AMOR EXTRAÑO

Summary

Su nombre era Emily y solía ser la esposa de un vampiro, pero ella no lo recuerda. Ahora ha despertado para cumplir con la profecía de una anciana esclava africana y reencontrarse con su pasado, mientras aplica la justicia de forma sádica y contundente. Contiene violencia explícita y brutal, por lo que solo es apropiada para mayores de edad y personas no sensibles.

Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
4.5 2 reviews
Age Rating
18+

UN BUEN TRABAJO

Los pasos apresurados de un hombre joven se escuchaban entre el pasto seco del llamado «parque de los mariachis».

Ocupado principalmente por viciosos y migrantes que esperaban cruzar algún día la frontera, nadie parecía preocuparse por qué alguien caminara a esas horas de la madrugada por ahí.

El hombre, vestido con jeans ajustados, botas piteadas y tejana negra, al igual que su camisa, se ocultó brevemente tras el kiosko central, esperando escapar de la mujer rubia que lo perseguía desde hacía varios minutos.

Sí, era hermosa y tenía un cuerpo escultural que su ceñido atuendo negro evidenciaba, pero le provocaba un miedo terrible, ancestral, y lo único que sabía, era que tenía que escapar de ella.

Si lo vieran sus compas que se quedaron en el antro, se reirían mucho y le dirían de todo al verlo correr así.

Brenda, el nombre que la rubia le confió minutos antes, lo seguía despacio, sin ninguna prisa; con la seguridad que solo poseen quienes se sienten con toda la ventaja. Incluso cantaba una canción.

Roberto respiraba agitado, su pésima condición física lo tenía agotado y sudoroso a pesar de estar menos de diez grados centígrados. Empuñó su dorada nueve milímetros, preparado para dispararle apenas la tuviera lo suficientemente cerca.

Estaba oscuro y por más que abriera los ojos para encontrarla, no lo lograba.

Un repentino en intenso dolor en el en el vientre lo hizo doblarse. Caminó unos pasos hasta las escaleras y resbaló con su propia sangre, lo que lo hizo rodar, mientras dejaba intestinos sobre cada escalón.

Era una pesadilla que lo hizo gritar, sobre todo, cuando un par de perros se acercaron a mordisquear sus entrañas y a comerlas estando vivo todavía.

La rubia, hermosa como era, pero con una sonrisa siniestra, se acercó inclinándose un poco para apreciar mejor su agonía.

—Debiste elegir mejor, Roberto.

Con sus últimas fuerzas buscó su pistola, pero ella la tenía.

—Las armas las carga el diablo. Buenas noches —dijo y se retiró con calma, sin importar que hubieran testigos. Ninguno hablaría, todos estaban aterrados. Aún si lo hacían ¿Quién iba a creerles?

Pronto, más animales callejeros se agruparon alrededor del cuerpo para alimentarse, pero el pobre Roberto seguía consciente y así fue por cinco eternos minutos más.

Brenda tiró el arma en un basurero. Era mucho menos de lo que ese envenenador y asesino se merecía. Ahora buscaría alguien a quien cenarse, no le gustaba beber de esos cubos de basura humana a los que mataba, necesitaba a un buen ciudadano, joven, fuerte y bien nutrido, para disminuir el impacto de su ingesta.

Casi de inmediato, aquella frecuentada parte de la ciudad se llenó de policías, un alboroto de gritos mezclados con música de banda y sirenas.

Su trabajo, al menos por esa noche, estaba hecho y volvería a casa para descansar.

Una veintena de víctimas en lamentables condiciones, fue lo que los agentes encontraron por todo el antro, al parecer, sin que nadie hubiera disparado un solo tiro. Algo raro para ser, en apariencia, una venganza entre grupos criminales.

Decapitaciones, miembros arrancados, ojos fuera de las órbitas, intestinos regados por todo el piso... Aquello había sido una carnicería y los sobrevivientes, testigos claves para esclarecer el caso, estaban todos en estado de shock.

—¡Apaguen ya ese ruido! —rugió el agente García, ante la estridente música que nadie había sido capaz de detener.

Un golpe después, la música cesó.

García observó la escena detenidamente y todo el lugar en busca de cámaras, pero no las pudo localizar a simple vista. Además, con esa clase de clientela, era casi seguro que ni siquiera contaran con ellas.

—Comandante, esta mujer dice que una niebla oscura los mató.

—¿Cómo que una niebla negra? —preguntó personalmente a la testigo.

—¡Se lo juro, señor, yo vi cómo al de aquella mesa lo clavó y al de al lado le sacó los ojos! ¡No había nadie, solo esa niebla negra! Uno se dio cuenta y se fue. Pero por donde pasaba la niebla, alguien se moría.

—¿Y usted dónde estaba?

—Allá arriba con el DJ.

—¿Haciendo qué?

—Cosas...

—¿Qué cosas? —insistió sin captar el mensaje.

—Pues... Cosas. Si quiere al rato le hago una de esas cosas.

Debido al tono, Eduardo García se dio por enterado y con algo de pena respondió:

—No, gracias, estoy en servicio ¿Así que una sombra? —desvió la atención.

—No, dije niebla, no sombra —aclaró la testigo.

—¿Y el DJ?

—Allá —señaló el rincón donde levantaban a un tipo con las piernas arrancadas desde la cadera—. Le dije que no bajara, pero ahí va el güey de metiche a ver.

—¿Y usted? ¿No bajó?

—¡Ni mensa que estuviera!

—Comandante, encontraron a otro en el parque.

—Vaya con el oficial para que le tome declaración —dijo a a testigo.

García salió del antro y cruzó la calle hacia el parque para ver el otro cuerpo.

La fauna urbana, entre canes, gatos y hasta pichones, habían dado cuenta de una parte del cadáver y era un espectáculo horrible ver correr a un perro con un trozo de algo que parecía ser el intestino delgado como si fuera una tira de chorizo.

—La «barbie» fue —dijo un tecolín* enredado en una cobija apestosa—, ella lo mató, yo la vi.

—¿Cuál Barbie? —indagó García.

—La güerita vestida de negro. Le hizo así, ire —le mostró con el ejemplo, cómo con la mano le había cruzado el vientre de lado a lado, ilustrando incluso, la forma en la que «se le salieron las tripas»—. Todo pá fuera.

—Gracias.

—¿Me da pa un taco, hommie?

García sacó un billete de veinte y se lo entregó.

—No me va a alcanzar.

—Si le dices a aquel wey de allá lo que me dijiste, te va a dar más. Corre, ve...

¿Sería posible? No, no podía ser, era absurdo pensarlo siquiera. Pero... ¿Y si fuera ella? ¿Si fuera Emily? ¿Quién más podría ser? Todos los cadáveres pertenecían a miembros del crimen organizado. Sádicos infelices que gustaban de atormentar y aterrar a los ya castigados ciudadanos comunes con violencia y cobros absurdos.

Todos merecían lo que tuvieron, pero aunque era un buen trabajo el que la presunta «muñeca Barbie asesina» había realizado, era suyo. Él era el que solía mantener la ciudad controlada de esas plagas.

......

Espe

Tecolín: Tecato, consumidor de drogas como heroína, cristal y otras que abundan en cada ciudad. Drogadictos.

Hommie: Amigo, compa.

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