Prólogo
«Tres años, Will, tres años con una vida social casi nula. Esta fiesta no solo será buena para la empresa, también será buena para ti. Sal, diviértete un rato, nadie te juzgará».
Las palabras de su abuela resonaban en la mente de William. Sin embargo, se sentía fuera de lugar. La música retumbante, las risas a su alrededor, las luces parpadeantes… todo le hacía sentir que no debía estar allí. Podía asegurar que el psicólogo le diría en su próxima cita que la culpa lo hacía sentir de esa manera. Y tal vez tenía razón, pero no podía evitarlo. La quería allí, a la mujer que tanto daño le había hecho, pero que no podía olvidar.
William miró a su alrededor; la fiesta estaba en su apogeo y la protagonista de la noche todavía no había hecho acto de presencia. Frunció los labios con desagrado, preguntándose quién organizaba una fiesta para luego no aparecer, dejando a los invitados como tontos.
Lo único rescatable de la noche para él era que muchos de los invitados llevaban joyería de Bijoux. El marketing gratuito era de agradecer.
—Algo ha sucedido para que no estén aquí. Según mi esposo, los directivos de Emrallt llegaron al país en la tarde, pero, a pesar de haber pedido reunirse con el personal de la empresa de catering antes de la fiesta, no lo hicieron.
Las palabras de la esposa del dueño del hotel dirigidas a Hope fueron otro punto en contra que William encontró. Todo lo que había hecho el grupo Emrallt hasta el momento parecía propio de novatos y no de profesionales alabados internacionalmente.
«¿Qué hago aquí?», se preguntó mientras movía la copa de vino entre sus dedos inquietos.
Intentó disimular su disgusto, pero en el rostro de su abuela se notaba que no lo estaba consiguiendo. Ella le pedía que tuviera calma y el sentimiento de culpa volvió a embargarlo. No podía sacarse de la cabeza que el reconocimiento de la empresa que su abuelo fundó había perdido prestigio bajo su liderazgo. Sonrió e intentó integrarse a la conversación del grupo en el que se encontraba, pero, de repente, las conversaciones en el salón se detuvieron. Todos miraban en la misma dirección entre susurros de sorpresa y admiración. En los peldaños de mármol negro profundo, veteado de blanco, de la escalinata que comunicaba el salón con el vestíbulo del hotel, Verónica permanecía de pie, observando a los invitados con una sonrisa en los labios.
William se olvidó de respirar, incapaz de apartar la mirada de ella. Nicki se veía más hermosa que nunca; el verde esmeralda de su vestido resaltaba la gracia con la que se movía mientras descendía cada escalón.
—¿Sabías que ella estaría aquí? —le preguntó a su abuela sin siquiera mirarla.
—No, también es una sorpresa para mí —respondió Hope. En su voz se notaba que no mentía.
La ira comenzó a surgir dentro de William cuando se percató de quiénes estaban a su lado. No debía sorprenderse, sabía que ella se había ido con ellos, pero verla del brazo de Christian Price no le agradó en lo absoluto. La sonrisa llena de confianza que adornaba los labios del hombre le provocaba celos. Christian había estado al lado de su esposa durante tres años, mientras él sufría por su partida. Cuando se dio cuenta de lo que hacía, ya se dirigía hacia la pareja a través de la multitud.
Verónica se sentía como una niña malcriada y consentida. A pesar de que Christian y Maxwell le aseguraron que era válido querer presentarse a la fiesta con el mejor vestido, sabía que lo decían para que no se sintiera culpable. Aunque para todos ella había superado a William y la vida que había tenido junto a él, la verdad era que quería verse elegante y deslumbrante. El vestido que tardó tanto en llegar había sido confeccionado específicamente para aquella fiesta. Cada detalle había sido diseñado no solo para mostrarla radiante, sino también para llamar la atención del hombre del que se suponía que debía mantenerse alejada.
Cuando llegó a la escalinata, se detuvo y sonrió mientras buscaba de forma discreta con la mirada un rostro, segura de que estaría entre los invitados. Christian le señaló lo exquisita que había quedado la decoración, pero ella fingía escucharlo. Maxwell le susurró el nombre de uno de los jueces que estaría junto a ella en el concurso, pero su mente vagaba, imaginando todas las reacciones que tendría cuando se encontrara con su exmarido. La desilusión abrumó sus sentidos mientras llegaba al final de los escalones y no veía a su ex por ninguna parte.
«Tal vez sea lo mejor. Yo no soy una persona mezquina y lo único que deseo desde que salí del aeropuerto es mostrarle lo bien que me va», pensó Verónica, regañándose interiormente.
Cuando llegó al último escalón, Nicki dejó caer la bolsa que llevaba en las manos por la sorpresa. Frente a ella, William estaba de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, mientras la miraba fijamente.
—Nicki, ha pasado mucho tiempo.









continúa
una pena que no la sigas escribiendo, estaba muy buena
comenzó mi sufrimiento jaj