only.

La luz en el comedor de la familia Han era de un amarillo suave, casi melancólico, que se posaba sobre la mesa de madera como una caricia tibia. El aroma a sopa de pasta de soja y arroz recién hecho envolvía la estancia, un perfume de hogar que, sin embargo, no lograba calmar los nervios de Lee Minho. O quizás no eran nervios. Era otra cosa. Algo mucho más profundo y primitivo que se revolvía en su pecho cada vez que sus ojos se posaban en el chico de cabello azul sentado a su lado.
Minho necesitaba calmarse. Era un mantra que se repetía en su cabeza como una letanía silenciosa. Primero, porque Jisung no lo estaba haciendo a propósito. Cada movimiento del menor era completamente natural, tan inherente a él como respirar. Segundo, y crucial para su supervivencia a largo plazo, estaban en la casa de sus suegros. La mesa baja de la familia Han no era territorio neutral; era tierra sagrada y hostil a partes iguales. Y tercero, el punto más importante y el que le hacía apretar los palillos con más fuerza de la necesaria: el padre de Jisung no sentía un especial aprecio por él. Don Lee Han-sol, un hombre de hombros anchos y mirada severa, observaba a Minho como quien observa a un zorro merodeando un gallinero. Con sospecha contenida y una advertencia silenciosa en cada sorbo de su té.
Pero, maldita sea. ¿Cómo se suponía que iba a mantener la compostura?
Jisung,suJisung, era la cosa más preciosa e inocente del mundo. No era solo que fuera su novio, era una convicción universal que Minho sostenía con la firmeza de un científico defendiendo una ley física. Su existencia misma era un atentado contra la cordura de Minho. Con ese cabello azul medianoche, suave y revuelto como si acabara de despertar de un sueño, y esos ojos grandes y almendrados que brillaban con una curiosidad infinita, Jisung era un imán para su atención. Debía ser resguardado, pensaba Minho a menudo con un instinto posesivo que le sorprendía a sí mismo. Guardado en una habitación cálida, con luz tenue y mantas suaves, donde nadie más pudiera observarlo en los momentos en los que se volvía más vulnerablemente adorable. Como ahora.
Jisung masticaba un bocado de arroz mezclado con kimchi. Sus mejillas, naturalmente redondeadas, se inflaban ligeramente con cada porción que introducía en su boca, dándole un aspecto de pequeña ardilla satisfecha. Un suave rubor, un tono rosa chicle que nacía en sus pómulos, se intensificaba con el calor de la sopa, contrastando de manera ridículamente hermosa con el azul de su pelo. Minho dejó de respirar por un segundo. Literalmente. Su pecho se olvidó de su función principal porque toda la energía de su cuerpo se había desviado hacia el centro de procesamiento de ternura en su cerebro, colapsando el sistema. La punta de la nariz de Jisung se arrugaba un poco cuando la comida estaba especialmente buena, y sus pestañas, larguísimas, proyectaban sombras sobre sus mejillas cada vez que parpadeaba.
Los dedos de Minho hormigueaban. Quería tocarlo. Quería tomar ese rostro entre sus manos, sentir la suavidad de sus mejillas llenas ceder bajo la presión de sus palmas, y besar cada rincón inflado hasta borrar ese rubor con sus labios. La imagen era tan vívida en su mente que un escalofrío recorrió su nuca. Sus palillos crujieron peligrosamente. Don Lee tosió, un sonido seco y deliberado. Minho se obligó a mirar su propio plato, contando hasta diez. El pescado estaba en su punto justo, pensó sin verlo realmente. Muy bueno. Concéntrate en el pescado, no en las mejillas de tu novio como pequeños mochis rellenos del ser más perfecto del universo.
—Hyung.
La palabra llegó flotando hasta él, amortiguada y distante. Los pensamientos de Minho eran una nebulosa densa de colores pastel y el sonido de la risa de Jisung en su memoria. En su ensoñación, ya le había robado un beso, había sentido la cálida blandura de sus mofletes contra sus labios y el pequeño quejido de falsa protesta que Jisung soltaría.
—Hyung. —La voz era un poco más aguda ahora, insistente, pero seguía sin atravesar la burbuja de fantasía de Minho. Se lo llevaría a casa, pensó. Lo envolvería en la manta más mullida que tuvieran y le daría de comer fresas con chocolate. Solo para ver sus mejillas manchadas.
Han Jisung lo observaba de reojo, una chispa de diversión y exasperación brillando en sus ojos. Era la tercera vez que le hablaba a su novio. Ahí estaba, el gran Lee Minho, conocido por su lengua afilada y su elegancia felina, convertido en una estatua de sal con los ojos vidriosos fijos en un plato de sopa que ya se estaba enfriando. Su perfil, normalmente afilado y alerta, estaba relajado en una expresión de total embeleso. Jisung conocía esa mirada. Era la misma mirada que Minho le dirigía cuando creía que él no se daba cuenta, en las mañanas perezosas del domingo o cuando lo veía practicar baile hasta el agotamiento. Una mirada llena de una ternura tan profunda y cruda que a Jisung todavía le costaba sostenerla sin que algo en su interior se estremeciera. Pero en la casa de sus padres, con su progenitor lanzando dagas visuales, era peligroso.
Una idea traviesa, una de esas que solían meterlo en problemas que Minho le reprochaba con besos, cruzó su mente. Dejó sus palillos en el reposador con un leve tintineo que, por fin, hizo parpadear al mayor. Jisung se levantó con cuidado, el movimiento amortiguado por la esterilla en el suelo. Su sombra se proyectó sobre Minho antes de que pudiera reaccionar. Entonces, con la precisión de un francotirador y el cariño de un bruto, le dio un golpe seco en la coronilla.
—¡Ay! —El quejido escapó de los labios de Minho antes de que su cerebro procesara la ofensa. Su mano voló instintivamente hacia el punto del impacto, frotándose el cuero cabelludo. Alzó la vista, con la boca ligeramente abierta y los ojos muy abiertos, encontrándose con el rostro de Jisung justo encima del suyo. El corazón le dio un vuelco tonto, olvidando al instante el dolor. Dios, era tan lindo incluso desde este ángulo contrapicado.
