Crear nueva lista
Compartir con tus amigos
Personalizar legibilidad

EL ATRACO

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

A los cincuenta años, Marta lleva una vida aparentemente perfecta. Una casa en La Moraleja, dos hijos independientes y un matrimonio que, desde hace años, funciona bajo unas reglas poco convencionales. Ella y Fernando han aprendido a compartirlo todo, excepto su intimidad. Pero una madrugada, dos hombres encapuchados irrumpen en su dormitorio. Buscan unas joyas de gran valor y están dispuestos a cualquier cosa para conseguirlas. Lo que comienza como un atraco se transforma en una noche de violencia, sexo y humillaciones que pondrá a prueba los límites del matrimonio. Sin embargo, detrás de las máscaras se ocultan secretos mucho más peligrosos que las armas de los asaltantes. Porque en esta historia nadie conoce toda la verdad. Y lo que parece evidente puede ser exactamente lo contrario.

Genero:
Action
Autor/a:
RebeccaBrand
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

EL ATRACO (Relato completo)

Pertenece a la colección "Historias para pecar"

EL ATRACO.- REBECCA BRAND

CAPÍTULO 1. MARTA

A los cincuenta años, Marta no tenía ganas de empezar de nuevo. Tenía un marido, dos hijos que ya hacían su vida, una casa en La Moraleja y una existencia que funcionaba con la precisión de un reloj suizo. No le faltaba nada. Y, sin embargo, aquel octubre, mientras dejaba el coche junto a una nave de Vallecas, tuvo la impresión de que las costumbres de siempre ya no bastaban para describir su vida. Miró el móvil antes de entrar. No había mensajes de Fernando. Nunca los había cuando ella salía por la tarde, y esa ausencia era una de las comodidades de su matrimonio.

La primera vez que Fernando le dijo que era homosexual no hubo gritos, platos rotos ni maletas en el descansillo. Hubo dos cafés enfriándose sobre la mesa de la cocina. Llevaban diecinueve años casados. Él tenía cuarenta y nueve y ella cuarenta y tres. Fernando había tardado media vida en atreverse a nombrar algo que conocía desde mucho antes. Marta lo escuchó, preguntó si había alguien y, cuando recibió una respuesta evasiva, decidió que no necesitaba saberlo todo aquella mañana. Querían a sus hijos, se tenían afecto y ninguno deseaba destruir la casa por descubrir que el matrimonio había cambiado de naturaleza.

Pactaron continuar juntos y conservar la libertad de tener otras relaciones. Ni vigilancia ni informes. No se exigirían nombres, horarios ni explicaciones íntimas; sí lealtad en el dinero, en la familia y en las decisiones que afectaran a ambos. Durante siete años funcionó. Fernando ocupaba una habitación que daba al jardín; Marta, la principal. Compartían desayunos, cumpleaños y alguna comida de domingo, pero llevaban vidas separadas detrás de las mismas paredes. Fernando sabía que ella podía salir con alguien, aunque nunca había preguntado si lo hacía. Marta conocía algunos nombres de los hombres con los que él se veía y prefería ignorar el resto.

La nave olía a serrín y barniz. Al fondo, un hombre más joven que ella cepillaba el canto de una puerta con una paciencia que parecía incompatible con el ruido de la maquinaria. Era el carpintero con el que Marta se acostaba desde hacía casi dos años. Tenía la barba corta, las manos grandes y una manera de mirarla que hacía que se sintiera vista, no observada. Se habían conocido cuando ella buscaba una vitrina para unas piezas de cerámica. Hablaron de madera y embalajes, después fueron a cenar y, a la tercera cita, dejaron de inventar motivos profesionales para verse. A Marta le gustaba que él no intentara impresionarla.

Cuando lo conoció, aquel hombre dormía en un piso compartido y trabajaba demasiadas horas. No había estudiado en la universidad, pero leía con voracidad, tenía curiosidad por cualquier asunto y sabía escuchar. A Marta le entretenían sus conversaciones tanto como sus manos. La primera vez que pasaron una noche juntos, ella sintió una libertad que creyó perdida para siempre. La segunda, supo que iba a regresar. No se había enamorado de una promesa de juventud, sino de una presencia concreta, de alguien que no le exigía justificar su edad, su patrimonio ni las decisiones que la habían llevado hasta allí.

Afuera empezaba a llover. Marta entró con pan y un queso curado; él puso sobre la mesa dos platos distintos y una botella de vino abierta el día anterior. Se besaron con la familiaridad de quienes conocen el camino hasta la boca del otro. Le quitó el abrigo y la atrajo por la cintura. Ella apoyó la frente en su pecho un instante, oyéndole respirar. El pan y el queso se quedaron olvidados.

Sobre el banco de trabajo, entre una cinta métrica y una vieja llave de latón que servía de pisapapeles, los besos fueron sustituyendo a las palabras. Él la levantó por la cintura con la fuerza bruta de sus manos grandes y la sentó sobre el borde del tablón de nogal. Marta se quitó el pantalón y él le retiró las bragas de un tirón. Ya completamente excitada, abrió las piernas de inmediato, rodeándole los costados con los muslos. El carpintero hundió la cara entre sus piernas sin preámbulos; su barba corta raspaba la piel sensible de la cara interna de sus muslos mientras su lengua, ancha y húmeda, comenzaba a lamerle el coño de abajo arriba. Marta echó la cabeza hacia atrás, apoyando las palmas en la madera fría, soltando un gemido que se perdió en el techo de la nave a cada embestida de la punta de su lengua sobre el clítoris. Estaba empapada. Él se desabrochó el pantalón, liberando su polla ya dura y resbaladiza por el flujo de ella, la sujetó con firmeza por las caderas y la penetró de un solo movimiento profundo. Marta contuvo el aliento; el nogal crujió bajo su peso. La folló con un ritmo pesado y constante, retirándose casi por completo para volver a hundirse hasta el fondo, haciéndola arquear la espalda a cada golpe seco. El olor a serrín y barniz se mezclaba con el sudor de ambos. Marta se aferró a sus hombros anchos, guiada por el vaivén salvaje que la alejaba por completo de su vida ordenada en La Moraleja, hasta que el cuerpo entero se le tensó en un espasmo violento y se corrió gritando su nombre, justo antes de que él se vaciara dentro de ella con una última embestida larga y profunda.

Después, cuando el taller recobró su silencio, Marta se quedó mirando la luz gris de los ventanales.

Comieron tarde, sentados en el suelo con la espalda contra un banco. Hablaron de una puerta que él debía entregar el viernes, de un cliente empeñado en comprar nogal cuando no quedaba nogal y de la última llamada de Lucía desde Lisboa. Marta contó que su hija había tardado once minutos exactos en despedirse y que ella los había mirado en la pantalla sin darse cuenta. Al levantarse vio un albarán pegado a una caja. En el margen había una nota cariñosa dirigida a ella, escrita con la letra apresurada de su amante. Sonrió. En aquel taller no necesitaba fingir que su presencia era accidental.

El carpintero le preguntó si iba a quedarse a cenar. Marta miró el reloj, los zapatos mojados junto a la entrada y la lluvia que seguía cayendo sobre el patio. Podía quedarse. Nadie en casa le pediría explicaciones. Se sirvió un poco más de vino y se distrajo escuchando una historia absurda sobre un cliente que pretendía que una mesa de roble pesara la mitad sin cambiarle las patas. Se rio con ganas. Aquel pequeño intervalo de normalidad era precisamente lo que venía a buscar algunas tardes. Le habría gustado prolongarlo.

En la puerta él le sujetó la mano y volvió a pedirle que se quedara. Marta lo besó, recogió el abrigo y salió al patio bajo la lluvia. Al llegar al coche buscó las llaves en el bolso y se volvió un instante hacia la nave. La luz del taller seguía encendida. Pensó en la conversación sobre su hija, en el vino que había quedado a medias y en lo fácil que era perder la noción del tiempo cuando estaba allí. Después arrancó y tomó la carretera de regreso a La Moraleja.

CAPÍTULO 2. EL AMANTE DE FERNANDO

Fernando conoció a Rubén un viernes de abril en un bar de Chueca. Había terminado su jornada y entró buscando un vaso de vino y media hora sin obligaciones. Rubén le hizo sitio en la barra cuando el local comenzó a llenarse. Tenía cuarenta y dos años, el pelo oscuro muy corto y unos ojos que parecían atender incluso cuando miraba a otra parte. Comentó la música que salía de los altavoces y consiguió hacerlo reír antes de que terminara su primera copa. Fernando llevaba tiempo sin reírse con tanta facilidad, y se quedó hasta que el camarero anunció que cerraban.

