Mi Mejor Amigo by Lady Sol at Inkitt
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Mi mejor amigo

Summary

Ginny no entiende que es lo que le pasa a Harry, busca cualquier excusa para discutir con ella, desaparece durante noches enteras y apenas la mira cuando están juntos. Hermione intenta ser comprensiva, sabe que Harry no está bien y al parecer solo encuentra el desahogo que busca cuando habla con Ron, aunque entiende que hay cosas que los chicos prefieren hablar a solas, empieza a molestarle el hecho de ser excluida. Disclaimer: El universo Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling y no me pertenece. Yo solo escojo algunos de sus personajes y los hago bailar al son de mi música.

Status
Complete
Chapters
4
Rating
4.0 2 reviews
Age Rating
18+

Capítulo I

Harry sintió que su bolsillo se calentaba hasta casi resultar desagradable. Rápidamente sacó el falso galeón que portaba siempre encima desde que tenía quince años. Observó el borde de la moneda donde deberían haber estado los números de serie y sonrió para sí cuando en su lugar apareció una palabra.


Ahora


Miró su reloj y suspiró tristemente, eran casi las diez de la noche, Ginny no tardaría en llegar a casa.


Se removió inquieto sin saber qué hacer, pero el sonido de la puerta de la entrada abriéndose, le robó el poder de decisión. Hizo lo primero que se le ocurrió, lo que llevaba semanas haciendo cada vez que esta situación se daba.


Quizás no era la mejor de las estrategias, pero a él le funcionaba y con eso era suficiente.


—¡Joder Ginny!


La pelirroja no pudo evitar sobresaltarse cuando nada más llegar a casa fue recibida por el furioso grito de su marido.


—¿Qué te pasa, Harry? —Preguntó extrañada.


—¿¡Qué qué me pasa!? ¿¡Y tienes que preguntarlo!? ¿¡De dónde cojones vienes a estas horas!?


—¿¡Pues de dónde voy a venir!? ¡Del trabajo! —Contestó Ginny de muy malas formas. Se estaba cabreando, no entendía a que venía ese marcaje, desde hacía tiempo Harry se comportaba muy raro, parecía que buscaba cualquier excusa para pelear con ella, y francamente, empezaba a hartarse de los desplantes de su marido.


—¡No me mientas! ¡Sé perfectamente que tu turno acaba a las ocho y son las diez! ¿¡Dónde has pasado esas dos horas!?


—Me he tomado una cerveza con los compañeros al salir, ¿Cuál es el problema?


—¡Y me lo dices así! ¡Tan tranquila!


—¿Cómo se supone que tengo que decírtelo? ¿Llorando? ¿Dando palmas? ¿Bailando un vals?


—No, ¡Si encima te creerás que tiene gracia! ¡Te parecerá normal estar por ahí de juerga mientras yo me quedo esperándote en casa!


—¿¡Pero qué tonterías estás diciendo!? ¡Tú sales más tarde de trabajar que yo! ¡Como mucho llevas esperándome quince minutos! ¿Y qué más te da a ti si me paro o no a tomar una cerveza cuando salgo de trabajar?


—¡Pues me importa! ¡Después del trabajo deberías venir directa a casa a estar conmigo, en vez de quedarte por ahí emborrachándote con vete tú a saber quien!


—¿¡Pero tú te estás oyendo!? —Ginny estaba que ardía de furia ¿Quién se creía Harry que era para decirle lo que podía o no podía hacer? ¿Qué le estaba pasando al hombre con el que se había casado? La semana pasada le armó una bronca tremenda porque dejó unos platos sucios en el fregadero, la anterior le salió con que no le gustaba que usara ropa muggle porque era demasiado ajustada ¿Y ahora le recriminaba que se parara a tomar una cerveza después del trabajo? ¿En qué clase de monstruo machista, celoso y posesivo se había convertido su marido? Esto se tenía que acabar, ella no era ninguna damisela desvalida, le dejaría claro a Harry que el hecho de estar casados no le daba derecho a controlarla.— ¿Te crees que eres mi padre para decirme lo que puedo o no puedo hacer? ¡Soy una mujer adulta e independiente y haré lo que me dé la gana! ¡Y si no te gusta, ahí tienes la puerta!