—¡¿Qué te pasa?! —Frunció el entrecejo, intentando inyectar indignación en su voz, aunque sonó más a un gato mimoso al que le han pisado la cola. Su mano seguía frotando el lugar exacto donde el nudillo de Jisung había hecho contacto.
Jisung se dejó caer de nuevo en su asiento, la estampa de la inocencia, aunque sus ojos negros danzaban con regocijo. Levantó ligeramente los hombros, un gesto despreocupado que hizo que el cabello azul le rozara las sienes.
—No me hacías caso. Tenía que hacer algo. —Tomó su vaso de Coca-Cola y le dio un sorbo, la pajita de plástico entre sus labios. Las burbujas crujieron en el líquido, un contrapunto musical a su propia tranquilidad.
—Hay formas más lindas de hacerlo, ¿sabes? —El tono de Minho todavía arrastraba una indignación fingida mientras lo miraba fijamente. Su pulso comenzaba a estabilizarse, reemplazando la sorpresa por un cálido afecto burbujeante. Su Jisung, siempre tan impredecible.
Una pequeña carcajada, ligera como el repique de campanillas, escapó de la garganta de Jisung. El sonido le hizo cosquillas en el estómago a Minho.
—¿Un beso, dirás? —Una ceja azul se alzó en arco, desafiante.
Lee Minho sintió que el mundo se alineaba. Una sonrisa perezosa y encantadora se extendió por sus facciones mientras asentía con la cabeza con un entusiasmo que no intentó ocultar. ¡Sí! ¡Un beso! ¡Mil besos! Era la única respuesta lógica y civilizada a un descuido comunicativo.
Jisung frunció el ceño, pero la comisura de sus labios temblaba traicioneramente.
—Lo siento, demasiado cliché. Además, no somos Changbin y Felix. —Hizo una pausa, sacando la lengua y poniendo una expresión de asco fingido que arrugó toda su nariz—. Asco, wakala, no.
Minho observó, hechizado, cómo después de su pequeña actuación, Jisung tomaba sus palillos de nuevo. Sus dedos, ágiles y delgados, se movieron con soltura para tomar una cucharada perfecta de arroz blanco junto con un poco de la guarnición de verduras salteadas. El montoncito desapareció tras sus labios, y sus mejillas se inflaron una vez más. El ritual se repitió. La tierna ofensa de Minho quedó momentáneamente relegada.
—Jisung. —La palabra fue casi un susurro ronco. El mencionado solo tarareó una respuesta, un ruido bajo en su garganta que le indicaba a Lee que lo escuchaba, mientras masticaba. Sus ojos estaban entrecerrados de puro placer gastronómico.
Fue la gota que derramó el vaso. El autocontrol de Minho, ya de por sí frágil, se hizo añicos. Dejó su comida a un lado con un movimiento brusco que hizo tintinear los platos. Antes de que Jisung pudiera tragar o protestar, Minho se abalanzó sobre él, sus manos tomando el rostro del menor y aplastando sus mejillas con una delicadeza posesiva, sintiendo la comida dentro de sus carrillos y la textura cálida y suave de su piel.
—¡Eres una cosa preciosaaaa! —exclamó en un tono que era a medio camino entre un grito de guerra y una declaración de amor.
—¡¿Qué tephasha?! —La protesta de Jisung salió completamente distorsionada. Con sus mejillas comprimidas, las palabras eran un balbuceo ininteligible, lo que solo sirvió para que los ojos de Minho brillaran con una locura cariñosa aún mayor. El pobre intentó mantener una expresión de dignidad ofendida, pero con los labios haciendo un puchero forzado, fallaba estrepitosamente.
—¡Si hablas así, menos te dejaréee! —canturreó Minho, fascinado. La ternura que su novio cargaba en ese momento era una fuerza de la naturaleza contra la que no pensaba luchar. Aplastó aún más sus cachetes, sintiendo la redondez ceder bajo sus dedos. Y entonces, sin importarle el lugar, la presencia de sus suegros, o las leyes del decoro, empezó a repartir besos. No eran besos pasionales, sino picotazos rápidos, sonoros y llenos de mimo. Besó la cima de cada mejilla sonrosada, el puente de su nariz, la comisura de sus labios fruncidos, la curva de su mandíbula. Un mapa de cariño sobre la piel más querida.
Jisung se retorcía, un torbellino de vergüenza y un placer secreto que le encendía el pecho. Podía sentir la mirada de su madre, divertida y cómplice, y la de su padre, que probablemente estaba calculando cuántos años de cárcel le darían si estrangulaba a su yerno con un cinturón. Tenía que detener esto. Ya.
—Hyung... Shueltane. —Su ceño fruncido, intentando lucir enfadado, fue el clímax. Para Minho, ese gesto de falsa molestia era el equivalente a que un cachorrito le gruñera. Es decir, infinitamente adorable.
—¡¿PODRÍAS DEJAR DE SER TAN TIERNO?! —gritó, aunque para los involucrados sonó como una súplica. Comenzó a menear el cuerpo de Jisung, pegando sus dos mejillas contra las del menor, frotándolas como un gato que marca su territorio—. ¡Te ves hermoso!
La cercanía, el roce de la piel de Minho contra la suya, la risa vibrante en su oído, fueron demasiado. El rubor de Jisung, que antes era un leve matiz, se intensificó hasta teñir sus mejillas de un rojo cereza, cálido e incontrolable. Sintió un vuelco en el estómago y un calor que se extendía desde su pecho hasta la raíz de su cabello. Minho se separó ligeramente, solo para admirar su obra: un Han Jisung completamente sonrojado, despeinado y con los labios húmedos por el ataque de besos. Sus ojos se encontraron. Los de Minho eran dos lunas crecientes llenas de adoración. Los de Jisung, dos estanques profundos donde la emoción se arremolinaba, luchando por no desbordarse.
—Hyung... ¿podia sholtalme? —murmuró, odiando cada sílaba que salía de su boca sin su permiso. Odiaba no poder hablar, odiaba la vulnerabilidad que su propia voz revelaba, y en ese preciso instante, odiaba la situación. Porque se sentía demasiado expuesto. Demasiado amado. Y no sabía qué hacer con esa avalancha de sentimientos frente a la mirada analítica de su padre.