Rubén trabajaba en la intermediación de compraventas. Había días en los que iba de una reunión a otra y otros en los que podía dedicar una mañana entera a recorrer librerías o a buscar un restaurante nuevo. Fernando, arquitecto técnico, estaba acostumbrado a horarios previsibles, llamadas de clientes y visitas de obra. Le intrigaba la libertad con que Rubén organizaba sus semanas. Rubén, por su parte, encontraba divertida la costumbre de Fernando de consultar la agenda incluso antes de aceptar una invitación que le apetecía. Aquella diferencia los entretenía más que cualquier semejanza.

La segunda vez quedaron a cenar. La tercera caminaron juntos hasta un portal sin haberse puesto de acuerdo sobre quién había tomado la iniciativa. Fernando le explicó que estaba casado, que Marta conocía su orientación y que vivían una relación abierta desde hacía años. Rubén no puso cara de escándalo ni de alivio. Preguntó si todavía eran amigos. «Sí», contestó Fernando, sorprendido de que aquella fuera la palabra más exacta. Después, antes de que pudiera explicar nada más, Rubén lo besó. Fernando tuvo la impresión de que no tendría que elegir entre ocultar su vida y justificarla.

Aquella primera noche, en el apartamento de Rubén, dejaron los móviles boca abajo y las copas olvidadas. Rubén lo guió hacia la cama sin prisa, desabrochándole la camisa con una lentitud que a Fernando, acostumbrado a la prisa de los secretos, casi le dolió. Cuando Rubén lo empujó suavemente del pecho para dejarlo boca arriba, Fernando intentó mantener el orden, pero los dedos de su amante recorriéndole el vientre le borraron la agenda. Rubén se ensañó con su boca antes de bajar hacia sus muslos. Le abrió las piernas con firmeza, le tomó la polla con una mano experta y comenzó a lamerle el perineo y el esfínter con una insistencia húmeda que hizo que Fernando arqueara la espalda, enterrando los dedos en las sábanas. Fernando, que llevaba media vida conteniéndose, soltó un gemido ronco cuando Rubén se untó los dedos en saliva, le abrió las nalgas y lo penetró despacio por detrás. Las embestidas eran largas, profundas, rítmicas; Rubén lo sujetaba con fuerza de las caderas, marcándole el compás mientras le masturbaba la polla por delante con la otra mano. Fernando perdió la noción de la hora, del matrimonio y de las deudas, entregado a ese vaivén abrasador hasta que se vació con un temblor largo que le dejó las piernas flojas, antes de que Rubén se viniera dentro de él con un último golpe seco. Más tarde Fernando se durmió de lado, con una mano apoyada en el brazo de su amante. Al despertar lo encontró en la cocina, preparando café y discutiendo en voz alta con una noticia de la radio. Aquella escena doméstica, sin solemnidad, le produjo una felicidad inesperada.

Durante el verano llegaron los martes. Fernando salía de casa después de cenar y regresaba tarde o a la mañana siguiente. Marta no preguntaba. A veces él mencionaba de pasada un concierto o un restaurante, pero evitaba dar detalles, del mismo modo que no se los exigía a ella. Rubén descubrió pronto que Fernando era un hombre ordenado hasta en sus secretos. Guardaba recibos de taxi, corregía la hora de las reservas y doblaba la chaqueta por las costuras. Una vez Rubén escondió sus llaves para burlarse de aquella precisión y tuvo que devolvérselas al comprobar que la broma no hacía ninguna gracia.

En La Moraleja, la convivencia seguía un ritmo conocido. Marta ocupaba el dormitorio principal; Fernando, una habitación que daba al jardín. Compartían algún desayuno, los cumpleaños de sus hijos y ciertas comidas de domingo, pero habían aprendido a respetar el silencio del otro. Cuando coincidían en la cocina intercambiaban noticias de la familia y se recordaban compromisos pendientes. Fernando no necesitaba inventar excusas para salir con Rubén. Lo que a veces echaba de menos no era el secreto ni la aventura, sino la sensación de que alguien esperaba su llegada por el simple placer de verlo.

Rubén nunca intentó ocupar el lugar de Marta. Le gustaba escuchar a Fernando hablar de sus hijos, aunque evitaba hacer preguntas sobre la intimidad del matrimonio. Una tarde lo acompañó a comprar un regalo de cumpleaños para Lucía y pasó más tiempo eligiendo el papel de envolver que Fernando escogiendo el libro. En otra ocasión Fernando le mostró fotografías de una rehabilitación que había terminado con éxito. Rubén fingió entender todos los detalles técnicos y acabó preguntando por qué las vigas tenían nombres distintos según su posición. Fernando se rio tanto que llamó la atención de la mesa vecina.

Las diferencias de carácter aparecían también cuando discutían. Fernando prefería resolver cualquier desacuerdo antes de acostarse; Rubén necesitaba caminar un rato, cambiar de habitación o dejar que se enfriara una conversación. Una noche se enfadaron porque Rubén anuló una reserva sin avisar. Dos horas después estaban cenando en un bar pequeño, compartiendo unas patatas y riéndose de la importancia que habían concedido a una mesa junto a la ventana. No habían prometido una vida en común. Precisamente por eso, los dos empezaban a sorprenderse de la cantidad de costumbres que habían creado juntos.

En septiembre Fernando pasó varios días fuera de Madrid por razones profesionales. Rubén lo llamó una tarde para preguntarle cómo estaba y se entretuvieron hablando de un hotel donde todas las habitaciones parecían tener la misma vista. Cuando Fernando regresó, Rubén había comprado dos entradas para una función de teatro que ninguno conocía. Salieron antes de que terminaran los aplausos, discutieron si el final era deliberadamente absurdo y acabaron tomando una copa en una terraza. Fernando pensó que algunas relaciones crecen precisamente de esa suma de conversaciones sin importancia.

Una madrugada Rubén lo acompañó hasta el portal de su apartamento. Antes de despedirse le pidió que lo llamara al llegar a casa. Fernando sonrió, no por la petición, sino por la manera despreocupada en que Rubén la hizo, como si los dos llevaran años repitiéndola. Regresó a La Moraleja, dejó las llaves en el cuenco de la entrada y oyó el clic de un interruptor al fondo del pasillo. Marta iba a por agua. Le preguntó si lo había pasado bien. Fernando dijo que sí. Ella le deseó buenas noches y volvió a su habitación. Él se quedó unos segundos en el vestíbulo, disfrutando de aquella tranquilidad.

CAPÍTULO 3. EL AMIGO DE RUBÉN

A Rubén le costaba admitir que tenía amigos. Decía conocer a muchísima gente, pero apenas dejaba entrar a nadie en su casa y menos aún en sus preocupaciones. Malik era una excepción. Se habían conocido seis años antes en un equipo aficionado de fútbol sala que jugaba los jueves en una instalación municipal de Madrid. Rubén ocupaba la portería cuando faltaba el titular y discutía cada falta como si hubiera un trofeo esperando al vencedor. Malik llegó una noche para sustituir a un lesionado. Era un hombre negro, de espalda ancha y movimientos ágiles, que hablaba poco durante los partidos y se reía mucho después.

Al principio apenas intercambiaban unas palabras en el vestuario. Rubén desconfiaba de los recién llegados hasta que demostraban que no iban a desaparecer tras el primer mes de cuotas. Malik, en cambio, no parecía esforzarse por gustar. Si un compañero llegaba tarde, lo esperaba; si alguien jugaba mal, no lo convertía en un chiste para toda la semana. A Rubén aquella forma de comportarse le resultaba extraña y un poco irritante. Quizá por eso empezó a fijarse en él. La amistad no surgió de una confidencia, sino de una costumbre: coincidir, recoger las mochilas, discutir un penalti y salir juntos a la calle.

Una noche Rubén se torció el tobillo al caer sobre el pie de un contrario. Se empeñó en que no era nada, pero fue incapaz de apoyar la pierna al intentar levantarse. El resto del equipo propuso pedir un taxi. Malik se quedó, lo acompañó a urgencias y esperó durante horas en unas sillas de plástico hasta que confirmaron que no había fractura. Rubén le dijo que podía marcharse. «Ya estamos aquí», contestó Malik. La frase, sin sentimentalismo alguno, le resultó más convincente que cualquier declaración de amistad. A partir de entonces empezaron a tomar una cerveza después de los partidos y, cuando el tobillo sanó, ya no necesitaron la excusa del fútbol.

