CAPÍTULO UNO
La Jefa
Las tardes de viernes son las mejores. Significan que mi semana laboral llega a su fin y que pronto me reuniré con algunos colegas para celebrar nuestra libertad en el bar de enfrente. Justo cuando empezaba a guardar los archivos, sonó mi móvil. Eché un vistazo al nombre: Preciosa. Era mi querida esposa, así que contesté: “Hola, Maddie”.
“Hola Brett. Sé que es viernes y que normalmente os vais de copas, pero quiero que vengas pronto a casa porque he invitado a Chrissy y a Calvin”.
“Claro, sin problema”.
Mi esposa Maddie era una belleza. Llevamos seis años casados y han sido los mejores de mi vida. Maddie es inteligente y sociable. Aunque puede ser volátil e impredecible, es muy atractiva, y sus rasgos impactantes suavizan sus defectos. Vivimos en los suburbios del este de Melbourne. Si alguna vez oyes a alguien decir: Vaya, ese tipo se ha buscado a alguien que está muy por encima de su nivel..., quizá hablen de mí. En términos de boxeo, Maddie me sacaba tres categorías. No me malinterpretes, no soy un tipo repulsivo; la mayoría de las chicas con las que salí decían: Eres mono, Tienes unos ojos azules preciosos o ¿Quieres que busquemos una habitación? Pero con su cara de portada de revista de moda y su cuerpo de página erótica, mi mujer estaba, al menos, tres categorías por encima. Casi siempre hacía lo que ella pedía porque, desgraciadamente, ella sabía que me superaba en todo. Maddie controlaba nuestras vidas: tomaba todas las decisiones y organizaba nuestra agenda social porque le gustaba ser la Jefa.
Y se le daba bien.
Una vez fantaseé con la idea de cambiar su nombre en mi móvil de Preciosa a Jefa, pero lo pensé mejor y decidí dejarlo en Preciosa, porque realmente lo era. Además, si lo cambiaba, habría represalias. Los dos sabíamos quién era la Jefa. Para ella, eso significaba que podía revisar mi móvil cuando quisiera. Si veía que le había cambiado el nombre, probablemente pegaría un grito: ¿Has cambiado mi nombre de Preciosa a Jefa? ¡Qué cojones! Unos meses después de casarnos, la pillé fisgando en mi móvil una noche y le pregunté: ¿Qué haces? Ella respondió: Somos pareja, estamos casados, así que todo lo que tienes es también mío. Un poco cabreado, dije: Yo no miro tu móvil. Me fulminó con la mirada y amenazó: ¡Si lo hicieras, te mataría, joder! Sí, ese incidente te da una idea de su parte Volátil. Recuerdo que le dije en ese momento: Oye, ¿qué tal si ponemos una regla y ninguno mira el móvil del otro? Ella dio un pisotón y gritó: ¡Vale, se acabó, quiero el divorcio! Y sí, esa es su parte Impredecible. Me quedé helado porque la adoraba y la trataba como a una reina, así que balbuceé: ¡De ninguna manera, no nos vamos a divorciar porque te quiero! Su actitud se suavizó de inmediato y dijo: Hagamos un trato: yo puedo mirar tu móvil cuando quiera, pero como te acerques a menos de tres metros del mío, llamo al abogado de divorcios ahora mismo. Aprendí muy rápido que, cuando te buscas a alguien muy por encima de tu nivel, tienes que hacer concesiones constantes, y nunca son igualitarias.
Aun así, me sentía orgulloso de estar casado con ella. Cuando salíamos, oía a la gente susurrar: Oh, mira, ahí están Maddie y su marido. La gente nunca decía: Ahí están Maddie y Brett. Otra consecuencia de casarme con alguien de estatus social superior es que siempre me identificaban bajo su ala: ¡Oh, sí, es Maddie y su marido!
Maddie era una mujer impresionante y lo sabía. Esa belleza que atraía todas las miradas le ayudó a convertirse en una joven segura de sí misma, pero también le inculcó el deseo de ser la Jefa. Maddie tenía algunos defectos menores, principalmente que le gustaba rodearse de gente a la que consideraba inferior (o casarse con alguien que sabía que era inferior) porque le gustaba sentirse superior. Yo sabía que estaba por debajo de su nivel, pero sospechaba que mi preciosa esposa pensaba que ella estaba por debajo del suyo con todo el mundo que conocíamos. No me importaba, porque si Maddie era feliz, yo era feliz. Sin embargo, la llamada despertó mi curiosidad, pues parecía que la nueva chica del trabajo, Chrissy, era su nuevo proyecto. Como pareja, superábamos a Chrissy y a su novio en todo. Nosotros pagábamos una casa bonita; ellos alquilaban un apartamento pequeño. Ambos teníamos coches buenos; ellos solo uno, un Mazda de hace diez años. De hecho, Maddie había empezado a recoger a Chrissy para llevarla al trabajo.
