CAPÍTULO 1: LA LUZ DE LOS DIOSES
El viento cálido del mar Egeo azotaba con fuerza el rostro de Athenea.
A bordo de la patrullera pesada de la Marina griega que los trasladaba hacia el sur, un aroma a salitre, piedra caliza y oliva flotaba en el aire limpio de la mañana.
El sol brillaba con una intensidad cegadora, tiñendo la superficie del agua de un azul ultramar intenso.
Athenea permanecía apoyada contra la barandilla de babor de la cubierta principal, con los ojos entornados, observando cómo la silueta abrupta y rocosa de la isla de Anticitera comenzaba a recortarse en el horizonte.
En sus manos sostenía la tablet digital, donde el mapa hidrográfico de la zona mostraba las líneas de nivel que caían en picado hacia el abismo.
Sesenta metros de profundidad.
Un laberinto confinado de cavernas submarinas ocultas bajo un colapso de piedra caliza milenario.
—La luz de este mar no ha cambiado en más de dos mil años, Athenea —susurró una voz en su memoria, una voz que no pertenecía a Jax, sino a su madre, Helena.
El recuerdo de su infancia surgió de golpe, nítido y cargado de una nostalgia punzante.
Athenea cerró los ojos un breve segundo, dejándose arrastrar por el eco del pasado.
Tenía apenas seis años el día que su madre, una apasionada profesora de arqueología de la Universidad de Atenas, la llevó por primera vez al templo de Poseidón en el cabo Sunión.
Helena era una mujer menuda pero de un carácter indomable, con unos ojos verdes idénticos a los de Athenea que destellaban fuego cuando hablaba de la historia clásica.
Su padre, Santiago, un reconocido divulgador científico argentino de complexión robusta y risa fácil, andaba unos metros más atrás, cargando con las pesadas cámaras analógicas y los cuadernos de notas de campo.
Helena y Santiago se habían conocido precisamente allí, años atrás, en mitad del ajetreo de una campaña internacional.
Ella dirigía el yacimiento como jefa de arqueología de la misión, y él había llegado con sus equipos para filmar un gran documental de divulgación científica.
Unieron así la precisión de la academia clásica europea con la pasión indomable de desenterrar los secretos de la Tierra.
—Este suelo que pisas no es simple tierra, mi niña —le había dicho Helena aquel día en Sunión, arrodillándose a su lado y tomándole las manos pequeñas para que acariciaran el mármol blanco y desgastado de una imponente columna dórica—.
»Son los cimientos de la civilización.
»Cada piedra es un eco de los hombres que desafiaron a los dioses.
»Si aprendes a escuchar el silencio de las ruinas, la historia te revelará sus secretos mejor guardados.
Athenea había crecido así, transcurriendo su infancia de país en país, durmiendo en tiendas de campaña arqueológicas, camarotes de barcos de investigación y laboratorios de museos por todo el mundo.
Su madre le había enseñado la fabulosa y matemática arquitectura de Grecia, la perfección de los teatros antiguos y el misterio de los pecios fenicios y romanos que descansaban bajo las aguas de las islas Cícladas.
Toda aquella belleza clásica la fascinó de tal manera que, desde muy niña, supo que no quería ser otra cosa en la vida que arqueóloga.
Sin embargo, había un matiz en su carácter que la diferenciaba de la teoría académica de su madre.
A Athenea no le entusiasmaba únicamente la luz de los templos en la superficie, lo que realmente la volvía loca eran los lugares prohibidos y oscuros.
El día que cumplió diez años, durante una campaña en la isla de Creta, Athenea se coló a oscuras y a espaldas de sus padres en una gruta sagrada inexplorada.
Encendiendo una pequeña linterna de mano, se adentró gateando por las grietas de piedra, experimentando por primera vez una sensación de libertad absoluta e incombustible.
Descubrir que lo que verdaderamente le apasionaba era explorar lo que estaba oculto a los ojos del mundo, desenterrar los secretos que la tierra y el mar pretendían sepultar para siempre, fue la revelación de su vida.
