AULA 38 [LIBRO 2]

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Summary

Un Hugo destrozado por haber cometido el mayor error de su vida. Una Alba que derramó todo su dolor a base de lágrimas hasta el punto de sentirse vacía. Un Hugo que quiere arreglar todo lo que rompió. Una Alba de hielo que tiene que sacar todo su dolor mediante el odio. ¿Cómo acabará esto?

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¿Qué hiciste, Hugo? (Hugo)

Estoy sentado en la alfombra del despacho de mi casa y me tiemblan las manos. He vuelto de correr hace exactamente dos horas, me he duchado y me he sentado aquí. Y aquí sigo, mirando hacia la nada, hacia todas partes, pero hacia la nada, porque eso es exactamente lo que tengo, nada y todo. Tengo trabajo, soy funcionario público; mi empresa propia, mi editorial; la editorial ha estado viento en popa desde hace años, pero estos últimos meses ha sido brutal, puedo llegar a decir que me he podrido de dinero, pero es que me importa una mierda, como todo. Quizá sea que no me ha faltado nunca nada, o quizá sea la misma sensación de desgana que lleva viviendo en mi cuerpo desde hace cinco meses. Seguramente sea eso, ya que toda mi vida ha desaparecido.

Voy al gimnasio como un loco cada puto día y me deshago en las máquinas como si me fuera la vida en ello, llego a casa, a veces como y a veces no, y después de comer, con el sol infernal salgo a correr hasta que el cuerpo me pide que pare, pero es que realmente me va la vida en ello, porque necesito dejar de pensar, necesito dejar la mente en blanco y olvidar ciertas cosas, cosas que hice, lo que no hice o lo que hice mal. Es confuso, lo sé, pero es que lo hice todo mal, absolutamente todo. Y me pesa, joder si me pesa, es una losa que llevo encima desde hace cinco meses y doce días.

Desde hace exactamente cinco meses y doce días tengo un vacío en mi interior que me arde como si fuera fuego, pero no del fuego que da vida, no del fuego que da calor, es un fuego que arde, pero no calienta, solo consume, me deja echo polvo por dentro y luego deja un escozor en las paredes de mis entrañas, porque dentro de mí ya no queda nada más. En estas fechas, a principios de setiembre, habiendo pasado cinco meses y medio, casi, no queda nada para arder, absolutamente nada. Estoy vacío y roto, lo tengo todo y siento que no tengo nada, no me queda nada, absolutamente todo lo que tenía de valor, lo perdí.

Yo lo tuve todo, tenía una chica preciosa a mi lado, una chica que hacía girar todas las cabezas en los sitios donde entraba porque era preciosa, la chica más bonita que hay en la faz de la tierra, esa la tuve yo. Tenía una persona que se preocupaba por mí más que yo, una persona que me reñía cuando no me ponía las gafas, una persona que me decía que tomaba demasiado café, una persona que me decía que me quería con todas y cada una de las sonrisas que me dirigía.

Yo tuve una chica a mi lado que era tan bonita por dentro como por fuera, una chica que se contentaba más en que le mandara un WhatsApp diciéndole que la quería, que con cualquier joya o con cualquier pieza de ropa, una chica que se preocupaba por los demás y siempre estaba dispuesta a ayudar. Una chica que llevaba vaqueros rotos y olía a vainilla, una princesa.

Mi princesa.

No la supe apreciar, no aprecié nada de lo que hizo, porque en un momento dado un puto papel con una fecha de nacimiento me cegó, me lo hizo ver todo rojo y en aquel momento me planté una meta, herirla. Hacerla sentir mal, dañarla y hacerla sentir como yo me sentía, herido, traicionado, utilizado... Pero nada de ese dolor puede compararse con el que tengo desde hace cinco meses. Un dolor que me corroe tanto que han tenido que ponerme brackets en la parte de abajo porque aprieto tanto los dientes y estoy tan tenso, que se me iban a torcer los dientes.

