Cita con la muerte

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Summary

En las tinieblas de la noche acechan las bestias. Sus colmillos afilados reflejan la poca luz de la luna que logra llegar a las calles desiertas. Sus víctimas, humanos desechables, son reducidas a simples bultos pálidos y vacíos, sin rastros del líquido carmesí que una vez recorrió sus venas, ahora secas. 🩸🩸🩸 Peggy se convence de que es una buena idea descargarse esa app para citas de la que todos hablaban. Se reprende con que ya es momento de dejar el pasado atrás y avanzar hacia adelante, de continuar su vida y dejar de revolcarse en el sofá de su casa lamentándose por una relación que, desde el principio, todos le habían dicho que no iba a funcionar. Una vez en el lugar de encuentro está más que decepcionada. Su acompañante, con una belleza de otro mundo pero tan aburrido como una piedra, parece estar más interesado en cualquier cosa que pase a su alrededor que en ella. En cuanto decide que es mejor irse y enterrar esa mala experiencia, el pasado entra por la puerta y la razón sale por la ventana. Un beso robado, una gota de sangre y el infierno se desata. Las criaturas de sus libros favoritos existen, y están de caza.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 0

La adictiva fragancia acre y corrosiva dominó mis sentidos, inundó mi olfato. Era tan densa que casi se materializaba en el aire y, de sacar la lengua, fácilmente hubiese conseguido saborear su peculiar gusto agridulce sin esfuerzo.

Era el olor del miedo.

Siempre lo mismo. Cada vez.

Humanos; esas criaturas efímeras, frágiles como el cristal. Tan impresionables, tan fáciles de asustar. Más aún cuando intuyen que su final está cerca. Lo suficiente como para que logren ver sus vanas esperanzas de sobrevivir haciéndose añicos ante sus despavoridos ojos.

Disfrutaba de esa estimulante emoción que me dominaba al infringirles el miedo, al saborear en mi paladar una muestra de lo que me esperaba, con el deleite del más refinado catador de vinos.

Solo el entrante. Justo antes del apetitoso plato principal.

La adrenalina que se filtraba de sus poros y se entremezclaba con el exquisito aroma de su pánico. Un aroma tan adictivo. Casi tanto como la dulce ambrosía que recorría sus venas en ríos carmesí. Sí, el miedo. Esa era la “receta” especial. El ingrediente secreto para conseguir que el tan deseado fluido, combustible de sus fugaces vidas y fuente de mi poder, adquiriera el punto exacto, el sabor más exquisito; tornándose excitante, afrodisíaco. Aquella era la forma especial de… aderezarlos. Y vaya que disfrutaba con el deleitante resultado.

La dueña de tan sublime fragancia me tentaba. Podía escuchar claramente el bombeo de su corazón llenando sus venas del líquido que me moría por sentir en mi paladar. La piel tersa de su delicado cuello, reflejando la luz de luna que bañaba la sala, me invitaba a hundir mis colmillos, suavemente, como una sensual caricia, justo allí donde descubría el latir de su pulso… Y después…

…succionar cada gota de su alma.

Lástima que esa vez no llegaría a hacerlo. Ella no era mi víctima ni era yo quien provocaba sus maravillosos temblores.

La mujer, simple humana, corría a lo largo de aquel pasillo, trastabillando y peleándose con los picaportes de cada puerta que se cruzaba en su camino; pero ellas se negaban a brindarle asilo.

Me obligué a ignorar aquella adictiva droga, que clamaba a gritos por mi atención, y miré a mi alrededor, tratando de descifrar el lugar en dónde me encontraba; después de todo, ese era el motivo por el cual me hallaba allí.

Lucía como un departamento caro, pero repleto de decoraciones superfluas, sin el menor gusto estético. Solo cuadros de paisajes planos, sin un significado especial —de los que se pueden adquirir en cualquier lugar— y una total ausencia de cualquier objeto que pudiese considerarse como personal. Nada capaz de revelarme detalle alguno sobre su dueño.