El cambio en el ambiente fue inmediato. La exuberancia de Minho se enfrió. Su sonrisa se desdibujó lentamente, reemplazada por una expresión de confusión que frunció su entrecejo. Separó las manos del rostro de Jisung, pero no se retiró del todo.
—¿Por qué? Adoras cuando te hago mimos —dijo, y aunque su voz era neutra, había una pregunta filosa en sus palabras. Una grieta en la burbuja de felicidad.
Jisung bajó la mirada. Su cuerpo, que segundos antes era pura plasticina en manos de Minho, se tensó hasta convertirse en una tabla rígida. Cada línea de su espalda era una disculpa silenciosa. Las palabras de su novio resonaron en sus oídos. “Adoras cuando te hago mimos”. Era cierto. Lo adoraba. Lo adoraba con cada fibra de su ser, y ese era precisamente el problema.
—Hay que se-seguir comiendo —tartamudeó, un cambio de tema torpe y transparente. Sus dedos, ligeramente temblorosos, rodearon de nuevo su plato de arroz. Empezó a comer con una concentración excesiva, los palillos moviéndose mecánicamente mientras un nudo de nervios le apretaba la garganta. Podía sentir la mirada de Minho taladrando su perfil. Una mirada que ya no era de adoración, sino que estaba cargada de una creciente tormenta de desconcierto y enojo.
—¿Qué ocurre? —La voz de Minho era peligrosamente baja. Se inclinó hacia el azabache, su aura felina y juguetona transformándose en una depredadora. Su mandíbula se apretó, y sin que él mismo lo notara, sus manos se hicieron puños sobre sus muslos—. ¿Pasa algo?
Se acercó aún más. Jisung podía sentir el calor de su cuerpo, el familiar aroma de su perfume cítrico, ahora percibido como una invasión. El menor siguió evitando su mirada, masticando un arroz que ya no le sabía a nada. Sus hombros se encorvaron ligeramente, como si quisiera desaparecer.
La furia silenciosa de Minho no era contra Jisung, sino contra la situación. No entendía el repentino rechazo, la forma en que la calidez se había esfumado, reemplazada por esta barrera helada. ¿Había hecho algo mal? ¿Era el lugar? ¿Su padre? Un ácido resentimiento hacia el hombre al otro lado de la mesa le quemó la garganta. Sin decir una palabra más, Minho se levantó abruptamente del suelo. Su cojín quedó torcido. Con movimientos bruscos y llenos de una frustración apenas contenida, recogió su plato, su vaso y sus palillos. El tintineo de la loza fue la única banda sonora de su furia mientras salía de la habitación. El sonido de sus pasos, un poco más fuertes de lo necesario, resonó en el pasillo hacia la cocina.
Jisung se quedó inmóvil. El vacío dejado por Minho era una presencia física, fría. Escuchó sus pasos alejarse, y cada uno era un martillazo en su pecho. Un profundo suspiro escapó de sus labios, arrastrando consigo el peso de las palabras no dichas. No quería que la situación se le fuera de las manos. No quería que Minho se enojara, no quería que su padre pensara mal, no quería sentir esta presión aplastante en el centro de su pecho. Pero sobre todo, no quería que Minho se alejara. Esa era la única verdad que importaba. Esa, y una pregunta que llevaba semanas ardiendo en la punta de su lengua, esperando el momento perfecto que nunca llegaba. Un momento que no fuera en la casa de sus padres, con la cena a medio terminar y las emociones a flor de piel. Pero viendo la espalda de Minho alejarse, una urgencia desesperada le sobrevino. Si no lo decía ahora, la grieta se haría un abismo.
—¡¿Quieres vivir conmigo?!
La pregunta salió disparada como un resorte. Alta, clara, y ligeramente quebrada al final. Lee Minho, que ya casi llegaba a la puerta de la cocina, se detuvo en seco. Su espalda, todavía vuelta hacia Jisung, se convirtió en una estatua de sal. El tiempo pareció suspenderse en el comedor, espeso y expectante. Jisung sintió que el corazón se le subía a la garganta y le latía ahí, impidiéndole respirar. Era como si hubiera lanzado una piedra a un lago en calma y ahora solo pudiera esperar, impotente, a ver las ondas.
—He estado buscando departamentos. —La voz de Jisung era más baja ahora, un torrente de palabras apresuradas que había estado represando por demasiado tiempo. Se retorcía las manos sobre el regazo, sus nudillos blancos por la tensión—. Si te preguntas por qué mi cambio de actitud ahora... —Se atrevió a levantar la vista, encontrándose con que Minho se había girado lentamente. Su rostro era un jeroglífico indescifrable. Una mezcla de sorpresa, confusión y algo más, algo brillante y esperanzador que Jisung no se atrevía a nombrar. Verlo así, expectante, lo impulsó a continuar.
—Fue porque pensé que tal vez si te decía... era como una manera de apresurar las cosas. Y sé que tal vez... —Su voz se fue apagando, la seguridad desvaneciéndose como humo. De repente se sintió muy tonto. “Apresurar las cosas”. ¿Era una estupidez? ¿Se estaba lanzando al vacío sin red?
No pudo terminar. Un borrón de movimiento, un susurro de ropa, y unos labios cálidos estaban presionándose contra los suyos. No fue un beso tierno. Fue hambriento, casi desesperado. Las manos de Minho encontraron su cintura y lo atrajeron hacia él, fundiendo sus cuerpos en un abrazo férreo. El beso sabía a la sopa de pasta de soja y a la tormenta que había estado a punto de estallar. Era una respuesta, una reprimenda, y una promesa, todo en uno.
Al sentir el contacto, el nudo en el pecho de Jisung se deshizo de golpe. Suspiró dentro del beso, un suspiro que era pura liberación. Sus labios, al principio tensos por la sorpresa, se movieron para encontrarse con el ritmo que Minho imponía. Era un lenguaje secreto que solo ellos entendían. Minho lo besaba de una manera que lo dejaba sin palabras, con un ímpetu que movía sus bocas para expresar todo el amor y la frustración que sus voces no podían articular. Era una conversación silenciosa donde cada roce decía “te quiero” y cada leve mordisco preguntaba “¿cómo pudiste dudarlo?“.
