El Secreto Del Príncipe Dragón — MYG + PJM

Summary

Park JiMin, un príncipe dragón de sangre azul y escamas blancas casado con un monarca amoroso, pero demasiado ocupado como para atender sus necesidades. Min YoonGi, por otro lado, es un dragón de raza inferior con una naturaleza que le dictaba cumplir cada uno de los caprichos que la corona le pedía, aunque eso implicara desobedecer las leyes más sagradas de su estirpe. Ambos dragones cargan un secreto consigo, uno que podría arruinar más de una vida si se revelaba.

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one-shot

El día transcurría ameno en el reino de Soul y el Rey de los Dragones Blancos, Park ChanYeol, se sentaba derecho sobre su trono una vez escuchó el característico sonido del metal de una armadura resonando en su gran y elegante salón. Su esposo yacía sentado a su lado, un omega con linaje de Dragón Blanco tan puro como nieve recién caída del cielo y con ojos tan brillantes como el propio oro, un par de ojos que ahora se dedicaban a mirar con desdén a la persona que caminaba hacia ellos como si tuviera el derecho de irrumpir en el lugar y llenarlo con su inferior presencia.

Sin embargo, el aparente intruso sí se había ganado el derecho de, no sólo estar dentro de aquellas paredes hechas de mármol, sino que también de pasearse por el castillo sin necesidad de ser escoltado por nadie. De hecho, merecía más que elogios en ese momento, después de su excelente trabajo hecho horas antes en el pueblo.

—No puedo creer que lo hayas enviado a él —murmuró el omega con recelo, recostado de lado en su propio trono con sus piernas a medio abrir, la tela blanca de sus largos ropajes cayendo como cascadas entre sus torneadas piernas. Miraba al hombre que se acercaba con confianza y serenidad en su mirada, sus propios labios frunciéndose en molestia por su cara—. Es un completo presumido, hay muchísimos caballeros más carismáticos y mejores que él.

—Por favor, JiMin —ChanYeol hizo un ademán con su mano—. Estás diciendo puros sinsentidos —rió—. Él es el mejor y lo sabes, así que sé amable y no te reprimas en elogiar su trabajo —advirtió a sabiendas de lo engreído que podía ser su omega cuando se trataba de aquel hombre.

El caballero más fiel del rey, el más habilidoso y el más fuerte, caminaba por el largo pasillo lleno de columnas decoradas con hermosos detalles dorados que sostenían un alto techo abovedado color blanco. Su piel brillaba en sudor al igual que lo hacían algunas de las escamas negras que decoraban su cuello, contrastando con sus profundos y poco expresivos ojos color rojo, de los cuales uno de ellos era decorado por una cicatriz vertical producto de sus batallas. El color de su mirar era la misma tonalidad que decoraba su armadura como consecuencia de los altercados con los que había tenido que lidiar. Su cuerpo se sentía como si se quemara por el esfuerzo, pero había una aura satisfecha lo rodeaba cuando se arrodilló frente al rey, colocando un brazo sobre su rodilla y bajando la cabeza en señal de respeto.

—Veo que has trabajado mucho, caballero —mencionó su majestad, levantando un poco su mentón con suficiencia—. ¿Puedes, por favor, decirme cuál ha sido el resultado? Estoy entusiasmado por las buenas noticias.

El caballero respiraba un poco agitado, la pelea había sido violenta, pero no lo suficiente como para hacerlo flaquear. La victoria fue fácilmente alcanzada desde el momento en el que las tropas llegaron al lugar para acabar con la amenaza rebelde y, sin sonar demasiado fanfarrón, lo habrían hecho de cualquier manera mientras lo tuvieran a él liderando la defensa.

—Le puedo decir con seguridad, su majestad, que pudimos acabar con la amenaza rebelde en su totalidad —expresó, levantando su cabeza. Una sonrisa suave decoró sus labios un segundo y JiMin no pudo evitar girar la mirada, virando sus ojos con fastidio—. Ninguno de nuestros hombres ha sufrido daños graves y hemos encarcelado al menos a diez rebeldes, los otros han sido asesinados por amenazar a la corona —contó—. Podría decir que la batalla fue dura, pero eso sería darles demasiado crédito a un montón de necios alborotadores —concluyó.

Él era un fuerte Dragón Negro, ágil y con un fuerte instinto asesino, entrenado desde su nacimiento para cuidar al rey y a sus allegados. Aunque su linaje no era ni por asomo tan sagrado o puro como el de sus altezas, su fuerza y resistencia sí que eran superiores a la de otras especies; su hambre por la victoria reinaba su sistema y la fidelidad por sus líderes lo hacían implacable con cualquiera que amenazara su integridad.

—¿Cuántos han sido asesinados por tu mano? —el rey cuestionó.

El Dragón Negro se levantó, colocando sus manos detrás de su espalda.

—Más de cien, su majestad —respondió frío.

JiMin le dedicó una mirada cargada de incredulidad y sorpresa, una mueca que destruyó por un segundo su expresión severa y superior.

—¡Oh, Min YoonGi! —el rey se levantó—. No sabes lo dichoso que me haces —celebró con alegría—, creo que estoy tan feliz que podría hacer una fiesta hoy mismo, ¿qué opinas, mi amor? —JiMin apretó sus labios en una mueca de exasperación, pero terminó asintiendo, de acuerdo con su esposo—. Aunque hoy estaré ocupado luego de esta reciente riña, quizás mañana...

El Dragón Negro dejó de mirar al rey, que ahora lucía pensativo, y se encontró con la mirada escudriñante y juzgadora de JiMin. Ambos pares de ojos parecían arder mutuamente como el fuego intenso que quemaba en sus pechos de dragón y el omega fue el primero en desviar la mirada, chasqueando la lengua.

—Como sea, habrá una fiesta pronto, eso es seguro —sonrió, llamando la atención de su caballero—. ¿Interesado, Min? Sé que tienes que estar a mi lado sin importar qué, pero tu presencia siempre es bienvenida en mis eventos especiales como un invitado.

—Siempre será un gran honor para mí servirle a la corona y ser parte de todos los eventos a los que usted me invite, su majestad —inclinó su cabeza, reverenciando al rey—. Sin embargo, mañana haremos los interrogatorios correspondientes para corroborar si los rebeldes no tratan de realizar algún otro ataque, pero por ahora puedo asegurarle que estamos a salvo. No puedo dejar que nadie lo toque y para lograr eso no tengo permitido distraerme.

—Oh, no te preocupes —negó con su cabeza—. Me tomará un par de días organizar el evento, así que tendrás tiempo de sobra para prepararte.

—Entonces no voy a perdérmelo por nada del mundo —sus labios se levantaron, una suave sonrisa en su rostro que no llegó a sus ojos, típico de él. “Insulso”, como solía describirlo JiMin.

El rey rió encantado, las escamas blancas en su cuello brillaron al igual que sus ojos dorados y le dio un par de palmadas en el hombro al Dragón Negro que lo protegía.

—Has hecho un increíble trabajo —alabó, cargando de orgullo el pecho del dragón—. Sigues cuidando el castillo, sigues cuidando a mi príncipe, a nuestro pueblo... y has eliminado a aquellos que se han mostrado en contra de nosotros —señaló satisfecho—. No podría haber pedido un mejor Caballero Oscuro.

Un «Caballero Oscuro», fieles a sus protegidos, dispuestos a entregar su vida por ellos, sacrificando hasta su último aliento por preservar a aquel con quien estuvieran enlazados en una relación de amo-dueño y Min YoonGi no era más que eso para aquellos que gobernaban el reino de Soul.

Una herramienta, un arma. Sin sentimientos, sin deseos.

Los de su especie no abundaban, no corrían por ahí siendo libres en la intemperie, ellos nacían de la combinación especial de dragones específicos. Los criaderos escogen cada característica cuidadosamente, en donde no hay lugar para el error o desventaja. Sin embargo, por culpa de su genética artificial, los Dragones Negros vivirían siendo estériles e incapaces de procrear con los de su misma u otra especie, atados a su propósito de protección y cuidado, así como de tener que soportar la guerra y la sangre hasta el fin de sus días.

A pesar de lo desolador que pudiera ser para cualquiera, esa había sido y sería la única vida que iba a conocer Min YoonGi, tan seguro de su origen como de su razón de existir, fiel y dispuesto a todo con tal de cumplir aquello por lo que había sido traído al mundo.

—Siempre será un honor proteger el castillo y a sus altezas —dijo con seguridad, su voz grave y aduladora, sus ojos sin expresión más que el orgullo de sus victoriosas batallas.

