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LA SEGUNDA VOZ (Historias para pecar #5)

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Sinopsis

Mara, una traductora literaria de treinta y cuatro años, conoce desde muy joven el extraño poder que algunas voces ejercen sobre su deseo. Las palabras escritas la fascinan, pero escucharlas en labios de otra persona despierta en ella sensaciones mucho más intensas. Cuando una editorial le encarga traducir una colección de relatos eróticos franceses publicados en 1953, acepta una condición poco habitual: supervisar durante diez tardes la grabación del audiolibro. Al otro lado del cristal estará Damián, un experimentado actor de voz capaz de convertir una pausa, una respiración o un silencio en algo profundamente íntimo. Lo que comienza como una relación estrictamente profesional se transforma en un juego de deseo donde las palabras adquieren significados que ninguno de los dos había previsto. Porque hay voces que no necesitan tocarte para llegar a lo más profundo de tu intimidad. **Una historia de Rebecca Brand.** https://www.inkitt.com/RebeccaBrand

Genero:
Erotica
Autor/a:
RebeccaBrand
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

LA SEGUNDA VOZ

(HISTORIA COMPLETA)

Uno. La cláusula

La cláusula ocupaba tres líneas y media, exactamente en el cuarto apartado. Mara la leyó dos veces antes de firmar.

«La traductora asistirá a las sesiones de grabación y tendrá derecho de aprobación sobre la lectura definitiva, en lo relativo a la interpretación del texto.»

—Es por el ritmo —dijo Nerea al otro lado de la mesa—. Y porque la última vez nos quedó un audiolibro que parecía un telediario.

Nerea tenía cuarenta y ocho años, el pelo muy corto y una paciencia de funcionaria. Llevaba once años en Alcor y había aprendido a decir las cosas dos veces: una para que se entendieran y otra para que se cumplieran.

—O sea que voy a pasar diez tardes encerrada en un estudio.

—Diez tardes, de cinco a ocho. En Lavapiés. La asistencia se paga aparte, eso ya te lo he dicho. Y el audiolibro se vende.

—¿Y si no me gusta cómo lee?

—Para eso está la cláusula.

Mara firmó.

Tenía treinta y cuatro años, traducía del francés desde los veintitrés y llevaba tiempo sospechando algo incómodo sobre sí misma: los libros no la ponían. Los libros la interesaban, la entretenían, la hacían pensar, la acompañaban en el metro. Pero no la ponían.

Lo que la ponía era oír.

Había un episodio fundacional, como hay uno en todas las historias de este tipo, y el suyo era un verano en casa de su tía Pilar, con una radio de pilas y un locutor de madrugada que leía novelas por entregas. Mara tenía catorce años, no entendía ni la mitad de lo que pasaba en aquellas historias y se quedaba despierta hasta las dos igualmente, con la radio pegada a la oreja y la luz apagada. La primera vez que se tocó fue oyendo a un desconocido leer una frase sobre una mujer que bajaba una escalera. No recordaba la frase. Recordaba la respiración del locutor antes de decirla.

Después, ya adulta, había tenido un novio que le leía en la cama. Dos años de leerle en la cama. Y cuando se dejaron, lo que echó de menos no fue el sexo, ni la casa, ni las conversaciones: fue que ya no había nadie que le leyera nada.

Así que cuando Nerea le puso delante el contrato de Las horas lentas, una traducción nueva del francés de Solange Berthier, con audiolibro y con cláusula de aprobación, Mara no lo dudó ni veinte segundos. Le pareció un encargo hecho a medida. Todavía no sabía de qué medida.

Solange Berthier había nacido en Niza en 1911, había publicado nueve relatos en 1953 y había muerto en 1974 sin haber concedido una sola entrevista. Los nueve relatos eran el libro entero y el libro entero era su obra.

En España se había traducido una sola vez, en 1961, firmada por una señora de Bilbao de la que no se sabía nada más que el nombre. La edición tenía un prólogo de dos páginas y una nota final que avisaba al lector de que algunos pasajes «podían resultar escabrosos». Algunos pasajes. En un libro donde la mitad de las páginas transcurren en camas.

Mara había leído esa versión a los veinte años, en la biblioteca de su barrio, y había tardado diez más en entender por qué le había parecido sosa. La de Bilbao no había traducido a Berthier: la había peinado. Le había puesto ropa. Le había quitado de las manos las palabras que Berthier usaba a propósito y las había sustituido por las que se usaban en 1961 en las casas decentes.

—Voy a hacer lo contrario —dijo Mara.

—¿De qué?

—De lo que hizo la de Bilbao. Ella suavizó todo lo suavizable.

—Pues suaviza menos y cobra lo mismo.

