I.
JEON JUNGKOOK!
A pesar de la música, el sonido de su nombre se oía cada vez más fuerte. Por fin, el atractivo y famoso multimillonario griego, había ido a Star Valley.
Park Jimin puso una mueca al ver que mucha gente hacía comentarios y miraba asombrada hacia la zona VIP de la discoteca. ¿Un multimillonario atractivo? Sí, claro. Según su experiencia, todos los multimillonarios eran feos. Al menos en personalidad. Ningún hombre se hacía rico sin corromperse.
No obstante, el tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Jimin estaba trabajando como camarero, después de haber impartido clases de esquí a niños y trabajado como dependiente en una tienda de ropa. No podía parar de bostezar, y todavía le quedaba una noche entera de trabajo por delante. Tratando de espabilarse, se puso a servir copas.
–Jeon Jungkook. ¿Puedes creer que finalmente ha venido? –preguntó Lexie, otra de las camareras.
–Sería estúpido que no viniera, después de haberse comprado una casa aquí –Jimin había trabajado en el equipo de limpieza que preparó la casa seis meses atrás, justo después de que el hombre la comprara por treinta millones de dólares. Jimin sirvió otra cerveza y preguntó–: De todos modos, ¿qué tipo de nombre es Jungkook?
–Es tan rico y tan atractivo que puede tener el nombre que quiera. ¡Yo me convertiría en la esposa de Jeon Jungkook sin pensarlo! –mirando hacia la esquina de la barra, Lexie se ahuecó el cabello–. ¡Tengo mucha suerte de que se haya sentado en mi zona!
–Mucha suerte –contestó Jimin con ironía–, puesto que he oído que acaba de romper con su novia.
–¿De veras? – Lexie se desabrochó otro botón de la blusa y se apresuró hacia la zona VIP.
Jimin continuó sirviendo copas detrás de la barra. El Atlas Club estaba lleno esa noche. Era la última noche del festival de cine de marzo y la ciudad estaba más llena de lo habitual.
No era extraño que hubiera multimillonarios en Star Valley, una estación de esquí situada en las montañas de Idaho. La temporada más frecuentada era la Navidad, cuando los ricos llevaban a sus familias a esquiar. Sin embargo, Jimin era consciente de que, igual que no había copas gratis, tampoco había príncipes azules. Cuanto más rico y ambicioso era un hombre, más oscura era su alma.
Otra camarera se acercó a la barra y dijo:
–Tres mojitos, uno sin azúcar.
Jimin suspiró. Se dio la vuelta para preparar los cócteles y, vio a un chico rubio con un pantalón rojo tratando de pasar inadvertido por delante de la barra.
–¿Taehyung? –dijo Jimin con incredulidad.
Su hermano de diecinueve años lo miró.
–Um. Hola, Jimin.
–No puedes estar aquí. ¡Eres menor de edad! ¿Cómo has entrado?— el hermano se sonrojó.
–Yo... Le dije a Alonzo que tenía que hablar contigo porque mamá había tenido una emergencia.
–Mamá...
–Está bien. Te lo prometo. Estaba dormida cuando me marché –Taehyung enderezó los hombros–. He oído que Jeon Jungkook está aquí.
Oh, no. Su hermano pequeño también.
–¡No hablas en serio!
–Sé que piensas que solo soy un niño, pero tengo un plan –Taehyung alzó la barbilla–. Voy a seducirlo. Lo único que tengo que hacer es agujerear el preservativo para quedarme embarazado y que se case conmigo. Así se acabarán nuestros problemas.
Jimin miró a su hermano boquiabierto. No podía creer lo que estaba oyendo.
–No.
–Funcionará.
–¿Te arriesgarías a quedarte embarazado de un hombre que no conoces?
–Tengo la oportunidad de conseguir todo lo que siempre he deseado, y voy a aprovecharlo. Al contrario que tú, que te pasas el día hablando de tus grandes sueños, ¡pero no haces nada! ¡Eres una cobarde! Voy a vivir la vida de mis sueños –continuó Taehyung–. Dejaré de preocuparme por las facturas. Tendré joyas y viviré en un castillo –miró a su hermano–. Quizá tú has abandonado tus sueños, Jimin, pero yo no.
Cinco años más joven que Jimin, Taehyung siempre había sido el niño mimado de la familia. Sin embargo, al verlo con ese pantalón rojo ajustado y los zapatos negros de charol, Jimin se dio cuenta de que su hermano se había convertido en un bello hombre. Quizá tuviera la oportunidad de llevar a cabo su terrible plan.
–No lo hagas –le dijo–. No puedo permitir que lo hagas.
