Introducción
A ti, que jamás leerás este libro…
A mí. que escribo, entregando mi dolor, para borrar el sufrimiento.
A ustedes, que no tenían nada y aun así lo perdieron todo.
A ellos, que luchan con una sonrisa falsa, deseando que algún día sea real.
A ella, que pensó que cumpliría un sueño y se dio cuenta que solo vivió una pesadilla.
Para él, que apenas tiene ánimo para despertar...
Si me dan a elegir, por favor, no me juzguen... Porque la respuesta es clara, ella... Sé que con esto condenó a una inocente, también sé que ustedes, mi familia y hasta la ciudad entera pedirá mi cabeza; pero, se lo suplico, entiéndame. Desde qué su maldito nombre tocó mi boca, me volví adicto a su sabor.
Apariencia...
— Muy bien, señor Nanini — Mencionó uno de los oficiales que con su mirada altiva maldecía mi boca callada, mientras que un impaciente segundo uniformado esperaba la más mísera de mis palabras para hacer repiquetear su máquina de escribir. — Sé que se niega a prestar su declaración sin su abogado, podemos esperarlo, pero tengo curiosidad... ¿Cómo acabó en esta penosa situación?
Aún con los ojos nublados por la ahora amarga azúcar qué antes había bañado mis pestañas, esa sencilla pregunta nuevamente hizo que la maldita caja de Pandora qué albergaba tantos recuerdos se abriera. Deleitados ante mi dolor, los policías observaron como una sirena con ínfulas de Medusa comenzaba a bucear entre mis lágrimas. Ali se hacía presente, teniéndome a mí como único culpable de su juego lascivo.
La apuesta había sido muy alta, pero estaba dispuesto a pagar el precio por haber vivido esa locura. Desde que ella llegó a mi vida convirtió todo lo que sus divinos labios tocaran en cenizas. Debí sonreír ante esa idea, porque si hay cenizas es porque hubo fuego, aquel qué antes me reanimaba y que ahora me consumía al punto de la tortuosa agonía.
— Por lo menos podemos ir llenando el acta; ¿Qué le parece? — Murmuró con el ceño fruncido el oficial, aunque su mirada morbosa delataba sus intenciones.
Esperaba hambriento conocer mi secreto, aquel misterio que pronto sería revelado a todos.
Solo asentí en un ligero movimiento y pronto los espacios en blanco de mi prontuario empezaron a rellenarse por mi voz desganada.
— ¿Nombre? Leonardo Nanini, 38 años, pintor por profesión. Especializado en óleo y amante de la carbonilla cuando no me siento lo suficientemente delicado para un pincel. Separado, aunque mi ex seguramente negará cualquier tipo de relación conmigo, padre... Inmigrante, ciudadano de este noble país por deseo. Mi hija cumplirá 18 años y apasionado por los ecos de un pasado que hoy en día se niegan a recordar.
— ¿Quién es Alicia Bonaterra?
Es imposible no sonreír cuando su nombre es degustado en otros labios, es casi comparado al fetiche de encontrar a tu esposa con otro hombre y observar maravillado como un extraño muerde demente las migajas que ese cuerpo, el que solo al principio era tuyo, regala.
— Alicia es... Alicia es una amiga de mi hija, fueron compañeras de clase y vivía en mi edificio.
— ¿Niega entonces cualquier vínculo íntimo con Alicia, señor Nanini? — Con malicia vociferaba el maldito policía.
No, todo lo contrario. Alicia es solo el nombre de la joven qué ustedes conocerán con vagas descripciones, muy diferente a Ali. La identidad qué ella creó solo para mi deleite, encontrándose a sí misma a base de mis pinceladas y ahora perdiéndose para siempre sin querer ser encontrada.
— No... Fuimos buenos amigos.
¿Amigos? ¿Eso significaba ella para mí? Ni todos los rollos de cinta mecanográfica bastarían para que ustedes tuvieran un relato digno de nuestra historia, pero puedo simplificar aquella pregunta con una sola respuesta. Ella es mi musa, mi inspiración y ahora creo que un sueño...
No niego ninguna relación carnal, claro que fue carnal... Me aferré a ella como un caníbal. ¿Ustedes no lo habrían hecho? No se mientan a ustedes mismos, respetados oficiales. Claro que lo harían sí pudieran, pero solo yo fui el afortunado de tocar su mano. Sé que por eso me odiarán.
Yo la empujé en parte a esta penosa situación que ahora nos junta en este helado cuartel y que pronto llegará una familiar, según lo que sé, una mujer bastante ortodoxa, a pedir mi cabeza... Pero, por favor... Entiendan... No soy el único culpable, ella quería sentirse viva.
Claro que me importa mi hija, mi ex mujer y mi reputación, pero en este preciso momento solamente tengo a Ali en mi mente, bamboleando sus caderas y permitiéndome hacerle cosquillas con un pincel de cerdas duras.
Déjenme, por favor, que recuerde mi historia desde el comienzo... Quizás encuentre en mis memorias la valentía para escaparme y así hallar mi cordura donde ella yace. Porque, se los aseguro, Ali tiene toda mi sanidad mental justamente a su lado.