El rey infló su pecho, igual de orgulloso.

—Por ahora puedes retirarte y descansar.

Pero antes de que YoonGi pudiera asentir antes la orden, JiMin soltó un sonido de disconformidad, llamando la atención del rey y la del caballero.

—¿Eso ha sido todo? —su voz sonó filosa, incrédula y hasta burlona—. No creas que por matar a unos pocos y por encarcelar a otros que se han proclamado en contra de la corona eres el salvador de este reino, Min YoonGi —escupió, casi con resentimiento y la mirada del rey se endureció, desconcertado por el comportamiento de su esposo—. No vayas a creer todo lo que el rey te dice.

—JiMin, ¿a que se debe esta impertinencia? —preguntó en tono serio—. No hables de esa manera, nuestro caballero ha hecho un gran trabajo y debes reconocerlo —le reprochó y luego miró al mencionado—. Discúlpalo, no entiendo por qué se comporta así.

—Oh, no pasa nada —negó con la cabeza, antes de regresar sus ojos al príncipe. Su rostro imperturbable—. Entiendo que su majestad no esté contento si hay algo que no he hecho correctamente y yo no me creo un salvador ni mucho menos, pero me esforzaré para satisfacer todos sus deseos, príncipe —sonrió suavemente y en sus ojos se vio un brillo desconocido.

El príncipe omega se levantó de su puesto con exasperación, mirándolo desde lo alto y bajando los escalones que separaban el trono del piso. Su ropa se deslizaba por los escalones de manera delicada y armoniosa. La luz del sol que se asomaba por los ventanales que se anunciaban detrás de ambos tronos se reflejaba sobre su piel y escamas dando la ilusión de estar brillando como si de un ángel se tratara. El Dragón Negro no se perdió de ningún paso, sus ojos fijos en el Dragón Blanco y en sus piernas asomándose entre la tela del ropaje hasta el momento en el que se plantó frente a ambos alfas.

JiMin quizás estaba siendo demasiado impulsivo, pero sus sentimientos alrededor del Dragón Negro eran así después de todo y no había algo que le hirviera más la sangre que el presumido de Min YoonGi recibiendo todos los halagos del rey.

—Caballero, si crees que con esto va a sorprenderme, pues estás muy equivocado —sonrió casi con un encanto voraz.

—No estoy tratando de impresionar al príncipe, sólo a mi rey —respondió de manera rápida, sus ojos fijos en el príncipe, casi quemándolo con la mirada.

A YoonGi le encantaba seguirle el juego y, ¿por qué no? Sacarlo un poco de sus casillas.

—¿Sí? ¿Y quién es el que gobierna a su lado? —preguntó JiMin de manera retórica.

—JiMin, amor mío —su esposo lo llamó, tomando sus manos—. Dejemos estas banalidades de lado, tus caprichos no pueden salir a relucir por encima de nuestras necesidades —habló con seriedad y aunque JiMin insistió en mantener su mirada llena de fuego en YoonGi, terminó desviándose hacia su esposo—. No seas tan duro con nuestro caballero, se ha ganado cada uno de sus elogios. Además, con los recientes acontecimientos que involucran a nuestros enemigos, debemos estar atentos y no dejarnos llevar, necesitas comportarte como el príncipe que eres.

Entonces JiMin volvió a mirar a YoonGi y este lo observó sin expresión en el rostro, esa cara insulsa que hacía siempre que lo quería volver loco. Así que, sin soportarlo un segundo más, se soltó del agarre del rey para darse la vuelta y emprender su caminata fuera del salón.

—Me retiro al jardín real, no quiero ser molestado —anunció antes de desaparecer entre los pasillos a paso rápido, sus zapatos con tacón resonando entre las paredes.

ChanYeol suspiró.

—Sé que me odiará por esto, pero luego de tu descanso no le quites el ojo de encima —YoonGi asintió—. Tengo entendido que los rebeldes querían entrar al castillo y herir a mi príncipe, así que hasta que descubramos si acabamos con la amenaza, el trabajo que tendrás ahora será seguir protegiendo a JiMin hasta que cambie mis órdenes.

—Claro que sí, su majestad —volvió a dedicarle una reverencia y el rey sonrió satisfecho.

—Confío en ti —le dijo—. Estaré ocupado el resto del día con mis allegados para hablar sobre este problema, así que no podré acompañar a mi príncipe. Si logras hacer que JiMin se mantenga en su habitación, te lo agradecería.

YoonGi volvió a asentir y observó con tranquilidad cómo el rey se iba por el lado contrario al que había tomado JiMin antes de mirar con ojos cargados en fuego la dirección que había tomado el príncipe omega.


JiMin miraba el cielo azul alzarse con imponente sobre su cabeza, veía las nubes danzar con el viento y respiraba relajado, acostado sobre el verde pasto. El terreno del castillo se extendía por kilómetros y las áreas de los jardines eran las favoritas de JiMin, ya que podía simplemente sentarse a respirar el aire fresco, extender sus alas y volar, sentir el pasto en sus pies o sólo oler el armonioso aroma de las flores.

Al menos eso estaba haciendo hasta que una sombra interrumpió su tranquilidad, el rostro del dueño de sus pensamientos interponiéndose descarado sobre la vista del cielo azul.

De inmediato, sus cejas se fruncieron mientras el otro ladeaba un poco su cabeza, aparentemente divertido por la expresión indignada del peli-blanco y este se sentó en el suelo, girándose para mirarlo.

—Hola, príncipe —saludó calmado. Porte firme, mirada oscura.

—¿Qué quieres aquí? —casi escupió, mirándolo con desdén. Tomando sus ropajes para levantarse del suelo y sacudirse los pedazos de tierra y pasto—. ¿Por qué interrumpes mi momento de paz con tu inferior presencia?

—Estoy cuidando al príncipe de mi rey —explicó con una sonrisa pequeña en su rostro, pero a diferencia del aura que había cargado estando con el rey presente, los ojos ahora brillaban como fuego asesino y sus colmillos se mostraban entre sus labios. Muy lejos de la expresión insulsa que tanto molestaba al omega.

JiMin levantó ambas cejas con sus párpados medio cerrados, observándolo como si buscara retarlo de alguna manera. Luego miró los alrededores, cruzándose de brazos por debajo de las mangas de su túnica blanca que dejaba a la vista sus torneadas y delicadas piernas a través de la tela que se separaba desde su cintura hasta tocar el suelo. Su pecho también estaba medio descubierto, la tela cerrándose un poco más abajo de sus clavículas para dar ese aire de sensualidad y delicadeza, así como buscaba provocar a los demás y hacerlos suspirar por no poder tocar jamás la piel lechosa del príncipe.

Min YoonGi sólo lo miraba, aquella sonrisa aún en su rostro, usando ropa más cómoda que una armadura, ropa que igualmente revelaba el alto rango de su posición en el castillo y el origen de su especie; la tela completamente negra y el cuero decorando su pecho en un chaleco por encima de un camisón suelto de manga larga, pantalones anchos y botas con metal en el talón y la punta. Sus manos con guantes de cuero, metal filoso en los nudillos por si se le presentaba alguna pelea. La espalda colgada en su cintura, sujeta firme y dispuesta a cortar cualquier cabeza que se le atraviese.

—¿Si te das cuenta que hay suficientes guardias aquí en el jardín que pueden hacer muy bien su trabajo de protegerme? —cuestionó como si el otro fuera un idiota y YoonGi asintió como si no le afectara el trato, colocando sus manos detrás de su espalda—. Tu trabajo no es requerido, no me interesa lo que haya dicho el rey.

—Por favor, príncipe —su voz grave pareció atravesar su garganta en una especie de ronroneo y JiMin tomó aire, sus filosos ojos fijos en la expresión retadora del contrario—. Este lugar sigue estando al aire libre y un ataque rebelde acaba de ocurrir.

—Claro, y tú serás el primero en acudir al llamado si encuentran la manera de escabullirse por el castillo, ¿cierto? —bufó.

La mirada de YoonGi casi vaciló, curioso por la molestia en el tono de voz de JiMin durante la pregunta. No creía entender por qué le irritaba aquello, pero el otro se veía bastante ofendido.

—¿Le molesta que cumpla con mi deber? —preguntó.

JiMin viró los ojos y no respondió a la pregunta, simplemente se giró para caminar hacia algún punto al azar. YoonGi no dudó en seguirlo y decidió continuar.

—El rey me pidió que yo mismo lo escolte a usted hasta sus aposentos, es por eso que estoy aquí —explicó—. Ahí estará más seguro.