–Intenta detenerme –dijo Taehyung, y desapareció entre la multitud.
Durante un momento, Jimin se quedó paralizado. El agotamiento, el shock y el miedo siempre estaban presentes desde que conocían el diagnóstico de su madre.
El plan de Taehyung para casarse con Jeon Jungkook solo podía ser una broma.
–Espera –dijo Jimin, y comenzó a seguirlo. Solo consiguió chocarse con otra camarera y tirar una botella de vodka de la estantería al suelo. Mientras la otra camarera blasfemaba en voz alta, Jimin oyó que los clientes se reían y aplaudían a modo de burla.
–¿Qué te pasa? –le preguntó la compañera.
Con el corazón acelerado, Jimin agarró la escoba y barrió los cristales del suelo. Después, se volvió hacia Monty y dijo:
–Cúbreme.
–¿Qué? ¿Estás loco? No puedo ocuparme de toda...
–Gracias –respirando hondo, se dirigió hacia la esquina más oscura del bar.
Al recordar las palabras de su hermano, se estremeció.
«Lo único que tengo que hacer es agujerear el preservativo para quedarme embarazado y que se case conmigo».
Enderezando los hombros, Jimin se dirigió hacia la zona VIP y vio que su hermano estaba sentado en la mesa de Jeon Jungkook.
De pronto, el multimillonario se volvió, como si hubiese notado la mirada de Jimin.
Sus ojos oscuros brillaban en la oscuridad. El se estremeció. Incluso el nombre de aquel hombre resultaba tremendamente sexy.
¿Qué le pasaba? Se preguntó al ver cómo había reaccionado su cuerpo. Los rumores sobre él eran ciertos. El hombre era muy atractivo. ¿Y qué? Eso solo significaba que sería todavía más egoísta. Y despiadado.
No podía permitir que él destrozara la vida de Taehyung, y de su posible bebé. Apretando los dientes, avanzó hacia delante.
Jeon Jungkook, un multimillonario de treinta y seis años, único heredero de la fortuna de la familia Jeon y el playboy más famoso del mundo, estaba aburrido.
Incluso allí, en unas montañas de Norteamérica, estaba aburrido junto a una copa de whisky.
Todas las mujeres y hombres de las discotecas eran iguales, y aunque sus ojos fueran marrones o azules, negros o verdes, todos brillaban de la misma manera, demostrando que estaban dispuestas a hacer lo que fuera para poseerlo.
Su dinero. Su estatus. Su cuerpo.
Esto último, nunca le había importado demasiado a Jungkook. Normalmente, él se aprovechaba de todo lo que le ofrecían y no se sentía culpable. Las mujeres y hombres cazafortunas sabían bien lo que hacían. Confiaban en seducirlo a través del sexo para conseguir matrimonio. Él sabía bien cómo jugar el juego. Disfrutaba de los placeres sensuales cuando se los ofrecían y se olvidaba de ellos con rapidez.
Había estado tan ocupado durante el invierno, viajando constantemente para conseguir el control de una nueva empresa que ni siquiera había sido capaz de visitar el lujoso chalé que se había comprado meses antes en Star Valley. Esos días coincidía que su pareja, Im Yoona, le había pedido que la acompañara al Festival de Cine de Star Valley, donde iban a presentar su primera película. Era un monólogo de tres horas grabado en blanco y negro, que Yoona consideraba una gran película.
Yoona se había quedado destrozada cuando la noche anterior el público criticó, e incluso abucheó, su película. Después de llorar un buen rato en el chalé, ella le pidió que la llevara a Nepal en avión, ya que allí podría desaparecer para siempre.
Cuando Jungkook se negó a dejarlo todo para llevarla a Nepal, ella lo acusó de no apoyarla en sus sueños y rompió con él antes de marcharse. Jungkook se quedó en Star Valley. Había llegado hacía poco y apenas había pasado tiempo en su casa nueva. Ni siquiera había tenido la oportunidad de practicar snowboard antes de viajar a Sídney al día siguiente por un tema de negocios.
De pronto, Jungkook se alegró de que se hubiera marchado. Llevaba aburrido mucho tiempo. No solo con Yoona, sino con todo. Había pasado los últimos catorce años convirtiendo el imperio que había heredado a los veintidós años, en una empresa mundial que vendía y transportaba todo tipo de cosas. Jeon Enterprises era el amor de su vida, pero incluso su empresa se había convertido en algo poco atractivo.
Jungkook trató de no pensar en ello. Había pasado todo el día en la montaña, pero ni siquiera lo había disfrutado tanto como pensaba que lo iba a disfrutar, y había terminado el día más enfadado de lo que lo había empezado.