—¿¡Pues sabes qué!? ¡Tienes razón! ¡Me largo! ¡Ya volveré cuando te decidas a ser más razonable!


Harry salió de la casa como una exhalación, asegurándose de dar un violento portazo antes de salir, dejando atrás a una estupefacta Ginny que no entendía nada de lo que había pasado.


💞💞💞💞💞💞


Harry condujo superando todos los límites de velocidad e ignorando multitud de semáforos y señales de tráfico. Le daba lo mismo, era tarde, no había nadie por la carretera y él quería llegar cuanto antes.


Aparcó en el Londres muggle, muy cerca del caldero chorreante. Bajó del coche y, echándose la capucha de su sudadera negra por la cabeza para evitar ser reconocido entró al legendario pub.


No se paró a saludar ni a beber nada, fue directo a la ya conocida pared de ladrillos que sabía que, tocando en los puntos apropiados, le daría acceso al Callejón Diagón.


La normalmente concurrida calle ahora se encontraba vacía, todas las tiendas habían cerrado ya, y por las aceras solo veía a algún que otro transeúnte con malas pintas que seguramente se dirigía al Callejón Knocturn, Harry agradeció interiormente por el anonimato que le brindaba la soledad de la calle, respiró hondo para calmarse y se adentró en ese lugar que tan buenos recuerdos le traía. Caminaba deprisa, con el nerviosismo y la expectación apoderándose de su ser. Iba con la cabeza baja y los andares decididos de quien sabe perfectamente a dónde se dirige, no se detuvo hasta estar frente por frente con Sortilegios Weasley, sacó su propia llave y abrió la puerta. La tienda había cerrado hacía horas, pero daba lo mismo, él no había ido allí a comprar nada.


Subió las escaleras con pasos vacilantes, el corazón le bombeaba con tanta fuerza que parecía que quisiera escapar de su pecho, sentía la garganta seca y casi juraría que era capaz de percibir la ingente cantidad de endorfinas que estaba segregando su cerebro.


Agarró la manija de la puerta que daba acceso al pequeño apartamento que se encontraba en el piso superior de la tienda, desde que George y Angelina se habían mudado a su preciosa casita de vallas blancas, el pequeño apartamento permanecía deshabitado. O casi.


Sintiendo como los latidos de su corazón se aceleraban hasta alcanzar un ritmo desenfrenado y las piernas le temblaban ligeramente ante la expectación, abrió la puerta.


Lo recibió un cálido interior, el crepitar de una chimenea encendida y el aroma a sándalo que llevaba siendo parte de su vida tantos años y que solo le evocaba una palabra. Hogar.


—Has tardado, por un momento creí que ya no vendrías. —Le saludó una voz proveniente del sofá estratégicamente situado delante de la chimenea.


Harry ni pudo ni quiso evitar que sus labios se curvaran hasta esbozar una amplia sonrisa. El alivio impregnado en aquellas palabras le llenó el corazón de calidez. Claro que iría, hubiera hecho lo que hiciera falta para poder llegar allí.


—He venido lo más rápido que he podido, no sé ni cómo no me he matado con el coche, Ginny llegó en cuanto recibí tu mensaje, tuve que improvisar algo para tener una excusa para pasar la noche fuera. —Acortó la distancia que le separaba del sofá y se rindió al abrasador beso con el que fue recibo. Se separó un instante, lo justo para perderse en unos ojos azules que le gritaban ya estás en casa.— Me moría de ganas de verte, Ron.


—Yo también te he echado de menos. —La sonrisa bobalicona en la cara de su mejor amigo era tan sincera que Harry sintió que se derretiría amparado en fuego rojo— ¿Qué excusa le has dado a Ginny?


—He montado una bronca —Su sonrisa se tornó traviesa antes de continuar. —Ni te imaginas la cantidad de tonterías que le he dicho. Luego me he ido súper indignado, he dado un portazo y todo, solo para darle credibilidad al asunto, por supuesto.


Ron negó divertido, con un atisbo de burla bailando en su gesto.


