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💍 CASADA CON MI ENEMIGA😈-One-shot😈

Sinopsis

Becky Armstrong lo tenía todo: una empresa prestigiosa, una fortuna y un futuro prometedor. Hasta que una crisis financiera amenaza con destruir su imperio. Desesperada por salvarlo, acude a la última mujer a la que quisiera pedir ayuda: Freen Sarocha, su mayor rival empresarial. Pero Freen no le ofrece un préstamo ni una simple inversión. Su propuesta es mucho más inesperada: casarse con ella a cambio de una inyección millonaria de capital. Lo que comienza como un matrimonio por conveniencia pronto se convierte en un peligroso juego de orgullo, celos, secretos y sentimientos inesperados. Porque, a veces, la línea entre odiar a tu enemiga y enamorarte de ella es mucho más delgada de lo que imaginas. ❤️‍🔥 ¿Y si el mejor negocio de sus vidas terminara siendo el amor?

Genero:
Romance
Autor/a:
Queen
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

😈


I. LA CAÍDA DE UNA REINA

Becky Armstrong había nacido para ganar.

A sus treinta años, era la presidenta de Armstrong Corporation, una empresa de moda de lujo que había heredado de su familia y convertido en una de las marcas más codiciadas del mercado internacional.

Elegante, inteligente y orgullosa, Becky no aceptaba perder. Mucho menos frente a una mujer que parecía disfrutar cada uno de sus fracasos.

Freen Sarocha.

Presidenta de Sarocha International, una de las corporaciones más poderosas del continente, Freen era su rival desde hacía años. Ambas competían por contratos, inversionistas, propiedades y mercados. Cada victoria de una se convertía en una provocación para la otra.

Y ninguna estaba dispuesta a inclinar la cabeza.

Hasta que el destino decidió poner a Becky de rodillas.

Tres meses atrás, Armstrong Corporation había perdido un contrato internacional que representaba casi la mitad de sus ingresos anuales. Después, uno de sus principales socios comerciales había retirado su inversión. Para empeorar las cosas, una investigación financiera había revelado irregularidades en las cuentas de una de sus filiales.

Los bancos comenzaron a exigir el pago de sus préstamos.

Los proveedores dejaron de concederle plazos.

Los inversionistas huyeron.

Y las acciones de su empresa se desplomaron.

En cuestión de semanas, el imperio que Becky había construido con tanto esfuerzo se convirtió en una estructura a punto de derrumbarse.

Aquella mañana, Becky estaba sentada en la cabecera de la mesa de reuniones, observando los rostros preocupados de sus directivos.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó.

Su director financiero tragó saliva.

—Si no conseguimos una inyección de capital antes de finalizar el mes, tendremos que declararnos insolventes.

Becky apretó los dedos alrededor de su bolígrafo.

—¿Cuánto necesitamos?

—Una cantidad considerable. Ciento cincuenta millones de dólares para estabilizar la empresa, pagar las deudas más urgentes y recuperar la confianza de nuestros proveedores.

El silencio cayó sobre la sala.

Ciento cincuenta millones.

No era una cifra que pudiera conseguir de la noche a la mañana.

—¿Y los bancos?

—Han rechazado nuestra última solicitud.

—¿Los inversionistas extranjeros?

—No quieren arriesgar su dinero.

Becky levantó la mirada.

—Entonces encuentren a alguien que sí esté dispuesto.

—Señorita Armstrong, hemos contactado a todos los fondos de inversión con los que mantenemos relaciones comerciales.

—¿Y?

Su director financiero vaciló.

—Solo queda una posibilidad.

Becky sintió que un mal presentimiento le recorría la espalda.

—Dígalo.

—Sarocha International.

Por un instante, nadie respiró.

Becky soltó una risa seca.

—¿Sarocha International? ¿Me está sugiriendo que le pida dinero a Freen Sarocha?

—Su empresa tiene los recursos necesarios y podría beneficiarse de nuestra recuperación.

—Freen preferiría comprar mi edificio para convertirlo en un estacionamiento antes que ayudarme.

—Quizá no.

Becky se puso de pie.

—No voy a suplicarle nada a esa mujer.

Tomó su bolso, recogió los documentos de la mesa y salió de la sala con la cabeza en alto.

Sin embargo, cuando llegó a su despacho y cerró la puerta, su expresión se quebró.