El primero en separarse, sin aliento y con los labios hormigueantes, fue Jisung. Una sonrisa temblorosa, aún incrédula, curvaba sus labios. Sus manos subieron lentamente desde el pecho de Minho hasta enredarse alrededor de su cuello, sintiendo el pulso acelerado del mayor bajo sus dedos.
—¿Qué dices? —susurró, y su voz era apenas un hilo de sonido cargado de intriga y una vulnerabilidad esperanzada. La pregunta flotaba entre ellos, cálida y viva.
Minho lo miró, sus ojos oscuros brillando con una emoción intensa. Mostró una sonrisa de lado, su típica sonrisa de chico malo que a Jisung le derretía las rodillas, mientras sus manos se posaban con firmeza en la cintura más pequeña de su novio. Sus pulgares empezaron a dibujar círculos lentos y tranquilizadores sobre la tela de su sudadera, un contacto que anclaba a Jisung a la realidad.
—¿Realmente no te quedó claro, amor? —ronroneó. Su voz era terciopelo y promesas. Inclinó la cabeza, rozando la punta de su nariz con la de Jisung, un gesto tan íntimo que hizo que el menor contuviera el aliento—. Mi respuesta es sí. Claro que voy contigo... a donde sea.
Y para sellar la promesa, lo besó una vez más. Esta vez, el beso fue más lento, más profundo. Minho jugueteó con los labios de Jisung, mordisqueando el inferior con suavidad, pidiendo permiso para profundizarlo. Pero justo cuando su lengua rozaba la comisura de la boca del menor, Jisung se separó una vez más, apoyando una mano en el pecho de su novio para poner un mínimo de espacio entre ellos. El cuero cabelludo le hormigueaba y su cerebro, todavía lleno de neblina, intentaba aferrarse a la parte práctica de la vida.
—E-espera, antes tenemos que planear todo. —Las palabras salieron atropelladas. Tenían que buscar algo cerca de la universidad, y que estuviera cerca del metro para Minho, y con una cocina decente, y que aceptaran mascotas, porque Soonie, Doongie y Dori no eran negociables. Y...
Un puchero indignado, adorablemente infantil, apareció en el rostro de Minho. Ver a un hombre tan absurdamente guapo y normalmente serio hacer ese gesto era una de las debilidades de Jisung. El mayor soltó un suspiro teatral.
—Luego vemos eso, ¿sí? —pidió, y su tono no admitía discusión. Pero aun así, esperó. Su mirada era suave, pidiendo permiso.
Como respuesta, Han asintió lentamente con la cabeza. ¿Cómo negarse cuando le hablaban así? La respuesta de Minho fue inmediata. Cerró los ojos, levantó ligeramente la barbilla y sus labios se curvaron en una sonrisa expectante.
—Ahora... bésame, bebé.
Una carcajada sincera, cristalina y llena de alivio y alegría burbujeó del pecho de Jisung. Adoraba cuando su novio se comportaba de esa manera. Le recordaba a cuando eran más pequeños, en sus días de trainees, y Minho, el chico nuevo, serio e intimidante, esperaba con los ojos cerrados y un puchero mal disimulado a que Jisung se apiadara de él y le diera un beso de buenas noches en la mejilla. Algo en su interior se derritió, cálido y familiar.
—De acuerdo —susurró, y la palabra era una promesa.
Sonrió, una sonrisa que nacía desde lo más profundo de su ser, y se inclinó para juntar sus labios con los de Minho. El contacto fue dulce y profundo. Jisung se derritió en él. Lo más seguro, pensó, con los sentidos anegados en el perfume cítrico y el calor de su novio, era que esa noche la cena se enfriaría por completo. La velada estaba destinada a estar llena de mimos, de besos robados entre plato y plato, de las cosquillas que Minho le haría para escucharlo reír y de un nuevo capítulo que acababan de empezar a escribir juntos, allí, en medio del comedor familiar y frente a una sopa de pasta de soja que ya nadie recordaba.
Los meses se deslizaron como agua entre los dedos, dando paso a una nueva realidad.
El departamento no era enorme, pero era suyo. Un lienzo en blanco que habían llenado con sus personalidades opuestas y complementarias. El sofá, elegido por Minho, de líneas limpias y color gris topo, contrastaba con la manta de felpa amarilla y absurdamente suave que Jisung había insistido en comprar y que ahora era el trono indiscutible de las gatas. Las estanterías eran un caos organizado de figuras de anime, libros de producción musical y algún que otro gato de cerámica. El olor a café y a las galletas de mantequilla que Minho horneaba los fines de semana se había impregnado en las paredes. Pero sobre todo, el pequeño apartamento en el tercer piso de un edificio tranquilo se había llenado del sonido de sus risas, de sus discusiones tontas sobre quién lavaba los platos y del inconfundible y profundo amor que se profesaban.
Fue un miércoles cualquiera, de esos que saben a rutina y a felicidad doméstica. La tarde se derramaba perezosa a través de la ventana del salón, tiñendo el ambiente de un dorado melancólico. Jisung llegó a casa agotado. La sesión en el estudio con Changbin y Chan se había alargado más de la cuenta, un estribillo rebelde se negaba a salir y sus dedos estaban acalambrados de tanto teclear y pulsar botones. Al abrir la puerta, el aroma a algo delicioso lo golpeó de lleno. Su estómago rugió en respuesta.
—¿Hyung? —llamó, quitándose las zapatillas con un suspiro de alivio.
—En la cocina —llegó la respuesta, cálida como la luz que inundaba la casa.
Siguió el aroma. La escena que lo recibió en la entrada de la cocina le robó el aliento y le deshizo el cansancio de todo el día. Minho estaba de espaldas, ante la encimera, tarareando una canción que Jisung no reconoció. Llevaba un delantal azul marino sobre una camiseta blanca de tirantes que dejaba al descubierto la elegante musculatura de sus brazos. Su cabello negro, ligeramente más largo, se rizaba en la nuca. Estaba friendo algo en la sartén, su muñeca moviéndose con la gracia de un bailarín para hacer saltar las verduras. El aceite chisporroteaba una melodía alegre. Sobre la mesa, ya estaban servidos dos cuencos de arroz humeante y varios platillos con guarniciones: kimchi, brotes de soja salteados, tortilla enrollada.