Esa misma obsesión por los entornos confinados y la espeleología la llevó, años más tarde, a cruzar el océano Atlántico para estudiar en las aulas de la UNAM en México, donde el destino la estaba esperando con el nombre de Jax.
Una mano grande, cálida y bronceada se apoyó con una firmeza posesiva alrededor de su cintura por detrás, sacándola de sus pensamientos de golpe.
Athenea no necesitó girarse para saber quién era.
El calor del pecho de Jax se pegó contra su espalda.
—Estás demasiado callada, doctora Rossi —murmuró Jax al oído con su profunda voz, rozando sus labios por la línea de su cuello—.
»¿Buscando barcos enemigos en el radar o simplemente disfrutando del paisaje?
Athenea se relajó contra su cuerpo, dejando caer la tablet sobre el regazo y apoyando la cabeza en su hombro.
Al sentir el contacto directo de su piel templada por el sol, la mente de Athenea viajó un año atrás, retrocediendo de golpe al final de la misión de Brasil.
Recordó la llegada idílica a la remota isla de Boipeba.
Aquellas tres semanas de vacaciones absolutas que Jax le había regalado en un sobre tras derrotar a Cavalcanti habían sido la pausa definitiva para que la unión que habían creado juntos, esta vez, no se rompiese jamás.
El bungaló privado construido sobre palafitos directamente encima de una laguna de aguas turquesas se había convertido en su propio edén flotante.
Habían sido veintiún días de un aislamiento perfecto, operando bajo las reglas de una especie de luna de miel salvaje y sin tregua.
Athenea recordaba con un calor repentino en el vientre cómo los días enteros se difuminaban entre sábanas revueltas y el siseo perezoso de las palmeras.
Literalmente, apenas salían de la cama.
El deseo contenido durante dos años había estallado desde Argentina, pasando por Brasil y terminando en Boipeba con una fuerza primitiva, desprovista de trajes de neopreno, ordenadores o radares.
Su anhelo era demasiado fuerte.
Se habían amado a cualquier hora, devorándose bajo la brisa marina de las tardes y fundiéndose en encuentros lentos y sudorosos durante las noches tropicales.
Jax la poseía con una maestría y un hambre insaciables, adorando cada rincón de su anatomía desvestida, mientras ella se aferraba a su torso musculado, saboreando la paz de tenerlo por fin para ella.
Había sido un refugio reparador.
—Pensaba en lo mucho que nos costó llegar hasta aquí, Jax —confesó ella en un susurro en el presente, entrelazando sus dedos con los de él sobre la barandilla de la patrullera—.
»Y en las vacaciones de Boipeba.
»A veces temo que toda esta paz sea un espejismo.
Jax emitió un sonido grave de aprobación, y su mirada se clavó en el relieve escarpado de la isla que se alzaba frente a la proa.
—Boipeba fue solo el principio de nuestra tregua, amor, pero ese laberinto de cavernas que hay abajo a sesenta metros no va a tener ninguna piedad con nosotros —advirtió el ingeniero, transformando su chulería en esa seriedad técnica e implacable que la arqueóloga tanto respetaba—.
»Tendremos que entrar de lado, arrastrando las botellas de Trimix con sumo cuidado si no queremos quedar atrapados en mitad de la negrura líquida.
Athenea sonrió de medio lado con una mueca desafiante, y se giró entre sus brazos para clavar sus ojos verdes en los de él.
—¿Acaso el gran ingeniero hiperbárico le tiene miedo a un puñado de piedras calizas? —le picó con una sonrisa pícara.
Jax la acercó más contra su cuerpo con una fuerza posesiva que le aceleró el pulso, y sus ojos parpadearon con ese fuego contenido que anticipaba la noche.
—No tengo miedo y lo sabes, pero mi prioridad es protegerte, doctora Rossi —le respondió él, rozando sus labios en un beso dulce, pausado y profundo antes de erguirse por completo sobre la cubierta—.
»Prepara los mapas.
»El capitán dice que entramos en la ensenada de Anticitera en diez minutos.
»La historia nos está esperando abajo.








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