PART ONE: 1. Alba
POV – Tatum
—¿Estás lista? —me pregunta Jed, mi hermanastro, mientras me toma de la mano. Vuelvo a echar un vistazo al salón de planta abierta.
—Sí —respondo. Sé que la persona que limpia vendrá en algún momento de la semana y que nuestro rastro desaparecerá, pero bueno, qué más da.
Coloco a Rhiannon en su sillita de bebé y le abrocho el cinturón antes de sentarme en el asiento del conductor y ponerme en marcha.
—Joder —maldigo mientras nos dirigimos al parque nacional.
—¿Qué pasa? —pregunta Jed.
—Todavía estamos vinculados a la manada —afirmo.
—No te preocupes. Lleguemos al límite y te diré lo que tenemos que hacer —dice Jed.
—Está bien —accedo. Aparco delante del árbol que tiene clavado el cartel de «prohibido el paso, propiedad privada». Jed sale del coche y yo le sigo.
—Repite conmigo —dice Jed.
—«Yo, Jed Delaney, renuncio a mi posición en la manada Silva Luporum» —dice él. Entonces, Jed se sujeta la cabeza por el dolor.
—¿Estás bien, Jed? —le pregunto, corriendo hacia él y atrayéndolo hacia un abrazo.
—Sí, solo he sentido cómo se rompía mi vínculo con la manada —responde. Luego se pone en pie y me mira. Asiento con la cabeza, sabiendo que es mi turno de romper mi vínculo.
—«Yo, Tatum Sullivan Erstad, renuncio a mi posición en la manada Silva Luporum» —declaro. Inmediatamente siento una punzada en la cabeza mientras mi vínculo con la manada se corta.
Después de que el dolor disminuye, vuelvo a ponerme de pie y suspiro.
—Mierda, se me ha olvidado algo —digo entonces, corriendo de vuelta al coche y sacando dos cosas de mi bolso.
—¿Qué es? —pregunta Jed.
—Mi móvil —sonrío y lo lanzo al bosque. Luego miro la tarjeta bancaria que mi pareja, Henry, me dio para acceder a su cuenta. La doblo por la mitad y la parto. Le doy una mitad a Jed y ambos la tiramos entre los arbustos.
—Vamos —le sonrío a Jed. Él asiente.
—Vamos —responde. Chocamos los puños y volvemos al coche.
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Conduzco todo el día, parando solo para comer y echar gasolina. Había estado sacando algo de dinero de la cuenta bancaria de Henry desde el día de Navidad, cuando Jed me preguntó si podíamos irnos a vivir con el primo de mi padre. No he sacado mucho, solo unos seiscientos dólares, y de todas formas tengo mis propios ahorros y una cuenta de cuando trabajaba en el restaurante, pero eso no evita que me sienta culpable.
Mientras conduzco, pienso en lo que nos ha pasado desde el nacimiento de mi niña, Rhiannon, en octubre. Henry, mi pareja, se tomó dos semanas libres para estar con nosotras cuando nació. Fue atento y cariñoso. Pero después de volver al trabajo, cambió. Se volvió distante, frío. Dejó de llevar a Jed al colegio y de volver a casa. Pasaban los días y no le veíamos. Los días se convirtieron en semanas, mi cumpleaños y el suyo pasaron, y ni una palabra.
Intenté esforzarme, intenté mantener el contacto. Una vez le pedí ir a comer juntos, y la Alfa Bridie y el Luno Paul se unieron a nosotros. Las palabras que me dijo me perseguirán para siempre: «¿Tuviste a la bebé de forma natural o te la sacaron?». El Luno Paul me lo había preguntado igual que el hombre que me había secuestrado me había amenazado. Intenté llamar la atención de Henry para que viera mi miedo, pero no lo hizo. Las lágrimas ruedan por mi cara y siento la mano de Jed apretando mi brazo mientras conduzco. Sé que tengo miedo, pero me siento culpable de que Jed tenga que ser el fuerte de los dos.
Intenté mantener el contacto con sus padres, de verdad que sí. Pero no les conozco muy bien y, sin Henry, nuestro contacto fue a menos. Me sentía cada vez más aislada y sola. Eché de menos a mi madre y la ayuda y el amor que habría tenido si ella estuviera viva. Era demasiado tímida para contarles todo lo que estaba pasando con Henry y pedirles ayuda.
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Pasamos una noche en un motel de carretera y al día siguiente salimos temprano hacia casa de mi primo.
Ocho horas después, tengo a la bebé dormida en brazos frente a la puerta del primo de mi padre. Jed llama y esperamos a que abran.