Sobre el escritorio había una fotografía de su padre, el hombre que había fundado Armstrong Corporation y le había enseñado que una empresa no era solamente un negocio.

Era una promesa.

Y Becky no estaba dispuesta a perderla.

Aunque tuviera que tragarse su orgullo.

Aunque tuviera que enfrentarse a su peor enemiga.

Aunque tuviera que arrodillarse ante la mujer que más detestaba en el mundo.

Lo que todavía no sabía era que Freen Sarocha tenía una propuesta mucho más peligrosa que cualquier préstamo.

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II. LA MUJER QUE PODÍA COMPRARLO TODO

El edificio de Sarocha International se alzaba sobre el distrito financiero como un monumento al poder.

Becky entró en el vestíbulo con un traje blanco impecable, tacones altos y una expresión que advertía a cualquiera que no se atreviera a compadecerla.

No había ido a pedir lástima.

Había ido a negociar.

—La señorita Sarocha la está esperando —anunció la asistente.

Becky arqueó una ceja.

—¿Ya sabía que vendría?

—La señorita Sarocha suele saber muchas cosas.

Por supuesto que sí, pensó Becky.

Aquella mujer tenía la irritante costumbre de adelantarse a todo el mundo.

Las puertas del despacho se abrieron.

Y allí estaba ella.

Freen Sarocha permanecía junto a los ventanales, vestida con un traje negro hecho a medida. Su cabello oscuro caía con elegancia sobre sus hombros y su mirada ámbar se posó en Becky con una tranquilidad casi insultante.

—Armstrong —saludó.

—Sarocha.

—Qué sorpresa tan agradable.

—No te emociones. No vine a visitarte.

Freen sonrió.

—Eso habría sido decepcionante. Siempre he pensado que tienes una manera encantadora de arruinar mis mañanas.

—Y yo siempre he pensado que tu ego necesita su propia oficina.

—Podría construirle una torre entera. Tengo los recursos.

Becky apretó la mandíbula.

Maldita mujer.

Freen señaló una silla frente a su escritorio.

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras. Aunque te advierto que la conversación podría ser larga.

Becky permaneció inmóvil.

—Necesito una inversión.

—Lo sé.

—Ciento cincuenta millones de dólares.

—Ciento cincuenta millones, para ser exactos.

Becky sintió que la sangre le hervía.

—¿También tienes acceso a mis informes financieros?

—No necesito robar tus informes para saber que tu empresa está en problemas. Los mercados hablan, Becky. Y últimamente hablan demasiado de ti.

—Mi empresa tiene posibilidades de recuperarse.

—Lo sé.

La respuesta la desconcertó.

Freen se sentó detrás del escritorio y abrió una carpeta.

—Armstrong Corporation posee una marca valiosa, una red de distribución internacional y un equipo creativo extraordinario. Tu empresa está endeudada, pero no es inútil.

—Qué generosa evaluación.

—No he terminado.

Freen cerró la carpeta.

—Puedo proporcionarte los ciento cincuenta millones que necesitas. Además, puedo negociar una reestructuración de tus deudas, garantizar la continuidad de tus contratos y facilitarte acceso a nuevos mercados.

Becky sintió que su corazón daba un salto.

Era exactamente lo que necesitaba.

—¿A cambio de qué?

Freen la observó durante unos segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa pequeña, elegante y absolutamente peligrosa.

—De que te cases conmigo.

El silencio fue tan profundo que Becky creyó haber escuchado mal.

—¿Qué?

—Que te cases conmigo.

Becky soltó una carcajada incrédula.

—¿Has perdido la cabeza?

—Mi médico asegura que no.

—¡Estamos hablando de ciento cincuenta millones de dólares, no de comprar un vestido!

—Soy consciente de ello.

—¡Entonces explícame qué demonios tiene que ver mi matrimonio contigo!

Por primera vez, Freen dejó de sonreír.

Se levantó y caminó lentamente hasta quedar frente a ella.

—Mi familia lleva meses presionándome para que contraiga matrimonio. Quieren que consolide una alianza con otra familia empresarial y que les entregue parte del control de mi compañía a través de un acuerdo sucesorio.

—Mis condolencias.

—No necesito tus condolencias. Necesito una esposa que no esté interesada en mi fortuna, que tenga su propio imperio y que no se deje intimidar por mi familia.

Becky la miró con incredulidad.

