre callejuelas y placitas, en la triste calle Barcelona.

Primero, atravesó la travesía, llena de charcos de una carretera sin pavimentar, mientras esquivaba baches a una velocidad felina; para otros era molestia, para él era divertido atravesar así el pueblo.

Enfiló por la rambla encharcada. El agua corría en un torrente por el centro y la cruzó partiéndola en dos, calándose hasta las ingles con la camisa de diario y los pantalones del entierro. Su pelo negro, espeso como el plumaje de un cuervo, ahora parecía brea pegada al cráneo.

Llegó por fin a la calle Barcelona. Era una calle de un par de casas, mucho campo descuidado y unas ruinas que llevaban allí inamovibles por pereza del ayuntamiento. Sacó el papel mojado para ver el número 34B escrito con letra descuidada.

Pulsó el timbre, que sonó cual gato en celo por la noche. Silencio. La lluvia le dio cierta tregua al cobijarse en el tejado, que replicaba en el tejo y la piedra rota en un tamborileo suave. Esperó mientras se quitaba la mochila y se pasaba la mano por el pelo para deshacerse del exceso.

—Arriba —dijo una voz femenina, vieja y cansada—. Arriba, arriba.

Alzó la ceja sin saber si era a él a quien se dirigía esa voz.

—¡Arriba, leñe, que subas arriba!

Abrió la boca al mirar hacia arriba; una señora entrada en años le saludaba desde la ventana. Valentín asintió y, cuando agarró el manubrio de la puerta, crujió al girarla; estaba abierta.

Empujó y los goznes rechinaron.

Las escaleras estaban a oscuras, húmedas y con moho en las paredes, también algo desconchadas. La poca luz que entraba por su espalda lo dejó en penumbra. Quiso iluminar cuando buscó el botón en el rellano; al pulsarlo, chasqueó, pero se quedó todo igual.

Suspiró y, dejando la mochila al lado de la puerta, sacó las dos bolas grasientas y, aclarándose la garganta, se adentró hasta agarrar la barandilla pintada de negro que ya estaba desconchada. Detrás de él, la entrada se cerró sola de un portazo, quedándose más a oscuras con una mano llena de hamburguesas.

Escalón a escalón, subió lento, tentando el terreno, pues el escalón estaba húmedo, o era él; tampoco quería comprobarlo. Por el bisel de la puerta, porque seguro que era una puerta, un hilo de luz se escapaba por el umbral. Por fin llegó y, antes de golpear, la puerta se abrió de golpe.

—Por fin, chico, eres más lento que mi tío Rodolfo.

Valentín abrió los ojos sorprendido. La señora, delgada y bien vestida de un carmesí casi de gala, tenía los pelos de punta de una manera extraña, pero que no le quedaba mal; como un personaje de dibujos al que le ha explotado un cartucho de dinamita.

—Sí, esto, perdón. —Valentín enseñó la comida envuelta—. Serán quince euros, señora.

La señora chasqueó la lengua y con un ademán de su mano lo invitó. Dándose la vuelta, enseñó su espalda arrugada, ya que el vestido no la cubría. Se marchó por el pasillo con un bamboleo cantarín de sus exageradas caderas.

—Pasa, pasa, que busco el monedero.

—¿Segura? —preguntó inseguro; asomó la cabeza al recibidor.

—Segurísima, pimpillito. No todos los días tengo un chico guapo en casa.

¿Guapo? Se rascó la barbilla mientras entraba. El recibidor se parecía un montón al de su tía, con el típico espejo, un cuadro taurino, una figurita de porcelana y un perchero con tres chaquetas mal contadas.

—¡Pasa, leñe! —gritó la señora; su voz se perdía por el pasillo.

Valentín dudó en si dejar la puerta abierta o cerrada, levantó la mano y jugó con el aire unos segundos hasta que algo le dijo que la cerrase.

Al adentrarse por el pasillo a duras penas iluminado, entró por la puerta y el salón estaba lleno de velas por la mesa grande y redonda con un tapete de ganchillo, un sofá estampado de motivos florales y un televisor gigantesco de tubo con otro tapete encima y una foto. Las paredes, en cambio, estaban completamente desnudas: ni un Cristo, ni una comunión, nada. Por no haber, no había ni estanterías.

—Señora, esto… serán quince euros —repitió susurrando.

—Cuidado con el loro.

La señora apareció con un taconeo ligero por una puerta a la derecha, de la que Valentín ni se había dado cuenta de que estaba. En la mano huesuda llena de lunares tenía un monedero enorme y, sentándose en la mesa, lo abrió.

—Qué sieso eres, pimpollo. ¿Nunca te han dicho que no te hagas de rogar?

Valentín asintió en silencio mientras ella, con una lentitud que él achacaba a su tercera edad, comenzó a sacar una moneda tras otra.

—A ver… este es de cinco —masculló.

Mientras ella contaba, él dejó las bolas de albal grasiento encima de la mesa. Estudió un poco más el salón, preguntándose de qué loro estaba hablando. Hasta que se fijó que en una esquina más oscura había una gran jaula; estaba vacía.

—Esto hará dos euros.

A Valentín le entró un arrebato de pura curiosidad y aburrimiento con la eterna espera.

—Señora… ¿Qué loro? La jaula está vacía.

La anciana levantó los ojos poco a poco hasta que le desafió con la mirada y la boca dibujó una sonrisa torcida.

—Por fin alguien que me lleva la contraria. Refrescante, ¿no crees?

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