El estudio estaba en un primero sin ascensor, con la puerta forrada y un cartel de «SILENCIO, GRABANDO» que alguien había corregido a bolígrafo añadiendo «de verdad». Dentro había un pasillo estrecho, una sala de control con una mesa de mezclas, dos monitores pequeños y una silla buena; y al fondo, separada por un cristal de doble hoja, la cabina. Dos metros por dos. Un micrófono grande colgado de una pértiga, una banqueta, un atril, una alfombra gris. Y sobre la mesa de la cabina, un vaso de agua y un botón rojo.

La luz de ese botón era lo primero que veías al entrar. Encendida, el mundo se apagaba.

—Aquí —dijo Nerea, señalando la silla de la sala de control—. Tú te sientas aquí, con cascos, y no hablas mientras graba. Si algo no te cuadra, lo apuntas y lo dices al final. No hay prisa, hay diez sesiones.

—¿Y él?

—Él llega a las cinco. Se llama Damián. Dobla, hace publicidad, lleva veinte años metido en cabinas. Es bueno.

Damián llegó a las cinco menos diez. Era alto sin ser grande, con el pelo ya gris en las sienes y una camisa clara con las mangas subidas hasta el codo. Tenía una cara que no coincidía con la voz, y Mara tardó en darse cuenta de que eso era lo primero que había que aceptar para poder trabajar con él. La voz era la de los anuncios de la lotería en diciembre. La de las películas francesas que ponían a las tres de la tarde. Una voz que la gente reconocía sin saber de quién era, que es la única forma de fama que no sirve para nada.

—Mara —dijo él, y le tendió la mano—. Encantado. He leído tu traducción.

—¿Y?

—Y he subrayado cuarenta y siete cosas.

Mara se rió. Él no.

Entró en la cabina, se sentó, se puso los cascos y se descalzó. Dejó los zapatos al lado de la banqueta, muy ordenados, y apoyó los pies desnudos en la alfombra gris.

—¿Descalzo? —preguntó Mara por el micro de la sala.

—Leo mejor. Si tengo los pies fríos leo peor.

Era una tontería. Mara decidió que era una tontería y no volvió a pensarlo hasta la tercera sesión; luego lo pensó durante siete semanas seguidas.

En la primera sesión leyó el primer relato entero, «El vestido prestado», y lo leyó bien. Muy bien. Mara había traducido aquel texto con un cuidado que ahora, al oírlo, le pareció casi obsceno. Él respetaba las pausas que ella había puesto. Las respetaba todas. Cuando llegó a la frase que a Mara le había costado dos horas —una frase larga, con tres subordinadas, sobre una mujer que se quita un vestido que no es suyo delante de un hombre que no es suyo—, él la dijo de corrido, sin adornarla, y la frase funcionó. Funcionó exactamente como Mara la había pensado en su cuarto a las dos de la mañana.

Al terminar, la luz roja siguió encendida cuatro segundos más de lo necesario. Mara se dio cuenta de que había estado conteniendo el aire.

Esa noche llegó a casa y releyó el relato entero. Y lo leyó, sin poder evitarlo, con la voz de él.

Dos. El vaso

La segunda sesión fue un miércoles y trajo el vaso.

Mara llegó antes que él, se sentó en la sala, sacó el cuaderno y las cuarenta y siete anotaciones que había decidido ordenar por importancia. Las ordenó por importancia. Después por longitud. Y las volvió a ordenar por importancia, porque ordenarlas por longitud era una tontería.

Cuando Damián entró, traía un café de la máquina de abajo, en vaso de cartón, y lo dejó sobre la mesa de mezclas, junto a los monitores.

El estudio tenía un silencio muy concreto. No era el silencio de una casa vacía ni el de una biblioteca: era un silencio construido, de paredes forradas, moqueta y fibra, un silencio con la temperatura subida. Cuando él paraba entre dos párrafos, el silencio no era ausencia de sonido, era un material. Mara tardó dos sesiones en entender que se podía estar dentro de él.

—Perdona, ¿te importa?

—No.

Él se metió en la cabina, se sentó, se descalzó y ordenó los zapatos. Empezaron a grabar el segundo relato, «La habitación de arriba», que era el más corto del libro y el que tenía menos sexo y más espera. Un hombre sube todos los días a la habitación de arriba a llevar la cena a una mujer que no sabe quién es. Dieciocho páginas. Al final, la mujer se va y el hombre sigue subiendo la escalera dos meses más, con la bandeja, a una habitación vacía.

Mara lo había traducido en enero con una decisión que no había comentado con nadie: había quitado todas las palabras que el original insinuaba y había dejado solo lo que pasaba. Berthier escribía «él la deseaba» y Mara había puesto «él subía la escalera». Donde la de Bilbao habría puesto «la deseaba ardientemente», Mara había puesto un hombre con una bandeja.

Empezaron a grabar a las cinco y cinco.

