Capítulo 1
El precio de una hija
El sonido de la aguja atravesando la tela era lo único que interrumpía el silencio de la cocina.
Siempre me había gustado bordar.
Había algo tranquilizador en sentir el hilo deslizarse entre mis dedos, en reconocer las pequeñas puntadas que iba formando y saber que, al terminar, tendría algo hermoso entre las manos.
Aunque nunca pudiera verlo.
Aquella tarde estaba terminando un pañuelo que había comenzado tres días atrás. Sebastián me había conseguido una tela especialmente suave y unos hilos que, según él, eran de un azul precioso.
Azul.
A veces me preguntaba cómo sería ese color.
Las personas siempre intentaban explicármelo utilizando cosas que tampoco podía ver.
El cielo.
El océano.
Las flores.
Sebastián, en cambio, decía que el azul era el sonido de la lluvia golpeando suavemente las ventanas.
Me gustaba su explicación.
Sonreí mientras acariciaba las pequeñas flores bordadas.
—Definitivamente te va a encantar —murmuré.
El pañuelo sería su regalo de cumpleaños.
Faltaban dos semanas, pero prefería terminarlo antes de tiempo. Mi padre tenía la desagradable costumbre de encontrarme alguna tarea cada vez que descubría que estaba haciendo algo para mí.
Dejé la aguja sobre la mesa y extendí los dedos.
Me dolían.
Llevaba casi tres horas sentada en la misma posición.
El reloj de pared anunció las seis con una serie de campanadas.
Fruncí el ceño.
Mi padre llegaba normalmente a las ocho.
Todavía tenía tiempo para preparar la cena.
Me levanté, doblé cuidadosamente el pañuelo y lo guardé en el pequeño cajón donde escondía mis pertenencias.
Después caminé hacia el fregadero.
Cuatro pasos.
Girar a la derecha.
Dos pasos más.
Extendí la mano hasta encontrar el borde de la encimera.
Conocía aquella casa mejor que cualquier persona que pudiera verla.
Sabía dónde crujía el suelo, qué puerta necesitaba un pequeño empujón para cerrarse y cuál de las sillas del comedor tenía una pata ligeramente más corta.
Mi padre decía que era lo mínimo que podía hacer.
Que si había nacido defectuosa, al menos debía aprender a no estorbar.
Nunca me gustó aquella palabra.
Defectuosa.
La pronunciaba como si yo fuera un objeto que había salido mal de una fábrica.
Abrí el grifo y comencé a lavar los pocos platos que quedaban del almuerzo.
—Uno, dos, tres…
Contaba en voz baja mientras acomodaba los utensilios.
Era una costumbre que había desarrollado cuando era pequeña.
Una de tantas.
Cuando terminé, sequé mis manos y me dirigí hacia la nevera.
Había pollo, algunas verduras y arroz.
Suficiente para preparar la cena.
Saqué los ingredientes y comencé a trabajar.
Mi padre odiaba encontrar la comida fría.
También odiaba que estuviera demasiado caliente.
En realidad, mi padre encontraba razones para enfadarse incluso cuando todo estaba perfectamente bien.
Había aprendido que algunas personas no necesitaban motivos para ser crueles.
Solo necesitaban a alguien sobre quien descargar su frustración.
Y durante veintiún años, ese alguien había sido yo.
—¡Diane!
La voz de Sebastián llegó desde el jardín.
Sonreí inmediatamente.
—¡Estoy en la cocina!
Escuché sus pasos acercarse a la ventana.
Tres golpes suaves contra el cristal.
Nuestra señal.
—¿La prisionera del castillo puede recibir visitas?
Solté una pequeña risa.
—Depende. ¿El visitante trae comida?
—Qué interesada.
—Entonces puedes marcharte.
—Traigo pastelitos.
—La ventana está abierta.
Lo escuché reír antes de que sus pasos se alejaran hacia la entrada.
Unos segundos después, la puerta de la cocina se abrió.
—Buenas tardes, señorita Holland.
—Buenas tardes, señor insoportable.
Sebastián dejó una bolsa sobre la mesa.
El aroma dulce de la vainilla llegó inmediatamente hasta mí.
—¿Son de la panadería de la señora Marta?
—Los mismísimos.
—Te adoro.
—Lo sé. Soy irresistible.