—Hueles a chocolate y a café frío —comentó Minho sin darse la vuelta, pero la sonrisa se adivinaba en su voz—. Ve a darte una ducha rápida. La cena está casi lista.
—Ahora voy —murmuró Jisung, con los ojos clavados en la espalda de su novio. No se movió de la puerta.
Diez minutos después, Jisung regresó a la cocina con el pelo azul aún húmedo y goteando sobre una toalla que llevaba al cuello. Se había puesto un pantalón de chándal gris y una camiseta vieja y suave de Munchlax, con el cuello tan dado de sí que le resbalaba por un hombro. Se dejó caer en su silla con un suspiro de pura satisfacción. Minho sirvió el plato principal —un salteado de cerdo con verduras y una salsa oscura y brillante que olía a jengibre y miel— justo en el centro de la mesa.
—Justo a tiempo. Come, que estás muy delgado. Últimamente no paras —lo reprendió, pero su tono era cariñoso. Se sentó frente a él y lo observó.
Jisung no se hizo de rogar. El estudio era un agujero negro que le absorbía las horas y las calorías. Tomó sus palillos, juntó un bocado perfecto de arroz, cerdo y un trozo de pimiento rojo, y se lo llevó a la boca. Sus ojos se cerraron involuntariamente. Una pequeña exclamación de placer, un “mmmmh”, vibró en su garganta. Masticó despacio, y sus mejillas, sonrosadas por el calor de la ducha y la comida, se inflaron de esa manera tan característica.
Y Minho, al otro lado de la mesa, se quedó sin aire. Otra vez. Siempre.
Era ridículo. Llevaban meses viviendo juntos. Había visto a Jisung comer miles de veces, en todos los estados de ánimo y a todas horas. Lo había visto devorar ramen a las tres de la mañana con ojeras y el pelo hecho un desastre, y también lo había visto comer con una etiqueta forzada en cenas de empresa. Pero cada vez que Jisung estaba relajado, en su espacio seguro, y comía algo que él mismo había cocinado con esa expresión de inocencia y placer... el pecho de Minho se convertía en un campo de flores y dinamita al mismo tiempo. Era ternura en estado puro. Era un instinto posesivo y protector que le rugía en las entrañas. Era amor. Tan sencillo y demoledor como eso.
Observó cómo la punta rosada de la lengua de Jisung aparecía para limpiar una mínima mota de salsa de la comisura de su labio inferior. El movimiento fue casi hipnótico. Minho apretó sus palillos con fuerza. La cena que él mismo había preparado dejó de importarle. Su propio plato permanecía intacto. Todo su universo se reducía a la visión de su novio comiendo feliz.
—¿No comes, hyung? —preguntó Jisung al darse cuenta, inclinando la cabeza como un cachorrito confundido. El hombro de su camiseta se deslizó un poco más, dejando al descubierto una extensión de piel suave y la línea de su clavícula. Otro mordisco. Otra mejilla inflada.
El “click” de los palillos de Minho al ser depositados en el reposador resonó en la cocina como un disparo. Jisung levantó la vista, sorprendido. Minho se había levantado y rodeaba la mesa con una lentitud calculada y felina, sus ojos oscuros fijos en él. Una energía distinta, densa y electrizante, crepitaba en el ambiente.
—Hyung, ¿qué...? —empezó a preguntar Jisung, pero las palabras murieron en su garganta cuando Minho se detuvo detrás de su silla. Las manos cálidas del mayor se posaron sobre sus hombros, masajeando la tensión acumulada con una presión firme que le arrancó un suspiro involuntario. Los dedos de Minho rozaron los límites de la toalla húmeda, tocando la piel desnuda de su cuello, justo donde el pulso latía con fuerza creciente.
—Shh. —El aliento de Minho le rozó la oreja, cálido y mentolado, erizándole la piel—. Termina de comer, Jisung-ah. No te detengas.
La orden era suave, casi una súplica, y el tono le produjo a Jisung un escalofrío que no era de frío. Su mano tembló ligeramente al tomar los palillos de nuevo. Minho no se movió de detrás de él. Sus dedos seguían dibujando perezosos círculos en la piel de su nuca, bajando a veces por la pendiente de su clavícula expuesta. Jisung se llevó otro bocado a la boca, pero apenas podía saborearlo. Todo su cuerpo estaba concentrado en el punto de contacto, en la presencia imponente de Minho detrás de él, en el aroma de su perfume que lo envolvía.
Cuando sus mejillas se inflaron de nuevo con el arroz, escuchó la respiración de Minho cortarse.
—Eres tan perfecto... —susurró contra su cabello húmedo. La voz era ronca, cargada de una adoración que rasgó algo dentro de Jisung—. A veces no sé qué hacer conmigo mismo. Verte aquí, en nuestra casa, comiendo lo que yo cocino para ti... con esas mejillas llenas. Es lo más bonito que me ha pasado en la vida. Y a la vez, es una locura, Jisung. Porque te veo así y quiero... —Se interrumpió, apoyando la frente en la coronilla del azabache. Jisung permanecía completamente inmóvil, los palillos suspendidos en el aire, el corazón latiéndole desbocado.
—¿Qué quieres? —La pregunta era apenas un hilo, vulnerable y expectante. Se giró un poco en su silla, lo justo para mirar a Minho por encima del hombro. Sus miradas se encontraron. El fuego en los ojos de Minho era oscuro, intenso, pero ardía sobre un lecho de ternura infinita. Era una combinación que lo dejaba sin aliento.
—Quiero... —Minho deslizó sus dedos por la mandíbula de Jisung, enmarcando su rostro, su pulgar acariciando la mejilla que todavía no había terminado de masticar. En ese pequeño contacto, Jisung sintió la ligera aspereza de su yema, el temblor casi imperceptible de su mano—. Quiero amarte —confesó, desnudando su alma—. Hasta que no puedas pensar en nada más que en mí. Hasta que olvides tu propio nombre.