—¡Lo sabía! Tienes que dejar de hacer eso —Le regañó— Ginny se queja con Hermione ¿Sabes? Dice que estás muy raro con ella y que buscas cualquier pretexto para discutir.


Harry se encogió de hombros, le daba igual lo que pensara Ginny, si fuera por él la habría dejado hacía mucho tiempo, era Ron el que había insistido en que mantuvieran ciertas fachadas que para él eran del todo innecesarias.


—¿Qué le has dicho tú a Hermione?


—Qué tú te habías peleado con Ginny, que estabas muy mal y necesitabas un amigo. —Respondió conteniendo la risa.— Pero eso no va a funcionar durante mucho más tiempo, le dije lo mismo la semana pasada, y esta vez se ha puesto muy pesada con venir ella también a "hacerte entrar en razón". Me ha costado muchísimo convencerla de que esto era un asunto de chicos y que mejor se quedara en casa.


Harry rodó los ojos.


—¿Cómo sabías que yo "discutiría" con Ginny?


—Porque esa es tu excusa favorita últimamente, has hecho eso las últimas veces y di por sentado que esta vez no sería diferente.


—Es la manera más sencilla —Se justificó— Si le digo que estoy de misión, o que tengo que quedarme hasta tarde rellenando informes no tiene más que hablar con algún compañero mío o presentarse en la oficina de aurores para darme una sorpresa y toda mi coartada se hará pedazos. Si monto una bronca, ella misma me ve irme, y se queda tan furiosa que no es capaz de pensar en donde estoy ni que estoy haciendo, solo se centra en rumiar lo capullo que soy.


—No sé si apruebo que hagas sufrir así a mi hermana, si te digo la verdad.


—¿Lo dices en serio? —Preguntó Harry repentinamente molesto.— No tendría que hacerla sufrir si tú no hubieras insistido en que me casara con ella, para empezar.


—Harry... —Ron lo miró arrepentido con esos ojos de corderito a punto de ser degollado que siempre lograban acabar con los enfados de Harry de un plumazo.— Sabes que era necesario. Esto que tenemos tú y yo... Es un tabú en el mundo mágico. Nos rechazarían, nos aislarían. Quedaríamos eternamente condenados al ostracismo. ¿No quieres eso para nosotros, ¿verdad?


—Tampoco quiero esto. Siempre escondiéndonos, mintiendo a tu hermana y a mi mejor amiga, que tú y yo nos queramos no debería ser el motivo de sufrimiento de nadie.


Harry se apagó un poco, mantener esa conversación no era precisamente lo que tenía en mente mientras conducía como un loco por las calles de Londres. Pero no negaría que era un asunto que llevaba demasiado tiempo rondando por su cabeza.


Ron y él llevaban juntos desde los catorce años, con muchos altibajos y muchos intentos de poner fin a lo que tenían y ser solo amigos. Todos resultaron infructuosos.


La primera vez que se dio cuenta de que tal vez lo que sentía por Ron era algo más que meramente fraternal fue durante una de sus más épicas peleas, cuando salió elegido por el cáliz de fuego para participar en el torneo de los tres magos. Ron se alejó de él y estuvo semanas sin dirigirle la palabra, Harry casi se muere de angustia, ansiaba tenerle cerca, bromear con él, verle comer como un animal haciendo gala de sus inexistentes modales en la mesa, simplemente estar a su lado en silencio... El desasosiego que sintió ante la posibilidad de perderle le oprimió el pecho y estrujó su corazón hasta el punto de que apenas pudo comer ni dormir durante el tiempo que estuvieron peleados. Esto, junto al alivio que lo invadió cuando por fin hicieron las paces, fueron las primeras señales de que algo en su relación con su mejor amigo no era del todo normal.


Cuando en la segunda prueba del torneo, Ron resultó ser aquello que Harry más valoraba ya no hubo más dudas, lo que ocurría fue demasiado evidente para ambos.


Se lo negaron a sí mismos durante un tiempo. Para Harry nunca hubo tanto problema, estaba acostumbrado a que lo señalaran, lo injuriaran y lo juzgaran públicamente, pero Ron insistía en que lo que había entre ellos no podía ser, que estaba mal. Era lo que le habían enseñado desde niño y ellos no eran más que dos adolescentes confusos. Intentaron alejarse el uno del otro, Ron se besuqueaba por los pasillos con cualquier chica que se dejase, y Harry... Harry escogió la opción más parecida a Ron que encontró.