Años más tarde Malik sufrió un pequeño desastre económico. Había adelantado dinero para un trabajo y la persona que debía devolverlo comenzó a aplazar llamadas, inventar viajes y prometer transferencias que nunca llegaban. Rubén conocía al deudor por otros asuntos. No recurrió a amenazas ni a gestos teatrales. Hizo dos llamadas, concertó una reunión y dejó claro que ambos sabían de qué dinero estaban hablando. Malik recuperó una parte enseguida y el resto al mes siguiente. Rubén jamás le recordó el favor. Tampoco Malik volvió a mencionarlo. Entre ellos quedó una confianza que no dependía de contar su vida privada.

Rubén apreciaba que Malik no tratara de convertirse en otro Rubén. No presumía de contactos ni necesitaba convencer a nadie de que sus decisiones eran acertadas. Sabía observar, separar lo útil de lo aparatoso y recordar los detalles de una conversación. A veces pasaban semanas sin verse; después se encontraban en el mismo bar, pedían lo de siempre y reanudaban una discusión como si no hubiese habido interrupción. Cada uno mantenía sus asuntos sentimentales al margen. Rubén conocía poco más que rumores sobre las mujeres que veían sus amigos, y Malik tampoco se interesaba por los hombres con quienes Rubén salía.

Malik había llegado a la conclusión de que las amistades duraderas necesitan algunas zonas de sombra. Rubén hablaba con facilidad de personas a las que acababa de conocer, pero se volvía reservado cuando una pregunta rozaba su vida privada. Malik respetaba aquel límite. Él tampoco contaba dónde pasaba todos sus fines de semana ni con quién cenaba los domingos. Los compañeros del equipo creían que los dos sabían mucho más el uno del otro de lo que en realidad sabían. Ninguno se había molestado en corregir esa impresión.

Una tarde de septiembre se encontraron en una terraza cerca de la carretera de Burgos. Rubén llegó con veinte minutos de retraso y encontró a Malik hojeando el periódico. Discutieron sobre un partido de la noche anterior y sobre la decisión de un antiguo compañero de abandonar el equipo. Rubén sostuvo que ya era hora de buscar gente más joven; Malik señaló que, cada vez que proponían hacerlo, acababan llamando a los mismos seis amigos. El camarero les trajo las bebidas sin preguntar qué querían. A Rubén le hizo gracia que conocieran sus hábitos mejor que algunos familiares.

Después de comer caminaron hasta el aparcamiento. Malik le explicó que llevaba varios encargos atrasados y que quizá dejaría de ir a los partidos durante un tiempo. Rubén protestó con exageración, como si aquella ausencia fuera a provocar el descenso del equipo a una categoría inexistente. Se despidieron junto a los coches y quedaron en llamarse el jueves siguiente. Para Rubén era una de esas promesas que no necesitaban anotarse; para Malik, una muestra de la confianza que habían construido a fuerza de repetirse en los mismos lugares.

Rubén volvió a su apartamento y encontró un mensaje de Fernando preguntando si seguían en pie para cenar. Respondió con una fotografía absurda de un portero de fútbol y escribió debajo que sí, siempre que no le pidieran hablar de deportes. Se cambió de camisa, puso orden en una mesa llena de folletos de trabajo y salió de nuevo. La tarde terminó sin acontecimientos extraordinarios. Más adelante recordaría muy pocas cosas de aquel día, salvo la impresión de que su vida estaba repartida entre personas que se conocían entre sí mucho menos de lo que él suponía.

CAPÍTULO 4. LA VÍSPERA

La última semana de octubre empezó con una lluvia fina que apenas alcanzaba a oscurecer las baldosas del jardín. En La Moraleja, las mañanas se parecían unas a otras: alguien abría las persianas, el riego permanecía apagado y en la cocina se acumulaban los periódicos que ninguno terminaba de leer. Marta bajó temprano el lunes para preparar café y encontró a Fernando buscando un destornillador en el cajón donde siempre acababan los objetos sin dueño. Llevaban tantos años compartiendo la casa que podían adivinar las intenciones del otro por el ruido de un armario o la manera de cerrar una puerta.

Fernando quería reparar la bisagra de una ventana de la terraza antes de que llegara el frío. Marta le recordó que, la última vez que intentó arreglarla, el cristal había quedado desajustado. Él defendió su habilidad con una seriedad fingida y ella le dejó el destornillador sobre la mesa. La conversación terminó con una sonrisa. Ninguno habría sabido explicar cuándo se había convertido aquella cordialidad en el lenguaje habitual de su matrimonio. En los primeros años discutían por nimiedades; después habían aprendido a elegir las discusiones que merecían la pena.

Por la tarde hablaron por teléfono con Lucía, que vivía en Lisboa y tenía la costumbre de llamar cuando caminaba hacia el trabajo. Marta la escuchó contar una historia interminable sobre una compañera de oficina y Fernando apareció por la cocina al oír su voz. Se quedaron ambos junto al móvil, interviniendo a destiempo, hasta que su hija les preguntó si estaban utilizando el mismo auricular. Prometieron visitarla antes de Navidad, aunque ninguno concretó una fecha. Después de colgar, Marta comentó que los hijos empiezan a parecer adultos justo cuando dejan de pedir permiso para todo.

El martes Marta pasó buena parte de la mañana en el centro. Tenía que recoger unas piezas de cerámica que habían restaurado y aprovechó para entrar en una librería donde solía perder más tiempo del previsto. Compró una novela que le había recomendado una amiga y volvió con la idea de leerla aquella misma noche. A la hora de comer encontró a Fernando en la cocina. Él preguntó por la restauración y se interesó por una pequeña figura que recordaba de la casa de Elvira. Marta se rio al comprobar que su marido conservaba memoria para objetos que llevaban años sin estar a la vista.

Por la tarde Fernando recibió a un técnico que vino a revisar el riego del jardín. El hombre pasó casi una hora comprobando conexiones y terminó recomendando una reparación más sencilla de lo que habían imaginado. Marta se asomó a la terraza para preguntar si habría que levantar el suelo y Fernando le contestó que todavía no lo sabían. Cuando el técnico se marchó, los dos discutieron amistosamente sobre quién había avisado de la avería por primera vez. Era una de esas discusiones que, al repetirse con los años, dejan de necesitar un vencedor.

En otra época, Marta habría sentido la necesidad de comentar con Fernando hasta los detalles más pequeños de su jornada. Ahora no esperaba que la escuchara a todas horas, del mismo modo que él no necesitaba informarle de cada una de sus salidas. Habían aprendido a convivir con dos calendarios distintos y a no interpretar las ausencias como una ofensa. La relación podía parecer extraña a quien la observara desde fuera, pero los hijos habían dejado de hacer preguntas. Para ellos, lo importante era que sus padres siguieran tratándose con afecto.

El miércoles por la mañana Marta ordenó unos armarios que llevaba tiempo evitando. Encontró ropa que ya no se ponía, manuales de aparatos que no conservaban y tarjetas de felicitación escritas por los niños cuando aún vivían en casa. Había guardado algunas por ternura y otras por simple incapacidad de tirar nada. Separó varias cajas para llevarlas a un trastero y dejó las fotografías sobre la cama, sin decidir todavía qué hacer con ellas. Antes de comer llamó a una amiga y quedó en verla la semana siguiente, cuando ambas tuvieran la agenda más despejada.

Fernando regresó al mediodía y se encontró el pasillo ocupado por las cajas. Se ofreció a bajarlas al garaje. Marta le dijo que podía hacerlo cuando tuviera un momento, y él tomó dos de inmediato. Al abrir la puerta del trastero descubrió un viejo paraguas que llevaba años sin utilizar y se lo enseñó como si hubiera encontrado una pieza arqueológica. Marta recordó haberlo comprado durante unas vacaciones en las que llovió todos los días. Discutieron un rato sobre el nombre del pueblo y terminaron consultando una fotografía antigua que estaba enmarcada en el salón.