—¿Y tu solución es casarte con tu enemiga?

—Mi solución es casarme con una mujer inteligente que jamás permitiría que alguien la utilizara como una pieza decorativa.

—¿Me estás insultando o intentando conquistarme?

—Todavía no lo he decidido.

Becky deseó arrojarle la carpeta a la cara.

—Busca a otra.

—Podría hacerlo.

—Entonces hazlo.

—Pero no quiero a otra.

Aquellas palabras hicieron que Becky guardara silencio.

Freen sostuvo su mirada.

—Quiero casarme contigo, Becky. Tú obtendrás el capital que necesitas para salvar Armstrong Corporation. Yo conseguiré una esposa capaz de defenderse por sí misma frente a mi familia. Ninguna tendrá que renunciar a su empresa ni a su independencia.

—¿Y si me niego?

—Buscaré otra solución para mis problemas.

—¿Así de fácil?

—No he dicho que sea fácil. He dicho que no te obligaré.

Freen regresó a su escritorio y deslizó una carpeta hacia ella.

—Aquí están las condiciones. El matrimonio será legal, pero privado en lo personal. Compartiremos una residencia cuando sea necesario por razones públicas. Mantendremos nuestras empresas independientes. No interferiré en tus decisiones profesionales y tú no interferirás en las mías.

Becky abrió la carpeta.

—¿Y cuánto durará este circo?

—Doce meses.

—¿Después?

—Si ambas queremos divorciarnos, lo haremos sin perjudicar a la otra. Tu empresa conservará la inversión pactada y las condiciones financieras quedarán establecidas en un contrato separado.

Becky levantó la vista.

—¿Y qué ganas tú, aparte de una esposa que te odia?

Freen guardó silencio.

Por una fracción de segundo, algo vulnerable atravesó sus ojos.

—Eso tendrás que descubrirlo.

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III. UN ANILLO Y UNA GUERRA

Becky pasó las siguientes cuarenta y ocho horas sin dormir.

Leyó cada cláusula del acuerdo. Consultó a sus abogados. Revisó las condiciones de inversión y exigió garantías para impedir que Freen utilizara el matrimonio como excusa para apropiarse de Armstrong Corporation.

Freen aceptó cada modificación razonable.

Aquello era casi más sospechoso que la propuesta inicial.

Finalmente, Becky regresó a Sarocha International.

Esta vez, llevaba el contrato firmado.

Freen la esperaba con dos tazas de café.

—Llegas puntual —comentó.

—No confundas puntualidad con entusiasmo.

—Jamás me atrevería.

Becky dejó el contrato sobre el escritorio.

—Acepto.

Freen miró la firma.

Por primera vez desde que Becky la conocía, pareció quedarse sin palabras.

Solo duró un segundo.

Después extendió la mano.

—Entonces, futura señora Sarocha, bienvenida a nuestra sociedad.

Becky observó aquella mano como si estuviera considerando denunciarla por algún delito.

Finalmente, la estrechó.

—Si vuelves a llamarme así, te arrancaré la lengua.

Freen sonrió.

—Eso suena extraordinariamente íntimo para un matrimonio que todavía no ha comenzado.

—Te odio.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Si lo supieras, estarías huyendo.

Freen se inclinó ligeramente hacia ella.

—Y, sin embargo, aquí estás.

Becky apartó la mano.

—Quiero el primer desembolso antes de la ceremonia.

—Ya está autorizado.

—Quiero que mi equipo financiero tenga acceso directo a tus representantes.

—He dado instrucciones para ello.

—Quiero conservar el control absoluto de Armstrong Corporation.

—Así será.

Becky entrecerró los ojos.

—¿Siempre eres tan insoportablemente complaciente?

—Solo cuando estoy a punto de conseguir algo que deseo.

—¿Y qué es eso?

Freen la miró directamente.

—Todavía no puedo decírtelo.

La ceremonia se celebró tres días después.

No hubo una boda multitudinaria ni una alfombra de flores interminable. Fue una ceremonia civil privada, acompañada por un pequeño grupo de testigos y los abogados de ambas partes.

Becky llevaba un vestido blanco de líneas elegantes. Freen vestía un traje color marfil que hacía resaltar la intensidad de sus ojos.

Cuando llegó el momento de intercambiar los anillos, Becky sintió que todo aquello era absurdo.

Estaba casándose con la mujer que había jurado derrotar.