Lo único de lo que podía estar seguro es que no era un piso barato. El suelo de mármol, pulido cual espejo, y la ostentosa vista de la ciudad desde el living le sumaban un gran valor al lugar. Un pent-house, sin dudas.

Al no descubrir nada relevante, volví a centrar mi atención en la magnífica cosita que, más asustada que nunca, había hallado la manera de atrincherarse en el último cuarto en busca de resguardo.

Lástima, de bien poco retribuiría la suerte a sus tristes esfuerzos.

Seguí el camino que había tomado hasta encontrarla, no quería perderme ni uno de los pormenores que precederían su lamentable muerte.

Cuando por fin entré en la habitación vi que —como esperaba— ya no se encontraba sola. La silueta de su acompañante dibujaba una ominosa sombra sobre ella, que se mantenía acurrucada, agazapada contra la pared cual dócil cervatillo. El rostro lleno de lágrimas y el cuerpo tembloroso eran invaluables. Tan indefensa, tan débil.

—Por… Por favor, no me mates. —Aquella súplica no fue más que un lamentable sollozo.

Sencillamente divino.

Esos humanos, siempre actúan igual. Nunca aprenderán que de nada les sirve rogar por sus endebles vidas. Que no importa lo que hagan. El destino de sus frágiles existencias está sellado en cuanto surge alguien resuelto a acabar con ellas.

—Te… te juro que no le diré nada a nadie.

Esa es una clásica. Nunca falta… Nunca funciona.

La risa socarrona y estridente del cazador furtivo atravesó la estancia haciendo que el pequeño cervatillo se sobresaltara y acabase apretándose aún más contra la pared, como si pretendiese atravesarla.

—Oh, querida. Realmente no quiero hacerte nada —le dice él, tranquilizador—. ¿Por qué insistes en hacerme ver como el villano de la historia? — Una voz amable, seductora, falsa (otra característica inherente de los humanos)—. Todo es un malentendido. Estoy seguro de que no le contarás a nadie lo que viste… ¿Verdad?

La joven asintió con fuerza y su rostro adoptó una expresión de alivio al creerse absuelta de su destino. Ilusa.

—Me llevaré el secreto a la tumba —aseguró ella, desesperada. Y aun así en su voz se adivinaba un ligero destello de esperanza—. Solo déjame ir y… y desapareceré de tu vida.

La figura del hombre, que me daba la espalda, se movió casi imperceptiblemente al inclinar la cabeza. No la vi, pero pude adivinar la sonrisa plasmada en su cara.

—Por supuesto que lo harás —le susurró, casi al oído…

…y se abalanzó sobre ella.

El grito de espanto que llenó todo el departamento fue apagado con la misma rapidez con la que emergió el sonido a través de sus labios.

Me acerqué a ellos para buscar un mejor ángulo desde donde poder ver el rostro del cazador, que durante toda la obra había permanecido fuera de mi campo de visión. Me agaché a su lado analizándolos a ambos, de cerca.

La chica se retorcía enmudecida en el suelo, luchando desesperadamente por librarse del mortal agarre que impedía al oxígeno alcanzar sus pulmones. Su delicado cuello se mantenía prisionero por unas manos más fuertes de lo que parecían a simple vista y que la apretaban con furia; carentes de la piedad por la que le rogaban sus ojos moribundos. Las gotas de sudor le surcaban la frente, confundiéndose con las lágrimas deslizantes que le recorrían las mejillas enrojecidas —consecuencia de los vasos sanguíneos estallando bajo su piel—, y en la contorsión de su rostro se dibujaba una última súplica.

Tanta sangre desperdiciada en una banal muerte.

Cambié mi atención hacia el rostro del victimario, mi verdadero objetivo. Tenía el cabello rubio, aunque no podía decir si era más platinado o dorado; con la lámpara del techo apagada me era difícil notar los pequeños detalles que solo serían visibles bajo la luz. Aunque no eran necesarios, no después de ver sus ojos. Esos ojos de un azul helado, con la mirada de quien tiene el poder de manipular a quien se propusiese sin recibir resistencia, y sin un ápice de remordimiento por ello; tal como los de su madre.