Durante el año que pasaron los tres juntos buscando los Horrorcruxes toda esa tensión emocional entre ellos se agravó a niveles insoportables. A Hermione le gustaba Ron, era evidente, Harry lo veía en cada mirada, en cada gesto, en cada roce que compartían... Y eso lo volvió loco de celos, celos que tuvo que tragarse y fingir que no existían, porque Ron era su mejor amigo, porque Hermione era su mejor amiga, porque Ron le decía que ellos eran dos chicos y que estaba mal que dos chicos se quisieran de esa forma, y porque si Hermione y él juntos iban a ser felices, Harry no debía meterse entre ellos, porque les quería. Llegó a preguntarse si tal vez, cuando la guerra terminara, Hermione y él podrían compartir a Ron, al fin y al cabo siempre habían sido los tres y aunque él no se sentía atraído por Hermione de esa forma, la quería y tenía la esperanza de que pudieran ser felices estando los tres juntos, como habían estado siempre. Pero tuvo que descartar esa idea, si una relación entre dos chicos era tabú en el mundo mágico, no quería ni imaginar lo que pensarían de una relación de dos chicos que además tenían a una chica en medio de ellos. El mundo se les echaría encima, y aunque a Harry le daba igual lo que pensaran los demás, Ron no era de la misma opinión, y Harry jamás haría nada que hiciera sufrir a la persona que amaba.


Cuando la tensión se volvió insoportable y estalló de la peor forma, provocando la huída de Ron, Harry se sintió morir. Creyó que no volvería a verle, que lo que fuera que hubiera pasado entre ellos quedaría olvidado entre las brumas de la memoria, convertido en un recuerdo fantasmal tan secreto, que algún día se preguntaría si aquello ocurrió de verdad o no fue más que un sueño.


Pero Ron volvió y con él regresó la luz a su corazón. Lo entendió todo, Ron y él compartían el mismo miedo, ambos creían que al otro le interesaba Hermione, cuando la realidad era que ninguno quería a la chica de esa manera.


Cuando Hermione besó a Ron en mitad de la batalla de Hogwarts el corazón de Harry se hizo pedazos. Se los veía tan bien juntos, como dos auténticos héroes de guerra, hacían una pareja preciosa, mucho más de lo que Ron y él podrían llegar a aparentar jamás.


Cuando supo que debía morir a manos de Voldemort para poner fin a la guerra, casi se sintió aliviado. Estaba harto, harto de querer y no tener, de que la vida le negara la felicidad de manera sistemática, de que todos menos él pudieran encontrar el camino hacia lo que sus corazones anhelaban. Pensó que era mejor acabar con todo de una vez, quitarse de en medio y dejar que sus amigos fueran felices juntos, sin él siendo el tercero en discordia. Ni siquiera se despidió de ellos, no podía hacerlo, sabía que si veía a Ron una vez más ya no sería capaz de enfrentarse a su propio destino, se alejó en silencio, perdido en sus recuerdos.


Cuando el torrente verde de la maldición asesina se aproximaba hacia él, lo último que vio antes de que el mundo se convirtiera en oscuridad, fueron unos cálidos ojos azules. Gracias a ellos, se enfrentó a la muerte con una sonrisa en los labios.


Pero no murió. La vida le dio una segunda oportunidad y él se juró a sí mismo que la aprovecharía. Quería a Ron, quería estar con él, amaba a su mejor amigo con cada molécula de su alma renacida. Esta vez no renunciaría a él, no lo dejaría escapar pasara lo que pasara. A la mierda Hermione, a la mierda Ginny y a la mierda el mundo mágico y sus prejuicios absurdos.