Mara siguió la lectura con el texto delante, señalando con el bolígrafo. A los diez minutos dejó de señalar. Él hacía una cosa que ella no había previsto: leía las pausas más largas de lo que estaban escritas. Las estiraba un punto, un solo punto, y en ese punto cabía todo lo que Mara había querido decir y no había escrito. Un hombre sube una escalera. Pausa. Y la pausa era el deseo. Exactamente eso.

Él leía con el cuerpo quieto. Eso fue lo segundo que Mara notó, después de la voz: que no se movía. Nada de balanceos, nada de manos en el aire. Solo la boca y, de vez en cuando, los dedos que pasaban la página. Un hombre que lee sin moverse obliga a quien lo mira a mirarlo a la boca, y Mara estuvo veinte minutos mirándole la boca por el cristal antes de darse cuenta de que estaba mirándole la boca.

A la hora y veinte, Mara advirtió que llevaba media hora sin respirar por la boca y que tenía las dos manos apoyadas en el borde de la mesa de mezclas, con los dedos clavados, como si la silla pudiera moverse.

A mitad del relato, Mara tuvo sed. Tenía el agua en la mochila, en la otra punta de la sala, y el vaso de él a un palmo de la mano. En vez de levantarse, bebió del vaso de él.

Le supo a café con demasiada azúcar. Lo dejó otra vez en el mismo sitio, en la misma posición. Él no la había visto: estaba leyendo, con los ojos fijos en el atril.

Tres minutos después, él hizo una pausa, estiró la mano sin mirar, cogió el vaso y bebió. Y lo dejó exactamente donde estaba.

Eso fue todo. No hubo nada más. Pero durante los tres cuartos de hora que quedaban, Mara estuvo pensando en un vaso de cartón de dos euros con una marca de labios que ya no se veía, y en el hecho de que él había bebido sin mirar, en el mismo sitio, en la misma posición, como si supiera.

Mara escribió tres cosas en el cuaderno durante la segunda sesión. La primera era una nota de traducción. La segunda, una duda sobre la página sesenta y dos. Y la tercera, que no tenía nada que ver con el libro: «ha tardado cuatro segundos en coger el vaso».

Lo que pensaba, en concreto, era esto: que un vaso compartido es la cosa más pequeña que pueden compartir dos personas y la única que no se puede fingir. Se puede fingir que no te gusta alguien. No se puede fingir beber de su vaso a propósito.

Al terminar la sesión, la luz roja se apagó y él levantó la vista del atril. Mara tenía la mano apoyada en la mesa de mezclas, al lado del vaso, y la quitó.

—¿Lo de la página sesenta y dos lo dejamos así? —dijo él por el micro.

—Sí —respondió Mara, y su voz salió peor de lo que esperaba.

Cuando salió del estudio, a las ocho y cinco, él ya se había ido. Mara se quedó un momento en la sala vacía, con las luces todavía puestas y el vaso de cartón sobre la mesa. No lo tiró. Lo dejó ahí, en el mismo sitio, para que siguiera al día siguiente.

Se fue andando. Cuarenta minutos de Gran Vía y Princesa, con el cuaderno en la mochila y la cabeza en otro sitio. En algún punto, entre Callao y Plaza de España, advirtió que llevaba repitiendo en la cabeza, en bucle, la frase de la bandeja, y que la estaba repitiendo con la voz de él.

Esa noche cenó de pie y bebió agua de un vaso suyo. Al dejarlo en la mesa pensó que en algún sitio de Madrid había otro vaso, con una marca distinta, y que los dos vasos estaban en dos cocinas a cuatro kilómetros de distancia, y que eso era, en aquel momento, la información más importante que Mara tenía sobre su vida.

Tres. Otra vez

La tercera sesión trajo los pies y la garganta.

Los pies ya los conocía. Pero en esta sesión Mara empezó a mirarlos de verdad: los dedos contra la alfombra, el empeine, el talón que se levantaba un poco cuando él acentuaba una frase. Un pie descalzo de un hombre de cuarenta y un años en una cabina de dos metros, con el zapato al lado, es una de esas cosas que no significan nada hasta que lo significan todo.

Ese día, entre toma y toma, Mara empezó a mirar los pies por el cristal y dejó de mirar la página. Cuando él terminó el capítulo, ella no sabía qué había leído.

Y la garganta. Él tragaba saliva antes de cada párrafo largo. Un movimiento pequeño, dos veces, y después empezaba a leer. A la cuarta vez que Mara lo vio, empezó a esperarlo. Y a la décima, lo esperaba como se espera un golpe.

Al final de la sesión, cuando la luz roja se apagó, Damián levantó la vista y la miró por el cristal. La miró de verdad, tres segundos, sin decir nada, con los cascos todavía puestos. Después dijo por el micro:

—¿Seguimos mañana?

—Seguimos.

Salió del estudio con una sensación nueva, que tardó en identificar: había trabajado mal. Había hecho su trabajo, había corregido cuatro cosas, había apuntado dos. Pero en algún momento había dejado de ser la traductora para convertirse en público.