La mujer que le había arrebatado contratos.

La mujer que podía destruirla con una sola decisión financiera.

Y, sin embargo, cuando Freen tomó su mano, sus dedos fueron sorprendentemente cálidos.

—¿Estás nerviosa? —susurró Freen.

—Estoy pensando en todas las formas en que podría asesinarte sin arruinar mi vestido.

Freen tuvo que contener una sonrisa.

—Qué romántica.

—Cállate.

La jueza pronunció las palabras finales.

Y, de pronto, eran esposas.

—Puede besar a la novia —anunció la jueza.

Becky se quedó inmóvil.

Freen no se acercó.

En lugar de hacerlo, inclinó ligeramente la cabeza y susurró:

—¿Puedo?

La pregunta desarmó a Becky más que cualquier provocación.

Después de unos segundos, ella asintió.

Freen depositó un beso suave en sus labios.

Fue breve.

Delicado.

Apenas un roce.

Pero Becky sintió una descarga inesperada que le recorrió el cuerpo.

Cuando se separaron, Freen mantuvo la frente cerca de la suya.

—Bienvenida a casa, esposa.

Becky tragó saliva.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

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IV. LAS REGLAS DE UNA ESPOSA

La residencia de Freen era una mansión moderna situada en una colina, rodeada de jardines y protegida por altos muros.

Becky se quedó observándola desde el automóvil.

—¿Vives aquí sola?

—Sí.

—¿En una casa de este tamaño?

—Me gusta tener espacio.

—Podrías alojar a una familia entera.

—Podría alojar a varias.

Becky suspiró.

—Tu modestia es conmovedora.

Freen le entregó una tarjeta de acceso.

—Tu habitación está en el ala este. He preparado un despacho para ti y puedes utilizar cualquier espacio de la casa, excepto mi oficina privada cuando esté trabajando.

—No pienso invadir tu intimidad.

—Qué alivio.

—Y no esperes que cocine.

—Tenemos chef.

—No esperes que limpie.

—Tenemos personal.

—No esperes que te acompañe a eventos innecesarios.

—Tendrás que acompañarme a algunos.

—Entonces encontraré una manera de enfermarme.

Freen sonrió.

—Voy a disfrutar muchísimo de nuestro matrimonio.

Las primeras semanas fueron una batalla constante.

Becky descubrió que Freen dejaba el café a medio terminar y olvidaba sus gafas de lectura en cualquier habitación. Freen descubrió que Becky hablaba dormida cuando estaba estresada y que tenía la costumbre de esconder chocolate en los cajones de su despacho.

También descubrieron que trabajar juntas era peligrosamente efectivo.

La inversión comenzó a dar resultados. Los proveedores recuperaron la confianza en Armstrong Corporation. Los bancos aceptaron renegociar parte de las deudas y varios inversionistas regresaron al comprobar que la empresa contaba con respaldo financiero sólido.

Por primera vez en meses, Becky podía respirar.

Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, Freen estaba cumpliendo su palabra.

No intentaba controlar sus decisiones.

No exigía acceso a sus cuentas.

No se inmiscuía en sus reuniones.

Incluso había rechazado públicamente una propuesta de fusión que habría permitido a Sarocha International adquirir una participación mayoritaria en Armstrong Corporation.

Cuando Becky se enteró, entró furiosa en el despacho de Freen.

—¿Por qué lo hiciste?

Freen levantó la mirada de su ordenador.

—Buenos días para ti también.

—¡Rechazaste una operación que habría aumentado tus beneficios!

—Era una operación que habría comprometido tu independencia.

Becky se quedó callada.

—Podrías haber comprado parte de mi empresa —murmuró.

—Podría.

—Podrías haberme obligado a aceptar.

Freen cerró el ordenador.

—No quiero que un día me mires y pienses que tuve que destruirte para mantenerte a mi lado.

El corazón de Becky dio un vuelco.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.

Después, Becky desvió la mirada.

—Sigues siendo una arrogante insoportable.

—Y tú sigues entrando en mi despacho sin llamar.

—Es mi casa también.

Freen sonrió.

—Exactamente, esposa.

Becky le lanzó un cojín.

Y Freen, para su absoluta indignación, se rio.

No una sonrisa elegante ni una carcajada discreta.

Se rio de verdad.

Becky descubrió entonces que aquella mujer tenía una risa hermosa.

Una risa que quería volver a escuchar.