Maddie era impactante, y la mejor forma de describir a Chrissy sería "mona". Maddie tenía una figura de infarto, mientras que Chrissy era menuda. Solo había visto a Chrissy dos veces, intercambiando saludos; pero con sus rasgos élficos y su cuerpo pequeño, parecía un hadita de esas que revolotean por el bosque encantado repartiendo bondad. Su marido, Calvin, era un tipo tímido y un poco soso, pero esa sosería era precisamente lo que le gustaba a Maddie. Ella podía pavonearse sabiendo que era más atractiva que Chrissy, que su marido era mejor que el de ella y sospechando que vivíamos en una casa con la que ellos probablemente soñaban.
¿Es mi mujer vanidosa? Sí, lo es. En una escala del uno al diez, Maddie está mucho más cerca del diez. ¿Es arrogante? Cuando ella no está, puedo decir que sí. ¿Es estirada? Mmm, no estoy seguro; lo que sea que esté entre ser estirada y no serlo, eso es lo que ella era.
Tomamos algo el viernes por la noche. Maddie dirigió todas las conversaciones y estuvo bien, porque ella estaba feliz. Chrissy y Calvin eran callados y tímidos; solo hablaban para responder preguntas. Eran los invitados ideales para Maddie, porque le encantaba dominar el grupo. Podía airear sus opiniones sobre cualquier tema, sabiendo que nuestros invitados serían demasiado tímidos para interrumpirla o llevarle la contraria. Mi esposa brillaba con más fuerza cuando era el centro de atención, y como esa noche brillaba intensamente, sospeché que veríamos más a nuestros nuevos y tímidos amigos.
Al terminar la noche, los despedimos. Brillando con suficiencia, Maddie dijo: “Mañana por la noche tenemos una pequeña reunión, solo una docena de personas; ¿queréis venir?”.
Chrissy se sonrojó y murmuró: “Lo siento, pero tenemos otros planes”.
Maddie se sorprendió. “Oh, ¿qué vais a hacer?”.
“Tenemos una cosa de un club swinger”, respondió Chrissy.
Chrissy era tan callada que tenías que esforzarte para oírla, pero estaba seguro de haber escuchado Club Swinger.
Maddie también debió oírlo, porque arrugó la nariz confundida y preguntó: “¿Perdona?”.
Chrissy estaba roja, así que Calvin intervino tímidamente: “Sí, estamos un poco comprometidos con eso”.
Se hizo el silencio. Llevaba ocho años con Maddie y no estaba acostumbrado al silencio, así que balbuceé: “¿Sí?, ¿dónde es?”.
“Ummm, en Boronia”, respondió Chrissy, todavía sonrojada.
“Vale, pero si queréis pasaros antes o después, la invitación sigue en pie”, dije alegremente.
“Ah, esas cosas suelen durar toda la noche”, dijo Calvin con timidez.
¿Sí? ¿Qué cosas?, me pregunté.
Los vimos alejarse y subirse al viejo Mazda. Maddie se volvió hacia mí y preguntó con recelo: “¿Has echado algo a mi bebida?”.
“¿Qué?”.
Ella negó con la cabeza, confusa: “Quizá tomé una copa de más, porque me ha parecido oírla decir Club Swinger”.
“Sí, eso es lo que he oído yo”.
Se encogió de hombros y preguntó: “Ayúdame, Brett, ¿qué es un Club Swinger?”.
“¿No es donde van las parejas para, mmm, ya sabes, conocer a otra gente?”.
“Eso es lo primero que pensé, pero no, Chrissy y Calvin... ¡imposible!”.
“Es muy callada, quizá hayamos escuchado mal”.
“Obviamente. Chrissy es como una muñeca tímida, es tan recatada que nunca lleva un escote pronunciado al trabajo y todas sus faldas le llegan por debajo de las rodillas. Dudo que sepa ni lo que es ese tipo de club”.
Oh, bien... una oportunidad para cumplir con mi rol, que básicamente consistía en estar de acuerdo con todo lo que dijera mi mujer. Maddie brillaba más cuando todos se centraban en ella, y yo evitaba enfrentamientos cumpliendo mi papel con eficacia. Asentí y dije: “Probablemente tengas razón”.
“¡Tengo razón!”, declaró Maddie. “Le pregunté el otro día: ¿Pensáis tener familia? Y dijo: No, de momento. Y pensé: ¡Bien! Es tan tímida que no me la imagino atreviéndose a desnudarse delante de nadie, ni siquiera de su marido. Y él, bueno, es tan soso que no sabría qué hacer si ella se desnudara”.