—Puedo cuidarme solo —refutó como si quisiera reír, moviendo su mano en rechazo antes de girarse—. Soy un Dragón Blanco, tendrían que lanzarme mil flechas antes de que caiga al suelo derrotado —dejó salir aire caliente, inclinándose hacia YoonGi, y ahí estaba otra vez, aquella pequeña sonrisa apareciendo entre los labios del pelinegro.

—No lo dudo, mi príncipe —reverenció, mostrando respeto frente al berrinche del omega y este se reincorporó, observando las acciones ajenas como si las estuviera calificando en su cabeza—. Sin embargo, son órdenes directas, no quiero desobedecer a mi rey.

—¿Acaso no puedes obedecer alguna de mis órdenes también? Yo también soy tu majestad —argumentó, volviendo a cruzar sus brazos, recibiendo la mirada del otro con sus propios ojos echando fuego.

Ellos se habían conocido hacía al menos dos años y medio desde que el rey ChanYeol desposó al jóven Park JiMin, un omega de Dragón Blanco que era el último hijo de una familia poderosa con terrenos importantes en el reino y los pueblos circundantes, su casamiento estaba pactado desde su nacimiento y una vez alcanzó la mayoría de edad de veintiún años, fue que pudo concretarse. Ahora, con veintitrés años recién cumplidos, Park JiMin era el príncipe que gobernaba al lado de su amoroso y cursi rey, un pequeño dragón caprichoso al que nunca le habían dicho que no y con un ego que volaba más alto de lo que su dragón podría jamás.

YoonGi sólo se mantuvo unos segundos observándolo, escudriñando en él con sus oscuros ojos color rojo sangre y sus manos apretándose entre las otras, encajando sus uñas en ellas como si se estuviera conteniendo de hacer algo con todas sus fuerzas. Los guardias caminaban por los alrededores, haciendo su trabajo y observando el intercambio de ambos individuos.

YoonGi debía mantenerse sereno.

—Tiene razón, usted también es mi honorable majestad —casi suspiró, bajando su cabeza para dedicarle una reverencia—. Sus pedidos son mis órdenes, usted lo sabe perfectamente, pero el rey me ha pedido protegerlo, así que me gustaría que usted comprenda el por qué de mi urgencia —volvió a mirarlo, sus ojos oscurecidos y casi brillando, sin sonrisas, aire caliente saliendo por su nariz—. Le ruego, príncipe, que me permita cumplir con mi cometido.

JiMin relamió sus labios.

—¿Me ruegas, huh? —cuestionó burlón. YoonGi pasó saliva y volvió a mirarlo, su expresión inquebrantable y sus posición firme frente al bajito omega que lo miraba por debajo de sus largas pestañas, con su blanco cabello cayendo suave y esponjoso sobre su frente y nuca, labios rosados y abultados, fruncidos en una sonrisa traviesa—. Creo me has convencido de ir a mis aposentos, tanta charla me ha dado sueño y me encantaría una ducha para tomar una siesta, ¿qué opinas?

—¿Por qué usted requeriría una opinión mía, príncipe? —cuestionó sin dejar de mirarlo mientras el omega pasaba a su lado, girándose para seguirlo—. Tengo entendido que mi presencia le parece irritante.

—Oh sí, definitivamente eres irritante, Min YoonGi —rió con travesura, pero sin responder a la pregunta que había hecho el Dragón Negro, caminando frente a él con un suave moviendo de caderas que decoraba su andar, su espalda firme y su mentón elevado, demostrando su estátus.

Atravesaron el castillo en sepulcral silencio, atravesando los pasillos mientras cada guardia y servidumbre que se encontraban le dedicaba una pronunciada reverencia al omega dragón, elevando más el ego del mismo y arrancando sonrisas de suficiencia en él que Min YoonGi no podía ver porque él sólo lo seguía como una sombra, un trabajo para el que estaba dedicado, después de todo.

—Largo, no los quiero aquí, váyanse a hacer alguna otra cosa inútil como vigilar la cocina —JiMin hizo un pronunciado ademán con su brazo cuando llegaron a la puerta de su habitación personal, una que usaba por protección ya que se encontraba alejada del área principal del castillo. Dos guardias siempre protegían la entrada, un par de dragones de bajo rango que pese a sus enormes músculos y mirada estoica, se alejaron de inmediato como si el pequeño omega fuera aterrador—. Tengo mi guardia personal, él cuidará de mi, órdenes del rey —anunció—. Lárguense lejos o les corto la cabeza —escupió con desdén.

Ambos miraron a YoonGi con espaldas tensas y este asintió a sus palabras, así que los hombres le dedicaron una reverencia al omega y se fueron del largo pasillo.

—¿En serio acaban de mirarte a ti para buscar tu aprobación? —le cuestionó ofendido, sus manos tomando los dos picaportes de las enormes puertas de su habitación—. ¿Acaso ese par de insulsos no saben que el príncipe soy yo?

—Creo que lo saben muy bien, su majestad —le respondió con voz lenta, una pequeña sonrisa subiendo por sus labios—. Ellos velan por su seguridad tanto como yo, pero reconocen la personalidad quisquillosa de su adorado príncipe... quizás sólo querían estar seguros de que que usted no los estaba engañando... como ha hecho en varias ocasiones, si me permite argumentar —explicó.

—¡Tonterías! —exclamó ofendido, arrugando su nariz y abriendo de par en par las puertas de su habitación para sumergirse en ella mientras refunfuñaba improperios por ser tratado como un niño.

YoonGi mantuvo una sonrisa pequeña y se adentró igualmente, girándose para cerrar ambas puertas y colocar el pestillo con suavidad antes de encarar al omega que seguía lanzando insultos hacia los guardias que sólo estaban haciendo su trabajo, sus manos siendo colocadas en su espalda nuevamente mientras esperaba que el pequeño espectáculo terminara.

—Bien —JiMin bufó, finalizando su berrinche para mirarse en el espejo de su enorme habitación, uno que se erguía elegante sobre una cómoda repleta de cajones de color dorado y blanco—. Mis escamas se ven resecas, las rabietas no me ayudan en nada, esos idiotas tienen la culpa... —viró los ojos, tocando las escamas que decoraban parcialmente su cuello hasta un poco más abajo de sus clavículas en pequeñas secciones blancas y brillantes.

—Supongo entonces que la ducha le hará muy bien, su majestad —comentó sin quitarle la mirada de encima.

Órdenes del rey, después de todo.

—Tienes razón —lo miró con su mentón elevado, lanzó sus zapatos lejos y extendió su brazo hacia él—. Quítame la ropa, raza inferior.

Min YoonGi apretó su mandíbula y levantó ambas cejas sólo un poco, su mirada estática manteniéndose en él como si no estuviera en absoluto sorprendido por el pedido.

—Estoy seguro de que ese es trabajo de las sirvientas, joven príncipe —una sonrisa quiso salir de sus labios, testeando la paciencia del Dragón Blanco mientras sus pies picaban por acercarse como el otro pedía—. Yo no tengo permitido...

—Cállate, mi palabra es ley —JiMin movió su mano con insistencia, un brillo dorado extendiéndose por sus pupilas—. Quítame la ropa —repitió.

YoonGi miró los alrededores, dudando. JiMin rió socarrón.

—No hay nadie aquí, Min YoonGi —finalizó, sus labios articulando cada palabra lentamente mientras suspiraba tentador y una de sus comisuras se alzaba en invitación, su mano haciendo un ademán en pedido de que se acerque como si él fuera un perro.

La afirmación repercutió en YoonGi lo suficiente como para que un suspiro caliente y pesado saliera por su nariz, el fuego sintiéndose en la boca de su estómago. Sus pasos resonaron lento dentro de la enorme habitación mientras se acercaba al caprichoso omega, reteniendo la sonrisa que luchaba cada vez más fuerte por mostrarse frente a JiMin.

El Dragón Negro se colocó lentamente detrás del príncipe, la mano antes extendida del peli-blanco ahora se enredaba su cabellera negra mientras YoonGi deslizaba su nariz sobre el cuello suave del joven dragón, aspirando el aroma de rosas del omega como si hubiera estado esperando años para poder hacerlo.

—Como usted diga, su alteza —susurró en voz grave, sus grandes manos deslizándose por su espalda baja y luego por su cintura, en la cual reposaba un corset color dorado que sostenía la túnica y era el principal foco de interés de toda la prenda, sin contar sus aretes dorados y sus brazaletes del mismo color—. Voy a quitarle cada prenda con cuidado, sólo espere...

