Prólogo
Esa maldita noche.
El ardor incontrolable en su garganta lo despertó de golpe. Un frío le calaba en los huesos y un sabor metálico que le llegó incluso al estómago junto con esa enorme bocanada de aire que acompañó su vuelta a la conciencia. Probablemente no existía forma alguna de describir realmente la sensación que recorría su cuerpo. Era doloroso, un dolor tan punzante como nunca antes había sentido.
Recordó en un destello la vez que casi se ahoga en el mar, sucumbiendo por el pánico, la desesperación de no poder luchar con la fuerza de toneladas de agua golpeando su cuerpo, revolcándose en cada ola y sin nada a su alrededor en qué apoyarse para intentar sobrevivir. Y de pronto, el inexplicable milagro: el mismo oleaje le regaló una oportunidad, empujándolo hasta la orilla, pero con la advertencia agónica del agua que se metió en cada bronquio. Esto era mil veces peor. La pesadez en su pecho, el ardor en cada célula de su ser. A diferencia de ese día en la playa, el dolor no se iba; al contrario, parecía intensificarse hasta expandirse al último de sus cabellos.
Su espalda se arqueó en el suelo; en una convulsión emitió un quejumbroso alarido. Instintivamente trató de girarse para que ese «algo» que tenía en su garganta no lo atragantara. Tosió un negro y ferroso coágulo de sangre. Cuando la molestia empezó a disiparse, pudo por fin tomarse un instante para ubicarse. Miró a su alrededor; la contraluz de ese viejo callejón le reveló una escena que borró en segundos todo rastro de racionalidad.
Frente a él, un grupo de siluetas se distinguían entre la tenue luz que lograba llegar desde el alumbrado de la calle. Era inevitable no notarlos: todos lo miraban directamente a él con unos sobrenaturales ojos rojos brillando en ese callejón oscuro. Pero no eran esos seres ni sus ojos carmesí lo que realmente captaron su atención. De rodillas en el piso, una de esas figuras retenía entre sus brazos el cuerpo inerte de Eira. Su amada Eira, el amor de su vida, estaba sin duda alguna muerta. Lo supo de inmediato. Incluso en aquella oscuridad su rostro pálido se distingue. Al ver ese rostro que siempre consideró el más hermoso del mundo entero, pero ahora sin vida y magullado en cortes, le trajo a la mente de pronto que apenas unas horas antes estaba en una cita con ella.
Antes de esta macabra escena, Eira y él iban por las calles tranquilas de la ciudad en busca de un lugar más privado; habían pasado la tarde en su bar favorito. Eira había rodeado su brazo en su andar, ambos llevando algunas latas de cerveza en las manos libres con la clara intención de continuar la velada en algún otro sitio. Recordó que el ansia por hacerse el uno del otro los llevó a conformarse con ese callejón. Johan había arrinconado a Eira contra uno de los muros del estrecho lugar. Recordó sus hermosos ojos ámbar. Recordó que se miraron con la dulzura y pasión de quienes se aman antes de fundirse en un beso cariñoso. Recordó que ese beso se cortó de golpe. Una fuerza extraña, como un tacleo, lo lanzó lejos de Eira.
Vio unas sombras que no pudo reconocer del todo por lo aturdido que lo dejó el golpe contra el contenedor de basura. Esas siluetas rodeadas de un miasma oscuro estaban atacando a Eira; lo rodeaban y la cortaban, no estaba seguro de cómo, pues no les distinguía armas, apenas unas manos de dedos largos, tal vez garras. Johan intentó desesperadamente ir con ella, ayudarla aunque no estaba seguro de cómo. No pudo ni siquiera dar dos pasos. Dos de esos seres lo bloquearon; una de las sombras estaba detrás de él y, sin advertencia alguna, en un instante, con un movimiento rápido de su extremidad oscura, cortó su cuello, su yugular y cuerdas vocales cercenadas limpiamente. Su propia sangre lo asfixiaba; en segundos perdió la fuerza de sus piernas y cayó al suelo. Con ambas manos trataba inútilmente de impedir que la vida se le escurriera entre los dedos.
Todo se volvió caótico y confuso desde ese momento. Escenas borrosas, una sobre otra. Eira luchando ferozmente con un grupo que evidentemente le superaba en número. Eira intentando ahuyentar esas figuras, no solo de ella, sino de ambos. Eira arrastrándose hacia él en la oscuridad de ese callejón. Eira poniendo sus manos sobre su cuello, intentando evitar que se desangrara. Eira llorando… y ambos bañados en sangre. Eso fue todo. Se acabó. Todo se volvió oscuridad. Nada.
Y, de pronto, el ahora. Volvía a ver a su amada Eira, muerta en los brazos de las siluetas. El sabor ferroso en su boca se sintió amargo de pronto. El aire que recién volvía a sus pulmones se quedó ahí, sin poder salir. Eira estaba muerta y, con esa realidad, un hueco en su pecho se formó en un instante. Un dolor peor al que sentía en su cuerpo ahora atormentaba su alma. Sus ojos se llenaron de lágrimas rojas; una bocanada de aire se abrió paso a sus pulmones, detonando un alarido que se había quedado atorado en su garganta. Un grito lleno de dolor y rabia: le habían arrancado el corazón. Ese grito era una proclamación de venganza.
La última cosa que recordará Johan de esa noche, aún más que el frío de sus huesos, será la rabia. Su cuerpo se lanzó instintivamente contra esas siluetas que no hacían más que contemplarlo con desconcierto. Estaba seguro de que en algún punto se habían defendido, pero, de nuevo, su memoria se quedó en nada.