Así que esa noche había decidido salir. Pensaba que quizá su humor mejoraría después de un encuentro apasionado con un chico o una mujer atractiva a la que no tuviera que volver a ver.
No obstante, mientras miraba al chico rubio que le contaba una larga y aburrida historia, Jungkook supo que se había equivocado. Debía marcharse. E incluso salir hacia Sídney esa misma noche. Al día siguiente, le diría a Yeonhee que pusiera en venta el chalé de la estación de esquí.
–Disculpa –dijo él. Dejó dinero sobre la mesa para pagar la copa y comenzó a levantarse.
Entonces, se quedó paralizado. Al otro lado del bar, estaba él.
El tiempo parecía haberse detenido y un escalofrío recorrió su cuerpo. La música, las luces, la gente... Todo pasó a segundo plano.
Aquel chico era un dios.
Tenía el cabello oscuro y sus ojos eran negros y rasgados, con espesas pestañas. Sus labios, con forma de corazón y de color rojo intenso.
Iba vestido con una camisa de cuadros sin mangas y unos pantalones vaqueros. Ambas prendas resaltaban las curvas de su cuerpo.
Aquel dios se dirigía directamente a su mesa y él notó que se le secaba la garganta.
El guardaespaldas lo detuvo en la escalera.
El chico rubio que estaba en su mesa seguía hablando sin parar. Él se había olvidado de que estaba allí.
–Debes irte –le dijo.
–¿Irme? –el chico puso una amplia sonrisa–. ¿Quieres decir, a tu casa?
Sin escucharlo, Jungkook le hizo un gesto al guardaespaldas para que dejara pasar al chico moreno.
El chico avanzó hacia Jungkook y él se fijó en su manera de mover las caderas.
¿Qué era lo que le resultaba tan atractivo?
Fuera lo que fuera, el aburrimiento pasó a segundo plano. Todo su cuerpo había reaccionado al verlo.
No obstante, el hombre apenas lo miró a él, sino que se volvió hacia el chico rubio que estaba en la mesa.
–Ya está bien. Vamos.
–¡No puedes mandar sobre mí, Jimin! –contestó el chico.
«Jimin», un bonito nombre de cuento de hadas para un chico que parecía un príncipe descarado capaz de tentar a cualquier hombre para que se comiera una manzana envenenada. Jungkook hizo todo lo posible para contenerse y no levantar al otro chico de la silla.
–Has de marcharte –le dijo con amabilidad–. Estaría encantado de pagarte las copas, pero...
–¿Copas? –Jimin lo miró enfadado–. Mi hermano es menor de edad, señor Jeon. ¿Cómo se atreve a ofrecerle alcohol?
–¿Su hermano? ¿Menor de edad? –Jungkook miró al chico rubio y después a Jimin–. ¿Para eso ha venido hasta aquí?
Jimin frunció el ceño.
–Créame, le estoy haciendo un favor, señor Jeon. Taehyung tenía la maravillosa idea de seducirlo para que se casara con el.
Jungkook se quedó boquiabierto al oír que hablaba con franqueza.
–¡Cállate! –exclamó el chico–. ¡Lo estás estropeando todo!
–Quiere casarse con un millonario. Cualquier millonario valdría –miró a Jungkook–. Por favor, discúlpelo por ser tan estúpido. Solo tiene diecinueve años.
Su forma de mirarlo indicaba todo lo que no decían sus palabras.
«¿Qué clase de hombre de su edad saldría con un adolescente?»
El provocó que se sintiera como un viejo, con solo treinta y seis años.
–¡Te odio! –exclamó el hombre rubio.
–Taehyung, vete a casa antes de que le pida a Alonzo que venga a sacarte a la fuerza.
–¡No te atreverías! –exclamó Taehyung–. ¡Está bien! –espetó poniéndose en pie para marcharse.
–¡Y ni se te ocurra contarle a mamá lo que pensabas hacer! –le gritó Jimin antes de volverse hacia Jungkook–. Siento la interrupción, señor Jeon. Buenas noches.
Cuando se disponía a marcharse, él le agarró por la muñeca.
Tenía la piel muy suave y Jungkook notó que una ola de calor lo invadía por dentro. También percibió que, al tocarlo, el respiró hondo.
Jungkook lo miró.
–Espera.
–¿Qué quiere?
–Tómate una copa conmigo.
–No bebo.
–Entonces ¿qué estás haciendo en un bar?
–Trabajar. Soy camarero.
¿Trabajaba para ganarse la vida? Se fijó en sus manos.
–Tomate unos minutos. Tú jefe lo entenderá.
–No –contestó el, mirándolo a los ojos. Jungkook frunció el ceño.