Un suspiro suave se oyó, era JiMin. La mano izquierda del alfa reposaba sobre su pequeña cintura, sus manos color negro como la noche dándole un contraste a la imagen etérea del principe frente al espejo. El color negro de su piel escamosa era una característica de su especie, extendiéndose por su mano hasta difuminarse con el color pálido de su piel humana a la altura de su codo.

—¿Eso que veo es una mano tocando mi cintura? ¿Quién te crees que eres para tocarme de esta manera, raza inferior? —preguntó JiMin entre suspiros, sus mejillas rojas y sus ojos mirando el reflejo del espejo, uno en donde podía observar a la perfección la manera en la que el Dragón Negro mantenía sus ojos cerrados mientras su nariz se paseaba por su cuello, completamente hipnotizado.

—No lo sé —murmuró ronco, pegando sus labios a la oreja del príncipe con su mano derecha encaminándose a la parte trasera del corset. El aire caliente que emanaba su boca hizo a JiMin retener un gemido y YoonGi sonrió, a sabiendas del efecto que esto producía sobre él—. Usted es quien se está dejando tocar, usted quiere que lo desvista... —jadeó, provocando un escalofrío en JiMin—. ¿Qué clase de príncipe deja que una raza inferior lo toque de esta manera? ¿Acaso el rey no lo satisface lo suficiente? ¿Huh? —tentó, enredando los dedos de su mano en el lazo dorado del corset y otra en el vientre del omega, tirando un poco hacia su propio cuerpo.

YoonGi sintió un jalón en su cabello y gimió ronco, aún pegado al oído de Park.

—¿Insinúas que tu querido rey es un inútil para el sexo? —sonrió divertido, disfrutando las caricias que le dedicaba YoonGi en su vientre y de la manera en la que su aliento caliente chocaba contra su cuello—. Oh... sí él supiera lo que pretendes hacer conmigo... —su voz delicada tornándose jadeante y coqueta—. Tú, su tan adorado Caballero Oscuro...

JiMin dio un paso hacia atrás, pegando más su espalda al pecho del Dragón Negro sólo para deleitarse con los suspiros profundos que este le dedicaba por el contacto, sintiéndose pequeño frente al otro de una manera excitante. Dejó su cabeza en el hombro del otro, YoonGi paseando la punta de la nariz por su cuello como si no tuviera permitido hacer más.

—Insinúo que si mi rey no es capaz de lograr su cometido, entonces es mi trabajo hacerlo —soltó el nudo del corset con sus hábiles manos entrenadas—. No puedo sólo ignorar a un príncipe necesitado, ¿qué clase de caballero sería entonces? —le sonrió al espejo, sus profundos ojos rojos encendidos en fuego.

—¿Y si te cortan la cabeza? —el corset se soltó, la túnica igual y la tela de sus hombros cayó un poco por sus brazos.

YoonGi mordió su labio inferior ante la vista del pecho ajeno, apretando el pequeño cuerpo entre sus manos mientras su nariz regresaba a su cuello y sus labios rozaban la dulce zona en la que las feromonas más se concentraban, una en la que aún no había marca visible, no porque el rey no lo quisiera, sino porque el príncipe no dejaba de rechazarlo.

—Todo sea por satisfacer a mi príncipe —le dedicó otra mirada en el espejo, deleitándose con la expresión necesitada que formaba JiMin con sus cejas fruncidas y labios húmedos, inclinándose hacia su toque bajo el íntimo contacto.

—Oh... hazlo —ordenó—. Satisface a tu necesitado príncipe, raza inferior.

Park JiMin nunca rogaba, jamás, ni siquiera a su esposo, era como si la palabra y su significado no estuviera en su vocabulario. Sin embargo, Min YoonGi era un caso aparte, sus órdenes se entremezclaban con ruegos, por lo que el Dragón Negro a veces se daba el lujo de fantasear un poco con eso.

—Sus deseos son mis órdenes, príncipe Park —accedió, ronco—. ¿Qué le gustaría que hiciera primero?

—Lame.

Su lengua salió de su boca abierta, lamiendo desde su hombro hasta el punto en el que su mentón y cuello conectaban, recibiendo un delicado sonido agudo de parte del omega, quien se encogió en su puesto y provocó que la tela blanca cayera un poco más hasta llegar a sus codos, desvelando sus rosados y erectos pezones.

YoonGi continuó lamiendo y chupando suave y lento la zona del cuello ajeno, sus manos encontrando su lugar en la cintura de este para acariciarla con un poco de rudeza mientras tentaba su suerte con pequeños besos húmedos que resonaban delicados sobre el silencio de la habitación.

—Quítame esto —ordenó.

El Dragón Negro tomó los bordes de la tela, rozando los pezones del omega quien arqueó la espalda a la par que removía su cuerpo debajo de las rusticas y lentas manos del caballero, deshaciéndose de la parte de arriba de su ropaje, cayendo esta al suelo junto a sus piernas.

—De rodillas.

YoonGi accedió, se quitó la correa de la espalda y se dejó caer frente a él en un sonido seco, jadeante y caliente por la manera en la que el otro sonreía y se giraba en su dirección, una de sus manos subiendo a su pezón derecho para tocarlo superficialmente mientras se sentaba en la silla que reposaba frente al espejo.

—Que patético luces así, como un perro desesperado por un hueso y no como el poderoso Caballero Oscuro que te jactas de ser —bromeó divertido, suspirando sonoro mientras su dulce mano acariciaba su pecho suave y YoonGi sintió su boca salivar, sus manos apretadas en puños sobre sus rodillas—. ¿Quieres ver qué hay debajo de mi falda, dragón? —levantó su pierna derecha para colocar su pie desnudo en el hombro de YoonGi.

—Quiero ver lo que hay debajo desde que lo vi sentado en su trono esta mañana, su majestad —admitió jadeante, JiMin mordió su labio, deslizando su pie por el hombro ajeno—. Usted se veía tan tentador ahí, de piernas abiertas... como si estuviera esperando por mi...

El omega se rió, una mirada de suficiencia surcando su rostro.

—¿Por ti? —lo empujó con su pierna—. Te crees mucho si piensas que un príncipe como yo esperaría por una raza inferior como tú, Min YoonGi —dejó su pie nuevamente sobre el suelo, sus piernas abiertas y una erección haciendo acto de presencia debajo de la tela blanca de su ropaje, como si la declaración del hombre le hubiera pegado fuerte.

YoonGi se recompuso luego del empujón, sus ojos fijos en las piernas del príncipe.

—Aun así yo he sido el único que lo hace gritar y rogar tan fuerte —tomó aire, sonriendo suave antes de levantar su mirada cargada en rojo—, ¿no es así, majestad?

Lejos de ofenderse o discutir, JiMin volvió a morder su labio, moviendo sus dedos para que YoonGi se acercara. El hombre no dudó en acatar el pedido, arrodillado frente a las piernas abiertas del príncipe mientras este tomaba la tela que lo separaba de su tan preciado manjar y desvelaba una erección rosada y punzante alzándose frente a la cara del alfa.

Su propia erección palpitó ante la vista y YoonGi pasó saliva mientras veía al menor acomodarse en su silla, tomando su negro cabello con fuerza para acercarlo a su pene lo suficiente como para que tanto la punta de su nariz como sus labios lo tocaran, pero él no se movió, esperando la orden.

—Buen dragón —susurró JiMin, tomando su erección y presionando la punta contra la boca a medio abrir de YoonGi, quien no dejaba de mirar sus ojos cargados de fuego—. ¿No vas a tomarme a menos que te lo ordene, no es así? Aún aquí, tan desesperado por tenerme en tu boca, no puedes traicionar al rey de esta manera... —siguió tentando al otro, apretando su cabello para presionar la cara de YoonGi contra su entrepierna, suspirando por el toque—. Abre la boca, dragón.

Así lo hizo, siendo profanado con la erección del omega en su boca cuando este volvió a presionarlo contra sí, recibiendo un suspiro mientras tragaba la extensión completa del otro que no dejaba de tironear de su cabello.

—Chupa —gruñó.

YoonGi no demoró, subiendo y bajando su cabeza mientras el omega cubría su boca con su mano libre, jadeando y gimiendo bajito mientras el otro se encargaba de meter hasta lo más profundo de su garganta la rosada punta del blanco príncipe. La sensación dolía en su boca, pero él no se detenía, el ritmo marcado por la mano del omega que lo tironeaba y sus propias manos encontrando un lugar entre los muslos de este, abriendo un poco más sus piernas para tener más acceso a la zona.