El amor que su madre sentía por él le había salvado de la muerte cuando era un bebé, el amor que él mismo sentía por sus seres queridos lo había devuelto a la vida después de que Voldemort lo matara y el amor que sentía por su mejor amigo era lo que le impulsaría a seguir viviendo. El amor era la única constante en su vida ¿Cómo podía ser algo malo aquello que conducía a la salvación a tantas personas? ¿Cómo el hecho de amarse, de la forma que fuera, podía estar prohibido? ¿Cómo controla uno lo que siente o de quien se enamora? El amor era una fuerza cataclísmica, que llegaba sin ser llamada y arrasaba allí por donde pasaba. No podía estar mal, un sentimiento que llenaba tu corazón de esperanza y tu alma de regocijo jamás podría ser algo malo. El amor era libre, y quien dijera que amarse, en cualquiera de sus formas, estaba mal, simplemente se equivocaba.


Él estaba vivo porque amaba, y no se negaría el hecho a sí mismo nunca más, lucharía por aquello que anhelaba prácticamente desde que era un niño. No volvería a negarse a sí mismo la posibilidad de ser feliz, y a quien no le gustara, que mirara para otro lado. Él no tenía nada de lo que avergonzarse. No volvería a dejar que otros le hicieran sentir mal por algo que le hacía sentir tan bien.


Lo que no tuvo en cuenta fue que Ron no había pasado por la misma catarsis que él. A Ron sí le importaba lo que los demás pensaran, Ron sí tenía una familia a la que no quería decepcionar, Ron tenía miedo, Ron no era capaz de poner lo que sentía por él por encima de los prejuicios que los demás y él mismo tenían. Ron era un cobarde.


Harry no quería perderle, así que, aunque lo hizo a regañadientes, aceptó sus condiciones. Retomó su absurda y vacía relación con Ginny, y observó con el corazón destrozado como su amigo, su amante, iniciaba algo nuevo con la que era la mejor amiga de ambos. Sabía que estar con ellas estaba mal, sabía que solo les estaban haciendo daño a dos buenas personas a las que apreciaban, pero quería ser egoísta, sentía que por una vez se lo merecía, merecía anteponerse a sí mismo a los demás. Quería estar con Ron, y si la felicidad de Hermione y de Ginny era el precio a pagar por ello, pues que así fuera.


Con el paso de los años, ambos aprendieron a acallar con besos, roces y gemidos el sentimiento de culpa que habitaba en sus corazones, cada vez le resultaba menos doloroso mirar a la cara a Hermione sabiendo que estaba traicionando su amistad, cada vez era más fácil mentirle a Ginny para escaparse a pasar la noche con su amor prohibido. El oscuro secreto que su mejor amigo y él compartían se volvía más excitante conforme más difícil era de esconder. Pero también dolía, dolía no poder ser libres, dolía no poder pasear cogidos de la mano, dolía no poder besarle en mitad de una calle concurrida si eso era lo que le apetecía, dolía ver como Ron y Hermione se abrazaban, como se mudaban juntos, como se casaban, como hablaban de sus planes de formar una familia. Dolía despertarse cada mañana al lado de una cabellera pelirroja demasiado larga y demasiado sedosa, el rojo era su color preferido, pero Ginny no tenía el tono correcto, su piel era demasiado suave, a sus curvas le faltaban ángulos, besarla se sentía incorrecto, abrazarla era extraño, su cuerpo era demasiado pequeño, demasiado blandito, Harry no cabía entre sus brazos, no encontraba seguridad en ellos. No estaba bien.


Había intentado hablarlo con Ron muchas veces, pero siempre volvían a lo mismo, Ron tenía miedo, no quería decepcionar a su familia, no quería exponerse públicamente, no quería ser un puto desviado. Ron era un idiota.


—Harry... ¡Harry! ¿Dónde estás? —La voz de Ron lo sacó de su ensimismamiento. A juzgar por su cara llevaba un rato hablando sin que Harry, perdido en sus recuerdos, le prestara atención.


—Estaba en un mundo mejor, un mundo en el que no tuviéramos que escondernos, un mundo en el que no te diera miedo estar conmigo. —El reproche estaba implícito en sus palabras. Harry no quería presionar a Ron, había aceptado sus condiciones y desde el principio supo donde se estaba se metiendo. Pero era inevitable que de vez en cuando lo asaltara la melancolía, y le culpara un poco por la situación en la que habían acabado inmersos por sus malas decisiones.