–¿Estás disgustada porque estaba hablando con tu hermano? No me interesa.
–Bien –retiró la mano para soltarse–. Por favor, discúlpeme.
–Espera. ¿Te llamas Jimin? Jimin, ¿qué más?
Mirando hacia atrás, el soltó una risita y él se estremeció.
–No tiene sentido decírselo.
–Pero tú sabes mi nombre.
–No porque quiera. Todo el mundo habla de usted. Al parecer es un buen partido –dijo con ironía.
Jungkook nunca había recibido un comentario así por parte de un hombre.
Intentó comprenderlo.
–¿Estás casado?
–No.
–¿Comprometido?
–Estoy trabajando –comentó el, como si él no supiera de qué hablaba–. los y las camareras necesitan que les pase las comandas.
Jungkook lo miró.
–¿De veras prefieres trabajar que tomarte algo conmigo?
–Si no sirvo copas, disminuirán las propinas de todas los demás. Y dificultará que puedan pagar el alquiler. No todo el mundo tiene una casa de treinta millones de dólares pagada en efectivo.
Así que se había fijado en su casa. E incluso sabía el precio.
–La mayor parte de las personas dejarían su trabajo para pasar una noche conmigo...
–Pues tómese una copa con uno de ellos –dijo Jimin, y se marchó sin mirar atrás.
Jungkook se quedó unos minutos sentado y en silencio. Estaba solo en la mesa y apenas oía el ruido de la música, ni veía a las mujeres o hombres que paseaban y bailaban de forma provocadora delante de él. Miró a Namjoon y vio que él hacía una mueca. Exactamente lo que Jungkook estaba pensando. La misma música, el mismo local, la misma gente.
Con una excepción. ¿Quién era Jimin y por qué no podía imaginarse una noche que no terminara con el en su cama?
–Puedes marcharte –Jungkook le dijo a Namjoon después de ponerse en pie. Su guardaespaldas sonrió.
–¿Quiere que deje el coche?
–Encontraré manera de irme a casa. Dile al piloto que quiero marcharme a primera hora de la mañana.
–Por supuesto. Buenas noches, señor Jeon.
Jungkook atravesó el local, sorteando a la gente que se echaba a un lado para dejarlo pasar. Las personas lo miraban con envidia y con deseo. Él solo tenía un objetivo. Cuando llegó a la barra, Jimin lo miró desde donde estaba sirviendo una copa.
–¿Qué hace...?
–Dime tu apellido.
–Se apellida Park –dijo otra camarera–. Park Jimin.
–Un bonito nombre –comentó Jungkook, ladeando la cabeza.
–No creo que pueda ser muy crítico –soltó el–. ¿Qué clase de padres le pondrían a su hijo el nombre que tiene?
–Mis padres –dijo él, y cambió de tema–. Me he aburrido del whisky. Me tomaré una cerveza.
El pestañeó sorprendido.
–¿Una cerveza?
–La que tengas en el grifo.
–¿No quiere un whisky caro? ¿Solo una cerveza normal?
–No me importa lo que sea, mientras me tome una copa contigo.
Jimin frunció el ceño y le sirvió la cerveza más barata de la barra.
Él agarró el vaso y dio un largo trago. Se limpió la espuma de los labios y dijo:
–Deliciosa.
El frunció el ceño y se volvió, moviéndose por la barra y poniendo copas a toda velocidad. Jungkook lo observó mientras trabajaba. Sus caderas eran espectaculares, pero todo lo demás también. Nunca había visto un hombre con esas curvas, y su trasero provocó que su mente se llenara de imágenes eróticas.
Aunque no solo eran sus curvas. Park Jimin tenía otros encantos sutiles. Sus pestañas, largas y espesas, se movían rápidamente sobre su piel pálida. El temblor de sus labios, rojos como el rubí. A menudo, el se mordía el labio inferior, como concentrándose mientras trabajaba. Él se fijó en su melena oscura. En la curva de su hombro desnudo. En el brillo enfadado de sus ojos. De pronto, el lo miró de forma acusadora.
–¿Por qué hace esto? ¿Le parece un juego?
–¿Por qué? –preguntó él, bebiendo un poco de cerveza–. ¿Lo es para ti?
–Si cree que me estoy haciendo el duro, se equivoca –se colocó delante de él y dijo–: Para usted, soy imposible de conseguir.
Su expresión era feroz y sus ojos oscuros brillaban como una tormenta en el océano oscuro. Él estaba seguro de que no era consciente de su belleza. Y, al contrario del resto del mundo, no estaba impresionado por su presencia.
En ese momento, Jungkook supo que tenía que poseerlo. Esa noche. Costara lo que costara.
Lo poseería.
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