En la cuarta sesión apareció la palabra.

La palabra llevaba desde el primer día allí, en la boca de él, y era una instrucción técnica. Otra vez. Se lo decía a sí mismo cuando un párrafo no le salía: paraba, respiraba, decía «otra vez» y volvía a empezar. Era un uso profesional, corriente, de actor.

Pero en la cuarta sesión, al oírlo, Mara lo percibió distinto. Y él debió de notarlo, porque lo repitió tres veces más, sin necesidad, en párrafos que le habían salido perfectos.

—Otra vez —dijo, y leyó el mismo pasaje dos veces.

—Estaba bien —apuntó Mara por el micro.

—Ya. Otra vez.

Y lo leyó cinco veces. Mara contaba. En la quinta, ya no era un fragmento del libro: era un segmento de veinte palabras repetido con la misma entonación exacta, como una fórmula. Cuando terminó, Mara descubrió que tenía el bolígrafo apretado en la mano izquierda y la marca de la tapa incrustada en el dedo.

A partir de entonces, ella también empezó a usar el «otra vez». Al principio con sentido técnico; al cabo de una hora, lo decía por el canal de trabajo, por el talkback, con la voz que él iba a oír a dos centímetros del oído. Un «otra vez» dicho así no es una corrección: es una mano en el hombro.

Quinta sesión. Mara pidió los cascos grandes. Hasta entonces había usado los de la sala, que sonaban razonables; pidió los de diadema ancha, con cable, porque «se oye mejor el aire». Era una excusa técnica y era verdad a medias.

Los cascos grandes tienen una virtud: aíslan. Cuando te los pones, la sala desaparece y solo queda el canal. El canal de la cabina, en directo.

Así descubrió la segunda voz.

El micrófono de la cabina tiene dos salidas. Una es la que se graba: limpia, seca, con la reverberación justa, la voz pública que existirá para todo el mundo. La otra es el talkback: el canal de comunicación entre la cabina y la sala, que va comprimido, con un poco de ruido y la respiración muy cerca. Es la voz para una sola persona.

La voz grabada era hermosa. La voz del talkback era otra cosa. Más cercana, más sucia, sin brillo. Era la voz a dos centímetros del oído, con el chasquido de la boca antes de las palabras. La voz de un hombre que te habla a ti y a nadie más.

—¿Se oye bien? —preguntó él por el canal, y a Mara le recorrió la espalda entera.

—Se oye —respondió.

Desde ese día, Mara se ponía los cascos grandes y escuchaba por el canal de trabajo todo lo que él decía entre tomas. Las indicaciones al aire, los «otra vez», las toses, los suspiros de fastidio, los «vale» dichos para sí misma. Cosas que no se grababan y que solo existían en sus oídos.

Llegó a saber más de él por el canal de trabajo que por todo lo que hablaron después. Sabía que se aclaraba la garganta dos veces antes de un párrafo difícil. Sabía que decía «vale» cuando una toma salía bien y callaba cuando salía mal. Sabía que, a partir de las siete, le cambiaba el aire y acortaba las frases. Y sabía que había un momento, siempre el mismo, hacia las siete y cuarto, en que respiraba hondo y se quedaba tres segundos callado antes de seguir. Nunca le preguntó por qué.

Hubo un efecto secundario que no había previsto: al oírlo tan cerca, dejó de poder mirarlo. Durante tres sesiones seguidas, Mara trabajó con la vista clavada en el cuaderno, porque cada vez que levantaba la cabeza y veía al hombre que producía aquella voz, la distancia entre las dos cosas se le hacía insoportable.

Al final de la quinta sesión, Mara escribió con el dedo en el cristal.

El vidrio estaba frío por el aire acondicionado. Mara se acercó con la excusa de mirar la página y apoyó un dedo, que dejó un rastro. Escribió una palabra en el vaho de su propia respiración: bien.

Él lo leyó del revés desde la cabina, torció la cabeza y tardó cuatro segundos en descifrarlo. Después asintió. No dijo nada. Cuando salió, la palabra ya se había borrado.

Esa noche, en su casa, Mara se puso los auriculares y buscó en YouTube un anuncio de la lotería de hacía seis años. Lo encontró. Era él. Lo escuchó cuatro veces seguidas, tumbada en el sofá con la luz apagada, y al final se tocó pensando en un hombre cuya cara no le parecía gran cosa y cuya voz sí, lo que le pareció una manera muy poco seria de vivir.

Se durmió tarde. Antes de hacerlo, hizo un cálculo que le pareció ridículo y que anotó mentalmente igual: cuarenta y siete anotaciones, diez sesiones, tres semanas. Si cada sesión tenía tres horas y cada hora sesenta minutos, le quedaban por delante novecientos minutos de voz.