Vio como Ron apartaba la mirada y se mordía el labio inferior, conocía ese gesto, conocía todos y cada uno de sus gestos, eran muchos años, muchas experiencias, muchas horas observando su rostro bajo el prisma de todas las luces del día y de todas las sombras de la noche.


—¿Qué es lo que no me estás diciendo? —Ron suspiró, sabiendo que no tenía sentido negar que había algo que se estaba callando, Harry siempre supo leer la verdad en su semblante por mucho que quisiera ocultársela.


—Hermione quiere que tengamos un hijo.


La voz de su mejor amigo no fue más que un susurro, pero bastó para que el miedo disparara los niveles de adrenalina de Harry. No, un hijo no, eso sí que no. Hermione y Ron no podían traer una criatura a ese mundo cargado de mentiras en el que vivían. Y él... él no podía meterse en medio de una familia. Si eso pasaba... Si Ron y Hermione tenían un hijo juntos... Harry debería alejarse para siempre de ellos. La simple idea ya era desoladora.


Ron debió ver el terror reflejado en su rostro y lo miró con esos orbes azules cargados de angustia que le removían el alma, después lo acalló con un beso, como siempre hacía. Adormeció su dolor con expertas caricias e intentó desterrar sus miedos envolviéndolo en un abrazo protector. El lugar seguro de Harry siempre fueron los brazos de Ron.


Pero no esta vez. No se dejaría convencer, no callaría más. Ron lo llamaba cada vez que le apetecía y Harry jamás decía que no. Apisonaba el corazón de Ginny si hacía falta para llegar hasta él y luego pasaba días sin poder mirar a Hermione a la cara. Estaba harto, harto de que su felicidad destrozara los sueños y la confianza de dos buenas mujeres que no se lo merecían. Se acabó, el límite lo ponía ahí. Estaba harto de huir, de esconderse, de mentir y de hacer daño a personas que quería. Amaba a Ron, estaba enamorado de él con cada fibra de su ser, nunca había amado a otra persona y estaba seguro de que jamás volvería a hacerlo. Pero su corazón ya no resistía más mentiras, más secretos. Que Ron se planteara formar una familia con Hermione era la gota que colmaba el vaso. Harry no se convertiría en esa clase de persona, no sería el sucio secreto del padre de familia respetable. Siempre había querido a Ron, tal vez era hora de que también aprendiera a quererse a sí mismo. Había llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa, lanzar un ultimátum, y que pasara lo que tuviera que pasar.


—Ron, para, aparta. —Se desembarazó de su abrazo e ignoró el frio que al instante se instauró en su cuerpo y en su alma. Se alejó un poco más de él, la distancia entre sus cuerpos dolía, pero no tanto como la distancia entre sus corazones. Le miró a la cara y en su gesto solo vio una cosa, miedo. No miedo al qué dirán, no miedo a ser expuestos, Ron tenía miedo a perderle. Aquello de llenó el espíritu de esperanza y le dio el valor que necesitaba para hacer de una vez por todas lo que debía haber hecho hace años.— No podemos seguir con esto.


Podía jurar que escuchó el corazón de su mejor amigo romperse en mil pedazos. Sintió su dolor como el suyo propio, estaban conectados, ambos eran uno, y por una vez, Harry estaba dispuesto a dejar atrás a su otra mitad, aunque tuviera que vivir incompleto el resto de su vida.


—¿De verdad quieres acabar con nosotros? ¿Con lo que tenemos? ¿Serías capaz de seguir con tu vida fingiendo que nunca hemos sido algo más que amigos, mientras nos vemos cada sábado en la madriguera? ¿Mientras besas a mi hermana? ¿Mientras yo tengo hijos con Hermione? —La voz de Ron sonaba temblorosa, lo que solo servía para sumir a Harry un poco más en su pozo de desesperación. Iba a hacerle daño, lo sabía, iba a provocar dolor de forma intencionada a la persona que amaba. Y eso le mataba por dentro.