El cuenco de arroz de Jisung cayó sobre la mesa con un ruido sordo, la cena olvidada. El mundo exterior —el salón, los gatos durmiendo en el sofá, el ruido lejano del tráfico— se desvaneció. Solo existían ellos dos en la burbuja dorada de la cocina. Sin despegar sus ojos de los de Minho, Jisung giró completamente en su silla. Sus manos, todavía frías por el cansancio, se alzaron para descansar en las caderas de su novio, sus dedos aferrándose a la tela del delantal.
—Entonces hazlo —susurró, y era una rendición, un permiso, un ruego—. Ámame.
Fue como liberar a una fiera contenida. Pero no una fiera violenta, sino una devota. Minho se inclinó, capturando sus labios en un beso profundo y hambriento. No había prisa, pero sí una intensidad que quemaba. Su lengua acarició la costura de los labios de Jisung, pidiendo paso, y este se lo concedió con un gemido tembloroso. El sabor de la cena se mezcló con el sabor único de su amor, familiar y nuevo al mismo tiempo. Las manos de Minho se movieron a su espalda, deslizándose por debajo de la camiseta de Munchlax para tocar su piel desnuda. Estaba caliente y se estremeció bajo sus dedos. Tiró de él, instándolo a levantarse de la silla.
De pie, con sus cuerpos pegados, el beso se profundizó. La toalla de Jisung cayó al suelo, olvidada. Minho era un explorador meticuloso, sus manos trazaban mapas de la espalda de Jisung, sus omóplatos, la curva de su cintura. Cada roce era una chispa. Se separaron solo para tomar aire, sus frentes apoyadas, compartiendo el mismo aliento agitado. Las manos de Jisung se deslizaron por el pecho de Minho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón a través de la camiseta de tirantes.
—Bebé... —murmuró Minho, la palabra cargada de significado. Besó la punta de su nariz, sus párpados cerrados, el lunar bajo su ojo—. Mi bebé.
Sin romper el contacto, comenzaron a moverse. Un baile torpe y ciego en dirección a la única habitación de su pequeño santuario. Dejaron atrás la cocina con su cena a medio terminar, dejaron atrás el salón donde Dori dormía plácidamente. El trayecto fue un torbellino de besos robados y roces imposibles. En el umbral de la puerta, Jisung se detuvo, presionando a Minho contra el marco. Esta vez fue él quien lo besó, un beso que era puro agradecimiento, una forma de decirle “gracias por esperarme, por cocinar para mí, por amarme incluso cuando me olvido de comer”. Minho lo recibió con un suspiro entregado, sus dedos peinando el cabello azul húmedo.
Entraron en la habitación. La única luz provenía de la farola en la calle, filtrándose a través de las cortinas finas y dibujando siluetas plateadas en la cama. Minho cerró la puerta con suavidad, el clic amortiguado, un sello de intimidad. Guió a Jisung hasta el borde del colchón. La cama se hundió ligeramente bajo su peso cuando se sentó. Minho se arrodilló frente a él. El acto, tan devoto, tan inesperado, hizo que a Jisung se le encogiera el corazón.
Con parsimonia, como si desenvolviera el regalo más preciado, Minho tomó el dobladillo de la camiseta de Jisung y tiró de ella hacia arriba. Jisung alzó los brazos, dejándose hacer, su mirada fija en el rostro concentrado de su novio. Cuando la tela fue descartada en algún rincón oscuro, Minho se quedó quieto. Sus ojos viajaron por el torso desnudo de Jisung, la suave curva de su cintura, el pecho que subía y bajaba con rapidez. Su mirada no era solo de deseo; era de veneración.
—Eres tan hermoso —dijo, su voz quebrada por la emoción—. No es solo tu cara, Jisung-ah. Es todo. Es verte comer feliz. Es verte dormir con la boca abierta. Es verte concentrado en tu música, mordiendo el lápiz. Todo tú eres hermoso.
Jisung sintió que sus ojos se humedecían. Parpadeó rápidamente. No quería llorar, pero las palabras de Minho tenían una forma de calar hasta lo más hondo de su alma, de arropar las inseguridades que a veces le susurraban al oído. No hubo tiempo para responder. Minho se inclinó y depositó un beso justo sobre su esternón, en el centro de su pecho. Sus labios estaban calientes. Luego, moviéndose con una lentitud que enloquecía, subió por su cuello, besando su pulso acelerado, la barbilla, de nuevo la comisura de sus labios. Jisung se echó hacia atrás, apoyándose en sus codos, y Minho lo siguió, colocándose sobre él sin dejar de besarlo. El peso de su cuerpo era una promesa de seguridad.
El resto del mundo se diluyó. Se convirtió en un asunto de tacto. Los dedos de Jisung se enredaron en el delantal de Minho, desatando el nudo con impaciencia. La prenda se unió a la camiseta en el suelo. Tiró de la camiseta de tirantes, necesitando sentir su piel. Minho se incorporó un momento para quitársela, y la visión de su torso, esculpido y pálido bajo la luz de la luna, le cortó la respiración a Jisung.
—Mío —murmuró, alzando la mano para tocar. Sus dedos recorrieron la línea de su clavícula, bajaron por su pecho, contando el relieve de sus abdominales. Minho tomó su mano y la llevó a sus labios, besando cada nudillo.
—Tuyo —confirmó contra su piel.
Se deshicieron del resto de la ropa entre caricias y murmullos. No había prisa. Era un ritual sagrado. La piel contra la piel era una sinfonía de sensaciones: la suavidad de los muslos de Jisung contra sus caderas, el calor que emanaba de sus cuerpos, el roce del algodón de las sábanas. Minho se reincorporó, buscando en el cajón de la mesita de noche, y Jisung se quedó mirando el techo, su pecho agitado, cada terminación nerviosa de su cuerpo encendida. Cuando Minho volvió a su lado, su mano acarició el costado de Jisung, bajando en una lenta trayectoria que hizo que este arqueara la espalda.
—Mírame, Jisung —le pidió, su voz ronca en la oscuridad.
