Prólogo
River, 10 años. Julio de 2005
Miré a mis padres y luego a la mesa que nos separaba antes de volver a mirarles a ambos. Esperaba a que alguno de los dos hablara.
Iba a ir pronto a casa de Maddy; teníamos toda una tarde de diversión planeada. Su hermana mayor nos iba a pintar las uñas de las manos, las de los pies e incluso a rizarnos el pelo. El mío ya era muy ondulado, pero ella dijo que podía hacerme un recogido.
Estaba muy emocionada. Solo deseaba que mi mamá y mi papá se dieran prisa y hablaran.
Mi mamá solo llevaba dos días en casa y sabía que pronto se iría a Nueva York otra vez. Siempre era igual. Se quedaba unos días, diez como mucho, y luego se marchaba unas dos semanas. Papá decía que su trabajo era muy importante y que tenía que estar mucho tiempo fuera. Ya estaba acostumbrada. Siempre había sido así. Y, aunque me sentía un poco mal al decirlo, prefería pasar tiempo con mi papá que con mi mamá. Era una niña de papá. Éramos mejores amigos. Me llamaba cosas como calabacita o terroncito. Me preparaba s'mores, me ayudaba a hornear cupcakes para la venta del colegio y me arropaba cada noche aunque estuviera trabajando. Se aseguraba de llegar a casa aunque solo fuera por diez minutos.
Mi mamá no hacía nada de eso. Quería a mi mamá, pero nunca me abrazaba ni me besaba como papá. Papá nunca salía de casa sin besarme en la frente y decirme que me quería. La única vez que mamá me abrazaba era cuando se iba a sus viajes de negocios y siempre sentía que era más por complacer a papá que porque realmente quisiera despedirse con un abrazo.
Uno de ellos se aclaró la garganta. No estaba segura de quién, tal vez mi papá. Le miré y me sonrió. Pero su sonrisa era diferente. No era como las que solía dedicarme.
«River, tu padre y yo queremos que sepas que ambos te queremos mucho». Ella respiró hondo y cerró los ojos; sabía que lo que venía después no sería bueno. Siempre respiraba hondo antes de regañarnos a mí o a papá. «Y nos tenemos mucho cariño, pero a veces es mejor que las mamás y los papás vivan separados».
Y ahí estaba. Mi mamá se quedó sentada jugando con el collar que llevaba puesto. Miraba a cualquier parte menos a mí o a papá. Miré a papá y se veía... triste, muy triste, pero intentaba disimularlo como podía. Eran sus ojos, parecían perdidos.
Mi mamá hablaba de nuevo, pero no podía escuchar lo que decía. En su lugar, seguía mirando a mi papá. Solo quería asegurarme de que estuviera bien. Me inquietaba verle tan incómodo.
«...y obviamente creo que lo mejor es que te vengas conmigo a Nueva York. Te gustará. Tienen buenos colegios. Pensaba tal vez en un colegio preparatorio solo para chicas. Podemos ir juntas a echar un vistazo». Dejé de mirar a papá y me centré en mi mamá. Se veía tan segura de todo y tan perfecta sentada ahí. Ni un pelo fuera de lugar. Yo no me parecía en nada a mi mamá. Me parecía a mi papá. Físicamente, éramos muy diferentes. Ella tenía el pelo de color chocolate perfectamente liso y unos ojos marrones preciosos. Mi pelo era un desastre rebelde de rubio claro, igual que el de mi papá.
«No», solté de golpe.
Mi mamá se quedó sentada, con la boca abierta, mirándome. Nadie le decía nunca que no. Jamás.
«River, cariño. ¿Qué quieres decir con que no?». Mi padre me miró con preocupación. Sus ojos verdes, que eran iguales a los míos.
«¿Por qué os vais a divorciar?»
Se miraron incómodos. Mi mamá se removió un poco en su asiento. Volvió a tocarse el collar.
«A veces la gente simplemente se distancia. Pasa todo el tiempo», dijo como si nada. «Y cuando eso ocurre...» su voz flaqueó apenas un instante.
«...a veces la gente conoce a otra persona. Sinceramente, River, pasa todo el tiempo, pero eso no significa que tu padre y yo nos queramos menos. Solo significa que ya no podemos seguir casados». Me sonrió. Una sonrisa de verdad.
