Prólogo
Hay historias que comienzan con una despedida, otras con una promesa. La mía comenzó con una serie de acontecimientos que, en su momento, parecían no tener importancia.
Nadie nos advierte cuándo una persona está a punto de convertirse en un recuerdo, ni cuándo una conversación aparentemente insignificante terminará ocupando un lugar permanente en nuestra memoria.
Supongo que esa es una de las particularidades más extrañas de la vida: nunca conocemos el verdadero significado de las cosas mientras están sucediendo.
Durante mucho tiempo creí que las personas eran exactamente lo que mostraban. Que las palabras significaban lo que decían y que los silencios no eran más que ausencia de respuestas.
Qué equivocada estaba.
Hay silencios que esconden explicaciones, sonrisas que disimulan verdades y personas que, sin proponérselo, terminan alterando el curso de una historia que creíamos tener bajo control.
Tampoco sobre decisiones correctas o equivocadas.
Esta no es una historia sobre personas buenas o malas.
Es una historia sobre aquello que ocurre cuando las emociones contradicen nuestras propias convicciones; sobre las versiones que construimos de los demás y que con el tiempo, descubrimos de nosotros mismos.
Quizá algunos acontecimientos nunca debieron suceder. Quizá otros fueron necesarios para comprender lo que permanecía oculto.
No lo sé.
Lo único que sé es que, si alguien me hubiera dicho que todo comenzaría de aquella manera, probablemente no le habría creído. Porque, al final, las historias que más nos cambian rara vez anuncian su llegada.
Y esta…