Aquí sentado en esta alfombra que tanto le gustaba a ella, tiemblo. Tengo en mis manos la foto de ella que hice imprimir hace unas semanas, una foto que le hice con mi móvil en la cama. No es una foto erótica, es una foto de ella, la más bonita de todas las que guardo en la memoria de mi ordenador, una carpeta con cuatrocientas ocho fotos, todas de ella, fotos que miro cada puto día, para castigarme, por ser un hijo de puta despiadado. Y esta, donde ella está mirándome desde encima de mí, con el pelo cayéndole, recién levantada y sonriéndome es la más me hace castigarme, la que más duele, la que más me hace sentirme miserable, la que más amo, como a toda ella.

Mi Alba, la Alba de la foto, la soñolienta, la que se dormía con la nariz hundida en mi cuello y apoyada en mi pecho porque así me olía mejor, la Alba que me dejaba post-its en mi casillero para que me acordara de ella, la Alba que devoraba libros estirada en esta alfombra. Toda mi Alba.

Esta foto que tengo entre las manos es especial, la hice el mismo día que ella que supe que la quería. Esa mañana se subió encima de mí para despertarme y empezó a besarme en la cara, lentamente, como sólo ella sabía hacerlo, haciéndome saber que se desvivía por mí. Me acuerdo que abrí los ojos, soñoliento y ella me sonrió tiernamente, entonces lo supe, joder, fue una revelación, fue el mejor momento de mi vida, el mejor despertar de mi vida y a la vez el más aterrador. Sentir lo que sentía, lo que yo todavía siento por ella, da miedo.

En ese momento en que el corazón me latió tan rápido que creí que me iba a salir del pecho, se lo quería confesar, se lo quería decir, pero fui un cobarde. En lugar de eso, nos besamos, le hice el amor, en mi cama, con mi cuerpo, con mi lengua, con mis ojos, y con mi alma. Aquel día fue perfecto, como todos los que pasé con ella, le hice el amor más tarde, encima de esta alfombra, como cientos de veces se lo había hecho. Ese día había sido diferente, yo acababa de descubrir lo que sentía por ella, y todas mis emociones habían amplificado lo que llegaba a sentir, era tan vívido, tan intenso...

Ahora daría todo lo que tengo, sin pensármelo, para volver a esa mañana, aunque solo fueran dos minutos, o medio, verla, sólo verla, tocarla, olerla, verla sonreír, verla reír, daría lo que fuera por volver a tocar el cielo con la punta de los dedos un puto segundo, sólo eso, un jodido segundo de Alba a cambio de todo, de mi cuenta bancaria, de mi casa, de mi coche, de mi empresa, lo cambiaría todo, todo por verla, porque me hiciera sentir vivo de nuevo.

Las manos me tiemblan de nuevo, como es normal desde hace meses, y miro la foto fijamente. Me pregunto qué estará haciendo, qué libro estará leyendo, si seguirá estudiando, si se habrá comprado algunas converse nuevas, si se habrá hecho más tatuajes... Me lo pregunto todo porque en estos meses no he obtenido ni una señal de vida por su parte, simplemente desapareció.

No, eso no es cierto, no desapareció, la eché de mi lado de las peores maneras posibles y ese es un dolor que todavía me recorre por dentro. Alba llorando, en mi despacho suplicando que no la dejara, me suplicó llorando desconsolada y esa imagen se ha quedado grabada para siempre dentro de mí, recordándome que fui un jodido monstruo. Alba mirándome con dolor en sus ojos azules en clase cuando puse la carta que me había escrito confesándome sus sentimientos por mí para hacer un ejercicio, como si fuera un simple texto. La imagen de Alba saliendo corriendo de clase llorando a lágrima viva. Alba, en la tienda donde trabajaba, rogándome que me fuera, que no le hiciera eso, pero lo hice.