Me miró esperando respuesta, así que me puse a la altura y dije: “Probablemente tengas razón”.
Estar de acuerdo con ella solía cerrar las discusiones, aunque su mente seguía trabajando. “¿Y qué le preguntaste tú? ¿Que dónde es?”, cuestionó fulminándome. “¿Quieres ir, eh? ¿Quieres ir al Club Swinger con la tímida Chrissy y el soso de Calvin?”.
Mierda... No podía estar de acuerdo con eso, así que me encogí de hombros y respondí: “Alguien tenía que decir algo”.
“Y probablemente ni siquiera dijo Club Swinger, o si lo hizo, quizá sea algún tipo de club de baile para gente sosa y tímida”.
Después de ocho años, conocía mi papel, así que asentí y murmuré: “Sí, lo que dices tiene sentido”.
*
En nuestra pequeña reunión del sábado, Maddie se pavoneó ante los invitados. La verdad es que se le daba muy bien pavonearse, aunque parecía tensa cuando me preguntó: “¿Has sabido algo de Chrissy o Calvin?”.
“No, pero iban a lo otro, ¿no?”.
“¿Por qué no iban a querer venir aquí en vez de ir a algún club de baile para fracasados?”.
“Ummm, quizá puedas preguntárselo el lunes”.
“Qué cojones, Brett”, se quejó Maddie. “Si invito a alguien a venir aquí, espero que aparezcan”.
“Tenían el otro compromiso, así que…”.
“A la mierda”, resopló Maddie. “Quería enseñarle a Chrissy que tenemos amigos guays y modernos, porque los amigos de ella probablemente sean todos unos memos tímidos como ella y Calvin”.
Sentí la tentación de decir que, si los consideraba unos memos, por qué quería ser su amiga; pero no, conocía mi lugar. Pregunté con curiosidad: “Te lo estás pasando bien, ¿verdad?”.
“Sí, en general, ¡pero esa pequeña zorra me está faltando al respeto!”, espetó Maddie. “Si invito a alguien, espero que se olviden de todo lo demás y respeten mis deseos”.
Apreté los labios de forma reflexiva; desafortunadamente, sospechaba que a Chrissy le esperaba una bronca el lunes: ¡Qué cojones, Chrissy! ¿Me estás faltando al respeto? ¡Pedazo de mema tímida!
*
El domingo por la mañana encontré a Maddie en el ordenador, así que pregunté: “¿Qué haces?”.
“Estoy buscando Clubs Swinger. Brett, ¡son puticlubs, lugares donde la gente va a follar con desconocidos!”.
“¿No decidimos que debimos haber oído mal?”.
“¡Eso es exactamente, tú oíste mal! ¡Es tu mente sucia conjurando fantasías!”.
“No, Madd, no estaba conjurando nada”.
“¡Sí que lo hacías! Estabas pensando: oh, estoy fantaseando con que la modesta y tímida Chrissy va a Clubs Swinger y se la follan todos”.
“No, no era eso”.
Ella me fulminó y dijo agresivamente: “¡Eres un pervertido! ¿Con qué otros amigos míos fantaseas?”.
Jesús, qué forma de empezar un domingo... “Solo fantaseo contigo”, murmuré.
“¡Y con Chrissy!”, gritó ella. “¡Y es tan jodidamente pervertido, porque ella es tan modesta y virtuosa que casi parece una monja!”.
“Maddie, ni siquiera pienso en…”.
“Esta es la fantasía de la monja, ¿verdad?”, interrumpió, “¿Desvestir a la que nunca se desnuda, desflorar el pétalo intacto?”.
“Madd, ¡esto es una estupidez!”.
“¿Una estupidez, eh? ¡Le preguntaste dónde era!”, bramó. “¡Dios, después de ocho años juntos, por fin descubro quién eres en realidad!”.
Había bebido bastante la noche anterior, y la consecuencia de mi exceso era un ligero dolor de cabeza. Esta estúpida conversación me estaba poniendo nervioso, así que protesté tímidamente: “Madd, no, ese no soy yo de verdad”.
Le salía humo por las orejas, pero tras ocho años con ella, me había convertido en un experto en perder discusiones, así que recurrí a mis habilidades: “Madd, lo siento, todo es culpa mía”.
“¡Ya lo creo que lo es, pervertido!”.
“Yo tengo la culpa”.
“Lo sé”.
“¿Podrás perdonarme alguna vez?”.
Maddie me miró un momento, levantó la nariz y resopló: “Ya veré”.









Maddie.....oh...just awful!!
Well ! she needs to be brought down a peg or ten!!! 😂
I have a feeling Maddie is being shown this way so when her downfall comes it will be glorious and cheered by all