Cuatro La discusión

La sexta sesión fue la de la pelea, y la pelea fue por una palabra.

El relato era el séptimo, «El hombre que leía», y tenía una frase al principio del tercer apartado: Il la prit par la taille et elle le laissa faire. Mara la había traducido como «La tomó por la cintura y la folló. Y ella se dejó», una alteración deliberada del original que sabía que provocaría discusión.

Y la provocó.

—Página noventa y una —dijo Damián, sin levantar la vista del atril—. «La tomó por la cintura y la folló. Y ella se dejó».

—Sí.

—En francés solo dice que la tomó por la cintura.

—Es la misma frase.

—No, no lo es. En francés dice par la taille. La agarró por la cintura. La prit, la cogió. Ahí lo que hay es coger, y tú has puesto follar, que es otra cosa.

—¿Y entonces qué pongo?

—La cogió de la cintura.

—En Madrid «la cogió» suena a que la agarró del brazo.

—Pues claro que suena a eso, porque es eso. Es un gesto. Está subiendo una escalera y la coge de la cintura. No la está follando en la escalera.

Mara apuntó la palabra en el cuaderno y no la cambió. Al día siguiente llamó a Nerea, que se puso del lado del decoro y propuso una tercera solución, peor que las anteriores:

—Pon «la poseyó».

—«La poseyó» es de los cincuenta.

—Es una traducción de los cincuenta.

—Es una traducción nueva. Si la nueva es igual que la vieja, para qué la hacemos.

—Pon «la poseyó» y no me discutas.

—Nerea, la frase es esta: un hombre sube una escalera con una mujer y le pone la mano en la cintura. Y la mujer se deja. Eso es todo. Y en francés eso se dice con prendre, que significa coger y tomar y, desde hace doscientos años, todo lo demás. Y en castellano no hay una palabra que haga las tres cosas.

Nerea tenía razón en una cosa y Mara lo sabía: «la poseyó» era fiel al tono de la edición de 1961, y esa edición era el motivo por el que se hacía la traducción. Si Mara traducía a Berthier con las palabras de 2026, el libro perdía el aire de época; si usaba las de 1961, perdía el sentido. Y no había una tercera opción.

Mara puso las dos cosas. Dejó «La tomó por la cintura y la poseyó. Y ella se dejó» en el texto aprobado, y se guardó «La tomó por la cintura y la folló. Y ella se dejó» en un archivo aparte, en el margen, para probarla en voz alta.

En la séptima sesión lo probaron.

—Página noventa y una. Otra vez —dijo Damián, y leyó—: «La tomó por la cintura y la poseyó. Y ella se dejó».

—No. Así no.

—¿Y cómo?

—«La tomó por la cintura y la folló. Y ella se dejó».

Damián lo leyó. Y a Mara, al oírlo por los cascos grandes, por el canal de trabajo, le subió la temperatura de la cara y se le puso la piel de los brazos dura.

—Joder —dijo él por el talkback, sin percatarse de que el canal estaba abierto.

A partir de ahí no hubo vuelta atrás.

La sesión siguió cuarenta minutos más y ninguno de los dos volvió a hablar de la frase. Pero estuvo en el aire todo el tiempo, como un objeto dejado encima de la mesa que ambos ven. Cuando terminaron, Damián se puso los zapatos despacio, con los pies apoyados en la alfombra, y Mara esperó a que acabara para levantarse. No había ninguna razón para esperar. Lo hizo igual.

Esa noche, Mara escribió en el cuaderno, en la última página reservada para lo personal, una sola línea: la palabra que no existe.

Cinco. La llamada

Fue esa noche.

Mara llegó a casa a las nueve y media, cenó de pie y a las once abrió el documento y buscó la página noventa y una. Después buscó el teléfono del estudio, impreso en la esquina superior del contrato. Marcó a las once y veinte.

Antes de hacerlo, realizó tres gestos: se lavó la cara, se quitó la parte de arriba del pijama de invierno y se puso una camiseta, porque aquel pijama le pareció demasiado pensado para la ocasión. Dejó el vaso de agua en la mesilla por si acaso. Por si acaso el qué, no lo sabía.

Él tardó cuatro tonos.

—¿Sí?

Se oía el estudio. La reverberación de la sala vacía, ese eco corto y seco de las habitaciones forradas, y el zumbido sordo del aire acondicionado. El lugar donde ella había pasado la tarde.

Mara conocía aquel sonido; era el del sitio donde se había sentido más viva en los últimos dos años. Oírlo por el teléfono, desde su cama, era como escuchar la respiración de alguien mientras duerme: algo que no está hecho para ti y que por eso mismo te pertenece.

—Hola. Soy Mara.

—Ya lo sé.

—Perdona la hora. Es por la página noventa y una. Es que no puedo dormir con eso.

—Claro —repitió él, y a Mara le pareció percibir una sonrisa.

—¿Estás en el estudio?