Y, por último, la peor imagen de todas, la que me desgarró por dentro, cuando quise arreglarlo, cuando me di cuenta del desastre que había hecho. Le pedí, le supliqué, le imploré, que hablara conmigo cinco minutos el día del examen, cuando acabó y sólo había rellenado la mitad de la primera hoja. Alba sólo me miró, pero esa imagen me mató, ella me miraba, temblando, muerta de miedo.

Me tenía miedo, la chica que tanto me había amado y que yo amaba, me miraba con miedo y, en ese momento me di cuenta de todo, de que la perdía. Intenté pararla, la seguí corriendo por el pasillo, detrás de ella como tendría que haber hecho desde el principio. Ella llegó al vestíbulo del instituto conmigo detrás, la toqué, intenté retenerla entre mis brazos, pero no pude frenarla, pataleó, se retorció y me mordió hasta que la solté. Salió corriendo y no la había vuelto a ver más.

Al cabo de unos días me presenté en la tienda, buscándola, desesperado, como sigo estándolo ahora, sólo que en ese entonces todavía conservaba la esperanza de encontrarla, de que me perdonara. Cuando llegué a la tienda, su compañera, que me odia, todo hay que dejarlo claro y la chica tiene sus motivos, me dijo que habían echado a Alba al día de mi espectáculo. Le pregunté si sabía dónde podía encontrarla y me pidió, por favor, que me largara de la tienda.

No la había vuelto a ver y yo había barrido todos y cada uno de los rincones de Barcelona. Visité la cafetería de Sant Cugat que tanto le gustaba, visité la tienda dónde le compraba cerezas, visité las Ramblas, visité Montjuïc, todos los lugares que ella me había nombrado alguna vez, repetidas veces, pero al parecer a Alba se la había tragado la tierra.

A mi chica, a la mujer de mi vida, la mujer de la que me había enamorado locamente, a la que había echado a patadas. Mi Alba.

¿Dónde estás, cariño?

En esta puta alfombra rememoro cada día todo lo bonito que nos dijimos y hoy también, todas las caricias que nos dimos, todas las sonrisas que nos dedicamos. Después, cuando el dolor aparece en mi pecho recordándome por qué ya no está conmigo, rememoro todo el veneno que le solté por la boca, cómo lloró con la cabeza baja, avergonzada y cómo la aparté, como si me diera asco. Recuerdo, también, como le dije que había sido el peor error de mi vida, que sería siempre mi sucio secreto.

¿Por qué me haces esto? Me preguntó ella ese día, esa pregunta no ha parado de resonar dentro de mi cabeza, una y otra vez, sin parar, desde que la cagué.

Un desastre, cariño, eso hice. Un desastre muy grande que no me dejaste arreglar.

Para acabar de castigarme un poco más, rememoro su cara el día que puse su texto en clase, como si fuera un puto artículo de cualquier revista, y expuse todo lo que ella había sentido en su día por mí. Como si fuera basura, como si fuera algo sin valor, cuando el simple hecho de que ella me hubiera querido no fuera nada, cuando resulta que lo era todo.

¿Qué hiciste, Hugo?

Arruinarlo todo, eso hice.

Cierro los ojos con fuerza, tanta que me duele la cara, como si cerrarlos tan fuerte me pudiera llevar cinco meses y doce días atrás en el tiempo y deshacer lo que hice.

Mi mayor desastre, mi mayor error, dejarla.

Mi teléfono suena de nuevo, como hace media hora y, al ver el nombre de Duck en la pantalla de nuevo, soy consciente de que si no lo cojo va a plantarse aquí, después de lo que pasó una noche este verano pasado en que acabé llamándolo a las 3.00 de la mañana, si no le cojo el teléfono, en un tiempo prudencial de media hora, se planta aquí, me mira las pupilas y me somete a un tercer grado del tipo: ¿Qué estabas haciendo? ¿Tomamos algo? ¿Echamos unas partidas a la play? Sé que se preocupa por mí, y se lo agradezco, pero detesto que me molesten cuando estoy recordando lo miserable que soy.