Una mujer de mediana edad abre la puerta y sonríe al verme. Miro a la mujer que recuerdo haber conocido de niña. Antes de que mi padre falleciera, íbamos a las reuniones familiares, pero ella siempre estaba con los adultos y yo con los niños. Genevieve era mayor ahora y estaba más gorda; ya no era la adulta joven de mis recuerdos.
—¡Tatum! Mírate, toda una mujer —sonríe, y luego se dirige a Jed.
—Hola, jovencito. ¿Y tú quién eres? —le pregunta.
—Soy Jedediah Delaney, y yo también soy mayor —dice, tendiéndole la mano.
—Bueno, señor Jedediah Delaney, yo soy Genevieve Sullivan, soy prima de tu padre, y es un honor estar en tu presencia —dice ella, estrechándole la mano a Jed.
—Entrad, debéis estar cansados —dice Genevieve, cerrando la puerta mientras entramos en su casa. Nos guía por el pasillo hacia dos habitaciones.
—Esta habitación puede ser la tuya, Jed —dice, abriendo una puerta. Entro y veo una habitación pequeña con una cama individual. Se ve bien; pequeña, pero perfecta para uno.
—Y esta habitación es para ti —sonríe, mostrándome una habitación de tamaño mediano con una cama doble y un moisés.
—¿De dónde has sacado el moisés? —pregunto, colocando a Rhiannon en él. Casi ocupa todo el espacio.
—Mi prima tiene cuatro hijos, pero parece que vas a necesitar una cuna —reflexiona.
—Gracias, Genevieve —digo, dándole un abrazo.
—Apuesto a que ambos tenéis hambre —dice ella.
—¡Sí! —grita Jed. Sonrío y vamos a la cocina.
Jed y yo vemos cómo Genevieve calienta algo de lasaña en el microondas y luego nos pone dos platos delante. Jed sonríe y se lo come rápido, preguntando si tiene más. Genevieve se ríe y vuelve al congelador para sacar la lasaña que sobró.
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Tener un bebé pequeño al que todavía das el pecho significa que dormir toda la noche se ve interrumpido por las tomas, y todavía estoy cansada cuando me despierto a la mañana siguiente. Voy a la cocina y veo a Jed sentado a la mesa con Genevieve, comiendo cereales para desayunar.
—Buenos días, Tate. Encontrarás cereales en la despensa y leche en la nevera —ofrece Genevieve.
—Gracias —respondo.
—Jed y yo hablábamos, y dice que le gusta hacer kárate, igual que a Jason —sonríe Genevieve. Asiento con la cabeza. Jed tiene siete años, y por su edad no hay forma de que esté relacionado con mi padre, Jason. Conseguí la custodia de Jed cuando nuestros padres, mi madre y mi padrastro, murieron hace un año.
Son vacaciones escolares y, a diferencia de la mayoría de los niños de su edad, Jed está fuera en el jardín jugando con unos juguetes de exterior que Genevieve le compró cuando aceptó que viviéramos con ella. Cojo una alfombra de juegos y la extiendo en el suelo para sacar a Rhiannon y ver a mi pequeña familia disfrutar jugando al sol.
Vuelvo a entrar para recoger a Rhiannon cuando oigo a Genevieve abrir la puerta y dejar entrar a unas personas. Ajustando a Rhiannon en mi cadera, entro en el salón y veo a dos mujeres hablando con Genevieve. Una parece un poco mayor que la otra, que sostiene a una niña pequeña.
—Hola —les saludo, mirándolas a ambas.
—Hola, soy Vas —saluda la mujer más joven, de pelo castaño oscuro y ojos marrones, con la niña en brazos.
—Y yo soy Margot, prima de Genevieve —saluda la mujer mayor, de pelo castaño claro y ojos azul oscuro.
—Es un placer conoceros —sonrío. Ambas asienten y la pequeña en brazos de Vas se mueve en su cadera.
—Bebé —dice la niña.
—Esta es Zoe —sonríe Vas, señalando a su hija, que tiene el pelo rubio claro y los ojos verdes. Su hija se parece un poco a Vas, pero supongo que sus rasgos son más parecidos a los de su padre.
—No esperaba verte hoy, Margot. Iba a llamarte para conseguir una cuna para Rhiannon, ya es demasiado grande para el moisés —dice Genevieve.
—Oh, de todas formas teníamos que venir —dice Margot, mirándome.
—Sí —coincide Vas, apartándose a propósito el pelo hacia el otro lado del hombro, dejando al descubierto una marca de mordisco en el cuello.
Doy un paso atrás, sin saber qué pensar de esto. Genevieve no tiene ninguna marca en el cuello, y yo había evitado deliberadamente mencionar mi conexión con los hombres lobo porque no estaba segura de cuánto sabía Genevieve.