—Estaba recogiendo.

—Vale. Pues léeme el apartado. El tercero.

Él leyó. Leyó el apartado entero, dos páginas, con la voz de trabajo, la del talkback, la comprimida y sin brillo que sonaba a dos centímetros de la oreja. Mara se tumbó en la oscuridad con el teléfono pegado y los ojos cerrados, sin interrumpir.

Terminó el apartado y siguió con el siguiente. Y con el otro.

Mara ya no contaba los apartados, sino los segundos que él tardaba en iniciar cada uno. Al principio dos, luego cuatro. En el cuarto, tardó siete segundos en decidir si continuaba, y ella supo con certeza absoluta que si paraba se levantaría a beber agua y a dormir.

A mitad de ese apartado, Mara ya tenía la mano dentro del pantalón del pijama y él lo ignoraba.

—¿Sigues ahí? —preguntó él al terminar.

—Sigue.

Una sola orden. Y él la obedeció sin preguntar nada más.

A partir de ahí, la llamada cambió de naturaleza. Dejó de ser una comunicación para convertirse en otra cosa: él leía y ella respiraba. El reparto era simple: uno leía, la otra se tocaba, y el único puente entre ambos era el sonido de una boca a un lado y el aire al otro.

Leyó otro apartado, más despacio a propósito. Ella lo notó; él notó que ella lo notaba. Mara tenía dos dedos dentro, la muñeca torcida y el teléfono resbalándole en la oreja, pensando en el vaso de café, en los pies descalzos y en la garganta de él.

En algún momento se cambió el teléfono de oreja porque el calor le quemaba la piel. Al hacerlo, él preguntó «¿hola?» con una alarma sutil, y ella contestó «aquí estoy», con una voz que no usaba con nadie.

—¿Estás mojada? —dijo él.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde la sesión cuatro.

—Joder.

Siguió leyendo, y Mara hizo algo que no había planeado: se bajó los pantalones del todo con una mano, apartó la sábana con una patada y se quedó con las piernas dobladas sobre el colchón. Lo hizo con ruido, a propósito. Él lo oyó, calló un segundo y prosiguió.

En algún momento, en algún párrafo que ninguno recordaría, su voz cambió; la respiración se volvió más alta que las palabras. Mara comprendió que él también leía por necesidad, para aguantar, para no venirse antes de tiempo.

Así que hizo trampa. Aceleró la respiración dos párrafos antes de llegar, y él, al advertirlo, se acompasó con ella. Cuando Mara estalló, él lo hizo al unísono, y ambos se quedaron en silencio, él con la boca abierta en el estudio vacío y ella con la mano quieta contra el colchón.

Cuando pudo hablar, comprobó que él no había colgado: seguía escuchándose el zumbido del aire acondicionado de fondo, mezclado con el roce de la mano de él contra su ropa.

—La tomó por la cintura —dijo Mara.

—Y la folló —respondió él.

—Eso.

—Lo dejamos así, entonces.

—Lo dejamos así.

Ninguno cortó. Permanecieron un minuto entero oyendo el ruido de fondo, hasta que él dijo «me voy a casa», ella contestó «vale», él dijo «hasta el lunes», ella repitió «hasta el lunes» y colgaron a la vez.

Mara había grabado la llamada con una aplicación abierta en la almohada. Es lo que hace cualquiera.

Antes de dormirse, reparó en algo que la mantuvo despierta una hora más: en la llamada no se habían tocado. Seguían separados por una ciudad entera, comunicados por un cable, con una distancia que era precisamente lo que los encendía.

Y les quedaban tres sesiones.

Seis. Once segundos

El lunes, ninguno de los dos mencionó la llamada.

Eso fue lo peor. Mara se sentó a las cinco menos cinco y, cuando él entró y saludó con naturalidad perfecta, comprendió que ambos habían decidido, en silencio, que el teléfono no contaba. Que seguían siendo colegas.

El lunes llegó con dos cafés. Los dejó sobre la mesa, uno al lado del otro, y cada cual cogió el suyo. Durante tres horas, los vasos permanecieron en sus sitios, respetando una tregua de una puntualidad insultante.

Lo cual era absurdo, porque el aire del estudio acumulaba ya siete sesiones de tensión física.

La octava sesión comenzó con el café. Bebieron, leyeron el octavo relato —el más explícito del libro—, y Damián lo interpretó con los pies descalzos y la garganta seca, mientras Mara lo escuchaba con los cascos grandes.

A la salida, en la puerta de la calle, él soltó una pregunta inesperada:

—¿Tú te quedas a cenar?

Mara dijo que sí. Cenaron en un bar de la calle Ave María, de pie, con dos cañas y una ración de bravas, hablando de la obra como dos compañeros de trabajo. No se tocaron en absoluto, pero ambos pensaban en lo mismo sin atreverse a nombrarlo.