Quiero recordarlo, porque, aunque me duele, es un recuerdo de Alba y ahora mismo es lo único que tengo de ella. En fin, tengo que cogérselo, sino se plantara aquí y tendré que esconder la foto de Alba para que no la vean. No quiero que la vean, no quiero que sepan nada de ella aparte de lo mucho que la quiero, porque si miran la foto y les da por decir No es para tanto, hay millones como ella o algo así sé que no voy a responder de mis actos.

Así que cada jodida vez que vienen él, Ken o V la escondo. Ese es el mismo motivo por el que la llamo Julieta cuando hablo de con ellos de ella. No quiero su nombre en boca de nadie más, sólo yo, así haya pasado lo que haya pasado entre nosotros, siento que sigue siendo mía. De algún modo, siempre lo será.

—Dime —contesto.

—¿Por qué diablos no has cogido el puto teléfono? —Pregunta Duck.

Suspiro, se oye el ruido de fondo como si estuviera conduciendo con el manos libres de su coche.

—Estaba en la ducha —miento.

—Vale —Oigo un claxon al otro lado de la línea— ¿Qué haces? ¿Quieres venir? Vamos a buscar a mi hermana al aeropuerto.

Este verano, después del incidente del que, por decirlo de alguna manera, Duck me rescató, me obligó a irme a vivir con él durante algunas semanas, otra vez, una jodida recaída detrás de otra. No coño, eso no es cierto, no puedo se puede recaer cuando ya se está en el fondo y yo hace tiempo que ya estoy en el fondo de un agujero.

Este verano, pasé las noches entre montones de vodka con él y con Ken, quién me demostró también ser un tío muy legal por haber estado ahí. Una noche, estábamos tomándonos unos vodkas con naranja cuando empezó a sonar la canción de Lo siento, de Beret, en la radio.

Me cogió un ataque de ansiedad y rompí a llorar como un niño porque, ese tío, Beret, le gustaba un montón a Alba y me recordó tantísimo a ella que me hundí en lo más profundo de la miseria delante de mis amigos, y me importó una mierda, porque en ese momento necesitaba sacarlo. Ellos me escucharon, sólo les conté que me había comportado como un cabrón con ella y que ella había desaparecido, que no la encontraba.

Toda mi desesperación derramada en lágrimas, sollozos y un sentimiento de culpabilidad que llego conmigo allí dónde vaya.

—¡Eh! ¿Estás ahí? —pregunta.

Mierda, me había quedado en el Limbo.

—Sí, no. —Respiro hondo— No me apetece venir, de verdad.

—¿Tienes un plan mejor? —Pregunta.

Sí, quedarme aquí, recordar a Alba, amar a Alba, sumido en mi miseria.

—Mañana empiezan las clases, tengo cosas que preparar.

Mentira, no he mirado ninguno de los correos que me ha pasado Fran porque no tengo intención de volver a trabajar. Hacía unos días le había llamado y le había dicho que necesitaba hablar con él seriamente porque necesitaba una excedencia por motivos personales. Él me había pedido que por favor no lo hiciera, que aguantara el curso, pero yo no puedo hacerlo, no puedo meterme en una jodida clase a explicar algo que me recuerde a Alba y romper a llorar dentro de un aula llena de alumnos, no puedo. Habíamos quedado mañana a las tres de la tarde para hablar del tema.

Si hacía falta le haría las clases que necesitara hasta que llamaran a otro de la bolsa de empleo, pero yo no podía hacerlo.

—¿Seguro?

—Sí. —Respondo mintiendo como un bellaco.

Oigo un suspiro al otro lado de la línea y a Ken diciéndole algo en voz baja.