Jisung obedeció. Sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, encontraron los de Minho justo sobre él. La intensidad de su mirada lo atravesó. No era solo lujuria; era una conexión profunda, un “aquí estoy, soy yo, y te amo”. El primer contacto íntimo fue un jadeo compartido. Minho se movió con una lentitud exquisita, preparándolo con una paciencia que hacía temblar a Jisung. Sus dedos, ungidos y cálidos, dibujaban círculos que desarmaban todo pensamiento coherente. Le susurraba cosas al oído, un torrente de amor y suciedad que se mezclaba de una manera perfecta: “Esto es lo que me haces”, “Tan bien para mí“, “Mi niño bueno”, “Eres un sueño, Jisung-ah, mi sueño”.
Cuando sus cuerpos por fin se unieron, fue un regreso a casa. Un suspiro tembloroso escapó de los labios de Jisung. No era solo una sensación física de plenitud, era una unión emocional, un clic en un mecanismo perfecto. Se aferró a los hombros de Minho, sus uñas arañando suavemente su espalda. Minho se quedó quieto por un momento, dejándolo adaptarse, su frente sudorosa apoyada en la de Jisung.
—Te quiero —susurró, y no era una frase hecha. Era una verdad absoluta y temblorosa que se colaba por las grietas de sus almas—. Te quiero tanto que duele.
—Y yo a ti —respondió Jisung, con voz quebrada—. Ahora, muévete, por favor.
Minho obedeció. Comenzó un ritmo lento y profundo, un vaivén de olas del mar que lamían la orilla. Cada embestida arrancaba un gemido de la garganta de Jisung, un sonido que era música para los oídos de Minho. Se besaban sin coordinación, más un compartir aliento que un beso real. Las manos de Minho estaban por todas partes: en su cabello, en sus mejillas (todavía las podía sentir ligeramente infladas, y ese pensamiento lo enloquecía), en sus caderas, guiando el ritmo. La fricción de sus cuerpos encendía hogueras en el bajo vientre de Jisung. El placer no era una explosión repentina, sino una construcción constante y abrumadora. Era un calor líquido que se extendía desde su centro hasta la punta de sus dedos, un cosquilleo en el cuero cabelludo, una luz blanca creciente detrás de sus párpados cerrados.
Era completamente sensorial. El sonido de su respiración agitada llenando la habitación, el roce de las sábanas de algodón bajo su espalda, el aroma almizclado de sus cuerpos mezclándose, el sabor salado de la piel de Minho cuando besaba su cuello. Y sobre todo, el tacto. La sensación de ser llenado, tomado, amado hasta el último rincón de su ser.
—Jisung... Jisung, mírame —jadeó Minho, su ritmo volviéndose más errático, más profundo. Estaba cerca, Jisung podía sentirlo en la tensión de sus músculos. Abrió los ojos. La imagen sobre él era devastadora. Minho, con los ojos ennegrecidos por el deseo y el amor, los labios entreabiertos, el cabello pegado a la frente sudorosa. Era un dios griego esculpido solo para él.
—Siempre te veo, hyung —murmuró, alzando una mano temblorosa para acariciar su mejilla. Ese simple gesto fue el detonante.
Minho gimió su nombre como una plegaria y se derramó en su interior, su cuerpo tensándose en un arco perfecto. La sensación de su liberación, cálida y pulsátil, empujó a Jisung al abismo. Con el nombre de Minho en sus labios y los ojos apretados, se dejó caer en un clímax que le robó el aliento y le estremeció hasta la última fibra. Era luz, era calor, era paz.
Por un largo minuto, el único sonido fue el de su respiración entrecortada, intentando volver a la tierra. Minho se dejó caer con cuidado sobre Jisung, su peso un bálsamo, no una carga. Jisung rodeó su cintura con sus brazos, abrazándolo fuerte. Besó su cabello húmedo, su sien. El mayor escondió el rostro en el hueco de su cuello, respirándolo.
—¿Ves? —murmuró Minho contra su piel, su voz completamente ronca—. Te dije que quería amarte hasta que olvidaras tu nombre.
Una risa suave, cansada y feliz, vibró en el pecho de Jisung. Sus dedos dibujaban constelaciones en la espalda sudorosa de su novio.
—Han Jisung —dijo en un susurro soñador—. No me he olvidado, hyung. Es Han Jisung. Y soy el hombre más feliz del mundo porque Lee Minho me ama... incluso cuando hablo con la boca llena.
Minho se rio, una risa baja y ronca que era su sonido favorito en el universo. Se incorporó lo suficiente para mirarlo a la cara, sus ojos todavía brillando con restos de deseo y un torrente de adoración. Con un pulgar increíblemente suave, limpió una pequeña mancha que Jisung no sabía que tenía en la mejilla. Un resto de salsa de la cena.
—Especialmente cuando hablas con la boca llena —corrigió Minho, besando la mancha invisible—. Porque así es como tus mejillas se inflan. Y es la cosa más tierna del mundo. Y es la razón por la que voy a pasar el resto de mi vida cocinando para ti.
Jisung sintió un nudo en la garganta. Parpadeó, y esta vez una lágrima feliz y perezosa se deslizó por su sien hasta perderse en la almohada. Minho la atrapó con otro beso.
—Duerme un poco, bebé —susurró, arropándolo con el edredón y su propio cuerpo—. Mañana te haré panqueques. Y tortilla enrollada. Y sopa de algas. Todo lo que quieras. Quiero verte comer.
Jisung cerró los ojos, una sonrisa tonta y cansada en los labios. Acurrucado en la calidez del abrazo de Minho, se sintió completo. Lo último que pensó antes de que el sueño lo reclamara fue que, de todas las formas en las que Minho le había demostrado su amor, esta era su favorita. No por el placer, sino por la certeza. La certeza de ser visto, de ser conocido, y de ser amado en cada pequeño gesto. Incluso, y sobre todo, en la forma en que sus mejillas se inflaban al comer.
Un año después
El aroma a café recién hecho y a tortitas dulces invadió el apartamento. Era sábado, y la luz del mediodía se colaba a raudales por las ventanas, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire. Era el día de limpieza, pero la limpieza podía esperar. Minho estaba ante la cocina, como tantos otros sábados, con un delantal rojo cereza, friendo panqueques. Soonie, Doongie y Dori merodeaban entre sus piernas, expectantes ante la posibilidad de que cayera alguna migaja.