—Qué agradable sorpresa —susurré al reconocerlo. Mi labio se elevó formando una sonrisa de satisfacción ante el descubrimiento—. Esto será divertido.

Un último gorgoteo desvió mi atención hacia abajo.

Bastaron solo unos pocos segundos más para que el cuerpo de la mujer se rindiese por fin al abrazo helado de la muerte. Luego de aquellos segundos finales, yacía inerme en el suelo.

Satisfecho, el asesino alejó sus manos del cuello delgado donde ya se empezaban a ver las señales amoratadas y los cardenales dejados por la presión de sus dedos.

Sin ningún interés se levantó y arregló su cabello con despreocupación, como si una pequeña briza fuera la causante de que algunos mechones escapasen de su perfecto y estructurado peinado. Caminó hacia la ventana del cuarto acomodando su caro traje, mirando con satisfacción su propio reflejo en el cristal, vigilando la ciudad que creía estaba a sus pies.

Perpetrado su crimen. Sin remordimientos. Sin temores. Sin consecuencias. Sin castigo.

Pues solo el temor a una posible condena evitaría que estos quebradizos humanos, que tanto temen a los monstruos de sus pesadillas, terminen convirtiéndose ellos mismos en eso que los atormenta. Una vez libres del castigo, son capaces de cometer las mayores vilezas sin remordimiento alguno.

Pero este monstruo ignoraba algo. Ignoraba al verdadero monstruo que acechaba en la penumbra. Ignoraba al verdadero cazador que habita en las sombras. Me ignoraba a mí. Y hacía muy mal.

Pues yo era su castigo.

Sonó una llamada que quebró el silencio de la noche. Se tomó su tiempo para sacar su teléfono del bolsillo interior de la refinada chaqueta y contestar. Duró solo dos minutos, pero la información que adquirí de ella fue… educativa.

Sin más interés en aquel lugar, se dio la vuelta y se alejó por la puerta sin siquiera volverse a mirar atrás.

Observé a la chica en el piso que había sido olvidada tan fácilmente. Extendí mi mano y toqué su brazo pálido. Aún se notaba un poco de tibieza en su piel.


El cambio de temperatura fue brusco al sentir el brazo helado debajo de mi mano, indicándome que había salido de mi visión.

El olor al miedo volvió terminando de centrarme en el presente. Levanté mi mirada —que debía ser roja en ese momento— y me topé de frente con el forense que me miraba con reserva, probablemente vigilándome para que no le saltase a la yugular, lo que hubiese terminado convirtiéndole en uno de sus “pacientes”. No es que tuviese la capacidad de impedírmelo si realmente me lo hubiese propuesto. Sonreí, mostrándole las puntas de mis colmillos con toda intención. Su reacción fue instantánea. El familiar aroma se intensificó, tornándose más espeso.

Tan fáciles de asustar.

El médico tomó, con mano temblorosa, la esquina de la sábana blanca que cubría parte del cadáver sobre la mesa y —sin dejar de vigilarme— cubrió el brazo que había estado tocando hasta el momento.

Habiendo cumplido mi propósito me giré y salí de la morgue sin mediar palabra, tal y como era nuestra inquebrantable rutina cada vez que llegaba el ciclo de alimentación del clan. En cuanto atravesé la puerta vislumbré al detective con quien suelo trabajar. En esta ocasión me había buscado más temprano que de costumbre, solicitándome este “favor especial”.

—¿Lo viste? ¿Viste quién fue el maldito que asesinó a mi sobrina? —indagó con apremio en cuanto me vio acercarme.

Seguí de largo y entré a la oficina del forense. Ahí tendríamos más privacidad. Él me siguió dentro cerrando la puerta detrás de sí.

—Lo vi —respondí sin premura recargándome contra una de las paredes descoloridas.