Por la noche cenaron juntos. Marta había preparado una ensalada y Fernando abrió una botella de vino que llevaba semanas en la alacena. Hablaron de Lucía, de las obras de una carretera cercana y de la reparación del riego antes de que llegara el frío. Fernando estaba más atento que de costumbre. Le ofreció la última copa y le preguntó si prefería que cerrara él las ventanas de la terraza. Ella dijo que no hacía falta. Lo vio recoger su plato, doblar la servilleta y llevarlo a la cocina. Eran gestos tan familiares que Marta apenas reparó en ellos.

Mientras terminaban de recoger, Fernando recordó que el viernes debía llamar al administrador de una finca y preguntó si Marta necesitaba el coche grande durante el fin de semana. Ella respondió que todavía no había decidido qué haría. No se dieron más explicaciones. Marta dejó el libro nuevo sobre la mesilla de su dormitorio; Fernando se retiró al suyo después de comprobar que el jardín había quedado a oscuras. Cada uno tenía el hábito de cerrar su propia puerta. Aquella noche la casa conservó la apariencia tranquila de siempre.

Marta leyó unas páginas antes de apagar la lámpara. Del otro lado del pasillo llegaba a ratos el sonido amortiguado de un cajón y después el silencio. Colocó el libro boca abajo sobre la mesilla y pensó que tendría que llamar a su hija al día siguiente para confirmar la fecha de la visita prometida. Se acomodó bajo el edredón y dejó que el ruido lejano de los coches se confundiera con la lluvia. Cuando la casa quedó a oscuras, nada distinguía aquella noche de las anteriores.

CAPÍTULO 5. LA NOCHE DEL ATRACO

El ruido llegó a las dos y diecisiete. Primero fue un golpe sordo en la planta baja, después un roce junto a la escalera y, por último, la voz de Fernando preguntando quién andaba por allí. Marta se incorporó en la cama y buscó las zapatillas sin encender la lámpara. Antes de que alcanzara el teléfono, la puerta se abrió y apareció un hombre con el rostro cubierto. Llevaba un pasamontañas con una abertura para la boca, guantes oscuros y la chaqueta cerrada hasta el cuello. Tenía la voz ronca y las manos anchas.

—Levántate. Y no grites.

Marta alcanzó a preguntar por su marido. El hombre no respondió. La condujo al pasillo, donde encontró a Fernando, todavía en pijama, sujeto del brazo por un segundo encapuchado. Este era más alto, no decía nada y olía a tabaco. Fernando tenía la camisa fuera del pantalón y respiraba deprisa. Intentó acercarse a ella, pero el otro lo detuvo con un tirón.

—Las joyas —dijo el primero—. Queremos las joyas que tenéis escondidas en la casa.

Marta sintió que se le helaban las manos. Preguntó de qué hablaban. Uno de ellos mencionó el collar de esmeraldas, el broche y la caja fuerte del dormitorio. Fernando preguntó cómo habían entrado y recibió la orden de callarse. Los llevaron de vuelta a la habitación principal, encendieron la lámpara y cerraron la puerta.

No los separaron. El primero hizo retroceder a Marta hacia un lado de la cama; el segundo obligó a Fernando a situarse delante de ella, a pocos pasos. Así quedaron, frente a frente, cada uno encontrando al otro en el mismo sitio cada vez que desviaba los ojos, bajo una luz demasiado clara para aquella hora.

—Dadnos la combinación y nos iremos.

Marta negó con la cabeza. Fernando se adelantó medio paso, intentando calmarlos. El segundo le dio una bofetada. El chasquido seco hizo que Marta se estremeciera. Fernando levantó una mano por instinto y recibió otra. Se quedó quieto, con la mejilla encendida.

—No volváis a hablar entre vosotros —ordenó el primero.

Marta quiso decir algo, pero una amenaza la detuvo. Le pusieron una mordaza y comprobaron que no pudiera hablar. Fernando protestó al verlo. El segundo respondió con más bofetadas, una detrás de otra, hasta que Fernando dejó caer los brazos y bajó la mirada. Marta intentó dar un paso hacia él. El primero la obligó a volver a su sitio.

La exigencia se repitió. Querían que ella abriera la caja y que su marido contemplara lo que estaban dispuestos a hacer para conseguirlo. Sin embargo, no parecían tener prisa por llevarse las joyas. Prolongaban las amenazas y obligaban al matrimonio a permanecer frente a frente, como si disfrutasen con aquella situación. Marta miró a Fernando y se le cerró la garganta.

Los encapuchados cambiaron de tono. Convirtieron la habitación en un escenario y exigieron que ninguno apartara la vista. Uno mantenía a Marta bajo su control mientras el otro intimidaba a Fernando. Las órdenes cruzadas, las negativas ahogadas y los movimientos de ambos hombres se sucedieron sin pausa, ante los ojos de los dos esposos.

—Mírala —ordenó uno de ellos a Fernando—. Dile que no aparte los ojos.

Fernando intentó responder, pero se interrumpió al ver al segundo levantar la mano. Obedeció con la voz quebrada. Marta, amordazada, no pudo contestarle. Ambos siguieron frente a frente mientras los encapuchados prolongaban las amenazas, sin darles un instante para recuperar la calma.

Marta tenía los ojos empañados. Fernando continuaba de pie, rígido, y hacía cuanto le ordenaban, sin encontrar el valor para protestar otra vez. Hubo un momento en que uno de los encapuchados se apartó de Marta y el otro abandonó a Fernando; ninguno de los esposos se movió. No se habían dejado de mirar. El silencio que siguió fue tan opresivo como las órdenes anteriores.

—A cuatro patas —dijo el primero—. Los dos. Y seguid mirándoos.

Fernando obedeció primero, con torpeza, apoyando las manos abiertas en la alfombra. Marta lo imitó después, más despacio, y se colocó a un paso escaso de él, con la espalda recta y los muslos juntos. El segundo se agachó a la espalda de Fernando, le levantó el pijama y le propinó una tanda de azotes, secos y seguidos, hasta dejarle las nalgas encendidas. Fernando apretó los dientes y no dijo nada; a cada golpe se le escapaba un soplo por la nariz.

El primero, mientras, le retiró a Marta la mordaza. Le sujetó la barbilla con dos dedos, le hizo abrir la boca y comprobó, sin ninguna delicadeza, que podía respirar. A Marta le quedó en la lengua el sabor a tela y en la nariz el olor del guante de goma.

—Ahora sólo hablarás cuando yo te lo ordene —dijo—. Y nada más.

Después se puso de rodillas a su espalda. El segundo hizo lo mismo detrás de Fernando. Los dos esposos quedaron así, a cuatro patas, uno frente al otro, con un hombre a cada espalda, y tuvieron que mirarse mientras los encapuchados empezaban a moverse.

Trabajaron a la vez, sin prisa, como quien conoce el terreno y no tiene ninguna necesidad de correr. El primero le levantó a Marta el camisón hasta la cintura y le abrió los muslos con las manos. El segundo bajó a Fernando el pantalón hasta los tobillos, le hizo arquear la espalda y le separó las nalgas con los pulgares.

Marta sintió la lengua del primero subir por la cara interna de los muslos, lenta, buscándola, y detenerse justo donde empezaba a faltarle el aire. Fernando sintió la del segundo rodearle el esfínter, empujar y volver a salir, húmeda y precisa. Ninguno supo qué hacer con las manos. Los dos esposos se miraron, cada uno bajo unas manos distintas, y en la cara de ambos apareció la misma sorpresa, la misma vergüenza y el mismo esfuerzo por no demostrarla.

—No cerréis los ojos —ordenó el primero, sin levantar la cara—. Quiero que os veáis para ver cómo folla el otro.

Obedecieron. A Marta empezaron a flaquearle los brazos y le costaba mantener la espalda recta; Fernando apretó los dientes y no logró contener un temblor en los muslos. El primer hombre le lamió el coño de abajo arriba, deteniéndose cada vez más en el punto que la hacía tensarse y volviendo a bajar; separaba los labios con los dedos, los recorría con la lengua entera y luego con la punta, y de vez en cuando hundía la cara para besarla donde el vello se le volvía húmedo. Marta acabó dejándose. Cuando empezaba a excitarse de verdad, sin quererlo, el hombre le metió dos dedos dentro de la vagina, los sacó. Lo hizo dos veces más y los retiró.

—Estás chorreando —dijo, como si informara de algo—. Eso está bien. Estás gozando, so puta. Delante de tu marido y no te importa. Qué viciosa eres.