Aquello era un problema.

Un problema enorme.

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V. CELOS QUE NO ESTABAN EN EL CONTRATO

El primer indicio de que algo había cambiado llegó durante una gala empresarial.

Becky llevaba un vestido negro de espalda descubierta. Su cabello caía en ondas sobre los hombros y un collar de diamantes brillaba sobre su piel.

Freen, que la esperaba junto a la entrada, dejó de hablar cuando la vio.

Becky arqueó una ceja.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Llevas diez segundos mirándome.

—Estoy comprobando que el vestido no infrinja ninguna norma de seguridad.

—¿Perdón?

—Podría ser peligroso para la estabilidad emocional de los invitados.

Becky intentó no sonreír.

—Eres ridícula.

Freen le ofreció el brazo.

—Y tú estás preciosa.

El comentario fue tan sincero que Becky no supo qué responder.

Durante la gala, varias personas se acercaron a felicitarlas por su matrimonio. Algunas parecían encantadas. Otras, desconcertadas.

Después de todo, la rivalidad entre ambas era legendaria.

La situación empeoró cuando una joven directora de una firma internacional se acercó a Freen.

—Señora Sarocha, está espectacular esta noche.

—Gracias, Elena.

—Esperaba poder hablar contigo sobre una posible colaboración.

Becky permaneció a su lado, bebiendo champán.

—Por supuesto —respondió Freen.

Elena sonrió y apoyó una mano en el brazo de Freen.

Becky sintió una punzada absurda en el pecho.

Absurda porque no tenía derecho a sentirla.

Aquello era un matrimonio de conveniencia.

Un acuerdo empresarial.

Doce meses y cada una seguiría su camino.

Entonces, ¿por qué tenía ganas de arrancarle la mano a aquella mujer?

—Querida —intervino Becky, enlazando su brazo con el de Freen—, ¿no ibas a presentarme a los miembros de la junta directiva?

Freen bajó la mirada hacia el brazo que Becky había enlazado con el suyo.

Una chispa divertida apareció en sus ojos.

—Por supuesto, amor mío.

Becky casi se atragantó.

Amor mío.

La muy desgraciada lo había dicho con una naturalidad insultante.

Elena se despidió poco después.

Cuando quedaron solas, Freen se inclinó hacia su esposa.

—¿Estás celosa?

—No.

—Has estado a punto de perforar el suelo con tus tacones.

—Me preocupaba que estuvieras perdiendo el tiempo.

—¿Y por qué me sujetabas del brazo?

—Porque soy tu esposa.

Freen sonrió lentamente.

—Me encanta cuando recuerdas ese detalle.

Becky la fulminó con la mirada.

—No te hagas ilusiones.

—Jamás.

Pero cuando Freen se apartó para saludar a otro invitado, Becky descubrió que seguía deseando tenerla cerca.

Y aquella noche, por primera vez, el contrato de matrimonio le pareció una amenaza.

Porque empezaba a temer que doce meses no fueran suficientes.

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VI. EL SECRETO DE FREEN SAROCHA

La verdad llegó una noche de lluvia.

Becky había regresado temprano de una reunión cuando escuchó voces procedentes del despacho privado de Freen.

La puerta estaba entreabierta.

—No puedes seguir aplazándolo, Freen —decía una voz masculina—. Tu abuelo dejó instrucciones muy claras. Si no formalizas una alianza matrimonial antes de la próxima junta sucesoria, los demás accionistas intentarán arrebatarte el control de la empresa.

—Mi vida personal no es asunto de los accionistas.

—Para ellos, sí. Y tú lo sabes.

Hubo un silencio.

—¿Por eso elegiste a Becky Armstrong? —preguntó el hombre—. ¿Porque necesitabas una esposa que no perteneciera a ninguna de las familias con las que tu abuelo quería vincularte?

Becky dejó de respirar.

—Elegí a Becky porque es la única mujer a la que considero mi igual —respondió Freen.

—Pero ella es tu enemiga.

—Lo era.

Becky sintió que algo se le rompía por dentro.

Retrocedió antes de escuchar más.

No necesitaba saber nada más.

Por supuesto.

Todo había sido una estrategia.

La inversión.

El matrimonio.

Las atenciones.

Las pequeñas sonrisas que había empezado a guardar en su memoria.

Todo formaba parte de un plan para conservar el poder de Freen.