—Buen dragón... qué dulce... —alabó, YoonGi gruñó por esto y JiMin chilló por la vibración—. Así... así...

Su espalda se encontraba arqueada sobre la silla y sus pies en punta sobre el suelo mientras los chispazos de calor se extendían por todo su cuerpo, su erección siendo devorada por la boca de un emocionado alfa que no lo dejaba de engullir como si hubiera esperado siglos por ello, soltando sus propios suspiros y gruñidos a mitad de su actuar. JiMin no cabía en su regocijo, amando la no sólo la sensación de la caliente boca del dragón rodearlo por completo, sino también la de un alfa como él arrodillado por él, tragando toda su extensión mientras la saliva se escurría por las comisuras de sus labios, mirándolo desde abajo como si fuera el más precioso de los tesoros de la corona.

Hacía un año que Park JiMin enseñó sus verdaderas intenciones detrás de sus caprichos y rabietas, un lluvioso día en el que el rey tuvo que ausentarse durante un mes por cuestiones de trabajo y le encargó a Min YoonGi vigilar a su adorado príncipe las veinticuatro horas del día en una fecha tan cercana a su celo, tan seguro de que YoonGi no sería capaz de tocar a su esposo que ni siquiera tuvo que ordenar que más guardias lo vigilaran. Aquella vez, JiMin simplemente lo llamó, le dedicó una mirada chispeante y le pidió que se recostara con él en la cama sólo para sentarse sobre sus piernas y restregarse contra él hasta llegar a su propia liberación, usándolo como un juguete; mientras que Min YoonGi no lo pudo tocar, pero sí pudo mirarlo, si pudo sostenerlo cuando cayó sobre su pecho, pudo escucharlo gritar su nombre.

Sin embargo, el Dragón Negro no se sintió en absoluto mal por ello, tan orgulloso de acatar las órdenes de su superior como lo habría hecho en cualquier otra circunstancia con el rey, así que cuando JiMin se retiró de su regazo para ducharse, él sólo le dedicó una reverencia pronunciada, devoto a su príncipe. El omega no se detuvo luego, no lo alejó, no lo acusó, simplemente siguió llamándolo a su habitación, levantando su lindo trasero para él y Min YoonGi no podía decirle que no.

Literalmente, no podía decirle que no. Ni siquiera porque su naturaleza le dictara que debía obedecer, sino que lentamente comenzó a llevar un poco más allá su fidelidad y afecto hacía el omega, observándolo de lejos con ojos de resguardo sin que el rey se lo ordenara, asegurándose de su seguridad incluso más que la del propio monarca y procurando seguirlo a todos los lugares que pudiera por el simple placer de verlo existir, así hasta que su necesidad de recibir órdenes fue opacada lentamente por sentimientos que él mismo no comprendía, pero que debía ignorar porque no eran correctos.

Sabía que estaba siendo usado por el príncipe, pero le encantaba. Cuando veía los ojos del omega peli-blanco brillar para él de esa manera que lo tenía hipnotizado casi podía sentir que estaba en donde tenía que estar, muy a su pesar que esto fuera sólo una cuestión de momento y de que no sería capaz de traspasar aquella barrera que los separaba.

Desde aquella primavera en la que JiMin lo invitó por primera vez a su habitación, los dos comenzaron a compartir un secreto mutuo que los conectaba. Desde ese momento tuvieron que mantener las apariencias y las miradas desinteresadas para que nadie sospechara que, cada que tenían una mínima oportunidad, él se lanzaba a los brazos del príncipe mientras se le fuera permitido, como si algún tipo de fuerza externa los empujara a tentar su suerte de esa manera.

—Qué deliciosa lengua tienes, dragón... —suspiró jadeante el príncipe con una voz aguda y necesitada, por lo que YoonGi pensó que él mismo tenía que ser esa fuerza que lo hacía pecar, y es que Park JiMin era la representación exacta de la lascivia; tan tentador, tan dulce.

La naturaleza de YoonGi era la fidelidad a la corona y la protección a su líder, ser agresivo, fuerte y estratégico eran un plus para cualquier batalla que se le presentara, pero Park JiMin lo volvía débil y torpe, lo llevaba al límite con sus miradas de superioridad y sonrisas traviesas, lo hacían ignorar por completo la ley que regía en sus venas: obedecer al monarca de turno, no traicionarlo bajo ninguna circunstancia.

Sin embargo, ahí estaba él, recibiendo en su boca la corrida del omega del rey mientras este se retorcía sobre la silla, jadeante y caliente; traicionando no sólo al rey, sino también a sus más profundos instintos prefabricados.

YoonGi no podía desear, pero deseaba tanto a Park JiMin.

—Oh, Min YoonGi... —suspiró JiMin, sus ojos dorados brillando intensamente, su pecho bajando y subiendo en búsqueda del aire que faltaba en sus pulmones. El Dragón Negro sólo lo miró desde abajo con la respiración agitada, tragando su corrida y lamiendo las comisuras de sus labios mientras su intensa mirada roja penetraba en él—. ¿Quieres besarme?

—Sí —jadeó ronco, tratando de recuperar el aliento. Su voz profunda de dragón hizo a JiMin cerrar un poco sus piernas, pero no pudo del todo, ya que las manos y rostro de YoonGi se interponían—. Quiero besarlo tan fuerte que le falte el aliento.

El omega se deleitó con las palabras del otro, sintiendo su pecho burbujear emocionado. Soltó su cabello y deslizó su mano por el rostro ajeno, levantando su mentón y acariciando sus labios rojos con su pulgar.

—¿Acaso crees que te lo mereces?

—No merezco ni siquiera mirarlo, pero no sabe cuánto quisiera poder hacer que se derrita entre mis manos justo ahora, su alteza —decía con voz ensoñadora, caliente como el infierno y con un tono de ruego que Park adoró por completo—. Por favor, príncipe, deje que esta raza inferior pueda disfrutar del cuerpo del ser más precioso existente en el reino de Soul y en cualquier otro...

Tenía al caballero más poderoso y fuerte del castillo rogando por él, arrodillado frente a sus piernas pidiendo por él y JiMin estaba tan emocionado como caliente en ese momento. Su corazón latía fuerte contra su pecho, su dragón lanzando una llamarada que lo hizo nublar todo juicio, algo que sólo pasaba con el poderoso Dragón Negro.

—¿Qué tan desesperado estás por tenerme? —preguntó en susurro.

—Tan desesperado que podría matar por ello —admitió tan firme y con una voz tan ronca que JiMin sintió un escalofrío.

—¿En serio? —trató de no sonar sorprendido.

—Sin duda alguna, su majestad.

—¿A quién serías capaz de matar? —continuó, entusiasmado por la respuesta.

YoonGi ni siquiera lo pensó dos veces.

—Al mismísimo rey —respondió, casi gruñendo.

JiMin tuvo que retener un jadeo sorprendido y un gemido caliente, su erección volviéndose a levantar lentamente entre sus piernas y no dudó en tomar el camisón del hombre para jalarlo hasta sus labios en un beso desesperado, jadeante y caliente, uno que parecía querer decir tantas cosas, pero que se quedó como eso, como un beso.

El pelinegro se aferró a los muslos del peli-blanco, su erección palpitante dentro de sus pantalones y su boca caliente suspirando sobre la contraria mientras ambos adentraban su lengua en la cavidad del otro, luchando por el poder y control del beso.

—Llévame a la cama y hazme todo tuyo, Min YoonGi —ordenó, pero sonó como un ruego, uno que hizo al otro crispar sus escamas.

Levantó al omega de la silla, tomándolo entre sus brazos y dejándose caer sobre él en la cama con sábanas doradas de seda. Las piernas de JiMin se enroscaron alrededor de la cintura del alfa como si ese fuera su lugar destinado y el caballero batallaba con su boca y usaba una de sus manos para amasar su pecho con rudeza, arrancándole jadeos y gemidos agudos a JiMin que YoonGi retenía entre sus bocas, disfrutando cada uno de ellos con deleite.

JiMin jalaba su cabello, apretando su boca contra la suya sin interés en respirar, sólo en poder alargar cada vez más la sensación hipnotizante de los fuertes besos del Caballero Oscuro hasta que su pecho dolió y se separó entre bocanadas de aire. YoonGi gruñó, respirando sobre sus labios con desespero, sintiendo al omega mover sus caderas debajo de las suyas buscando más y más punzadas de placer, pero él no se movía, sólo sostenía sus caderas y marcaba el ritmo del otro.

