Chapter 1 -La hija que volvió
Lucía
Practiqué la sonrisa en el reflejo de la ventanilla del taxi. La reja de la casa se abrió antes de que terminara.
Había aterrizado en Miami esa mañana. En Coral Gables, las fachadas claras y los muros cubiertos de buganvillas me resultaban familiares, pero el calor parecía más pesado de lo que recordaba. El taxi se detuvo frente a la escalinata. Bajé con una maleta pequeña y miré hacia el jardín.
Habían arrancado los rosales de mi madre.
A los veintidós años podía rechazar la venta por teléfono. Ramiro, sin embargo, me había llamado tres veces en una semana para pedirme que volviera. Yo quería saber por qué necesitaba mi firma con tanta urgencia.
Antes de tocar el timbre, cerré los ojos.
Señor, dame claridad. Y no permitas que haga daño a quien no lo merece.
La puerta se abrió.
—Lucía. Ven aquí, sobrina.
Ramiro Salcedo me abrazó. Reconocí su voz antes que el olor de su colonia.
La noche en que murieron mis padres, me escondí en el armario del despacho. Tenía doce años. A través de la rendija vi a Ramiro apuntar a mi padre. Después del primer disparo, mi madre corrió hacia él. Ramiro volvió a disparar.
Cuando llegó la policía, dije que no había visto nada. Ramiro creyó que yo había dormido durante el supuesto robo. Poco después me envió a un internado fuera del país.
—Pensé que cambiarías de opinión —dijo él, separándose.
—Te prometí que vendría, tío.
En el vestíbulo, el aire acondicionado me enfrió la piel. El reloj junto a la escalera seguía atrasado siete minutos, como cuando mi padre vivía. Una empleada llevó mi maleta a la antigua habitación.
Ramiro me condujo al salón. Había café y una carpeta azul sobre la mesa. Preguntó por mis estudios; respondí lo suficiente para parecer cómoda. Él abrió la carpeta antes de que termináramos las tazas.
—Tus padres te dejaron una participación importante en el grupo —dijo—. Quiero que empieces a formar parte de las decisiones.
Bajé la mirada. Desde que cumplí dieciocho años había pedido informes y estudiado las cuentas de los negocios familiares. Ramiro contestaba mis preguntas con cartas amables y documentos incompletos. Todavía creía que yo me conformaba con sus respuestas.
—No sé casi nada de la empresa —dije.
—Para eso estoy yo. Vamos a vender algunos negocios que ya no dan resultado. El inversionista vendrá a cenar mañana. Si todo sale bien, firmaremos a finales de mes.
Me mostró una hoja. Reconocí dos hoteles: uno en Miami Beach y otro en los Cayos. Debajo figuraba Marina Azul, una empresa de servicios que no aparecía en los informes que él me enviaba.
—¿Debo firmar mañana?
—Tendrás tiempo de revisar los papeles.
—Entonces tendré que hacerte muchas preguntas.
—Qué considerado, papá —dijo una voz desde la puerta.
Valeria entró mirándome de arriba abajo. Me besó en la mejilla y ocupó el sofá junto a su padre.
—Prima, hace tanto que casi no te reconozco. Espero que no te aburras aquí; hablamos de negocios incluso durante la cena.
—Me acostumbraré.
Valeria vio la hoja en mis manos.
—Papá, no la abrumes el primer día. Para entender esa venta tendría que conocer todo lo que ha pasado desde que se fue. Yo puedo explicarle lo básico.
Dejé el papel sobre la mesa.
—Te lo agradecería. Quiero entender bien lo que voy a firmar.
Valeria tardó un instante en responder.
—Por supuesto.
—Mañana conocerás a Adrián Vega —dijo Ramiro, cerrando la carpeta—. Es el inversionista.
Valeria se volvió hacia él con una sonrisa que no había mostrado al hablar de la venta.
—También puedo ayudar a Lucía a elegir qué ponerse.
—Gracias, prima —dije.
Ramiro salió a atender una llamada. Valeria lo siguió poco después, no sin antes recordarme cuánto se había ocupado su padre de mí. Esperé a quedarme sola para sacar una libreta del bolso y escribir un nombre: Marina Azul.
Sabía quién había matado a mis padres. Aún no tenía pruebas de quién había ayudado a Ramiro a encubrirlo. Si él quería deshacerse de aquella empresa, yo necesitaba averiguar qué guardaba antes de que se cerrara la venta.
Guardé la libreta al oír pasos. Ramiro regresó acompañado de un hombre alto cuyo abrigo estaba húmedo por la lluvia.
—Adrián ha venido a revisar unas cifras conmigo antes de la cena de mañana —dijo—. Lucía, te presento a Adrián Vega.
Me levanté y le tendí la mano.
—Mucho gusto.
—Igualmente —respondió él.
Adrián miró la carpeta que Ramiro llevaba bajo el brazo. Luego me miró a mí. Desde el pasillo, Valeria nos observaba.
Había vuelto preparada para engañar a mi tío. Todavía no sabía cuánto tendría que ocultarle al hombre que acababa de entrar.