—No Ron, no podría. Por eso voy a irme. —Los ojos de Ron se abrieron en una muda exclamación de sorpresa.— Estoy harto, harto de mentir y de esconderme, harto de que lo mejor que tengo en la vida deba ser ocultado como si fuese algo sucio, algo inmoral, algo que no merece ver la luz del sol. Estoy harto de avergonzarme, estoy harto de sentirme culpable cada vez que miro a Hermione o a Ginny a la cara, estoy harto de fingir. No voy a hacerlo más. Me marcharé lejos, dejaré todo esto atrás y me iré a un lugar en donde pueda ser yo mismo.


—No puedes hacer esto —Ron se alarmó ante semejante declaración, sabía perfectamente que Harry era capaz de hacerlo y la posibilidad de no volver a verle nunca más le resultaba aterradora.— No puedes irte, aquí está tu vida, tu familia, tu trabajo, tus amigos... Aquí estoy yo.


—Tú, tu esposa y tu futuro hijo —Reprochó Harry— ¿Cómo puedes pretender que me quede a ver eso? ¿Qué pasará cuando Ginny también quiera tener hijos? ¿Qué se supone que deberé hacer entonces? ¿Formar una familia y abandonarla cada noche para venir aquí a follar contigo?


—Harry no, no puedes irte, no puedes dejarlo todo, no puedes dejarme a mí. Yo te quiero, nunca he querido a nadie más, jamás ha habido otra persona en mi corazón. Por favor, no te vayas y me dejes atrás.


—Pues ven conmigo. —Las palabras de Harry sonaron como una sentencia en los oídos de Ron.— Vayámonos los dos de aquí, que le den a Inglaterra y que le den a todos los que nos juzgarían y no serían capaces de aceptar lo que tenemos, no les debemos nada, ya les hemos dado bastante.


—Harry... No puedo, no puedo dejar a mi familia, no puedo abandonarlo todo y largarme así, tengo un trabajo...


—Yo tengo dinero de sobra para mantenernos a ambos el tiempo que hiciera falta, y ya encontraríamos otros trabajos donde quiera que vayamos. Incluso podríamos ir al mundo muggle, allí son mucho más tolerantes con la homosexualidad que en el mundo mágico, no es la panacea, pero al menos no se les deprecia tanto como aquí.


—¿Y qué pensará mi madre cuando vea que nos hemos fugado juntos? ¿Qué dirá Ginny? ¿Y Hermione? El resto de mi familia, nuestros amigos... Nos repudiarán, si nos vamos jamás podremos volver, lo perderemos todo...


—Nos tendríamos el uno al otro. ¿No es suficiente para ti?


Ron dejó caer la cabeza y la enterró entre sus manos en un gesto de derrota. Harry sabía que estaba mal que lo presionara de esta manera, pero tenía que hacerlo, tenía que hacerle pasar por esto. Él lo dejaría todo atrás sin dudar si Ron se lo pidiera, quería saber si su mejor amigo, su amante, estaría dispuesto a hacer lo mismo por él, porque si no era así... Quizás llevaba toda su vida perdiendo el tiempo con alguien que decía quererle, pero que no estaba dispuesto a sacrificar nada por él.


—Necesito tiempo. Dame tiempo para pensar todo esto.


Y entonces Harry lo vio. Ron era bueno mintiendo, ambos lo eran, una vida entera ocultando quien eres y que sientes te da esa capacidad, pero no podía mentirle a él, no sin que Harry lo notara. Lo veía en su cara, lo leía en sus ojos, toda su expresión estaba gritando ¡MENTIRA!


Ron le estaba mintiendo. No tenía intención de pensar nada, solo le estaba dando largas, como hacía con Hermione. Posponiendo un problema hasta que supiera cómo resolverlo.


Se le partió el corazón. Se sintió solo, abandonado, traicionado por la persona a la que más amaba en el mundo. Hubiera preferido una negativa, así al menos no tendría nada a lo que aferrarse y le hubiera resultado más fácil pasar página y empezar un nuevo capítulo en su vida. Pero esa mentira... Esa mentira dolía, porque comprendía que Ron jugaba con él igual que jugaba con Hermione, igual que jugaba con su familia. Era egoísta, lo quería todo y, como un titiritero perverso, movía los hilos necesarios para conseguirlo.