El Dragón Blanco llevó su nariz al cuello ajeno, buscando un aroma que se encontraba prácticamente desaparecido; los de su especie eran capaces de volverse invisibles frente a las narices de sus rivales y él no iba a arriesgar tanto su cuello como para dejar su aroma sobre el omega ajeno, pero muy para sus adentros, JiMin admitía desear con todas sus fuerzas poder sentir el olor a limón y menta, mezclado con el jengibre, del caballero. YoonGi, por otro lado, aspiraba con ahínco la esencia a rosas y frutos rojos del bosque, un aroma mezclado con la dulzura de las mandarinas.

Olfatear a JiMin se sentía como la libertad de volar en el cielo, incluso mejor.

Pero él no podía tener mucho de eso, no podía volver demasiado íntimo ese momento (más de lo que ya era) a pesar de que el omega se aferrara a él como si quisiera que no se fuera nunca. Olfatearlo como si fuera su pareja no estaba permitido, debía controlarse, debía concentrarse sólo en darle placer al omega necesitado.

—Abajo —ordenó de repente JiMin, autoritario. Alejándose de su cuello con una frustración marcada en su voz, su cabeza cayendo de nuevo sobre la cama.

YoonGi no dudó, consciente de lo que el pedido significaba, así que lo tomó de la cintura y lo giró sobre la cama, bajando su rostro hasta el bonito trasero del Dragón Blanco para meter su cara entre sus esponjosas nalgas llenas de lubricante con aroma a mandarinas. JiMin abrazó una almohada, llenándola de todos los gemidos agudos que soltaba su boca mientras el hombre lamía y metía su lengua dentro del anillo de carne, sus propios pulgares abriendo la zona para llegar más profundo.

El omega no dejaba de moverse sobre la lengua ajena, reteniendo lo más que podía sus sonoros gemidos mientras sus propias caderas parecían tener consciencia propia. De inmediato, arqueó su espalda como pudo, sacando su rostro de su escondite y tomando el cabello de YoonGi con fuerza. El alfa gruñó, siendo apresado por el otro contra su culo y este sonrió entre jadeos, restregándose lento contra la boca de YoonGi.

—¿Te gusta esto, verdad? Te encanta servirme de esta manera —preguntó jadeante JiMin, con una sonrisa de suficiencia decorando su rostro. Las manos de YoonGi se apretaron alrededor de la carne de sus muslos y acarició con más fuerza la pequeña entrada con su rasposa lengua de dragón, afirmando sus palabras—. Eres tan sucio... tan desesperado por... —se tragó un gemido, moviendo erráticamente sus caderas—... tan desesperado por mi culo...

«Por ti», quiso corregir el Dragón Negro.

En cambio, YoonGi gruñó profundo, más fuerte esta vez, enviando una ola de placer al omega que sintió las vibraciones sobre su sensible entrada, provocando que soltara su cabello y se dejara caer un poco sobre la cama. El Dragón Negro lamió alrededor de la zona, buscando más acceso. Su larga lengua se metió lo más profundo que pudo, saboreando en su boca las mandarinas y frutos del bosque, un suave toque a rosas. A veces apretaba con un poco más de ahínco las nalgas del otro por el movimiento que hacía sobre su cara, marcando un ritmo para hacerlo mejor para ambos, pero mojando aún más la sensible zona con su saliva.

—¿Puedo? —preguntó luego de una larga lamida por la zona, deleitándose con los sonidos que salían de la rosada boca del omega. El aire caliente de su pecho cayendo sobre la zona húmeda, provocando escalofríos placenteros para el pequeño príncipe.

—¿Qué quieres, raza inferior? —pidió saber, mirándolo por encima de su hombro. Sudor pegando el cabello blanco a su frente, una sonrisa ladina en su cara.

—Meter mis dedos —respondió, separando con sus pulgares. Sus ojos cargados de rojo sangre parecieron brillar ante la vida de la dulce entrada contraerse por su declaración.

JiMin, en cambio, fingió que no le importaba. Sólo mordió su labio, levantando un poco más sus caderas.

—Sírvete.

Los dedos del Dragón Negro subieron hasta la mojada e hinchada entrada, metiéndose con tanta facilidad en la cavidad que decidió meter tres dedos de una vez. JiMin lloriqueó, apretando la almohada contra su rostro de nuevo y moviendo sus caderas al ritmo que marcaba el alfa con sus dedos.

YoonGi relamía sus labios, deleitado por el lubricante que manchaba su rostro y dejaba en su cara el aroma de JiMin, ahora resbalando entre los chasquidos de las pequeñas penetraciones de sus dedos. Su propio pene dolía, todavía dentro de sus pantalones, y no pudo evitar deformar su mueca seria en una sonrisa cínica sobre sus labios por la idea de que el príncipe estuviera deshecho bajo su contacto mientras él seguía completamente vestido.

Sus dedos profanaban un omega que jamás podría poseer para sí mismo, uno que bien podría pedir por ayuda, gritar y anunciar que estaba siendo abusado y nadie dudaría de él. De hecho, ese era el plan que iban a llevar a cabo en dado caso de que el rey los encontrara en pleno acto, uno que había ideado el propio YoonGi sólo para que JiMin no cayera en las consecuencias de enrollarse con una raza inferior y serle infiel al rey.

La constante idea de que todo se fuera a la mierda debía ser un impedimento para sus apresuradas y erráticas acciones, pero contrario a todo, impulsaban a YoonGi cada vez más al límite. Él deseaba tanto a JiMin que no pensaba con claridad, sólo quería hundirse en el otro de todas las maneras posibles.

—Príncipe —llamó por encima de los gemidos suaves y agudos del omega que estaba siendo penetrado, sus dedos moviéndose dentro en busca de aquel punto dulce. JiMin se aferraba a las sábanas, su respiración era errática y sus ojos lagrimeaban por las punzadas de placer que recorrían su cuerpo—. Diga que me quiere dentro —pidió, pero sonó como una orden para el otro.

JiMin gruñó entonces, negando con la cabeza. Una cosa era rogarle, otra era acatar una orden de una raza inferior a la suya, sus propios instintos negándose a tal hecho y sus quejidos subiendo de tono cuando el otro ralentizó sus movimientos un poco, quizás queriéndolo llevar al límite para que pronunciara aquellas palabras que estaba deseando oír.

—Estás muy equivocado si crees que te voy a aceptar una orden, Min YoonGi —murmuró sin aliento, sus ojos filosos fijos en el alfa que se alzaba detrás de él, uno que le sonreía tontamente, pero sin detener el lento movimiento de sus dedos en su interior, uno que lo mantenía con su cordura pendiendo de un hilo.

—Era un pedido —corrigió—, me haría muy feliz que lo dijera.

El omega quiso reír con sarcasmo al no creerle, pero sólo lloriqueó cuando la punta de dos dedos del alfa acariciaron su interior con suavidad, tocando una zona que lo hacía chillar, su agarre temblando y su pecho cayendo sobre la cama de nuevo.

Ahora estaba desesperado.

—Mientras más tardes en meter tu maldito pene —tomó aire, no queriendo que su voz sonara más aguda y necesitada de lo que estaba—, más chances hay de que el rey te descubra —razonó, sonando como amenaza, pero una que se distorsionó con el temblar de sus suspiros.

JiMin quizás tenía razón, pero habían dos cosas que YoonGi nunca tuvo ni tendrá jamás en su vida, y una de ellas era el miedo.

La otra no era una cosa, porque era Park JiMin.

—La muerte es mi amiga, joven príncipe —argumentó, sacando sus dedos por completo para volver a meterlos profundamente y con una lentitud tortuosa, arqueándolos dentro del otro en una acción que lo hizo saltar y gimotear bajito—. Si muriera hoy, al menos lo habría hecho después de haber servido a mi patria y luego de haber disfrutado un poco de su etéreo cuerpo, su majestad.

JiMin cubrió el furioso sonrojo que llegó a su cara luego de eso, escondiéndose detrás de la almohada mientras su cejas se fruncían en aparente molestia. YoonGi lo observaba divertido con sus dedos aún en movimiento por lo que JiMin no puede concentrarse del todo, YoonGi luciendo en total control de la situación tanto como el otro odiaba, pero amaba al mismo tiempo.

El Dragón Blanco se sentía tan débil bajo el tacto del caballero, tan vulgar y burdo como un príncipe jamás debía ser. Min YoonGi era la representación de sus deseos más lujuriosos y actitudes más despreciables, sólo lo quería a él, lloraría y sufriría si algo le pasara y eso le aterraba porque aquellos sentimientos debían ser sólo dedicados a su rey, a su esposo, a su real compañero de cama.

