Prólogo
KAISER
OTOÑO. FRANCIA. 2022.
Estoy en Heaven’s por negocios. Mi informante me pidió vernos en persona. Pero cuando las luces comienzan a bajar, apenas presto atención a la persona a mi lado.
La música empieza.
Y ella surge en el escenario con una fluidez hipnótica, como si hubiera estado ahí todo el tiempo y solo ahora se revelara. Su cabello rojo cae como un velo delicado, ondulando a cada paso.
Sus piernas se envuelven con destreza alrededor de la barra, subiendo, bajando, girando como si las leyes de la gravedad la obedecieran solo a ella. Como si el mundo entero le perteneciera.
Una joya viva.
Una diosa completa.
Permanezco inmóvil.
Por primera vez, la mujer que durante cuatro años reduje a una simple deuda de sangre baila sin saber que su verdugo está aquí. Viéndola.
La música termina. Los aplausos estallan. Ella baja del escenario.
Presiento la oportunidad. Podría terminar con ella ahora mismo. Una orden. Un disparo. Una llamada. Todo quedaría resuelto.
Pero también pienso en otra posibilidad: observarla de cerca. Descubrir cuánto tarda en quebrarse. Eso haría la caída mucho más satisfactoria.
Me decido por lo segundo.
Dejo a la informante con Antonio y bajo las escaleras.
—Llama a la chica.
Sacha me mira, curioso y alerta.
—¿A cuál, Kaiser?
No aparto los ojos del escenario.
—A la pelirroja.
Sacha abre los ojos de par en par. Lo veo temblar al responder:
—La chica tiene un cliente esperando, Kaiser. No puedo interrumpir su agenda.
Arqueo una ceja. A mí nadie me dice que no.
—Solo será un momento. Luego puede ir a revolcarse con quien quiera.
Sacha titubea, tragando saliva.
—Está bien… pero espere detrás del escenario. Si el cliente se entera del motivo del retraso… podría cancelar. Y eso significa devolver dinero.
Resoplo. Este hombre solo respira por el dinero.
—Perfecto —mascullo—. Que así sea.
Sacha se inclina ligeramente y desaparece.
Mientras tanto, ella gira en una serie final de movimientos aún más hipnóticos. Cuando sus pies tocan el suelo, lo hacen con una gracia casi sobrenatural.
La ovación estalla. No es escandalosa.
Es devoción.
Camino por la izquierda, directo hacia la parte trasera del escenario. Espero.
Escucho pasos.
Sacha aparece primero. Detrás de él, ella.
—¿Esta es? —pregunto.
—Sí, señor. Ella es nuestra diosa.
—¿Disculpen? —su voz irrumpe con una mezcla de desafío y elegancia.
La observo de arriba abajo.
Por primera vez la tengo frente a frente. Los años en Heaven’s no parecen haber conseguido destruirla. Y eso me desconcierta. Tiene el suficiente orgullo como para desafiarme.
¿Acaso no sabe quién soy? ¿Qué podría hacerla desaparecer si me lo propongo y nadie haría nada para impedirlo?
—¿La diosa de este lugar, eh? —musito—. Esperaba algo más… deslumbrante.
Ella no parpadea. Pero noto cómo se tensa. La rabia le recorre la mirada, haciéndola más brillante. Más ardiente.
—Vaya, y yo que pensaba que los perros venían con correa —me suelta. Su sonrisa es puro veneno.
Mi mandíbula se tensa.
Sacha intenta mediar, como un pobre ratón entre dos serpientes. Dice algo ininteligible, pero levanto una mano. No necesito escucharlo.
—Sacha —le digo, sin apartar la vista de ella—, déjanos solos.
No es una sugerencia. Y lo sabe.
El aire se espesa. Ella me sostiene la mirada como si no estuviera en desventaja, y yo no pienso ceder.
—Kaiser… si algo le sucede a ella, el negocio… —intenta Sacha una vez más.
Solo necesito mirarlo para que desaparezca.
Ella no se mueve.
Se mantiene erguida, con los brazos cruzados, la espalda recta y la barbilla alzada, como si el mundo tuviera que inclinarse ante ella.
Una parte de mí me dice que termine con todo en ese momento. Sin juegos. Sin esperar. Sin darle la oportunidad de convertirse en algo más que una víctima.
Ignoro esa voz.
Y tal vez ese fue mi error.
Porque aquel encuentro detrás del escenario no sería el comienzo de la venganza que había esperado durante años.
Sino el comienzo de algo mucho más fuerte.
Y mucho más oscuro para ambos.






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