—Eh, claro, iba a salir fuera —digo, saliendo por la puerta trasera y dejando a Rhiannon en la alfombra de juegos.
—¿Qué edad tiene? —me pregunta Vas.
—Casi cuatro meses. ¿La tuya? —pregunto, observando a Zoe sentarse y unirse a Rhiannon.
—Veintiséis meses —sonríe Vas. Entonces Jed se acerca a nosotras.
—Hola —saluda Margot.
—Hola, soy Jed —dice Jed, presentándose.
—Hola, Jed. ¿Cuántos años tienes? —pregunta entonces Margot.
—Siete —sonríe Jed.
—Tengo un hijo de una edad cercana a la tuya, William. Me llamo Margot —dice, ofreciéndole la mano a Jed, quien se la estrecha.
—Yo soy Vas —dice Vas, ofreciéndole la mano. Jed se la estrecha también y luego las mira con curiosidad.
—¿Sois hombres lobo? —les pregunta. Ambas sonríen.
—Yo sí —declara Margot.
—Yo tengo los genes, pero nací humana —dice Vas. Jed asiente.
—¡Vale! —sonríe, y se va corriendo para seguir dando patadas a su pelota.
—Se lo ha tomado bien —observa Vas. Asiento.
—Ha pasado por mucho este último año —admito.
—Tú también. ¿Te gustaría contárnoslo? —pregunta Margot.
Las miro a ambas y no respondo. No conozco a estas mujeres, pero hay algo en ellas que me hace querer confiar.
—Bueno —dice Margot, acomodándose en su asiento—, me llamo Margot Hembry, y Vas aquí es descendiente de una loba blanca; su hija Zoe también lo es —comienza a explicar. Las miro. Vas sonríe.
—La loba blanca es algo raro entre los hombres lobo. Se dice que los lobos blancos son descendientes directos de la mismísima diosa luna; están imbuidos de ciertos dones que los hombres lobo normales no tienen. En mi familia, los lobos blancos se transmiten por línea materna —explica Vas, al darse cuenta de que no lo entiendo.
—¿Pero tú no eres loba? —le pregunto a Vas. Ella sonríe.
—Mis padres eran humanos, al igual que mis abuelos y los padres de estos, pero mi tatarabuela fue la última loba blanca de mi línea familiar. Soy la primera mujer que nace en cuatro generaciones. Mi pareja es un Beta, por eso Zoe es loba —añade Vas.
—Mi pareja es primo de Vas —sonríe Margot—, pero bueno, ambas trabajamos para una organización llamada «Alba». Alba rescata a hombres lobo rechazados, perdidos y refugiados. Principalmente lobas, a veces machos, a veces familias, como la vuestra —continúa.
—¿Como la mía? —pregunto.
—Uno de los dones de Zoe es encontrar lobos perdidos, como su tatarabuela. Dibujó a vuestra familia con Genevieve —dice Vas, pasándome un papel. Lo abro y veo el dibujo de un niño de dos mujeres, un niño pequeño y un bebé.
—Nos dijo todos vuestros nombres: Gen, Tate, Jed y Anna —sonríe Vas. Asiento, asimilándolo todo.
—Soy como tú, Tatum. Cuando tenía catorce años, escapé de mi antigua manada y me encontré con Elizabeth Hembry, la abuela de Vas. Cuatro años después supe que el primo de Vas era mi pareja, y el resto es historia —admite Margot.
—¿Por qué, por qué tuviste que escapar de tu antigua manada? —pregunto. Observo cómo Margot suelta el aire que estaba conteniendo.
—Mis padres eran deltas, pero cuando tenía diez años, mi manada fue atacada por renegados y fueron asesinados. La manada de la que venía era pequeña, y perdimos a muchos omegas y deltas. Como mis padres murieron en el ataque, me vieron como alguien débil. Pensaban que mis padres habían fallado a la manada, así que a mí, y a otros huérfanos, nos maltrataron y nos trataron como esclavos —Margot se detiene, con lágrimas recorriendo su rostro.
—Lo siento —empiezo a decir. Ella asiente.
—No pasa nada. Algunos escapamos. Fuimos a la siguiente manada más grande y pedimos refugio. Eran maravillosos, amables, amigos. Fueron a la guerra contra mi antigua manada y se hicieron con el control. Algunos de los huérfanos con los que escapé volvieron una vez que la jerarquía de la manada cayó, pero yo decidí seguir adelante. Terminé en Sefton y me encontró Elizabeth Hembry. Ahora ayudo a la organización que me ayudó a mí —sonríe Margot.
Observo a Margot, sabiendo que todo lo que me acaba de contar es cierto.
—Tatum, ¿puedes contarnos tu historia? —pregunta entonces Vas.