Becky regresó a su habitación y cerró la puerta.

Se sentó al borde de la cama, contemplando el anillo de matrimonio.

Había sido una estúpida.

Una estúpida que había empezado a enamorarse de su propia enemiga.

Cuando Freen entró una hora después, encontró a Becky sentada junto a la ventana.

—¿Qué ocurre?

—Quiero hablar del contrato.

Freen se detuvo.

—¿Del contrato?

Becky se quitó el anillo y lo dejó sobre la mesa.

—Quiero adelantar el divorcio.

El rostro de Freen perdió el color.

—¿Qué?

—Mi empresa se está recuperando. El acuerdo financiero está funcionando y ya no necesito que sigamos fingiendo.

Freen miró el anillo.

—¿Por qué estás haciendo esto?

Becky soltó una risa amarga.

—No finjas que no sabes por qué nos casamos.

—Becky...

—Necesitabas una esposa para proteger tu posición empresarial. Yo necesitaba dinero para salvar mi empresa. Conseguimos lo que queríamos. Se acabó.

Freen dio un paso hacia ella.

—No es tan sencillo.

—Para mí sí.

—Mírame.

—No quiero.

—Becky, por favor.

Aquella palabra hizo que Becky levantara la cabeza.

Freen nunca suplicaba.

Nunca.

Y, sin embargo, había algo en sus ojos que Becky no había visto jamás.

Miedo.

—Si quieres terminar nuestro matrimonio, no te lo impediré —dijo Freen con voz ronca—. Pero no me digas que todo lo que ha pasado entre nosotras ha sido una mentira.

Becky sintió que las lágrimas amenazaban con traicionarla.

—¿Y qué ha sido, Freen? ¿Una inversión emocional?

Freen cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, su mirada estaba llena de dolor.

—Me enamoré de ti.

El mundo de Becky se detuvo.

—No.

—Sí.

—No puedes decirme eso ahora.

—No quería enamorarme de ti. No estaba en mis planes. Pensé que podría mantener nuestra relación dentro de los límites del acuerdo, pero después empezaste a reírte conmigo. Empezaste a discutir conmigo por tonterías. Empezaste a dejar tus libros en mi despacho y a robarme el café. Y un día comprendí que buscaba cualquier excusa para volver a casa porque sabía que estarías allí.

Freen respiró profundamente.

—No me enamoré de una empresaria a la que podía utilizar. Me enamoré de la mujer que conocí cuando dejó de intentar demostrarme que era invencible.

Becky apretó los labios.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque tenía miedo.

—¿Tú?

—Sí, yo. Porque eres la única persona que puede hacerme sentir que perderlo todo no sería tan terrible si todavía pudiera tenerte a mi lado.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Becky.

—Te odio por hacerme esto.

Freen no intentó acercarse.

—Lo sé.

—Te odio porque quiero creerte.

—No tienes que hacerlo hoy.

—Te odio porque... —Becky se cubrió la boca, incapaz de terminar.

Freen esperó.

Y entonces Becky pronunció las palabras que había estado intentando negar durante semanas.

—Porque yo también me enamoré de ti.

El silencio que siguió fue insoportable.

Freen la miró como si acabara de entregarle algo infinitamente más valioso que cualquier fortuna.

—¿Puedo acercarme? —preguntó.

Becky asintió entre lágrimas.

Freen caminó despacio hasta ella.

—No quiero que te quedes conmigo por el dinero, por el contrato ni por miedo a perder tu empresa —susurró—. Quiero que te quedes porque me eliges. Y si no puedes hacerlo, te dejaré marchar.

Becky levantó la mirada.

—Eres una idiota.

Freen sonrió débilmente.

—Eso parece.

—Una idiota arrogante, controladora y desesperante.

—¿Hay algo más?

—Sí.

Becky la sujetó por las solapas de la chaqueta.

—Eres mi idiota.

Y la besó.

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VII. UNA ESPOSA POR AMOR

El beso comenzó con desesperación.

Con todas las palabras que habían callado.

Con cada discusión que había escondido una sonrisa, cada mirada que había durado demasiado y cada noche en la que ambas habían deseado cruzar el pasillo que separaba sus habitaciones.

Freen sostuvo el rostro de Becky entre sus manos, respondiendo al beso con una ternura que contrastaba con la intensidad de sus sentimientos.

Cuando se separaron, Becky apoyó la frente contra la suya.