Detrás de Fernando, el segundo seguía con lo suyo, corto y preciso, sin darle tiempo a acostumbrarse: le separaba las nalgas, lo lamía del ano hacia arriba y volvía a empezar. Fernando, que nunca se había visto en una situación semejante delante de Marta, no sabía si apartarse o quedarse quieto. El hombre le pasó una mano por delante, le tomó los testículos y se los acarició sin ninguna prisa, y luego le rodeó la polla y tiró de ella hacia atrás, hasta que Fernando tuvo que hundir más la espalda.

—Mírala —le dijo—. Que vea cómo estás.

Fernando miró a Marta. Marta lo miró a él. Los dos estaban colorados hasta las orejas.

Entonces el primero se desabrochó el pantalón y se lo bajó hasta los muslos. Se sujetó la polla, ya dura, la pasó dos veces por los labios de Marta —que la notó caliente y resbaladiza— y la hundió de un solo movimiento, agarrándola por las caderas para que no se le escapara. Marta soltó el aire que había estado conteniendo. La polla era ancha y entraba hasta el fondo, y ella, a cuatro patas y con la espalda arqueada, tuvo que afirmar las manos en el suelo para no caer hacia delante. La folló despacio al principio, midiendo cada embestida, retirándose casi entera y volviendo a entrar; y luego más deprisa, sujetándola por las caderas y tirando de ella hacia sí a cada golpe. A Marta el ruido se le escapaba del cuerpo antes que la voz: un chasquido húmedo a cada entrada y un jadeo corto que no lograba tragarse.

Fernando, que lo oía a medio metro de su cara, dejó de respirar un instante y se quedó mirándola como si no la conociera. Nunca la había visto así, a cuatro patas, con el camisón subido a la cintura y otro hombre follándola a tope.

El primero la siguió follando sin prisa hasta que le pareció suficiente. Después se retiró, la agarró del pelo, le hizo girar la cara y le acercó la polla a la boca. Brillaba y goteaba.

—Ábrela.

Marta obedeció. El hombre la empujó por la nuca y ella lo metió hasta el fondo, con los ojos clavados en su marido, que asistía a todo sin poder intervenir. Tenía el sabor salado y el olor del coño en la propia boca, y cada vez que el otro le empujaba la cabeza le llegaba la polla hasta la garganta. Chupó como pudo, con las manos libres sobre los muslos, siguiendo el ritmo que el hombre le imponía por la nuca. El segundo encapuchado, mientras tanto, se había enderezado a la espalda de Fernando y esperaba su turno con la polla ya fuera del pantalón, sujetándosela con una mano.

—¿Y a ti? —dijo, apoyándole la otra mano en la nuca—. ¿A ti también te gustaría, verdad?

Fernando tardó en entender. Abrió la boca para responder y no le salió la voz.

—Claro que te gustaría —insistió—. Pues lo vas a hacer.

Le acercó la polla a la cara. Fernando miró a Marta, como pidiéndole permiso, y abrió la boca. El hombre le sujetó la cabeza con las dos manos y lo guio hacia delante; Fernando chupó con torpeza, sin saber qué hacer con la lengua, hasta que el otro le marcó el ritmo y él aprendió a seguirlo, a cerrar los labios y a dejar que le llegara al fondo. Enfrente, Marta no apartó los ojos de él ni un momento.

El segundo le recordó que siguiera a cuatro patas, le obligó a arquear la espalda y le apoyó la palma en el centro para que no se moviera. Se untó los dedos con saliva, se los pasó a Fernando por el esfínter —primero uno y luego dos— y esperó a que cediera. Fernando soltó una blasfemia ahogada. El hombre le sujetó las caderas y lo penetró por detrás, despacio, dándole tiempo a abrirse, hasta hundirse del todo. Fernando sintió que se le llenaba el cuerpo de algo que no había imaginado nunca.

Cuando el otro empezó a moverse, alargó un brazo por delante, le rodeó la polla con la mano y se la trabajó al mismo compás de las embestidas: entraba y tiraba, entraba y tiraba, hasta que Fernando ya no supo qué movimiento seguía a cuál. Solo aguantaba, con la frente baja y la respiración rota, sintiendo por delante la mano, por detrás la polla y, a medio metro, la cara de su mujer, que lo miraba desde el suelo sin poder hacer nada.

—Díselo —le ordenó el segundo, sujetándole la cabeza para que mirara a Marta—. Dile lo que sientes al verla.

Fernando tragó saliva. —Que... que la están follando —acertó a decir.

—Mírala. Mírala mientras te la meto.

El primero había dejado de follar a Marta y ahora la sujetaba del pelo, obligándola a mirar de frente. Marta vio a su marido humillado, arqueado, con el segundo encapuchado dentro y la mano del hombre subiéndole y bajándole la polla por delante, haciéndole una paja, y comprendió lo que estaba a punto de ocurrir.

—Míralo —le dijo el primero—. Se va a correr.

Y se corrió. Fernando apretó los ojos, echó la cabeza atrás y se vació sobre la mano que lo sujetaba, en tres o cuatro chorros largos que le corrieron por los dedos y le cayeron en parte sobre el muslo, con un temblor que le recorrió toda la espalda y le dejó las piernas flojas. El hombre siguió moviéndose dentro de él un momento más, sin soltarle la polla, hasta que Fernando se quejó y él se retiró. Después se la limpió en la mejilla, casi con cariño.

Los dos asaltantes se miraron y se echaron a reír: una risa burlona, tranquila, la primera desde que habían entrado en la casa.

—Míralo —dijo el segundo—. Como una mujer.

—Y se ha corrido a tope —añadió el primero—. Que no diga que no le ha gustado. Es un maricón de mierda.

Fernando bajó la cabeza. Tenía la mejilla sucia y el muslo pegajoso, y no sabía dónde ponerse. No había defendido a su mujer, no había sido capaz de controlar lo que estaba sucediendo y, encima, su cuerpo había respondido. Inútil, pensó. Inútil de principio a fin.

Se separaron un momento. El primero se pasó el dorso de la mano por la boca y se quedó mirando a los dos esposos, que seguían a cuatro patas, sin atreverse a moverse. El segundo fue hasta la mesilla, cogió el vaso de agua de Marta, bebió un trago largo y dejó el vaso; después volvió a su sitio. Nadie les había dicho que se levantaran.

—Podéis descansar —dijo el primero—. Pero así.

Fernando notó el sudor frío en la espalda y las rodillas clavadas en la alfombra. Marta tenía los brazos temblando. Los dos se miraron, y en aquel silencio se oyó, por fin, la casa: el reloj del pasillo, un coche lejano, el zumbido del frigorífico abajo.

—Se me ha puesto dura otra vez —dijo el primero, y se rió de sí mismo.

Volvió a colocarse a la espalda de Marta, le puso una mano entre los omóplatos para doblarla hasta dejarla casi con la cara en la alfombra y el culo alto, y la penetró otra vez, ahora con más peso, buscando el fondo y agarrándola de las caderas para clavarla contra sí.

—La combinación —dijo, señalando con la barbilla el cuadro—. Y si tardas, te la meto por el culo.

—La doy —dijo Marta, con la voz rota—. La doy ahora.

—Ahora no —contestó él—. Ahora aguanta.

Y siguió. Marta notó que el calor le subía por el vientre y que le costaba pensar en los números; cada embestida la acercaba a algo y la apartaba de golpe. Cuando ya estaba a punto, cuando el cuerpo entero se le tensó y buscó el final, el hombre se detuvo dentro de ella, la dejó temblando y le habló al oído.

—Aguanta, puta. No tienes derecho a correrte.

Marta apretó los dientes. El hombre esperó dos segundos, los justos para que ella perdiera el ritmo, y volvió a embestir, cada vez más corto y más rápido, hasta que se sacó la polla, la apoyó en la mitad del culo y se corrió con un gruñido, dejándole un reguero caliente desde el coxis hasta los riñones. Marta se quedó a medias, con el pulso en la garganta y la cara contra la alfombra. No se había corrido.

El hombre se agarró a su pelo, le levantó la cabeza y le acercó la boca a la suya.

—Ahora sí. La combinación.

Marta lo dijo. Uno a uno, los números, despacio, para que el hombre pudiera retenerlos. La escuchó sin soltarle el pelo, repitiéndolos por lo bajo, y cuando terminó la soltó y se levantó.

