I
Comienzo.
Se vuelve una dolorosa tarea forzarme a olvidarte, no solo a causa de los recuerdos que mi memoria se encarga de avivar a cada minuto, sino también por el pesar provocado a raíz de aquél gran vacío que te encargaste de dejar en mí y en este mundo. Te perdí, no solo al tú que tanto amaba, tu alma y esencia fueron quiénes también partieron ese día. Quisiera que regresaras con el sonido de mi voz, llamar tu nombre y tenerte de vuelta; me llena de impotencia reconocer que no es posible hacerte volver... Te has ido demasiado lejos.
Cinco años antes.
El clima parecía ser el adecuado dentro de los parámetros de algunas personas y de los meteorólogos locales. Calidez por las mañanas y frescura por las noches, era algo verdaderamente común en Seúl para esas fechas.
Las farolas iluminaban todo a su alrededor, complementando la oscuridad de la noche junto a la gran luna postrada en lo más alto de aquel brillante firmamento. Las calles se encontraban transitadas, los trabajadores parecían volver a casa a descansar y los estudiantes se preparaban para una larga jornada de estudio nocturno. El tiempo avanzaba como cualquier día.
Dentro de un complejo de departamentos con un diseño moderno, las risas parecían inundar un lugar en particular y los cubiertos se unían a aquella armoniosa sintonía.
La cena transcurrió de forma amena, permitiéndoles disfrutar del momento sencillo que se encargaban de convertir en algo demasiado íntimo con el paso del tiempo.
-Nunca me cansaré de elogiar tus habilidades culinarias. –
El pelinegro se encontraba lavando los platos recién usados cuando logró escuchar el comentario de su pareja a sus espaldas, sintiendo aquellos fuertes brazos rodearle la cintura acompañado de un corto beso sobre la coronilla.
-Debe ser una broma. ¿A caso estas enfermo? ¿Te duele algo? Déjame revisar tu temperatura. –
Se giró rápidamente hacia el contrario para poder verle mejor, levantando su mano derecha y colocarla sobre la frente del moreno mientras que la izquierda le sostenía el rostro. No podía ser cierto que su comida fuera buena, a duras penas lograba cocinar para mantenerse con vida, tenía una pésima sazón y su pareja tenía un pésimo gusto. Tal vez tenía fiebre y, por ende, el moreno se encontraba delirando.
-No, no lo creo. Verdaderamente la cena me pareció deliciosa. –
El rubio afianzó su agarre sobre la cintura del mas joven, inclinándose poco a poco en dirección al rostro del pelinegro para lograr unir sus labios.
La calma que ambos eran capaces de proporcionar al otro superaba muchos de los métodos que comúnmente solían utilizar para lograr obtener un poco de paz y evitar cualquier cuadro de estrés al cual se encontraban tan propensos por sus profesiones.
Si les dieran a elegir un momento en el día que disfrutaran plenamente ambos elegirían las últimas horas del atardecer y gran parte de la noche, aquel tiempo en el que se permitían existir en compañía del otro. Únicamente ellos dos.
Se separaron lentamente poniendo fin a la cercanía para dirigirse a la estancia. El rubio había tomado la delantera siendo seguido por el pelinegro. Deseaban sentarse por un momento en el sofá antes de que el contrario debiera partir a su departamento para continuar con su rutina semanal.
Cada uno eligió un sofá, dejándose llevar por el cómodo contacto con el forro de piel sintética envolviendo el inmueble. La voz del menor salió amortiguada por el cojín que se encontraba sobre su rostro, quitándolo de su camino al ver que su pareja no le había escuchado del todo, pues seguía con sus ojos cerrados.
-Espero que no te acostumbres a disfrutar de mis habilidades culinarias, será un gusto que no te daré en un largo tiempo. –
Como una reacción inmediata, la atención del rubio volvió a él.
- ¿Por qué no? ¿En verdad vas a privarme de aquél delirante manjar que mi futuro esposo puede prepararme? –
Las comisuras de sus labios se extendieron ligeramente dando paso a una brillante sonrisa.
-Sí, lo haré. Hoy sucedió un milagro y los dioses quisieron que la cena resultara apetitosa, unas cuantas ofrendas, rezos, favores, cosas por el estilo. En realidad, yo no cociné el día de hoy. –
- ¿Ah no? –
El tono de sarcasmo escéptico era demasiado evidente en los dos jóvenes.
-No, fue un serafín el que cocinó por mí, por eso no sufriste de intoxicación. –
La risa de Taemin se abrió pasó entre el silencio. Minho le observó por unos segundos, disfrutando aquél hermoso sonido.
-A veces eres tan... -
- ¿Imaginativo? ¿Creativo? ¿Elocuente? –
-No estaba pensando en ninguna de aquellas palabras, pero sí, también eres todo eso. –
Minho se puso de pie para dirigirse al sofá donde se encontraba recostado el menor, inclinándose de nuevo sobre el rostro ajeno y robarle una aceptable cantidad de besos.