—Todavía estoy enfadada contigo.

—Lo comprendo.

—Y no pienso perdonarte tan fácilmente.

—No esperaba que lo hicieras.

—Vas a tener que conquistarme.

Freen arqueó una ceja.

—¿Conquistarte? ¿A ti?

—¿Tienes algún problema?

—Ninguno. Solo intento imaginar cómo voy a conquistar a una mujer que ya duerme en mi casa, utiliza mi coche y se come mi chocolate.

Becky sonrió por primera vez aquella noche.

—Tendrás que esforzarte más.

—Entendido, señora Sarocha.

—Todavía no me acostumbro a ese apellido.

Freen le acarició la mejilla.

—Puedes conservar el tuyo. No necesito que dejes de ser Becky Armstrong para convertirte en mi esposa.

Aquellas palabras terminaron de desarmarla.

Porque eso era exactamente lo que necesitaba escuchar.

No quería ser una adquisición más de Freen.

No quería ser una pieza en un tablero empresarial.

Quería ser su compañera.

Su igual.

La mujer a la que eligiera incluso cuando no hubiera contratos ni millones de dólares de por medio.

—Hay algo que debes saber —murmuró Becky.

—Dime.

—Cuando nos divorciemos, quiero que vuelvas a pedirme matrimonio.

Freen parpadeó.

—¿Qué?

—Quiero que me lo pidas de verdad. Sin abogados, sin cláusulas y sin una inversión millonaria sobre la mesa.

La expresión de Freen cambió lentamente.

Después, sonrió.

Una sonrisa luminosa, sincera, completamente distinta de todas las que Becky había conocido.

—Está bien.

—Y quiero una boda de verdad.

—Por supuesto.

—Y un anillo nuevo.

—Te compraré el que quieras.

Becky le dio un pequeño golpe en el hombro.

—¡No se trata del dinero!

Freen soltó una carcajada.

—Lo sé, amor. Solo quería molestarte.

Becky la besó de nuevo.

Esta vez, sin miedo.

Sin contratos.

Sin necesidad de fingir.

Solo dos mujeres que habían pasado tanto tiempo intentando derrotarse que nunca imaginaron que terminarían eligiéndose.

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VIII. LA PROPUESTA QUE LO CAMBIÓ TODO

Seis meses después, Armstrong Corporation volvió a ocupar los titulares financieros.

La empresa no solo había sobrevivido: había recuperado su posición en el mercado y firmado nuevas alianzas internacionales.

Becky seguía siendo su presidenta.

Freen seguía dirigiendo su propio imperio.

Y ambas habían descubierto que podían competir en los negocios sin convertir su matrimonio en una guerra.

De hecho, algunas de sus reuniones conjuntas terminaban con los abogados pidiendo vacaciones.

—Tu propuesta es absurda —declaró Becky durante una negociación.

—Tu presupuesto es irrealista —replicó Freen.

—¡No puedes pretender que acepte esas condiciones!

—¡Y tú no puedes pretender que financie un proyecto sin garantías!

Los directivos intercambiaron miradas.

Aquello era una reunión empresarial o una discusión matrimonial.

Probablemente ambas cosas.

Cuando terminaron, Freen acompañó a Becky hasta el ascensor.

—¿Cena conmigo esta noche?

—Depende.

—¿De qué?

—¿Vas a hablar de negocios?

—No.

—¿De inversiones?

—Tampoco.

—¿De acciones?

Freen sonrió.

—Solo de una acción que me interesa mucho.

Becky entrecerró los ojos.

—¿Qué acción?

Freen se inclinó para susurrarle al oído:

—La de pasar el resto de mi vida contigo.

Becky se quedó inmóvil.

Antes de que pudiera responder, Freen se alejó con una sonrisa misteriosa.

Aquella noche, Becky llegó a casa y encontró el jardín iluminado con pequeñas luces doradas.

Había flores blancas sobre el camino y una mesa preparada bajo los árboles.

Freen la esperaba al final del sendero, vestida con un traje negro.

En sus manos sostenía una pequeña caja.

Becky sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

—¿Qué estás haciendo?

—Algo que debí hacer desde el principio.

Freen se arrodilló frente a ella.

Becky se llevó una mano a la boca.

—Freen...

—La primera vez que te pedí que te casaras conmigo, te ofrecí dinero, estabilidad y una salida para tu empresa. Te di un contrato porque pensé que así podría mantener bajo control todo lo que sentía.