El primero se ajustó la ropa y fue hacia el cuadro. Apartó el lienzo y descubrió el mecanismo; introdujo los números mientras su compañero volvía a montar guardia junto a los esposos. Fernando no apartó los ojos de Marta. Ella permaneció en el suelo, inmóvil, sin tratar de seguir los movimientos del asaltante.

Se oyó un chasquido metálico. La puerta de acero cedió. El primero retiró el estuche de terciopelo verde, levantó la tapa bajo la lámpara y contempló el collar de esmeraldas y las demás piezas. Las guardó en una bolsa. El segundo se mantuvo junto a Fernando y Marta, impidiéndoles levantarse o acercarse. Se cruzaron unas palabras breves entre los intrusos, demasiado bajas para que el matrimonio pudiera comprenderlas.

—Si llamáis a la policía, volveremos —advirtió el hombre que sostenía la bolsa—. Y la próxima vez no habrá advertencias. Vendremos cinco o seis y nos lo pasaremos bomba con vosotros. Será una auténtica orgía.

Salió primero del dormitorio. El segundo retrocedió hasta la puerta sin dejar de vigilarlos. Apagó la lámpara y lo siguió por la escalera. Marta oyó sus pasos bajar por el pasillo de la planta inferior, una puerta cerrarse y, un instante después, el motor de un vehículo alejándose. Los dos se habían marchado juntos de la casa.

Durante unos segundos ninguno se atrevió a moverse. Marta encendió la lámpara. Fernando seguía a cuatro patas donde lo habían dejado, con las manos clavadas en la alfombra y las rodillas entumecidas. Ella se acercó y le tendió una mano. Fernando tardó en cogerla, como si le costara enderezar el cuerpo; al final se apoyó en ella y se puso en pie. Se sacudió las manos y se volvió hacia ella.

—¿Estás bien? —preguntó.

Marta tardó en responder. Le miró la mejilla, todavía marcada por los golpes.

—Te han pegado mucho.

—No importa. Lo importante es que se han ido. ¿Te encuentras bien?

Ella apenas asintió. Fernando quiso abrazarla. Marta permaneció entre sus brazos unos segundos y luego se apartó para recoger su bata. La caja fuerte estaba abierta y vacía. El cuadro, torcido contra la pared. Ninguno se acercó a ponerlo en su sitio.

Fernando habló de llamar a la policía. Marta miró la puerta del dormitorio, como si esperase escuchar de nuevo aquellos pasos.

—Han dicho que volverán —murmuró.

—Lo sé. Podemos esperar hasta que amanezca. Decidiremos entonces.

Ella no discutió. Se sentaron uno al lado del otro en la cama, todavía vestidos a medias y sin fuerzas para recoger lo que había quedado por el suelo. Fernando repitió que sentía no haber podido hacer nada. Marta le pidió que dejara de culparse. Él volvió a preguntarle si necesitaba agua, una manta, cualquier cosa. Ella le acarició suavemente la mejilla lastimada.

Y no hablaron de las penetraciones. De ninguna de ellas. Cada uno esperó a que el otro empezara, y ninguno empezó, y así se les fue pasando la noche

La madrugada avanzó despacio. Hablaron del miedo a que los hombres regresaran, de comprobar por la mañana las cerraduras, de decidir con calma qué contar a la policía. A veces se quedaban callados, escuchando la casa. En otras ocasiones bastaba una palabra pequeña para que el otro volviera a hablar. Fernando le tomó una mano y Marta no la retiró.

No regresaron a sus habitaciones separadas. Se quedaron juntos, sentados primero y después recostados sobre la cama, vigilando la puerta y tratando de convencerse de que había terminado. La conversación se hizo cada vez más lenta. Al final, vencidos por el cansancio, se quedaron dormidos uno junto al otro.

CAPÍTULO 6. EL VALOR DE UNA PIEDRA

Rubén llevó las joyas a un comprador de la calle Mayor al día siguiente. Había dormido apenas unas horas y se había repetido tantas veces el valor de las esmeraldas que la cifra le parecía ya una propiedad. El comprador lo recibió en un despacho estrecho, con una lámpara articulada, una lupa y una balanza pequeña. No le preguntó de dónde procedían las piezas. Extendió un paño sobre la mesa y fue colocando encima el collar, los pendientes, el broche y el anillo. Rubén observó sus movimientos con la ansiedad de quien espera una sentencia que cambiará su vida.

El hombre examinó el collar durante mucho tiempo. Primero lo miró a simple vista. Después se acercó a la lámpara, giró una de las monturas y dejó la pieza sobre el paño con excesivo cuidado. Repitió la operación con los pendientes y el broche. Rubén comenzó a inquietarse. Había imaginado regateos, preguntas sobre certificados y ofertas insultantes, pero no aquella meticulosidad silenciosa. Cuando el comprador levantó finalmente la vista, tenía una expresión casi compasiva. Le preguntó cuánto creía que valía aquello. Rubén mencionó una cifra inferior a la tasación que había visto y esperó.

—No son esmeraldas —dijo el hombre—. Y esto no es el conjunto que aparece en las fotografías.

Rubén le pidió que lo comprobara de nuevo. El comprador señaló una montura demasiado reciente y una piedra tallada para parecer otra cosa. No se trataba de una rebaja en el precio: las piezas eran imitaciones. Algunas estaban bien hechas, pero no valían ni una pequeña parte de la cantidad calculada. El comprador apartó el estuche y añadió que no quería verse envuelto en ninguna discusión posterior. Rubén reunió las joyas, las guardó sin cuidado y salió a la calle con una sensación de vacío que le llegó incluso a las rodillas.

En la acera permaneció inmóvil unos segundos. No podía admitir que aquellas semanas de preparativos hubieran terminado en un estuche sin valor. Llamó al hombre que lo había acompañado durante el robo. El teléfono sonó hasta que saltó el buzón. Probó una segunda vez y tampoco obtuvo respuesta. Finalmente marcó otro número, uno al que llevaba meses llamando a horas que no quería justificar delante de nadie. La voz de Fernando apareció al tercer tono. Rubén no se molestó en saludar. «Las joyas son falsas», dijo. Al otro lado hubo un silencio prolongado.

Fernando le preguntó cómo podía estar seguro. Rubén describió el examen del comprador, las monturas y las piedras. Después le ordenó que acudiera al garaje donde habían quedado en encontrarse si surgía algún problema. «Tenemos que hablar», añadió. Fernando llegó media hora después. Tenía la cara demacrada y había sustituido el pijama de la noche anterior por un traje oscuro. Rubén había extendido las piezas sobre una manta encima del capó del coche. El collar parecía hermoso incluso bajo la iluminación amarillenta del garaje. Fernando lo tomó entre los dedos, comprobó el cierre y volvió a dejarlo en su sitio.

Rubén interpretó aquel silencio como otra mentira. Fernando conocía las piezas, había visto a Marta ponérselas y había tenido acceso a una tasación antigua. Si existía alguna diferencia, debería haberla advertido. Fernando lo miró con una cólera que Rubén no le había conocido. Ninguno levantó la voz al principio, como si los dos temieran escuchar de nuevo una explicación que ya habían discutido demasiadas veces. Rubén señaló el collar y preguntó qué más le había ocultado. Fernando le respondió que no había tenido esas joyas en las manos desde hacía años.

—Fuiste tú quien aseguró que todo iba a salir bien —dijo Fernando.

—Yo entré en esa casa. Yo corrí el riesgo.

—¿Y crees que yo no corrí ninguno?

Rubén soltó una risa seca. Durante un instante se quedaron frente a frente, separados por unas piedras que no valían nada de lo que habían esperado. Habían mantenido su relación al margen de la vida familiar de Fernando y, hasta hacía poco, también de sus preocupaciones profesionales. La situación cambió cuando Fernando terminó por confesarle la verdadera gravedad de sus problemas económicos. Una rehabilitación había desembocado en un pleito, y un aval firmado años antes podía comprometer sus ahorros. Había intentado negociar, aplazar pagos y ganar tiempo sin contarle a Marta hasta dónde llegaban sus dificultades.

En una de aquellas conversaciones, Fernando le habló de la herencia de Elvira. Enumeró las piezas más valiosas, mencionó una tasación y acabó describiendo la caja fuerte del dormitorio principal. No pensaba vender nada que perteneciera a Marta, al menos eso se había dicho al comenzar. Pero, al descubrir que no encontraba una solución, regresó una y otra vez a aquella posibilidad. Rubén fue quien dio forma a la idea del atraco. Le hizo ver que, si parecían víctimas de un robo cometido por desconocidos, nadie relacionaría la desaparición de las joyas con las deudas de Fernando. El plan no nació de una orden ni de una noche de locura, sino de varias conversaciones en las que cada uno terminó aceptando lo que antes había rechazado.

