Prólogo
Cuando Ryan White despertó se preguntó qué andaba mal. Desvió su mirada hacia el reloj de mesa junto a su cama. Las agujas se habían detenido sobre las tres de la madrugada, y la sensación de pesadez asfixiante que invadía su cuerpo estuvo a punto de hacerlo colapsar. Una vez más, supo que algo no andaba bien. ¿Por qué había despertado? Había sido un grito, uno desgarrador y agudo. ¿O aquello había sido solo producto de un mal sueño? No estaba seguro, pero en ese instante los sentidos de su cuerpo se habían agudizado como un gato que olfateaba el peligro.
El silencio de la noche le permitía escuchar el sonido de su corazón galopando contra su pecho, desbocado; su respiración agitada, incluso la forma en la que su sangre circulaba a través de sus venas; la forma cruda en la que su garganta pasó saliva y hasta sus sienes latiendo con ferocidad. Y justo cuando pensaba que estaba volviéndose loco, volvió a suceder. Era el grito de una chica, agudo, asustado, lamentable. Era como si aquel acto fuese la única opción que tuviese para mantenerse a salvo: gritar como si no hubiese un mañana.
El corazón le empezó a latir con mayor vehemencia, al borde de amenazar con destrozarle el pecho. Abundaba el miedo y una extraña sensación de ansiedad que no le permitía respirar correctamente. Ryan sabía algo: ese no era un grito cualquiera: era el grito de alguien que está inmensamente aterrado.
Así que se puso en pie. La litera crujió, quedamente. No fue hasta que se calzó los zapatos junto a la mesita de noche que se percató que Scott, su compañero de habitación, se había despertado.
No hizo falta decir algo. El ambiente se sentía tenso, pesado, tanto que Ryan podía tocar el aire, amasarlo. Estaba asustado, realmente lo estaba, pese a ello no se detuvo. Abrió la puerta de su habitación y asomó la cabeza. Nada. El pasillo estaba desierto y casi en penumbras, a excepción de la débil luz de la luna que se filtraba a través de los barrotes de las ventanas. Detrás de él, Scott lo imitó y, en dúo, salieron de la habitación.
Ryan era un chico delgado y alto; sin embargo, sus pasos resonaban en el silencio sepulcral de la noche, como si se tratase de un titán. Sobre su frente caían rizos color chocolate. La luz de la luna reflejaba el casi acaramelado tono de su piel y el brillo de sus ojos ámbar. A su vez, Scott era un tanto más fornido, aunque su amigo representaba una estatura superior. De piel trigueña, ojos jade y cabello tan oscuro como una noche sin estrellas. Como aquella. Tan gélida y sombría como un espectro.
—¿Qué crees que haya sido? —inquirió Scott, en un susurro.
—No lo sé —respondió Ryan, quien no había aminorado la marcha. Estaba convencido de que algo muy malo había ocurrido—, pero este silencio no me gusta nada. ¿Acaso fuimos los únicos que lo escuchamos?
De pronto, aquel silencio sepulcral fue interrumpido por un estruendoso fogonazo. Al principio Ryan no supo de qué se trataba; no obstante, el eco del estruendo le hizo saber que, efectivamente, se había tratado de un disparo. La sangre se le heló en el cuerpo y, al igual que Scott, se detuvo en seco ante el repentino arranque de pánico y estupefacción. El cisco del disparo fue sucedido por un nuevo silencio. Ryan se sentía vulnerable, como si de pronto hubiese entrado al campo de batalla de dos tropas enemigas y se encontrase en medio de estas.
Bajo el manto de la inquietud, la abrumadora soledad y el desasosiego de sus almas, Ryan alcanzó a escuchar una especie de... ¿gemido? Era áspero, gutural, coagulante. Ryan supo que Scott también lo había escuchado, pues el fruncido de su ceño lo delataba. Aun así, ninguno avanzó. Ryan se sentía congelado, como si sus piernas no pudiesen moverse y su cerebro no fuese capaz de enviar la señal a estas para que lo hicieran. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué sentía tanto miedo? ¿Por qué de pronto el ambiente se había cargado con un aura oscura y abrumante?
Fue entonces cuando lo vio. Una silueta brotó de la esquina del pasillo. Aun bajo la oscuridad, Ryan alcanzó a ver que no llevaba camiseta del campus. De hecho, se veía bastante mayor como para ser un estudiante. ¿Acaso era un conserje? Imposible, el turno de los conserjes terminaba luego de la media noche. Aquella persona, además, llevaba una vestimenta bastante deshilachada, percudida y hecha jirones. Sus pasos eran torpes, trémulos, y su pie derecho casi se arrastraba. Su cabeza estaba puesta en un extraño ángulo, con la vista hacia el suelo, y de su boca brotaba una sustancia desconocida. Era viscoso y dejaba una estela oscura sobre las baldosas del suelo.
Para su sorpresa, Ryan comprendió, repentinamente, que aquella persona era quien emitía aquellos extraños sonidos, que brotaban de su garganta, débiles, tan débiles como sus propios pasos. Y cuando la luz de la luna golpeó su rostro, ambos lo vieron. Supieron de inmediato que lo que brotaba de su boca era sangre, espesa y oscura. Sus manos también brillaban por una película viscosa de sangre, y el suelo se manchaba con cada paso que daba. No obstante, Ryan vislumbró un cardenal de heridas sobre su cuello, que dejaba la carne de esta zona tendida en gruesos jirones putrefactos y costrosos. El muchacho sintió repugnancia. Nunca en su vida había visto algo similar. Se hizo, entonces, una serie de preguntas. ¿Cómo se había lastimado aquel hombre de esa manera? ¿Qué había ocasionado tal herida? Y la más inquietante de todas. Infaliblemente, esa herida era mortal, cualquier persona moriría desangrada, entonces... ¿cómo era que ese tipo podía ser capaz de seguir moviéndose? Estaba vivo... ¿verdad?
De improviso, el hombre se detuvo. Algo en sus movimientos captó la atención de Ryan. ¿Acaso no podía verlos? Estaban a menos de cinco metros, era imposible no verlos aún bajo toda aquella oscuridad. El hombre elevó el rostro... e hizo un gesto parecido al de los perros cuando olfatean un rastro. Pero no fue su mirada de odio, grisácea y ausente, que les lanzó al par; ni siquiera fue el espeluznante rugido que brotó de su garganta. Fue la increíble energía que de pronto invadió sus movimientos y con la que empezó a avanzar hacia ellos. Un tanto más rápido; empero, seguía siendo torpe.
Ryan retrocedió. Aun cuando su subconsciente le repetía que debía asegurarse de que aquel hombre estuviese bien, en la profundidad de su pecho algo le gritaba que debía correr, que corría peligro, pues ese tipo resultaba una verdadera amenaza.
Pensó muy tarde. Y cuando quiso huir, una boca negra y sangrienta se le vino encima.