Abrió la caja.

Dentro había un anillo delicado, con un diamante rodeado de pequeñas piedras que brillaban bajo las luces del jardín.

—Pero no quiero comprarte, Becky. No quiero que te quedes conmigo porque me debas algo. Quiero que seas libre de marcharte y que, aun así, decidas volver a mí.

Los ojos de Becky se llenaron de lágrimas.

Freen tomó su mano.

—Quiero discutir contigo por las mañanas, compartir contigo mis victorias y mis fracasos, escucharte cuando estés enfadada y abrazarte cuando el mundo te parezca demasiado difícil. Quiero ser la mujer a la que llames cuando necesites ayuda, pero también aquella con la que quieras celebrar cuando ya no necesites que nadie te salve.

Respiró profundamente.

—Becky Armstrong, eres mi rival, mi mejor amiga, mi mayor desafío y la mujer de la que me enamoré sin permiso. ¿Me concederías el privilegio de volver a casarte conmigo? Esta vez, por amor. Sin condiciones. Sin contratos. Sin nada que pueda obligarte a decir que sí.

Becky lloró abiertamente.

Después se agachó frente a ella, le tomó el rostro entre las manos y la besó.

—Sí.

Freen soltó una risa emocionada.

—¿Sí?

—¡Sí, maldita sea! ¡Pero levántate antes de que me arrepienta!

Freen se rio mientras le colocaba el anillo.

Becky la abrazó con tanta fuerza que ambas terminaron perdiendo el equilibrio sobre el césped.

—Te amo —susurró Becky contra su cuello.

Freen la estrechó entre sus brazos.

—Te amo, esposa.

—Y para que lo sepas, sigo pensando que eres insoportable.

—Y yo sigo pensando que eres la mujer más hermosa del mundo.

—Eso no te salvará de lavar los platos.

—Tenemos chef.

—¡Freen!

La carcajada de Freen se perdió entre los árboles.

Y Becky comprendió que aquel era el verdadero milagro.

No que su empresa hubiera sobrevivido.

No que hubiera recuperado su fortuna.

Ni siquiera que hubiera terminado casada con la mujer que una vez consideró su peor enemiga.

El milagro era que, por primera vez en su vida, Becky había encontrado a alguien que no quería vencerla.

Quería caminar a su lado.

Y Freen había encontrado a la única mujer a la que nunca podría comprar, porque el corazón de Becky solo podía entregarse por voluntad propia.

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EPÍLOGO: MI ENEMIGA FAVORITA

Un año después, Armstrong Corporation y Sarocha International anunciaron una alianza estratégica que revolucionaría el mercado del lujo.

La prensa esperaba una declaración formal sobre la operación.

En cambio, durante la conferencia, un periodista levantó la mano.

—Señora Sarocha, señora Armstrong, después de tantos años de rivalidad profesional, ¿cómo describirían su relación actual?

Freen miró a Becky.

Becky sonrió con malicia.

—Es una mujer insoportable.

Los periodistas soltaron una carcajada.

Freen fingió indignación.

—Mi esposa tiene una extraña manera de expresar su amor.

—También es arrogante, terca y cree que siempre tiene la razón.

—Porque generalmente la tengo.

Becky le dio un codazo.

—¿Lo ven? ¡Es imposible!

La sala estalló en risas.

Entonces Freen tomó la mano de su esposa y besó su anillo.

—Pero es la mujer con la que volvería a casarme en todas las vidas que me concedieran.

Becky dejó de sonreír.

La miró con una ternura que no intentó ocultar.

—Yo también volvería a elegirte.

Y la besó frente a las cámaras.

Porque algunas historias de amor comienzan con flores.

Otras, con una mirada.

La suya había comenzado con ciento cincuenta millones de dólares, un contrato matrimonial y una propuesta que ninguna de las dos habría imaginado aceptar.

Becky había acudido a Freen para salvar su empresa.

Y Freen le había ofrecido convertirse en su esposa.

Ninguna de las dos sabía que, al firmar aquel contrato, estaban poniendo en marcha la única negociación de sus vidas en la que ambas terminarían ganando algo mucho más valioso que el dinero.

Un hogar.

Una familia.

Y un amor que ninguna fortuna del mundo podría comprar.

FIN. ❤️‍🔥💍

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