Fernando proporcionó la información esencial: el horario habitual de la casa, la disposición de los dormitorios, las fotografías del conjunto y la ubicación de la caja fuerte. Rubén se ocuparía de conseguir ayuda para entrar y retirar el estuche. Durante semanas discutieron cómo evitar que Marta sospechara de su marido. Fernando fingiría no saber nada y recibiría el mismo trato intimidatorio que ella. Incluso habían acordado simular una agresión sexual contra él para que la escena resultara más convincente a ojos de Marta. En aquel momento Fernando creyó que sería capaz de sostener la representación sin que su mujer notara nada extraño.

—¡Joder, si encima tuve que simular ante Marta que me violabas! —exclamó Fernando.

La frase quedó suspendida entre ambos. No estaban discutiendo ya por un collar sin valor, sino por una traición que los había convertido en cómplices. Rubén le recordó que Fernando había aceptado dar apariencia de violencia a lo ocurrido y que nadie lo había obligado a facilitar la entrada en la casa. Fernando no respondió. Sabía que era cierto y, al mismo tiempo, seguía recordando una noche que había terminado siendo mucho más difícil de representar de lo que había imaginado. La vergüenza no borraba su responsabilidad; tampoco su responsabilidad hacía desaparecer lo que había sentido.

—Lo hicimos porque tú necesitabas salir de las deudas —dijo Rubén.

—Y tú ibas a quedarte con tu parte —replicó Fernando—. No me vengas ahora con que era un favor.

Rubén guardó silencio. Habían calculado lo que obtendrían por las piedras y habían hablado del dinero como si ya lo tuvieran. Ahora ni siquiera podían explicar por qué el estuche contenía copias. Sacó el teléfono y volvió a marcar el número del hombre que había entrado con él. Saltó el buzón. Le irritaba no poder localizarlo, aunque tampoco imaginaba qué respuesta podría darle. Fernando preguntó si el otro sabía lo sucedido. Rubén contestó que todavía no había hablado con él. Evitó añadir algo que llevaba toda la mañana temiendo: el comprador había reconocido las imitaciones a primera vista, de modo que alguien las había colocado allí antes del robo.

Fernando contempló las piezas extendidas sobre el capó. Recordó que, después de marcharse los intrusos, había propuesto esperar hasta el amanecer para llamar a la policía. La serenidad con que lo hizo pareció sorprender a Marta, aunque ella aceptó sin discutir. Hasta aquel momento no había dado importancia a su reacción. Ahora se preguntaba si había interpretado su papel tan bien como creía. Rubén le exigió que recordara cuándo había visto por última vez las joyas auténticas. Fernando reconoció que no podía precisarlo. Aquella respuesta los dejó a ambos frente a una incertidumbre que ninguno sabía cómo resolver.

Rubén recogió las imitaciones y las devolvió al estuche. No quería seguir mirándolas. Fernando se quedó un momento junto al coche, con los brazos cruzados y la vista fija en el suelo. Preguntó qué pensaba hacer Rubén. Este contestó que, por el momento, nada. No podía vender las piezas y tampoco se atrevía a buscar otro comprador. Era la primera vez desde que comenzaron a hablar del plan que no tenía una salida preparada. Se separaron sin despedirse con el afecto habitual, conscientes de que no podían compartir su fracaso con nadie.

Fernando volvió a La Moraleja con la certeza de que había traicionado a Marta y de que, además, quizá había fracasado delante de ella. Se detuvo ante la puerta del dormitorio principal y escuchó el silencio del pasillo. Pensó en entrar, sentarse frente a su mujer y contarle lo sucedido. No reunió el valor suficiente. Se encerró en el despacho, apartó de la mesa las carpetas del trabajo y permaneció largo rato mirando una libreta donde seguían anotadas las cifras que lo habían llevado hasta allí.

CAPÍTULO 7. LOS PAPELES

Fernando tardó dos días en reunir el valor necesario para hablar con Marta. Desde su encuentro con Rubén apenas había conseguido dormir. Pasaba las horas en el despacho, revisando documentos que ya no le interesaban y buscando una explicación que pudiera hacer menos grave lo que había hecho. Finalmente comprendió que ninguna justificación cambiaría los hechos. Aquella tarde llamó a la puerta del dormitorio de Marta y le pidió que bajara al salón. Tenía que contarle algo que llevaba varios días intentando decir.

Se sentaron frente a frente. Fernando empezó hablando de sus dificultades económicas, de los compromisos profesionales que no había conseguido resolver y de las deudas que se habían acumulado durante los últimos meses. Marta lo escuchó sin interrumpirlo. Conocía parte de aquellos problemas y sabía que su marido había intentado mantenerlos alejados de las cuentas familiares. Pero Fernando no había ido a explicarle sus finanzas. Se detuvo varias veces, buscó las palabras y terminó confesando que había participado en la organización del atraco.

Le contó que Rubén, un hombre con quien mantenía una relación desde hacía meses, había preparado la entrada en la casa con ayuda de otra persona. Él había aceptado colaborar y se había comprometido a fingir que también era una víctima. Reconoció que había facilitado información sobre la vivienda y que todo había comenzado como una manera desesperada de conseguir dinero. No intentó presentarse como un hombre engañado por sus cómplices. Admitió que había tenido oportunidades de detenerlo y que no lo había hecho. Lo ocurrido aquella noche había ido mucho más lejos de lo que estaba dispuesto a reconocer en voz alta.

Marta permaneció sentada, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Fernando esperó una reacción que no llegó inmediatamente. Había imaginado reproches, preguntas y una discusión que podía durar horas. En cambio, ella quiso saber si había terminado de contarle lo sucedido. Fernando respondió que sí. Entonces Marta se levantó, caminó hasta la ventana y permaneció unos instantes mirando el jardín. Cuando volvió a sentarse, su expresión no había cambiado demasiado. Le dijo que necesitaba pensar y que no quería continuar aquella conversación.

Fernando intentó disculparse. Habló de la presión de sus deudas, del miedo a perder sus ahorros y de la vergüenza que había sentido después. Marta lo interrumpió. No necesitaba que le explicara por qué había tenido dificultades económicas; necesitaba que comprendiera que había utilizado la confianza de toda una vida para introducir a dos hombres en su propia casa. Fernando bajó la cabeza. Sabía que aquella era la parte de su conducta para la que no existía ninguna disculpa razonable.

Fue entonces cuando Marta le comunicó que quería divorciarse. No lo planteó como una amenaza ni como una decisión tomada en medio de una discusión. Llevaba tiempo considerando la separación y ya había decidido poner fin a su matrimonio. La confesión no había cambiado aquella determinación, pero sí había eliminado cualquier motivo para seguir aplazándola. Fernando le preguntó si existía alguna posibilidad de reconsiderarlo. Marta respondió que no. Habían compartido muchos años, criado a dos hijos y aprendido a convivir de una manera que ambos consideraron aceptable durante bastante tiempo. Ahora necesitaba comenzar otra etapa de su vida.

La conversación terminó sin gritos. Fernando se retiró al despacho y Marta subió a su habitación. Aquella noche cenaron por separado, como habían hecho tantas otras veces, pero algo había cambiado definitivamente. Fernando comprendió que no estaba ante uno de los desacuerdos que solían resolverse dejando pasar unos días. Marta había tomado una decisión y no parecía esperar ninguna respuesta que pudiera modificarla.

A comienzos de noviembre, Marta llamó a Enrique, el abogado que había llevado durante más de veinte años diversos asuntos familiares. Le explicó que había decidido divorciarse de Fernando y que deseaba conocer los trámites necesarios para alcanzar un acuerdo. Enrique le pidió que reuniera las escrituras, los certificados bancarios, las declaraciones fiscales y la documentación de las obligaciones económicas que mantenían. También quiso saber si tenían hijos menores o personas dependientes a su cargo. Marta le confirmó que sus dos hijos eran adultos y llevaban vidas independientes.

