En el borde
Avanzo por la orilla de la playa completamente sola.
A un costado el sonido del mar es lo único que acompaña el arrastre de mis pies descalzos sobre la arena, su brisa rozando contra mi piel; a mi otro costado un bosque brota en arena que pronto se convierte en barro, los árboles generan una densa sombra sobre la arena, opaca bajo la luz de la luna llena.
Al alzar mi mirada veo el cielo plagado de estrellas que dejan caer su luz sobre mis ojos apagados, bebo de su luminiscencia como si nada se fuese a interponer en mi camino, las miro mientras avanzo, viendo como pronto se me adelantan, como superan mi velocidad sin ningún esfuerzo, abrazadas sobre el manto de oscuridad impenetrable que me cubre.
Bajo la mirada nuevamente a la arena, de a poco las cosas empiezan a hacer sentido.
La marea, estruendosa pero serena azota contra las rocas de la orilla y llena de espuma sus recovecos, humedece la arena que se encuentra a pocos metros de mi y retrocede en un ritmo que parece seguir el lento vaivén de mi pecho. Al mirar los roqueríos y sus accidentes, siento de alguna forma los cortes irregulares de mi alma, el cordón de piedras se siente demasiado familiar, casi parece llamarme a que recorra su camino.
A pesar de que no hay forma de comprobarlo, de nunca haber estado aquí antes, de a poco comprendo que sé perfectamente que es este lugar.
Llevo una mano a mi pecho.
No recuerdo haber muerto.
Y sin embargo puedo sentir como mi pecho parece expandirse por inercia, pues entre mis costillas no puedo sentir latido alguno.
Sé a donde tengo que ir ahora, pero mis pies no quieren llevarme. Con mi instinto pidiendo que me acerce al bosque, prefiero caminar hacia la costa.
A pesar de que sé que el bosque no pueden ser más que árboles, un miedo irracional en mi teme que me encuentre a mi misma. no en un nivel corpóreo, no pienso en un cuerpo ni en pertenencias, sin embargo, dando una mirada hacia atrás con la esperanza de penetrar en el denso mar de troncos desde la distancia que he tomado, siento aún más fuerte esa sacudida nacida completamente del instinto que sabe que los frutos de aquellos árboles no pueden ser más que mis propios frutos que no maduraron, no pueden ser nada más que el futuro que no tuve y los días que nunca pude vivir.
Con la decisión consciente de cerrar los ojos frente a mi verdad, me acerco a la orilla lo suficiente para sumergir mis pies en sus frías y diáfanas aguas que se extienden hacia el infinito, hasta donde la niebla me permite observar. Levantó un poco mi falda para sus bordes no se empapen y cierro mis ojos esperando poder sentir algo, lo que sea que me diga que estoy equivocada.
Con la frente en alto, miro al cielo, al mismo cielo que ahora parece desplazarse sólo un poco más rápido, dejándome olvidada en una isla estancada. Aunque yo pueda ver a las estrellas, ellas no pueden verme, ignoran completamente mi existencia, mi vida y mi muerte.
Las miro con lástima, lástima por ellas y por mi misma. En el fondo, ellas y yo somos las únicas que nos apagamos.
Aun cuando pasen los años, los siglos, el mar seguirá rugiendo, el viento seguirá soplando y los árboles seguirán creciendo, constantemente dando fruto, constantemente volviendo a nacer. Lo han hecho desde antes que comenzara mi existencia y ahora, que he llegado a su fin, seguirán haciéndolo.
Y aun si tanto como yo como las estrellas somos mortales frente a un escenario perpetuo e imperturbable; mis años siguen siendo patéticos, efímeros ante la eterna vida de la naturaleza.
Las estrellas se ven borrosas frente a mis ojos llorosos, prefiero cerrarlos, sabiendo que mi corta vida en este paisaje debe ser nada más que un desesperado respiro, nada más que un breve parpadeo, un débil e inaudible latido.









Ohhh me encantó ♥️