Pánico
Un pánico absoluto recorre todo mi cuerpo. Siento un escalofrío desde la coronilla, mientras mi cabeza descansa en el hueco de su cuello, hasta mi pierna desnuda, que está enredada en la suya. El sudor cubre mi piel, sobre todo en las zonas donde nuestros cuerpos están pegados. La habitación se llena con los ecos de nuestras respiraciones agitadas y con la inquietud de saber que hemos cruzado una línea muy peligrosa.
Esto no tendría que haber pasado nunca.
Mis extremidades están agotadas, pero mi corazón late a mil por hora y mil pensamientos distintos me dan vueltas en la cabeza.
Su corazón tamborilea contra mi mano, que tengo extendida sobre su pecho. Por sus latidos fuertes y erráticos, sé que él también lo siente: pánico.
Recuerdo la primera vez que lo vi hace tantos meses. No lo habría admitido entonces, y me cuesta hacerlo incluso ahora, pero algo cambió dentro de mí en aquel instante. En el momento en que sentí que entraba en la habitación, supe que nada volvería a ser igual, y resulta que no me equivocaba.
Ahora me pregunto si a él le pasó lo mismo y, si así fuera, ¿lo admitiría?
Solo hay una salida a esto y ambos lo sabemos, pero ninguno quiere dar el primer paso; tenemos miedo y no sabemos cómo reaccionará el otro.
Nunca deberíamos haber dejado que esto llegara tan lejos.
Su cuerpo fuerte se mueve con incomodidad bajo el mío, lo que aumenta la atmósfera tensa que nos rodea.
Me imagino cómo debemos vernos aquí tirados, con los cuerpos tensos y entrelazados. Imagino que esto es una película y que la cámara se aleja para mostrar nuestros cuerpos desnudos que, a simple vista, deberían estar relajados después de lo que acabamos de hacer; incluso podrían parecer relajados al principio. Pero si haces zoom, verías lo rígidos que están nuestros brazos y piernas, colocados sobre el otro de forma tiesa e incómoda.
Si él no va a hacer nada al respecto, lo haré yo. Con cada gramo de fuerza y autocontrol que me queda, me centro en una sola palabra:
Nunca.