Jisung apareció en la puerta de la cocina, bostezando. Su cabello azul, ahora con las raíces negras crecidas, apuntaba en todas direcciones. Llevaba una sudadera tres tallas más grandes que le pertenecía a Minho y unos calcetines de pandas desparejados.
—Siéntate —ordenó Minho sin darse la vuelta, su voz una caricia mañanera—. El café está en la mesa.
Jisung obedeció, todavía medio dormido. Se dejó caer en su silla, frente a un plato ya servido con un montoncito humeante de panqueques dorados, coronados por una generosa porción de fresas laminadas y un chorrito de sirope de chocolate. Un pequeño vaso de leche fría y una taza de café americano humeante completaban el cuadro. Jisung observó la comida, y una sonrisa llena de sueño y felicidad curvó sus labios.
—Eres un ángel, hyung. ¿Qué hice yo para merecerte? —murmuró, su voz todavía áspera por el sueño.
Minho apagó el fuego y se giró. Al verlo, su corazón hizo la misma cabriola de siempre. El chico más hermoso del mundo, con su pelo azul revuelto y su sudadera robada, sentado en su cocina, esperando sus panqueques. Era la definición de la felicidad.
—Existir —respondió simplemente, dejando un beso en su sien antes de sentarse a su lado con su propia taza de café.
Jisung, ya un poco más despierto, empuñó el cuchillo y el tenedor. Cortó un triángulo perfecto de panqueque, se aseguró de que tuviera una fresa y la cantidad justa de sirope, y se lo llevó a la boca. Masticó lentamente, con los ojos entrecerrados de puro placer. Y sus mejillas, naturalmente, se inflaron.
Minho lo observó por encima del borde de su taza. Sintió esa punzada de adoración, ese “click” en su pecho. Dejó la taza en la mesa.
—Jisung-ah —llamó con una calma sospechosa.
—¿Mmmmh? —respondió el aludido, todavía masticando, sus mejillas llenas como las de un hámster feliz.
—¿Sabes qué estaba pensando mientras hacía los panqueques?
Jisung negó con la cabeza, tomando un sorbo de leche. Un pequeño bigote blanco le quedó sobre el labio superior. Minho se derritió un poco más.
—Estaba pensando en la primera vez que te vi comer en casa de tus padres. Hace más de un año. —Sus ojos se encontraron, y el ambiente se cargó de recuerdos—. Tu padre me estaba fulminando con la mirada, y tú estabas comiendo sopa, inflando los cachetes de esa manera... tan tú. Y yo pensé: “Dios mío, quiero ver esto todos los días de mi vida”. Y por eso casi me matas de un golpe en la cabeza.
Jisung soltó una carcajada, un sonido brillante y libre que llenó la cocina.
—No te estabas concentrando, hyung. Fue en defensa propia. Además, esa misma noche te pedí que viviéramos juntos. Así que técnicamente, todo fue gracias a mi golpe y a mis cachetes.
—Touché. —Minho se rio, negando con la cabeza. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. Pero ahora los cachetes son solo míos. Y la sopa de mis suegros fue reemplazada por mis panqueques. Todo está en orden.
Se levantó de su silla y rodeó la mesa con la misma lentitud felina de aquella noche especial. Jisung lo siguió con la mirada, el tenedor suspendido en el aire. Sus mejillas, con el último bocado, estaban todavía ligeramente infladas. El corazón le latió más rápido, anticipando lo que sabía que iba a pasar.
Minho se detuvo justo detrás de él. Sus manos se posaron en los hombros de Jisung, bajando lentamente por sus brazos hasta cubrir sus manos. Con una suavidad exquisita, le quitó los cubiertos y los dejó en el plato.
—¿Lo ves? —ronroneó en su oído, y su aliento cálido hizo que Jisung se estremeciera—. Ahora, no hay padre. No hay sopa. No hay interrupciones. Solo tú y yo, y tus preciosas mejillas llenas de mis panqueques.
Besó su mejilla inflada. Un beso largo y sonoro. Jisung intentó protestar, pero solo salió un sonido amortiguado. Minho se rio.
—Te quiero, Han Jisung —dijo, dando la vuelta a la silla para que Jisung quedara de frente a él. Se arrodilló, quedando sus rostros al mismo nivel. Con sus dos manos, enmarcó el rostro del azabache y presionó sus mejillas, haciendo que sus labios se fruncieran en un adorable puchero. Restos de sirope de chocolate y diminutas semillas de fresa manchaban la comisura de su boca. Era un desastre. Era perfecto.
—Te voy a besar —anunció Minho, con la seriedad de quien declara una ley universal.
—Bwueno —concedió Jisung, su voz completamente deformada.
Minho se inclinó y lo besó. El beso sabía a café, a panqueques, a chocolate y a fresas. Pero debajo de todo eso, sabía a “hogar”, a “por siempre” y a un amor tan tierno y profundo que hacía que a Jisung le dieran ganas de llorar de nuevo. Envolvió sus brazos alrededor del cuello de Minho, profundizando el beso, riendo contra sus labios cuando las gatas empezaron a maullar, exigiendo su parte del desayuno.
—Te quiero, Lee Minho —murmuró Jisung cuando se separaron, con la voz ya normal pero los ojos brillantes—. Ahora, ¿puedo terminar mis panqueques? Se están enfriando.
—Solo si me das otro beso —regateó Minho, frotando su nariz contra la de él, un gesto cariñoso y felino.
Jisung puso los ojos en blanco, pero se estaba riendo. Le dio un beso rápido en los labios.
—Hecho. Ahora, déjame comer. Mira que tengo las mejillas vacías. —Y cogiendo su tenedor, empezó a inflarlas de nuevo de forma teatral, masticando aire, solo para hacer reír a Minho.
El mayor volvió a su asiento, el corazón tan lleno de amor que sentía que iba a desbordarse. Tomó su café, ya tibio, y observó a Jisung devorar el resto del desayuno. En ese pequeño apartamento, con sus gatos y el olor a dulce, con el chico del pelo azul y las mejillas de ardilla sentado frente a él, Lee Minho supo que todo, absolutamente todo, estaba exactamente donde debía estar. Y todo había empezado, de una forma extraña, por el simple y maravilloso acto de verlo comer.






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