Negué con la cabeza mientras buscaba un plato.
Sebastián era la única persona capaz de hacerme olvidar, aunque fuera durante unos minutos, la vida que llevaba.
Nos conocíamos desde los diez años.
La primera vez que hablamos yo estaba sentada en una acera, llorando después de escapar de casa.
Él se había acercado y me había preguntado si estaba perdida.
Le respondí que no.
Entonces me preguntó por qué estaba llorando.
Le dije que tampoco estaba llorando.
Sebastián se sentó a mi lado y permaneció en silencio durante casi una hora.
Nunca me obligó a contarle lo sucedido.
Desde aquel día se convirtió en mi mejor amigo.
—Estás muy callada —comentó.
—Estoy comiendo.
—Normalmente eso no te impide hablar.
Le lancé una servilleta.
La atrapó antes de que tocara el suelo.
—Tus reflejos están mejorando.
—No sabía que estabas examinándome.
—Siempre estoy examinándote.
—Eso suena preocupante.
Se rio.
Después escuché cómo arrastraba una silla y se sentaba frente a mí.
—Hablando en serio, ¿has practicado lo que te enseñé?
Asentí.
—Todas las mañanas.
—¿Incluso los movimientos para liberarte cuando alguien te sujeta?
—Especialmente esos.
Sebastián guardó silencio.
No necesitaba verlo para saber que estaba preocupado.
—Diane…
—No empieces.
—Solo quiero asegurarme de que puedes defenderte.
—Puedo hacerlo.
—Lo sé.
Su voz se suavizó.
—Pero también sé que no deberías tener que hacerlo dentro de tu propia casa.
Dejé el pastelito sobre el plato.
No respondí.
Sebastián nunca había ocultado lo que pensaba de mi padre.
Lo detestaba.
Y, aunque me avergonzaba admitirlo, algunas veces yo también.
—Podrías venir a vivir con mi familia —dijo de pronto.
Suspiré.
—Ya hemos hablado de eso.
—Y podemos seguir hablando hasta que aceptes.
—Sebastián…
—Mi madre te quiere como a una hija. Lo sabes.
Tragué saliva.
Sí.
Lo sabía.
La señora Elena siempre me abrazaba cuando iba a visitarla, me preparaba mis comidas favoritas y me preguntaba cómo me encontraba.
Pequeños gestos que para otras personas podían parecer insignificantes.
Para mí significaban demasiado.
—No quiero causarles problemas —respondí.
—Tú nunca serías un problema.
Bajé la cabeza.
—Mi padre no lo permitiría.
—Tienes veintiún años, Diane. No necesitas su permiso.
Aquellas palabras permanecieron suspendidas entre nosotros.
Tenía razón.
Legalmente podía marcharme.
Pero abandonar aquella casa significaba enfrentarme a un mundo que mi padre llevaba años asegurándome que me rechazaría.
Y, aunque sabía que muchas de sus palabras eran mentiras, algunas habían conseguido instalarse profundamente en mi cabeza.
—Lo pensaré —murmuré.
Sebastián suspiró.
—Eso dijiste la última vez.
—Y sigo pensándolo.
—Eres imposible.
—Aprendí del mejor.
Me revolvió el cabello.
—Mañana vendré a reparar la cerca. La madera está prácticamente podrida.
—Te prepararé el desayuno.
—Entonces llegaré temprano.
Escuché cómo se levantaba.
Antes de marcharse, se detuvo junto a mí.
—Diane.
—¿Sí?
—Si alguna vez necesitas salir de aquí, no importa la hora, llámame.
Mi sonrisa desapareció lentamente.
—Lo sé.
—Prométemelo.
Extendí la mano hasta encontrar la suya.
—Te lo prometo.
A las siete y cuarenta y tres escuché un automóvil detenerse frente a la casa.
Me quedé inmóvil.
Mi padre.
Era demasiado temprano.
Normalmente reconocía el sonido de su vehículo antes de que entrara en el camino de grava.
Pero aquel motor era diferente.
Más profundo.
Más potente.
Fruncí el ceño.
Quizá era algún vecino.
Continué revolviendo el arroz.
Entonces escuché una puerta de automóvil cerrarse.
Después otra.
Y una tercera.
Mi estómago se contrajo.