En la novena sesión llegaron a la escena de la escalera. La de la página noventa y una.

—¿La leemos? —dijo él.

—Léela.

La leyó. «La tomó por la cintura y la folló. Y ella se dejó. Él tenía la mano abierta en el hueco de la espalda y ella subió un escalón, y luego otro, y él la subió con la mano, sin prisa, hasta que la tuvo contra la pared del rellano. Ella no dijo nada. Él tampoco. Solo se oía el edificio.»

Damián paró. La luz roja continuaba encendida. El silencio duró once segundos.

Mara los contó. Once segundos con la luz roja activa, dos personas separadas por un cristal y un espacio diminuto, sin que ninguno pulsara botón alguno. En ese intervalo, en la cabeza de Mara cabían tres certezas: estaba a dos metros de él; la puerta de la cabina se hallaba a su alcance; y él no había apagado la luz.

A los once segundos, Mara se levantó. Se acercó al vidrio y escribió con el dedo, sobre el vaho, una flecha que apuntaba a la boca de él.

Él la leyó. En lugar de contestar por el micrófono, se puso de pie frente a ella, al otro lado del cristal, a treinta centímetros de su cara, con los cascos puestos y el cable colgando.

Permanecieron así. Mara podía verle la garganta por debajo de la barbilla, el movimiento de tragar saliva que llevaba aguardando desde la tercera sesión. Él tenía las manos quietas a los lados.

Otros once segundos de pie, mirándose sin tocarse. Eso fue lo que Mara recordaría con mayor nitidez: los rostros cercanísimos y la contención.

Después, él regresó a su asiento, se colocó bien los cascos y dijo:

—Seguimos.

Continuaron. Y solo quedaba una sesión.

Siete. La última sesión

La décima sesión era la última, y de ella convenía hablar despacio.

Mara llegó a las cinco menos cuarto, tomó asiento y sacó el cuaderno con las manos frías. Lo había preparado por pura costumbre; en once años de oficio había aprendido que la mitad del trabajo consiste en tener algo que hacer con las manos mientras se piensa.

El último relato era «La intrusa», aquel que había elegido meses atrás para cerrar el libro. Trataba sobre una mujer que entra en una habitación donde un hombre lee en voz alta, se sienta en silencio y espera a que termine. Al final, ambos se quedan dormidos.

Ahora comprendía por qué lo había escogido. Berthier había escrito, sin saberlo, el guion de lo que le iba a suceder a una traductora de Madrid setenta años después.

Damián entró a las cinco. Se descalzó, ordenó los zapatos, preguntó si estaba lista y puso el dedo en el botón.

—Espera —interrumpió Mara.

—¿Qué?

—Léelo entero. De una vez. Sin parar.

—Son unos treinta y cinco minutos.

—Ya.

—Vale.

Lo leyó de una vez. Mara lo había oído cientos de veces, pero en aquella lectura advirtió que lo hacía más despacio de lo necesario, sin que nadie se lo hubiera pedido.

A los veinticinco minutos, se quitó los cascos grandes y se puso los de la sala. Fue un cambio deliberado: con los grandes, la voz del talkback resultaba abrumadora y necesitaba algo de distancia para escuchar el texto en lugar del hombre.

Leyó las cuatro páginas finales sin un solo tropiezo. Pronunció la última frase —y ella entró, y no dijo nada, y él siguió leyendo—, calló, y la luz roja siguió encendida.

Mara abrió la puerta de la cabina.

No meditó la decisión. Cruzó los dos metros con el cuaderno en la mano, con los cascos de la sala colgando tras enredarse en el respaldo de la silla. Llegó al umbral con el corazón en la boca.

Ocho. La cabina

No había un plan. Mara cruzó la sala, abrió la puerta y entró. El aire de la cabina estaba caliente, olía a plástico de cascos y a moqueta; era un metro cuadrado de suelo compartido.

Damián no dejó de leer. Tenía el dedo en el atril, en la última frase, y continuaba murmurándola en voz baja, sin micrófono, para sí mismo, mientras ella cerraba la puerta.

El cierre aisló el zumbido del exterior y redujo el entorno al eco íntimo de la cabina, con la luz roja encendida a treinta centímetros.

—Estás grabando —dijo ella.

—Ya lo sé.

—La toma sigue.

—Ya lo sé.

Mara se detuvo entre la puerta y la banqueta. Él la miraba sentado, con los pies descalzos sobre la alfombra gris.

—Si apago el botón, se acabó —indicó él—. Se acaba el libro.

—Pues no lo apagues.

Él se levantó sin quitarse los cascos, arrastrando el cable, y se situó a un palmo de distancia, con las manos quietas a los costados. Esperando.

Pasaron tres o cuatro segundos sin ninguna excusa de por medio: ni cristales, ni cables, ni llamadas.

Mara le puso la mano en la cintura.