Taemin río entre la acción, dejándose envolver por la calidez y el amor que el contrario le proporcionaba. El menor solía tener un mal hábito caracterizado por la cantidad de pensamientos irracionales generados en su mente, pero con Minho todo parecía fluir con demasiada calma trayendo, en ciertas ocasiones, un alto a su excesiva actividad cerebral enfocada al área de la mente.
Aquella muestra de afecto tan íntima se percibió desde un punto emocional completamente distinto al común. Diversas sensaciones se mostraban reflejadas entre cada rose físico y suspiro, su cuerpo ardía ante el toque del otro llevándoles a profundizar sus acciones, el ambiente estaba tornándose necesitado con ciertos tintes de desesperación. Cualquiera podría pensar que era lo que debía de suceder, pero la realidad era distinta.
Taemin descuidó la rejilla de protección, dando rienda suelta a sus pensamientos por un momento, su mente parecía desear encender una gran luz roja dentro de sí. Decidió ignorarla, pero no funcionó del todo.
Para cuando el moreno se encontraba repartiendo húmedos besos en gran parte de su cuello, tomó un gran suspiro y se apartó paulatinamente de su pareja por un momento, aquellas dos palabras deseaban salir desesperadamente por su garganta y que sus cuerdas vocales pudieran darle alguna forma verbal.
-Te amo. – En sus oídos distinguía desesperación que pobremente trataba de ocultar.
Minho lo miró fijamente a los ojos, posando sus labios sobre la mejilla izquierda del pelinegro poco después de haberlo escuchado.
-También te amo, Taemin. –
El rubio no fue capaz de notar aquel cambio tan repentino en la voz del menor, mucho menos se percató de la forma en la que parecía aferrarse a sus brazos.
- ¿Te puedes quedar esta noche? –
Minho le dirigió una mirada cargada de pena, no deseaba dejar a su pareja sola.
-Sabes que me encantaría, pero no será hoy. –
El pelinegro frunció sus labios con la intención de formar un mohin expresando su inconformidad con aquella respuesta.
-Podemos programar una alarma y que despiertes un poco más temprano. –
-Eres demasiado adorable cuando actúas así. –colocó una de sus manos sobre la cabellera contraria para revolverla- pero recuerda que vivo del otro lado de la ciudad y la empresa se encuentra también en esa zona. Mañana solo tendré una junta y podré salir temprano, prometo regresar aquí en cuanto termine con los accionistas. –
El rubio percibió cierta ansiedad en los ojos de su prometido, algo estaba sucediendo o posiblemente solo se trataba de algún berrinche. Debió de ser más atento a sus acciones.
-De acuerdo. Maneja con cuidado y llega a casa a salvo, es muy peligroso manejar a estas horas, especialmente si te estás demasiado cansado. –
- ¿Con estas horas te refieres a las diez de la noche? –
Taemin le regaló una ligera carcajada.
-No me culpes por interesarme en tu seguridad, solo quiero asegurarme de que mi prometido llegue al altar en una pieza. –
-Está bien, está bien. Tendré mucho cuidado, te enviaré un mensaje cuando llegue a casa y por favor, no me esperes despierto. Necesitas descansar, ha sido una semana complicada para ti. –
Habían compartido un último momento de afecto, siendo el moreno el que saldría por esa puerta un par de minutos después, dejando a un pelinegro bastante ansioso sobre el sofá.
Éste decidió hacer caso a las palabras del mayor y se preparó para irse a la cama.
El tiempo avanzó de manera rápida, la luna avanzaba para seguir con su trayecto dándole paso a los brillantes rayos de luz. Había olvidado cerrar la cortina la noche anterior, esto representó una gran molestia para el menor, pues había despertado una hora antes de que el despertador comenzará a emitir aquel característico sonido.
Colocó sus manos sobre sus ojos, emitiendo un ruidoso bostezo poco después. Tomó asiento sobre el colchón recargando su espalda sobre sus almohadas. Se mantuvo quieto por unos minutos, la nada parecía ser demasiado entretenida.
Perezosamente, salió de entre las cobijas poniéndose de pie para estirarse. Se dirigió al cuarto de baño con la intención de tomar una ducha rápida. La mañana parecía avanzar con tranquilidad.
No se había percatado de algo ausente, pero de suma importancia a su alrededor. Deseaba relajarse y, extrañamente, sus pensamientos se habían mantenido completamente al margen ese día. Eso debió de encender una gran señal de alerta, pero no fue así.
Encendió el televisor, reemplazando su sonido por aquel proveniente de su habitación. Una sensación extraña comenzó a invadirle a medida que se acercaba a ese lugar. Permaneció estático por unos segundos, estiró su brazo lo suficiente para alcanzar el aparato notando el ligero temblor en su mano.
La pantalla parecía brillar con insistencia, el nombre de Kibum apareció unos segundos después.
Deslizó su dedo sobre la pantalla y la melodía se detuvo. El reloj comenzaba a correr marcando el tiempo transcurrido durante la llamada, con los sentimientos a flor de piel colocó el móvil a la altura de su oreja.