Tres personas.
Los pasos avanzaron sobre la grava, pero se detuvieron antes de llegar a la entrada.
Silencio.
Apagué la estufa.
No sabía por qué, pero algo me decía que debía prestar atención.
Un minuto después escuché otro vehículo.
Esta vez reconocí inmediatamente el motor.
Era el coche de mi padre.
Entró en el camino demasiado rápido.
Los neumáticos levantaron grava y el motor se apagó bruscamente.
La puerta se abrió.
—¡Maldita sea!
Su voz.
Estaba furioso.
No.
Había algo más.
Miedo.
Nunca había escuchado miedo en la voz de mi padre.
Los pasos se acercaron apresuradamente.
La puerta principal se abrió de golpe.
—¡Diane!
Me sobresalté.
—¡Estoy aquí!
Sus zapatos golpearon el suelo mientras avanzaba hacia la cocina.
El olor a sudor y a su colonia habitual llegó antes que él.
—¿Has hablado con alguien hoy?
Parpadeé.
—¿Qué?
—¡Contesta!
—Sebastián vino esta tarde.
Soltó una maldición.
—¿Qué le dijiste?
—Nada. Solo estuvimos hablando.
—¿Le contaste algo sobre mis negocios?
La pregunta me desconcertó.
—No sé nada sobre tus negocios.
Se acercó.
Demasiado.
—Escúchame bien, muchacha. Si alguien viene preguntando por mí, no sabes dónde estoy. ¿Entendido?
—Padre, ¿qué sucede?
—¡Haz lo que te digo!
Retrocedí instintivamente.
Mi espalda chocó contra la encimera.
—Está bien.
Escuché su respiración agitada.
Después comenzó a caminar de un lado a otro.
—Todo tiene solución —murmuraba—. Tiene que tenerla.
—¿Necesitas ayuda?
Los pasos se detuvieron.
Durante unos segundos no dijo nada.
Entonces soltó una risa extraña.
Amarga.
—¿Ayuda?
Sentí que se acercaba.
—¿Y qué podrías hacer tú?
Bajé la cabeza.
—Solo preguntaba.
—Siempre haciendo preguntas estúpidas.
Apreté los labios.
Estaba acostumbrada a sus insultos.
Pero aquella noche había algo diferente en su comportamiento.
Parecía un animal acorralado.
—Ve a tu habitación —ordenó.
—La cena está casi lista.
—¡No me importa la maldita cena!
Un golpe contra la mesa me hizo sobresaltarme.
—¡Ve a tu habitación!
Obedecí.
No porque quisiera hacerlo.
Sino porque conocía demasiado bien las consecuencias de discutir con él.
Me encontraba sentada en el borde de la cama cuando escuché el primer golpe.
Fue tan fuerte que las ventanas vibraron.
Levanté la cabeza.
Otro golpe.
Esta vez acompañado por una voz masculina.
—¡Holland! ¡Abre la puerta!
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Escuché a mi padre correr hacia la entrada.
—¡Un momento!
Su voz sonaba desesperada.
—¡Por favor, podemos arreglar esto!
La respuesta llegó inmediatamente.
—Tuviste suficientes oportunidades.
Un sonido seco.
La puerta principal se abrió violentamente.
Varios hombres entraron en la casa.
Reconocí al menos cuatro pares de pasos.
Quizá más.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó una voz desconocida.
—Lo conseguiré.
—Eso dijiste la semana pasada.
—Solo necesito unos días.
—El señor Delano no acostumbra esperar.
Delano.
El apellido no me resultaba familiar.
Pero la manera en que aquel hombre lo pronunció me provocó un escalofrío.
—Por favor —suplicó mi padre—. No tengo esa cantidad.
—Entonces debiste pensarlo antes de robarle.
Robarle.
Contuve la respiración.
¿Mi padre había robado dinero?
Un golpe resonó en la sala.
Escuché un gemido.
Después el ruido de algo cayendo.
—¡No! ¡Por favor!
Me levanté de la cama.
Debía llamar a Sebastián.
Busqué mi teléfono sobre la mesita.
Mis dedos recorrieron la madera.
Nada.
Recordé que lo había dejado cargando en la cocina.
Maldije en voz baja.
Entonces escuché algo que me dejó completamente inmóvil.