Él la agarró de la cadera con firmeza y la alzó ligeramente. Cuando su sexo rozó el de ella por encima de la tela, ambos se inmovilizaron un instante, como si todavía existiera margen para otra decisión. Pero ya no.

Ella se apartó el pantalón a un lado. Él la subió en su regazo y Mara enredó las piernas a su alrededor, agarrándose al borde del atril para no caer.

Estaba empapada; él entró de golpe y el aire se le escapó a ella contra el hombro de él.

Entonces se detuvieron. Él la dejó inmóvil encima, con la polla dentro, y apoyó la boca en su garganta, sin llegar a besarla, conteniendo el ritmo. Mara comprendió: quería escucharla respirar, quería alargar el instante.

El cristal frío de la sala de control le presionaba la espalda a Mara, mientras el aire acondicionado zumbaba y el piloto rojo iluminaba la escena.

Él comenzó a moverse despacio, con torpeza por la postura, apoyado en los talones, y a Mara le dio igual. Tenía los pies descalzos de él entrelazados con los suyos y se aferró a su nuca musitando al oído:

—Más.

Y fue más.

Después la bajó, la apoyó de espaldas contra el cristal y el ángulo cambió. Mara se asió al marco de la puerta con una mano y a su nuca con la otra; él la sostuvo de los muslos hasta levantarla del suelo, y ella soltó una risa ahogada en su oreja al comprobar que reproducían exactamente la escena de la escalera del libro.

Más tarde, él volvió a sentarse en la banqueta con ella encima; desde allí, con las manos libres, el ritmo se hizo más hondo. Se enredaron con los cables de los cascos, y en un tropiezo uno de los zapatos de Damián cayó al suelo con un golpe seco que los hizo reírse en mitad de la urgencia.

Él se corrió primero, avisando tarde, y Mara continuó moviéndose hasta alcanzarló medio minuto después, con el rostro hundido en su pelo y la boca abierta, conteniendo el sonido por la disciplina de la cabina.

Tras el fulgor, el silencio duró casi un minuto. Permanecieron de pie, con la ropa descolocada, el frío del cristal en los omóplatos de ella y el contador de la toma corriendo inútilmente en el panel.

—La toma sigue —susurró Mara contra su hombro.

—Cuarenta y dos minutos y once segundos.

—Lo sabemos por el contador.

—Lo sabemos.

Él estiró un brazo y apagó la luz roja.

Salieron a las nueve y cuarto. Cenaron en el mismo bar de la Ave María, de pie, y esta vez hubo contacto: una mano en el brazo para explicarse algo, otra en la espalda al cruzar la puerta. Gestos pequeños que lo abarcaban todo.

Nueve. Los dos archivos

El audiolibro se publicó en noviembre. Nueve relatos, once horas y veinte minutos, leídos por Damián Serra, con el nombre de Mara en los créditos como traductora.

La decisión sobre la pista final la tomó Nerea, sin saber lo ocurrido. La toma buena duraba cuarenta y dos minutos y once segundos; en el minuto cuarenta y uno, el relato ya había concluido, pero se filtraban sonidos de fondo: una puerta, el aire acondicionado, una risa baja, un zapato cayendo al suelo. Nerea propuso cortar.

Mara se opuso. Una parte de ella deseaba la pulcritud, que nadie supiera lo que pasó en aquella cabina; la otra, la que había traducido a Berthier durante meses, exigía lo contrario. Ganó esta última. Berthier escribía sobre lo que sucede después del deseo, y lo que había ocurrido en la cabina era, precisamente, un zapato cayendo al suelo.

—No cortes —pidió Mara—. Se oye el estudio.

—Se oye todo.

—Se oye el estudio. Déjalo.

Y se quedó. Hoy, cuando el relato termina, la voz del lector se calla y dan paso treinta y un segundos de aire acondicionado y una risa anónima.

Mara lo escuchó una noche de diciembre en el sofá, con auriculares y la luz apagada. Al terminar, abrió el otro archivo.

Lo guardaba en el teléfono desde octubre, titulado simplemente llamada. Cincuenta y dos minutos de zumbido de fondo, la voz de Damián leyendo y su propia respiración haciendo trampas antes de entregarse.

Puso ambos audios superpuestos: el volumen del audiolibro bajo, el de la llamada alto. Se tumbó a escuchar a un hombre leyendo dos libros a la vez en la misma habitación.

En el primero, la voz pública era limpia y distante. En la llamada, la otra. La de trabajo. La comprimida, la que sonaba a dos centímetros de la piel. La segunda voz.

Mara eligió esa. Y se quedó dormida con los auriculares puestos, cumpliendo el destino del relato que había traducido en marzo sin comprender del todo por qué.

Aquel mes, al traducir la última frase sin saber nada de lo que vendría, había anotado en el margen de su borrador una frase que luego borró: esto no se puede traducir, esto hay que hacerlo

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