—Hostia, sí. —Duck recuerda algo— Sé que las preinscripciones y todo eso ya han pasado pero mi hermana llega hoy, si la convenzo para que vuelva a estudiar, ¿podrías hablar con el director o con quién quiera que lleve este tema?

—Sí, claro. Si la convences id mañana por la mañana al instituto y preguntad por Fran Lorente, dile que vais de mi parte y yo mañana se lo explicaré. No creo que te ponga pegas, en el AFA siempre hay sitio.

—Genial, gracias, tío. —Dice emocionado— Supongo que el director del orfanato ya habrá hablado con él, es un tío previsor. Le ha ofrecido trabajo a mi hermana en el orfanato y creo que...bueno...creo que toda ayuda será buena.

Duck, pobre, había recuperado a su hermana el año pasado y todo se había torcido, su hermanita había conocido un imbécil que se la había jugado y ella se había largado una temporada Alemania, aprovechando que le habían dado una beca para estudiar alemán en que se le pagaba la mitad de los estudios y el alojamiento. Duck y Ken le habían pagado la otra mitad haciéndole creer que se la habían concedido entera. La chica vuelve hoy, están emocionados.

Duck había crecido de golpe viendo a su hermana destrozada el año pasado y cogió las riendas de la situación, cuidando de ella entre él y Ken le hicieron pasar el bache, sólo espero que haya vuelto mejor y poder conocerla, todo el mundo dice que es preciosa y que es un encanto de chica.

—Eso está bien. —Murmuro acariciando la mejilla de Alba en la foto.

—Sí, seguramente mañana vayamos a cenar para celebrar su vuelta, vas a venir ¿verdad?

No, iba a quedarme en casa, sentado mi alfombra, mirando las fotos de la persona a quién un día destrocé, mirando las fotos de lo mejor que me había pasado en la vida y había echado de mi lado. Pero tengo que ponerle una excusa, es capaz de plantarse aquí y sacarme con a rastras, ya lo había hecho un par de veces ese verano.

—Sí, bueno ya veremos cómo empieza el curso y eso.

—No me jodas ¡eh! vienes y punto.

Sí, sí, sí, lo que tu digas.

—Ya lo confirmamos mañana.

—Vale. —Cede— Oye, si necesitas algo, ya sabes, pero ya basta de darle vueltas, no te comas la cabeza y sal a vivir.

—Estoy mejor —vuelvo a mentir— trabajar me mantendrá ocupado.

—Eso espero. —Cede ante mi mentira, él sabe que yo le estoy mintiendo— Hablamos mañana.

Suspiré, tenía que pensar una excusa más buena para mañana.

—Que vaya bien.

—Hasta mañana —Se despide.

Con el móvil en mano enciendo el reproductor de música de mi casa que controlo con una aplicación y Beret empieza a sonar a un volumen agradable. Selecciono la canción de Lo siento y me quedo mirando la foto mientras la letra inunda todo el silencio, mi silencio, mi pena, mi amargura. Respiro y me duele, me late el corazón y me duele, pienso y me duele. Mi vida está cargada de dolor, sólo dolor. Miro la foto, la miro, la remiro y escucho la letra. Luchar por lo que quieres, hacer daño, echarte de menos a decir te eché, lo siento. Me hago un ovillo en la alfombra y abrazo la foto con cuidado, estoy temblando, pero ya no me asusto, me pasa muy a menudo cuando siento tanto dolor. Aprieto más la foto contra mi cuerpo, como si fuera ella.

—Lo siento, lo siento, lo siento...—Murmuro para mí y para la foto.

Sólo me doy cuenta de que estoy llorando cuando las lágrimas me resbalan por la cara aterrizando en la alfombra. Tiemblo, lloro, me duele todo el cuerpo, me siento vacío, podría buscar mil millones de formas de explicar cómo me siento, pero la verdad es que la mejor forma de decirlo es simple, me siento muerto. Estoy muerto por dentro.

¿Dónde estás, Alba?