—Hay otra manera de pagar —dijo mi padre.
Se produjo un silencio.
—Te escucho.
Mi padre vaciló.
—Tengo una hija.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Una hija? —repitió el desconocido.
—Veintiún años.
Mis manos comenzaron a temblar.
No.
No podía estar hablando de mí.
—¿Y qué tiene que ver tu hija con nuestra deuda?
Mi padre tardó varios segundos en responder.
—Pueden llevársela como garantía.
El mundo pareció detenerse.
Me llevé una mano a la boca.
No podía creer lo que acababa de escuchar.
Mi propio padre estaba ofreciéndome a unos desconocidos.
—¿Estás intentando negociar con la vida de tu hija? —preguntó el hombre.
—Es lo único que tengo.
Una risa breve y desagradable llenó la sala.
—Eres todavía más miserable de lo que pensaba, Holland.
Escuché pasos.
Se acercaban al pasillo.
Retrocedí.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
Mi mano encontró el borde del armario.
Necesitaba pensar.
Sebastián me había enseñado que, cuando alguien representaba una amenaza, lo primero era buscar una salida segura.
Pero mi habitación estaba al final del pasillo.
Y la única puerta daba directamente hacia aquellos hombres.
La ventana estaba cerrada.
Antes de que pudiera moverme, alguien giró el picaporte.
—Aquí está —anunció una voz grave.
Me quedé inmóvil.
El hombre entró.
Su respiración era tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Diane Holland?
No respondí.
—Te estoy hablando.
—¿Quién es usted?
Se acercó.
Escuché el roce de su chaqueta.
—Vas a acompañarnos.
—No voy a ninguna parte.
Intentó sujetarme del brazo.
Reaccioné instintivamente, apartándome de su agarre.
El hombre soltó una exclamación de sorpresa.
—Vaya.
Retrocedí hasta encontrar la pared.
—No me toque.
—Será mejor que cooperes.
—Será mejor que salga de mi habitación.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
Después soltó una carcajada.
—Tiene carácter.
Otra voz llegó desde el pasillo.
—¿Qué sucede?
—La muchacha no quiere venir.
—Entonces tráela.
El primer hombre volvió a acercarse.
Esta vez consiguió sujetarme.
Intenté liberarme, pero su fuerza era superior.
—¡Suélteme!
—Deja de resistirte.
—¡He dicho que me suelte!
Forcejeé.
Escuché cómo otro hombre entraba en la habitación.
Entre ambos consiguieron inmovilizarme.
Me arrastraron hacia el pasillo.
—¡Padre! —grité—. ¡Padre, ayúdame!
Nadie respondió.
—¡Por favor!
Llegamos a la sala.
Reconocí inmediatamente el olor de su colonia.
Estaba cerca.
—Padre…
Mi voz salió quebrada.
—Diles que me suelten.
Silencio.
—Padre, por favor.
Escuché cómo tragaba saliva.
—Diane…
Por un instante pensé que había cambiado de opinión.
Que finalmente iba a defenderme.
—Haz lo que te digan.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Qué?
—No compliques las cosas.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.
—¿Me estás entregando?
No respondió.
—¡Soy tu hija!
—¡Y por tu culpa he perdido todo! —gritó.
Sus palabras me golpearon con una fuerza que ninguna bofetada habría conseguido igualar.
Me quedé completamente quieta.
Durante años había escuchado que era responsable de la muerte de mi madre.
Que había arruinado su vida.
Que jamás debí nacer.
Pero una parte de mí siempre había esperado que, algún día, me mirara como a su hija.
Aquella esperanza desapareció.
—No —susurré.
Mi padre guardó silencio.
—No has perdido todo por mi culpa.
Mi voz temblaba.
Pero continué.
—Tú lo perdiste.
Escuché cómo daba un paso hacia mí.
—Cierra la boca.
Levanté el rostro en dirección a su voz.
—Yo no maté a mamá.
El silencio fue inmediato.
Hasta los hombres que me sujetaban parecieron quedarse quietos.
—No vuelvas a mencionarla —advirtió.
—Era una niña cuando me hiciste creer que había sido mi culpa.
—Diane…
—¡Era un bebé!
Mi grito resonó por toda la sala.
Por primera vez en mi vida no intenté contener las lágrimas.