«¿O sea que le fuiste infiel y ahora quieres que me vaya a vivir contigo y con tu nuevo novio a Nueva York?». Fue solo un segundo, pero mi papá sonrió. Rápidamente lo ocultó antes de volverse hacia mí: «Aquí no estamos culpando a nadie, calabacita. Y no es una decisión que hayamos tomado a la ligera».
«Vale. Pero sigue siendo un no. No me voy a mudar a Nueva York. No voy a dejar a papá, ni mi casa, ni a mis amigos. Y no quiero vivir contigo ni con tu nuevo novio», le espeté a mi mamá.
Ella me lanzó una mirada furiosa, conteniéndose, antes de sonreír con dulzura. Pero la sonrisa no tenía nada de dulce; podía ver la rabia en sus ojos. Mi mamá no estaba contenta.
Aunque no sabía por qué. Nunca le gustó pasar tiempo conmigo como a papá. Nunca tuvimos momentos de chicas; eso lo hacía con mi abuela. Así que no entendía por qué estaba tan decidida a que me fuera a vivir con ella.
«River, cielo». ¿Cielo? ¿En serio? Era la primera vez que le oía decir eso. «Todo el mundo sabe que, cuando una pareja se divorcia, los hijos siempre se van a vivir con la madre. Es lo que hay». Lo entendí. En realidad no quería que me fuera a vivir con ella, lo hacía porque era lo que todo el mundo esperaba.
«Sigue siendo un no. No quiero vivir contigo. Y no quiero conocer a tu novio nunca. No puedes obligarme a irme contigo. ¿A que no, papá?». Le miré buscando tranquilidad. Se inclinó sobre la mesa y tomó mi pequeña mano con la suya. Luego miró a mi mamá y se pasó la otra mano por la cara. Se veía cansado, mucho más de lo habitual. Mi papá era el sheriff de nuestro pueblo y siempre trabajaba muy duro.
«Kendra, quizá deberíamos hablar sobre dejar a River aquí. Sería lo mejor. No interrumpiría su colegio. ¿Podría ir a Nueva York para el instituto más adelante?»
O tal vez nunca, pensé. «River, ¿por qué no nos dejas un rato a tu madre y a mí para hablar de esto? ¿No habías dicho que ibas a casa de Maddy esta tarde?»
Me levanté de la mesa, abracé a mi papá y le di un beso en la sien. Olía a bosque y a sábanas limpias. Quería tanto a mi papá; sabía que lucharía por mantenerme a su lado.
Así que esa tarde fui a casa de Maddy, me pinté las uñas y me hicieron el pelo. No lloré hasta que llegué a casa. Lloré porque sabía que mi papá estaba triste. Quería mucho a mi mamá. Lloré porque, aunque mi mamá y yo no teníamos la relación que yo tenía con mi papá, aun así la echaría de menos. Lloré porque sabía que, ahora que se iba a Nueva York, nunca llegaríamos a tener ese tipo de relación. Y lloré porque, de repente, mi familia pasó de ser de tres miembros a ser de dos. Lloré porque no podía evitar sentirme traicionada por mi mamá. ¿Cómo pudo hacernos esto como familia?
Mi mamá no se quedó mucho tiempo ese fin de semana. Empacó sus cosas y metió en cajas sus objetos más grandes para que papá se los enviara. Ese fin de semana descubrí que su nuevo novio se llamaba Grayson Mathers y que era más joven que ella. Oí a mi papá hablar con mi abuela. Dijo que la aventura duraba ya casi un año y que él era el hermano de un compañero de trabajo que ella conoció en algún evento al que asistió.
Antes de marcharse aquel fin de semana, me atrajo hacia ella y me abrazó con fuerza, algo que rara vez hacía, y todavía recuerdo pensar en aquel momento que aquello sabía a despedida.
Y así fue.
Mi mamá mantuvo el contacto con frecuencia los dos primeros años. Venía a verme a menudo y hablábamos por teléfono y por mensajes de texto. Siempre venía a mis fiestas de cumpleaños y siempre sola. Había dicho muchas veces que no quería conocer a Grayson. Odiaba a ese hombre por romper el corazón de mi papá. Pero con el paso del tiempo, y al darse cuenta de que nunca la perdoné de verdad, las visitas fueron menos frecuentes, al igual que las llamadas. Y cuando cumplí 16 años, no la vi en todo el año. Ni el año que cumplí 17.