La primera reunión se celebró un martes por la mañana. Enrique había preparado una relación de documentos y un esquema de las cuestiones que debían resolver. Les explicó que, si conseguían ponerse de acuerdo, podrían formalizar el divorcio ante notario. Fernando llegó con un maletín lleno de papeles y se sentó junto a Marta. Ambos habían acordado que aquella reunión debía servir para ordenar sus asuntos y evitar discusiones innecesarias. Enrique comenzó por comprobar los datos personales y el régimen económico de su matrimonio.

Durante los días siguientes reunieron contratos, escrituras y extractos bancarios. Entre los papeles, Marta encontró algunas fotografías familiares y las apartó para llevárselas. Le sorprendió cuánto podía reconstruirse de una convivencia a través de documentos y qué poco revelaban sobre lo que había sucedido entre ellos.

La segunda reunión fue más larga. Enrique extendió sobre la mesa un inventario provisional de los bienes y obligaciones del matrimonio. Había que determinar qué pertenecía a cada uno, qué figuraba a nombre de ambos y qué compromisos económicos continuaban pendientes. Fernando presentó los documentos de su actividad profesional y explicó que determinadas operaciones todavía estaban sujetas a reclamaciones. El abogado solicitó información complementaria y advirtió que ninguna cifra debía incorporarse al acuerdo sin la correspondiente justificación documental.

La casa de La Moraleja ocupó buena parte de la conversación. Fernando deseaba continuar viviendo allí y Marta no puso objeciones. Acordaron que él permanecería en la vivienda mientras se resolvía definitivamente su situación patrimonial. Enrique precisó que aquel uso provisional no modificaba los derechos de propiedad de ninguno de los dos. También revisaron el mobiliario, los vehículos, los saldos bancarios y los gastos que seguirían produciéndose hasta que concluyeran los trámites. Cada acuerdo quedó anotado para incorporarlo al borrador.

Respecto a sus hijos, ambos coincidieron en que debían comunicarles personalmente la separación. Eran adultos, tenían sus propias vidas y no necesitaban participar en las negociaciones económicas. Marta propuso explicarles que llevaban años viviendo de manera independiente y que habían decidido formalizar una situación que ya existía. Fernando estuvo de acuerdo. No querían convertir aquella conversación familiar en un intercambio de reproches ni obligar a sus hijos a tomar partido.

El primer borrador del convenio llegó por correo electrónico una semana después. Marta lo leyó detenidamente, corrigió algunos datos y devolvió sus observaciones a Enrique. Fernando hizo lo mismo. Durante varios días intercambiaron mensajes breves sobre cuentas y plazos, con una cortesía que evitaba cuidadosamente cualquier referencia a lo ocurrido aquella noche.

En diciembre volvieron a reunirse en el despacho. Enrique había incorporado las modificaciones y preparado una nueva versión del acuerdo. Esta vez las discrepancias fueron escasas. Fernando pidió ampliar el plazo previsto para resolver determinadas cuestiones económicas y Marta aceptó después de que el abogado precisara las condiciones. Repasaron las páginas una a una, comprobaron sus datos personales y revisaron los anexos. Cuando terminaron, Enrique les explicó los pasos que faltaban para formalizar el divorcio.

La firma tuvo lugar unos días después. Marta llegó antes de la hora convenida y esperó junto a una ventana del despacho notarial. Fernando apareció con su habitual maletín oscuro. Se saludaron con un beso en la mejilla y se sentaron uno al lado del otro. El notario comprobó su identidad, confirmó su voluntad de divorciarse y repasó el contenido del convenio. Después firmaron los documentos. No hubo ninguna escena emotiva. Fernando guardó su copia en el maletín y Marta dejó la suya sobre las rodillas, sujetándola con ambas manos.

Al salir, Fernando le preguntó si quería tomar un café. Marta aceptó. Entraron en una cafetería cercana y ocuparon una mesa junto al ventanal. Hablaron de las fiestas de Navidad, de las llamadas de sus hijos y de algunos asuntos domésticos todavía pendientes. Ninguno mencionó la firma. Cuando terminaron, Fernando se ofreció a acompañarla hasta el coche. Marta le dio las gracias y se despidió con la misma naturalidad con la que tantas veces había salido de casa para hacer un recado.

Los últimos trámites se prolongaron algunas semanas. Enrique se ocupó de la documentación pendiente. Marta abrió una carpeta nueva y guardó allí los papeles de su vida separada. En la cubierta escribió simplemente su nombre. No añadió fechas ni explicaciones.

A comienzos de enero empezó a recoger sus pertenencias. Se llevó la ropa, sus libros, algunas fotografías, una vajilla y dos cuadros que siempre habían estado en su habitación. Dejó los muebles grandes y acordó con Fernando que el resto se repartiría más adelante. Él estuvo presente durante parte de la mudanza, aunque apenas intervino. Preguntó si necesitaba ayuda con unas cajas y Marta respondió que los transportistas se ocuparían de todo. Cuando el último vehículo abandonó la entrada, la casa pareció recuperar un silencio que ambos conocían demasiado bien.

Marta había decidido pasar una temporada fuera de Madrid. Comunicó a sus hijos la nueva dirección y les aseguró que podrían visitarla cuando quisieran. A Fernando le dejó los asuntos económicos pendientes en manos de Enrique. Antes de salir por última vez de la casa, recorrió las habitaciones para comprobar que no olvidaba nada. Se detuvo unos instantes en la puerta del dormitorio principal, cerró el armario vacío y bajó por la escalera. Después dejó sus llaves sobre la mesa de la cocina y salió al jardín sin mirar atrás.

Aquella noche Fernando recibió un mensaje breve. Marta le deseaba que todo le fuera bien y le recordaba que Enrique tenía la documentación necesaria para resolver cualquier cuestión pendiente. Lo leyó dos veces antes de guardarlo. No respondió inmediatamente. A pesar de todo lo sucedido, seguía resultándole extraño que una convivencia tan larga pudiera terminar con unas firmas, unas cajas y unas llaves abandonadas sobre una mesa.

Marta, por su parte, había dejado atrás la casa en la que había pasado tantos años. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía una fecha prevista para regresar.

EPÍLOGO. FRENTE AL MAR

Malik estaba tumbado en una hamaca, frente al mar, con un daiquiri frío en la mano. El agua brillaba bajo el sol de la tarde y una palmera proyectaba una sombra irregular sobre la arena. Oyó pasos a su espalda y no se volvió. Una mujer llegó descalza, le apartó el vaso y apoyó una mano sobre su hombro. Él sonrió. Aquella caricia le resultaba muy familiar. La había sentido muchas veces durante casi dos años en la nave de Vallecas.

—¿Has pensado en aquella noche? —preguntó él.

—Más de una vez. Sentir esa tensión tan real y notar que era tu boca la que me abría los muslos... me encendió de una forma salvaje. Estuve a un paso de correrme del puro morbo de saber que eras tú —contestó ella, con una sonrisa que solo ellos entendían.

Malik la atrajo por la cintura. No necesitaba preguntarle si seguía recordando cada momento ni si lamentaba haberse marchado. Ella se inclinó y le besó la frente.

—Te quiero, amor —dijo ella.

—Y yo a ti, Marta —le contestó.

Se quedó mirándolo unos segundos, con el mar a su espalda, y añadió:

—Todo ha salido como lo habíamos planeado. Menos mal que me avisaste a tiempo para sustituir las joyas.

FIN

¡Cuéntale a RebeccaBrand lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

La favorita de la profesora

Jud: Historia corta con buen desarrollo y ritmo

Leer ahora
Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Embarazada del bebé de su hombre lobo 🌙 Kookmin Adap.

janneth1108: Dios ya quiero mas .. me encanta 😍😍😍

Leer ahora
Dame Una Oportunidad ~ kookmin

Ana: Me gustó,al principio llore,mil gracias por la historia

Leer ahora
Odio a mi jefa

Majo Me: Excelente, me enganchó tanto la historia que la terminé en un día. Y la volvería a leer. Cada personaje te deja atrapada, a veces me perdí de la perspectiva del personaje que me tenía que devolver. Jajaja del resto muy bien

Leer ahora
ATRAPADO

MONSY💋: Me.encanto 💋

Leer ahora
Atentamente, tu ex esposa

Mary: Todo,no se complica la historia con demasiados momentos del mismo hecho

Leer ahora
LOBO BLANCO

Beatriz: Buena historia, bien escrita. Tal vez un poco previsible pero agradable para una tarde de domingo.

Leer ahora
EL ATRACO