—Nunca te pedí que me quisieras —continué—. Solo quería que dejaras de odiarme.
Mi padre no respondió.
Y su silencio fue suficiente.
Una voz masculina interrumpió el momento.
—Se acabó el espectáculo.
Reconocí al hombre que había estado interrogándolo.
Sus pasos se acercaron lentamente.
—La chica viene con nosotros.
—¿Y mi deuda? —preguntó mi padre.
Sentí náuseas.
Incluso ahora seguía pensando en el dinero.
El desconocido soltó una risa seca.
—Tu hija no cancela la deuda, Holland.
—Pero dijiste…
—Dije que podía llevarla ante el señor Delano. Será él quien decida qué hacer contigo.
Mi padre comenzó a protestar.
No escuché el resto.
Los hombres me obligaron a caminar hacia la entrada.
El aire frío de la noche golpeó mi rostro.
Olía a tierra húmeda.
A lluvia próxima.
A libertad.
Una libertad que, por primera vez, parecía estar alejándose de mí.
—Por favor —susurré.
Nadie respondió.
Pensé en Sebastián.
En su promesa.
En los pastelitos que habíamos compartido aquella tarde.
En el pañuelo azul que había escondido en el cajón.
Nunca llegaría a entregárselo.
Me obligaron a detenerme junto a un vehículo.
Escuché cómo abrían una puerta.
—Sube.
Negué con la cabeza.
—No.
—No hagas esto más difícil.
—No voy a subir.
Intenté retroceder.
Uno de los hombres me sujetó con fuerza.
Forcejeé hasta que conseguí apartarme unos centímetros.
Entonces escuché una voz diferente.
—Basta.
Todos se detuvieron.
Los pasos de un hombre se acercaron desde el otro lado del vehículo.
Eran lentos.
Seguros.
No parecía tener ninguna prisa.
—¿Por qué está gritando? —preguntó.
Su voz era grave, pero no necesitaba elevarla para hacerse escuchar.
—Se resiste, señor.
El desconocido guardó silencio.
Sentí su presencia frente a mí.
—¿Cómo te llamas?
Apreté los dientes.
—No es asunto suyo.
Uno de los hombres soltó una exclamación.
—Ten cuidado con…
—He hecho una pregunta —interrumpió el desconocido.
Su tono no cambió.
Pero el otro hombre enmudeció inmediatamente.
Tragué saliva.
—Diane.
—¿Diane qué?
—Holland.
Hubo una pausa.
—Diane Holland —repitió lentamente.
No comprendí por qué, pero tuve la impresión de que mi nombre significaba algo para él.
—¿Quién es usted? —pregunté.
El hombre no respondió inmediatamente.
Escuché el leve sonido de un encendedor.
Después llegó el olor del tabaco.
—Alguien que viene a cobrar una deuda.
—Yo no le debo nada.
Se produjo un silencio.
Entonces respondió:
—Eso tendremos que averiguarlo.
Sentí que abrían nuevamente la puerta del vehículo.
Esta vez nadie intentó empujarme.
—Sube, Diane.
Levanté el rostro hacia su voz.
—¿Y si me niego?
El desconocido permaneció en silencio unos segundos.
—Entonces tendremos una conversación mucho más larga de lo necesario.
Apreté las manos.
No tenía mi teléfono.
No sabía dónde estaba.
Y nadie conocía lo que acababa de suceder.
Por primera vez comprendí que no podía resolver aquella situación únicamente resistiéndome.
Necesitaba sobrevivir.
Necesitaba encontrar una oportunidad.
Y, sobre todo, necesitaba regresar con Sebastián.
Respiré profundamente.
Después subí al vehículo.
La puerta se cerró a mi lado.
Escuché cómo el hombre daba instrucciones a sus acompañantes.
—Llévenla a la mansión.
—¿Y Holland?
Hubo una pausa.
—Que siga respirando. Por ahora.
El motor se encendió.
Me abracé a mí misma mientras el vehículo comenzaba a moverse.
No sabía adónde me llevaban.
No sabía quién era aquel hombre.
Y tampoco sabía si volvería a escuchar la voz de Sebastián.
Pero había algo que tenía completamente claro.
Mi padre acababa de venderme.
Y yo jamás volvería a llamarlo familia.








