Prólogo
18 de junio de 1815
Waterloo, Bélgica.
Todo lo que Tharn reconocía era dolor.
El disparo directo de los cañones británicos había destrozado la formación de su infantería. No sabía cuántos habían sobrevivido, pero ya no parecía importar.
A Tharn no le quedaba mucho tiempo.
De espaldas en el duro suelo mientras luchaba por respirar, sabía que había recibido un disparo en algún lugar de la parte inferior de su cuerpo, tal vez en la cadera o el muslo, pero tenía demasiado miedo de mirar hacia abajo para ver el daño. Podía sentir la sangre abandonando rápidamente su cuerpo. Sabía que no tenía mucho tiempo.
Estaba empezando a sentir mucho frío. Eso no podría ser una buena señal.
Una sombra cayó sobre el rostro de Tharn, bloqueando su visión de lasnubes. Luchó por enfocar la mirada. ¿Había sido encontrado por un médico?
El hombre que se cernía sobre él no parecía un soldado por ningún lado, pero sus ojos verdes, sin embargo, estaban enfocados en Glenn con una intensidad desconcertante.
—Tu líder huyó, creo —El francés del hombre no tenía acento, por lo que Tharn no estaba seguro de lo que quería decir con "tu líder". El líder de él debería ser el mismo de Tharn. Pero no dijo nada en respuesta—.¿Quieres que el dolor se detenga? —La voz del hombre era baja y suave, pero de alguna manera se transmitía perfectamente, incluso por encima de los gemidos de los demás soldados heridos alrededor.
Tharn negó con la cabeza, los ojos verdes del hombre parecían casi divertidos por su respuesta. —¿Y por qué no?
—Con una lesión como esta, si el dolor se detiene, eso significa que estoy muerto —logró decir Tharn con voz áspera.
—¿Y no deseas morir? ¿Incluso aunque te duela?
Glenn volvió a negar con la cabeza. No estaba listo. Quería volver a ver a su familia. A sus hermanas, sus padres. No quería morir en un país extranjero, sus compañeros soldados perdidos.
—¿Qué pasaría si pudiera detener el dolor y aun así prometerte una larga, larga vida? —Suaves dedos trazaron el rostro de Tharn.
Sonaba demasiado bueno para ser verdad. Un trato con el diablo, pero a Tharn no le importaba. Asintió frenéticamente. —Entonces sí. Por favor. Por favor, ayuda —Su voz sonó como un gorgoteo esta vez, y pudo saborear el sabor metálico de su propia sangre dentro de la boca.
Los dedos del extraño se detuvieron. —Si te ayudo, ¿qué harías por mí?
—¿Qué deseas? —Tharn le daría cualquier cosa.
—¿Prometes quedarte a mi lado?
Era una petición extraña, viniendo de un hombre al que nunca había visto antes, pero era bastante fácil de responder. —Te lo prometo.
El hombre sonrió, con los dientes blancos rectos. —Cierra los ojos.
Tharn obedeció, esperando que su pierna no fuera a ser amputada ahí mismo sobre el duro suelo. ¿Eso era lo que acababa de aceptar?
Le siguió un pinchazo de dolor agudo, pero no en la pierna.
Era en su cuello. Una mordida. El hombre estaba... ¿bebiendo de él?
Tharn abrió los ojos, inclinando la cabeza para mirar el rostro pegado a su cuello, y el par de ojos que se encontraron con los suyos ya no eran verdes.
Eran completamente negros, sin iris o blanco mostrándose en absoluto.
Como si cada pupila se hubiera expandido sobre todo el ojo.
La boca del hombre estaba manchada de rojo. Empapada de la sangre de Tharn, que goteaba por los colmillos. Él no estaba seguro de que esos colmillos hubiesen estado allí hace unos momentos.
¿Una alucinación?
Tharn quería gritar, pero estaba demasiado cansado para lograr siquiera un sonido ahogado. Se había vuelto aún más frío. Se estaba desvaneciendo.
Las últimas palabras que escuchó antes de que la oscuridad se hiciera cargo fueron: —Recuerda tu promesa.