Odiaba verlo partir, odiaba verlo pelear, odiaba que fuera la primera opción de defensa del castillo.

Lo odiaba.

—¿No dirá nada, mi príncipe?

—Jódete —gruñó.

YoonGi ensanchó su sonrisa, desabrochando sus pantalones a pesar de no haber recibido lo que buscaba y sacó su erecto pene medianamente manchado con líquido pre-seminal. Lucía brillante frente a los ojos de JiMin, el pene de un dragón alfa que lucía mucho más grande que el propio, con pequeñas secciones puntiagudas decorando desde la base hasta un poco antes de la punta, pequeños pedazos que eran más que un agregado para la sensación de las venas del otro dentro de su cuerpo. JiMin sintió su boca salivar y su agujero apretar, deseando recibir aquel grueso pedazo de carne al que su esposo no podía compararse; por más que fuera un alfa real de sangre azul y raza de Dragón Blanco, no podía simplemente salir bien parado al lado de un dragón tan poderoso como lo era Min YoonGi.

El alfa lo volvió a tomar de la cintura para girarlo sobre la cama, disfrutando de la expresión ansiosa que decoraba el rostro JiMin al momento de abrir sus piernas y posicionarse entre ellas. JiMin dejó caer sus manos a ambos lados de su cabeza y YoonGi se inclinó sobre él, observando con adoración la piel blanca y suave del omega, mientras este huía de su mirada como un avergonzado cachorro abochornado y rojo.

El Dragón Negro alineó su miembro contra la rosada entrada, presionándolo suave mientras JiMin apretabas las sábanas entre sus manos, tratando de mantener calmada su respiración mientras una mueca adolorida decoraba lentamente su rostro. YoonGi colocó una mano a un lado de su cabeza, colocándose sobre él de manera imponente, su respiración agitada y caliente haciendo juego con sus oscuros ojos que hacían al otro sentirse cada vez más pequeño.

Cuando estuvo completamente dentro, JiMin soltó un gemido tembloroso que parecía un lloriqueo, uno que fue acompañado por una lágrima que descendió por su mejilla y que no escapó de la mirada ajena, así que YoonGi levantó su mano para limpiarla. El toque se sintió suave y cariñoso. A pesar de lo rasposo de sus manos negras cubiertas de escamas, JiMin sintió la necesidad de inclinarse hacia el toque y sonreír, pero sólo suspiró, regresándole al otro una mirada igual de profunda y difícil de leer.

Ambos sólo se miran, sus respiraciones se regulan, pero aún sienten que les faltaba el aliento.

Entonces, YoonGi lo embiste con fuerza.

JiMin calló un grito con sus manos, cubriendo su boca y arqueando sus cejas en una expresión de placer doloroso que fue suficiente combustible para que YoonGi continuara sin detenerse, empujándose contra el otro de manera que la cama chillaba y sus pieles provocaban el sonido obsceno del chasquido húmedo típico de sus encuentros.

El Dragón Negro tomó el muslo derecho del otro, levantando su pierna hasta pegarla a su blanco pecho y dejarla ahí, profundizando en sus rápidas embestidas desesperadas. JiMin sólo apretaba fuerte sus manos contra su boca, sus ojos cargándose de lágrimas mientras sentía el pene ajeno profanar su interior con dureza, su entrada siendo forzada de una manera deliciosa que lo hacían poner los ojos en blanco.

YoonGi no dejaba de mirar aquel lugar entre sus piernas, observando hipnotizado cómo el lubricante caía entre sus pieles mientras su pene se perdía dentro de JiMin. De su pecho se formó un fuerte gruñido, su dragón desesperado por querer para sí mismo cada parte del peli-blanco y sus propios ojos miraron los dorados de JiMin, su negro cabello cayendo sobre su frente mientras se movía a la par que sus caderas, dándole una imagen a JiMin que lo hicieron gemir más fuerte entre sus manos.

Esta vez no podía presenciar el cuerpo del alfa, pero en otras ocasiones había sido capaz de observar cada cicatriz producto de su peligrosa vida. Recuerda la angustia de su dragón al verlas, recuerda haber sentido ganas de llorar, así que ahora agradecía que siguiera vestido por más que le encantaría acariciar la piel del otro bajo el tacto de sus manos.

YoonGi se empujaba contra él de manera desesperada, sus jadeos y gruñidos bajo volvían loco a JiMin y la manera en la que lo miraba con tal devoción lo hacían querer sonreír. Podía sentir el calor del otro, el aliento casi prendido fuego del alfa cayendo sobre su pecho cargado de los latidos desesperados de su corazón alterado. Sus manos se levantaron y tomaron su cuello, incapaz de callar sus gemidos, aferrándose a los hombros del otro luego de traerlo hacia él por un beso cargado de cosas que no podían decir.

Se aferraron al otro tan fuerte como podían, jadeando y gimiendo entre sus bocas, presionando con firmeza ambos cuerpos mientras sentían la liberación cada vez más cerca. El rey podría entrar, un guardia o alguna sirvienta, pero ellos no pensaban detenerse. La cama rechinaba, el omega rebotaba por los fuertes movimientos del caballero entrenado, sus uñas encajándose sobre la tela negra de su ropaje mientras lloriqueaba balbuceos pidiendo más, rogando como un príncipe no debería hacer, mirando a alguien inferior con aparente adoración entre lágrimas de placer y suspiros de anhelo.

Ellos no podrían ser, jamás.

Aun así, Min YoonGi no sentía que perdía, más bien consideraba que se estaba encargando de disfrutar hasta el más mínimo atisbo de felicidad que le producía estar de aquella manera con el hermoso príncipe de ojos dorados y cabellera blanca, aquel príncipe dueño de sus desvelos y que era su inspiración para pelear.

JiMin se sentía débil entre sus brazos, pero protegido. Sostenía su rostro con delicadeza y YoonGi no se avergonzó de inclinarse sobre el toque, mirándolo con un sentimiento que no podía poner en palabras, que no diría nunca porque no era correcto, pero que JiMin entendió de alguna manera.

Más allá de los juegos y palabras de superioridad, casi era un secreto a voces los sentimientos que habían desarrollado por el otro y que los habían empujado a actuar como lo estaban haciendo, pero para evitar conflictos, ellos se quedarían callados y su cabeza les haría creer lo básico: YoonGi lo tocaba porque él se lo ordenaba y JiMin usaba al caballero como su juguete.

El omega dejó escapar más lágrimas que se mezclaban con el placer húmedo que bailaba alrededor de ambos, su pierna libre enroscada al otro, sus gemidos cada vez más agudos y su cuello mostrándose cuando sintió la punzada de placer atacar todo su vientre y luego su cuerpo entero.

—Mierda —jadeó adolorido YoonGi, dejando caer su cabeza en el cuello del omega, su cuerpo deteniéndose por completo para dejar al otro disfrutar de su orgasmo.

JiMin sintió su cuerpo entero quemar de una manera deliciosa, llevándolo al límite y provocando que su respiración casi echara fuego mientras una estela de humo salía por su nariz y boca. Sus manos se aferraron a los brazos de YoonGi y otra vez buscó su aroma, tan frustrado por ello que quiso lloriquear de puro berrinche.

—Déjame olerte.

El alfa parpadeó confuso, mirándolo al otro con cejas fruncidas y cara de estar al límite. JiMin gimoteó en pedido, ojos de cachorro aparecieron como ruego en una expresión que sólo aparecía luego de que tuviera un orgasmo, como si este le provocara ser menos severo y durmiera la dominancia de su dragón parcialmente, lo suficiente como para hacerlo pedir sinsentidos de un simple omega buscando mimos.

—La habitación se llenará de mi aroma, príncipe —fue su respuesta, negándose a decir que no.

JiMin apretó el agarre no sólo de sus manos sino también el de su cuerpo entero, haciendo jadear a YoonGi porque aún se encontraba dentro de él.

—Hazlo, por favor...

—Príncipe...

—YoonGi —rogó, una mueca de casi llanto débil que demostraba su lado más vulnerable, una expresión en su rostro que podría ser normal si no fuera porque aquella debía ser enseñada a su pareja, no a una raza inferior—. YoonGi... —llamó de nuevo.

Como ya se sabía, YoonGi era débil y torpe frente a él. Su juicio se nublaba, su dragón pedía cumplir los caprichos de ese omega y, rendido a sus instintos, se acercó a él, dejando que JiMin metiera su nariz en el espacio de su cuello y olfateara sólo un poco de su aroma a alfa en un acto inaceptable.