- ¿Hola? –
-Taemin, algo muy extraño sucedió anoche... -
- ¿A qué te refieres? –
-No creo que sea algo que deba explicar por teléfono. Estoy fuera del departamento. -
Antes de lograr articular alguna frase la llamada ya se había cortado. Su mente se transportó a la sensación vivida del día anterior, aquella emoción le recorrió el cuerpo hasta detenerse en su pecho formando un extraño nudo en aquel lugar.
Bajó la vista hacia sus temblorosas manos dejándose llevar por las palabras de su mejor amigo y preguntándose cómo es que había sucedido algo así, sus recuerdos decidieron jugar en contra sometiéndolo una y otra vez a las palabras dichas por el moreno antes de despedirse.
Los fuertes golpes en la puerta lograron traerlo de vuelta a la realidad con un ligero espasmo producido por la acción tan repentina.
Caminó con rapidez hacia la estancia sin importar qué tanto se tropezara en el camino. El sonido de la televisión rompía con el tenso ambiente dentro de la estancia.
Sus manos rozaban el objeto redondo y brillante pegado a la puerta, la simple acción de girarlo le costó demasiado trabajo. El corazón le palpitaba con rapidez dentro de su pecho, sus oídos retumbaban con fuertes sonidos producidos dentro de su cabeza debido a la tensión.
Los fuertes golpes en la puerta generaron una reacción inmediata en su cuerpo llevándolo a terminar la acción. Miró a Kibum por un momento, parecía no escuchar lo que el castaño decía, sus oídos se apagaron por un momento y algo dentro se desmoronó lentamente pues aquella voz proveniente del televisor lo transportó por un momento al conjunto de ideas producidas en su mente obligándolo a escuchar aquello que tanto miedo le provocaba.
Cierta descarga de energía inundó su cuerpo, pero éste parecía no desear realizar alguna acción, necesitaba mantenerse en reposo, acumulando la sangre en aquellas extremidades donde comúnmente fluía de manera adecuada. Sus dedos se aferraron con fuerza al picaporte, aquella sensación de muerte inminente pudo darle la respuesta.
Sus ataques de pánico habían cesado hace tiempo, pero no entendía por qué parecían estar de regreso.
Estaba cediéndole el poder a sus pensamientos sobre su cuerpo.
- ¿Estas bien? –
Perder la noción del tiempo fue demasiado sencillo. Los ojos de Kibum expresaban la clara preocupación por su estado.
Él cree que lo sé.
Recobrar el control sobre su conciencia fue demasiado confuso, pues no sabía en qué momento volvió a sentarse en el sofá, le costó trabajo poder identificar cuando fue que el castaño ingresó a su departamento.
-Puedes decirme lo que sucede, estaré bien... -
Escuchar aquel tono de voz cargado de tanta tranquilidad envió una pequeña cantidad de escalofríos a su espalda, Taemin parecía encontrarse en una especie de transe o anestesia emocional.
- ¿Haz revisado tu teléfono? –
El menor continuaba sin sostener su mirada.
- ¿Por qué lo haría? –
Sentía una especie de nudo en la boca del estómago forzando a subir el ácido a una velocidad tortuosa provocándole una sensación ardiente a través de su pecho, amenazando con salir en cualquier momento.
-Porque se trata de Minho. ¿En verdad no lo sabes? –
Trago con dificultad, tenía la esperanza de que su saliva lograra hacer desaparecer el horrible sabor a ácido. Palpó su bolsillo con la intención de buscar su teléfono, regañándose internamente por ser tan descuidado y no ser capaz de reconocer el momento exacto en el que el teléfono llegó a parar a ese lugar.
Desbloqueó el móvil, deslizándose rápidamente hacia la bandeja de llamadas perdidas, aún con un semblante incrédulo, trató de ignorar las más de tres llamadas realizadas por el moreno. Salió de la aplicación para ahora dirigirse a las notificaciones con cada uno de los mensajes recibidos durante la noche.
Todo fue demasiado rápido, verse colapsar y no poder evitar la desesperación aunado a la ira. Aquel enojo consigo mismo por su irresponsabilidad y no ser capaz de impedir que aquello sucediera. El llanto comenzó como un gran nudo en la garganta, hasta que logró materializarse a través de las lágrimas, con aquellos alaridos ansiando por salir, reprimiéndolos pobremente.
Fueron pocos los minutos transcurridos al salir de su departamento, si hubiera sido más obstinado para no dejarlo ir, tal vez Minho se encontraría aún a su lado y no preso de su libertad.
Un estruendo deformó el semblante tan serio de Kibum, jamás había visto a Taemin de aquella manera. El móvil había golpeado una de las paredes con demasiada fuerza abollándola por el impacto y permitiéndole comparar como el menor se encontraba igual de frágil que el material, no deseaba emitir alguna palabra. Temía por la próxima reacción del pelinegro.
Eran las once de la mañana en Seúl y el día transcurría como cualquier otro.