Su rostro se transformó y sus ojos eran una tormenta de puro odio, profunda tristeza y… culpa. Estrujó los papeles que traía en su mano y los lanzó sobre el escritorio como si su simple tacto le quemase.

—Estos son los perfiles de los posibles sospechosos del caso. Échales un vistazo para que puedas identificarlo si es uno de ellos.

Lo miré fijamente, sin inmutarme. ¿Me estaba dando órdenes? Pareció darse cuenta de su error cuando añadió a su frase un tardío “por favor”. Le concedí aquella licencia especial como dada la situación que atravesaba.

Era interesante ver a los humanos destilar tantos sentimientos de tan frágiles cuerpos. No recordaba la última vez que se me había concedido sentir tanto. Después de siglos de existencia hasta eso perdía importancia y los recuerdos quedaban varados en la marea del pasado.

Una vez, no hace tanto —apenas unas tres fugases décadas—, me había permitido una probada de esas emociones que, incluso entonces, había olvidado que mi cuerpo poseía la capacidad de experimentar; pero no terminó resultando del todo bien. Si algo me había quedado de aquella experiencia era la certeza absoluta de que los sentimientos nos hacían débiles, fuéramos inmortales o no; nadie estaba exento.

El detective se llevó las manos a la cabeza con frustración mientras daba vueltas por el pequeño espacio.

—Tienes que encontrar a ese desgraciado, tienes que matarlo lentamente y hacer que sufra como nunca.

—¿Y qué pasa con tu “justicia”? —Me ganó la curiosidad—. ¿Acaso no fuiste tú mismo quien dijo que sólo podríamos cazar en el caso expreso de que la justicia fallase?

—¡Al diablo la justicia! ¡Estamos hablando de mi familia, maldita sea!

Son criaturas de doble moral, estos humanos. Cambian sus concepciones e ideales cuando ya no les conviene seguirlos. Discriminan con facilidad a otros, pero se saltan sus propias leyes cuando lo estiman conveniente. Con razón están al borde del colapso social, a un patético paso de destruirse a sí mismos.

Y somos a los que llaman monstruos. Que paradójica ironía, ¿verdad? Nosotros quienes sabemos respetar nuestra justicia y no doblegamos nuestras leyes por un emocionalismo barato, o meramente —como hacen ellos— por puro antojo.

Para nosotros todos ellos son comida, no discriminamos a ninguno basándonos en; etnia, religión, clase… estupideces sin sentido; la sangre es roja por igual en todos. Igual de nutriente. Para nosotros solo varían en el orden de prioridad, solo eso, nada más.

—Considérate con suerte, detective, esa persona a la que buscas a…, digamos que «captado» mi interés personal.

—Y si no hubiera sido así, ¿no lo harías? —me preguntó con un tono disgustado. Al parecer no se daba cuenta de las atribuciones que se estaba tomando, y que yo amablemente le estaba tolerando.

—El hubiera no existe —fue mi única contesta.

Miré a la mesa donde aún se veían los papeles desparramados. Los señalé:

—Puedes archivarlos, no me serán necesarios.

Me miró extrañado.

—¿Sabes quién es? ¡Dime…! Di… dime quién, dime quién fue. ¡¿Quién la mató?!..., por favor…

—Lo sabrás… a su debido tiempo. —Con eso último opté por ignorar cualquier otro intento de sonsacarme información y salí de la oficina dejándole con sus inútiles balbuceos emotivos.

Desde el instante en que decidió buscarme para, «rogar» por mi ayuda, este asunto había dejado de formar parte de su jurisdicción. Ahora pertenecía a la mía. No lo quería hurgando en lo que ya consideraba mis asuntos, así como yo no hurgaba en los suyos. Reciprocidad y educación. Cualidad de la que, según he aprendido, también los humanos parecen carecer.

Al salir del edificio la fresca brisa de la noche golpeó mi rostro en una caricia deseada. Era hora de prepararse, de planear cuidadosamente mis próximos pasos. Era hora de ponerme elegante para la ocasión.

La cacería acababa de comenzar.