Tendría que airear la habitación cuando terminaran.

JiMin sólo se aferró a su nuca y hombro, deleitándose cada vez más por la mezcla de esencias, tan contento que quería sonreír tontamente, pero sólo lamió la zona con delicadeza en señal de felicidad. Sus pequeñas manos acariciando con suavidad al otro, cariñoso y amoroso, mimando al alfa luego de su orgasmo como estaba comenzando a acostumbrarse.

El tiempo se sintió detener, la sensación cálida de ser cuidado creciendo en el pecho del alfa para alimentar aquellos sentimientos que no debían ser. Era tan extraño sentir el lado cariñoso del príncipe, uno que no mostraba a menudo ni siquiera a sus subordinados más cercanos o al propio rey, pero lo hacían sentir tan... feliz.

—Córrete dentro de mí...

YoonGi pasó saliva, aturdido por el susurro repentino.

—Príncipe...

JiMin gruñó contra la piel de su cuello, encajando sus uñas en la zona para rasguñarlo superficialmente, heridas que se mezclaban con las demás y que hicieron al alfa jadear.

—Es una orden, raza inferior —y ahí estaba de nuevo.

Antes de darse cuenta, YoonGi cayó de espaldas sobre la cama con el príncipe sentado en su cintura como si fuera su trono, una sonrisa de suficiencia decorando sus labios mientras sus caderas se movían de aquella manera que el alfa ya había admirado antes en los bailes reales, en las presentaciones de la corona durante los festivales dedicados a sus dioses, movimientos que había sentido con toda la dicha y que lo hicieron aferrarse a las caderas ajenas como desespero.

—Desde aquí luces mucho mejor —comentó el otro con sorna, arqueando su espalda mientras se apoyaba en el pecho del otro con sus manos. Su trasero saltando sobre el pene del Dragón Negro mientras mordía su labio.

YoonGi no pudo responder, sólo boqueó y apretó los dientes, enseñando cada vez más sus colmillos entre cada gruñido en una expresión que cualquiera podría interpretar como la rabia misma, una que seguía partiendo terror a sus víctimas, pero que JiMin no dejaba de disfrutar con todas sus fuerzas, sonriendo travieso como respuesta mientras hacía su propio baile erótico sobre el pene del alfa dragón.

Ver al príncipe alzarse sobre él mientras su pecho rebotaba por el rápido movimiento de sus caderas lo hacían sentir demasiado cerca del límite. Disfrutando de la sensación de la caliente entrada ajena apretar su extensión de una manera deliciosa y húmeda que podía sentir escurrir por su entrepierna, subiendo y bajando en estocadas que perdían ritmo de vez en cuando mientras los suspiros y gemidos de placer se mezclaban con los gruñidos profundos de un alfa que deseaba con todas sus fuerzas morder el cuello del omega más hermoso de todos.

—Príncipe... —jadeó YoonGi—. Príncipe... —llamó sin saber qué quería exactamente, provocando en el otro una mirada cargada de sensualidad y satisfacción por la desesperación en su voz.

El omega lucía tan bien moviéndose sobre él, sólo sobre él, no quería que nadie más lo viera, no quería que el rey lo disfrutara, estaba tan... celoso.

Lo quería todo para él.

—Buen dragón... qué buen dragón... —no dejó de alabar JiMin, llenando de orgullo el pecho del alfa y de calentura su pene, su voz aterciopelada haciendo eco en la habitación, sus pequeñas manos aferradas al otro mientras sentía sus piernas temblar por el esfuerzo—. Córrete para tu príncipe, dragón...

Al haber estado tan cerca antes, YoonGi no demoró en llegar a su propio orgasmo, soltando las caderas del príncipe para aferrarse a la cama en un intento de no dejarle marcas visibles por más que quisiera llenarlo de sus mordidas y rasguños. JiMin cubrió su boca para no chillar, sintiendo el semen caliente llenar su interior de una manera que lo hicieron finalmente suspirar de puro gozo, su espalda arqueándose mientras recibía cada gota.

YoonGi trató de regular su respiración, dejando caer su cabeza sobre las suaves almohadas mientras JiMin acariciaba su pecho, inclinándose hacia él para mirarlo mejor.

—¿No hay nada que quieras decir, raza inferior? —tentó con su voz llena de lujuria luego de recomponerse, tomando el rostro del dragón con una de sus manos para que este lo mirara.

YoonGi jadeó en su dirección, sus emociones erráticas por el reciente orgasmo. Trató de recomponerse, respirando profundo mientras los dorados ojos de JiMin se dedicaban a escudriñar cada pequeña reacción del otro sólo para disfrutarla lo más que podía. La pregunta parecía sonar como una invitación a decir algo subido de tono, algo que los hiciera gemir a los dos, pero por alguna razón el Dragón Negro sentía que había otro pedido más detrás.

Simplemente tomó aire, suspirando a la par que enseñaba una sonrisa ladina que hacía competencia con la del otro.

—Ya lo sabe.

Los ojos de JiMin brillaron y su sonrisa socarrona se transformó en una suave mientras el toque de su mano se volvía delicado, acariciando su mejilla con algo parecido al cariño y observando la cicatriz ajena con devoción.

—Ya lo sé.

Entonces, ambos se besaron.


La noche se alzaba serena sobre el castillo del Rey de los Dragones Blancos, la luna brillando tan fuerte como los corazones de una pareja que jamás podría estar junta, y el rey Park ChanYeol caminaba hacia el pasillo que llevaba a la habitación de su amado esposo. Sentía el paso del cansancio molestar su espalda y lo único que buscaba eran los mimos de su engreído omega adorado, por lo que no pudo evitar sonreír cuando la puerta se presentó frente a él, una que se encontraba siendo custodiada celosamente por su Caballero Oscuro, Min YoonGi.

—Su majestad —saludó y le dedicó una reverencia—. Buenas noches.

—Buenas noches, mi caballero —saludó ameno—. ¿Cómo ha estado el ambiente? ¿JiMin se ha comportado bien contigo? —preguntó con un ligero tono preocupado y YoonGi retuvo una sonrisa cínica que reemplazó por un simple asentimiento.

—Ha sido un día calmado, el príncipe se ha comportado dentro de lo que tenemos por entendido como “comportamiento normal” en él —se tomó la libertad de bromear, recibiendo una risa suave de parte del monarca—. Ahora mismo se encuentra dentro, esperándolo. No ha ido a dormir todavía.

—Oh, perfecto —juntó sus manos, luciendo contento y animado, ignorante de las cosas que había hecho su adorado caballero esa tarde—. Ya me hacía falta poder abrazarlo, ya que necesito descargar todo este estrés que traigo, ¿crees que hoy esté de humor para eso?

YoonGi asintió.

—Sabe lo enérgico que es el príncipe —quiso reír, pero se mantuvo estoico.

—Tienes razón —rió—. Como sea, ya es tarde y hoy te recargué con una tarea cansada, puedes ir a tu habitación —le señaló el pasillo—. Más guardias vendrán a cuidar la entrada para que puedas dormir.

—Muchas gracias su majestad, permítame abrirle.

YoonGi tomó uno de los picaportes, abriendo una de las grandes puertas para que el rey entrara a la habitación. De inmediato, este fue recibido por un omega peli-blanco que se levantó de la cama y rodeó sus hombros en un abrazo que lo obligaba a colocarse de puntillas por la diferencia de tamaño. YoonGi observó cómo el rey besó los labios rojos y esponjosos del príncipe antes de corresponder el abrazo, apretujándolo contra su cuerpo lleno de cariño.

Fue entonces que sus brillantes ojos dorados se abrieron para mirar a YoonGi por sobre el hombro de su esposo, una sonrisa suave subiendo por sus comisuras que fue correspondida por el alfa de Dragón Negro, quien se limitó a dedicarle una reverencia para cerrar la puerta y continuar con su rutina, dejando a la pareja disfrutar de la cama que ambos habían usado hacía un par de horas antes.

JiMin se tragó un suspiro y miró a su esposo con una sonrisa que no se comparaba ni por asomo a las que les dedicaba a Min YoonGi, acariciando su rostro como si deseara que fuera otra persona, pero ChanYeol no lo notó, simplemente lo besó de nuevo mientras murmuraba lo mucho que lo amaba y el omega no dejó de pensar y desear los labios de otro dragón.

Ambos debían vivir en una mentira, pero al menos tenían algo que los conectaba... y aquello era el secreto del príncipe dragón.