La realidad le golpeó con la fuerza de una maza. Ron nunca se iría con él, jamás tendrían una vida juntos, solos ellos dos, su relación siempre sería un secreto, Ron estaba cómodo con lo que tenían y no tenía ninguna intención de que las cosas cambiaran, era feliz así, con lo que obtenía de Harry le bastaba. Y lo peor de todo, estaba dispuesto a mentirle para conservarlo, pasando por encima de los deseos de la persona a la que decía amar. ¿Acaso era eso amor? ¿Puede ser amor si antepones tú comodidad a la felicidad de la persona que quieres?


La respuesta estaba clara, aunque Harry se resistía a verla con todas sus fuerzas.


—Está bien Ron, te daré tiempo, piénsalo durante el tiempo que necesites, y ya me dirás cuál es tu decisión cuando estés preparado.


Harry vio a Ron respirar de alivio y, con el corazón en un puño, comprobó que no se había equivocado. Ron estaba aliviado porque había conseguido lo que quería, al menos temporalmente, mantendría a Harry a su lado, sin tener que renunciar a todo lo demás.


Apretó los ojos con fuerza, reteniendo las lágrimas que luchaban por salir a pura fuerza de voluntad. Cerró la boca para que su voz no delatara el nudo que se había formado en su garganta. Y cuando sintió que ese fuerte cuerpo que olía a sándalo, a hogar, a familia, lo rodeaba, cerró también su corazón. Lo cerró todo, se cerró a sí mismo para no romperse, para no acabar la noche convertido en un despojo, en la sombra de lo que un día fue un hombre feliz. Se hizo fuerte, se reconstruyó cachito a cachito y se atrevió a corresponder al abrazo que le estaba siendo entregado. Cuando aquellos labios de fuego le besaron, entreabrió su boca para permitir el acceso de la lengua demandante que tantas veces había marcado caminos de saliva en su piel. Podía permitirse un último instante de debilidad, una última vez de caer en lo prohibido. Un recuerdo grabado a fuego en su corazón, un apoteósico final para algo que había sido precioso, pero que estaba destinado al fracaso desde sus inicios.


Los cálidos labios de su amante se deslizaron por su mandíbula, bajando hasta su cuello, donde besaron, mordieron, lamieron y succionaron a su gusto. Harry clavó en el techo su mirada perdida, dejándose hacer, intentando no pensar en el dolor de la traición, en lo triste de la mentira del hombre que amaba, por el que lo habría dado todo. Se concentró en todos los buenos recuerdos que tenía a su lado, en aquel primer vacilante y tímido beso cargado de inocencia que se dieron cuando tenían catorce años. En todas las risas y momentos especiales que habían compartido juntos, en cada sonrisa cómplice, en cada mano tendida en el momento oportuno, en cada beso robado a escondidas en cualquier lugar oscuro, cuando aún no tenían tanto miedo, cuando pensaban que jamás tendrían que enfrentarse a una realidad tan descorazonadora como la que ahora les golpeaba.


Su camiseta acabó tirada en el suelo, demasiado cerca de la chimenea, y Harry ni siquiera supo cómo había llegado ahí. Sintió un estremecimiento cuando unos dientes mordisquearon la carne sensible de sus pezones, mientras unos cabellos tan rojos como el fuego que calentaba la estancia, le hacían cosquillas en la barbilla.


Sus manos correspondieron como autómatas, despojando también a su amante de su ropa. Ni siquiera sabía lo que estaba haciendo. Su mente volaba lejos, dejando que su cuerpo liderara la maquinaria por sí mismo, repitiendo gestos que ya había hecho una y otra vez a lo largo de los años.


Besó, lamió y acarició la piel blanca y llena de pecas que reverenciaba desde su más tierna adolescencia. Abandonó su cuerpo y su alma en cada gesto, en cada roce. Los juramentos de amor eterno sonaban lejanos en sus oídos, como lanzados a través de una bruma oscura, se oía a sí mismo responder, repetir un te quiero como un mantra, sin ser consciente de lo que decía en realidad.


Cuando el resto de sus ropas desaparecieron de la escena, abrió sus piernas en una silenciosa invitación a su interior. Sabía que dos resbaladizos dedos abrían su carne, pero no los sentía realmente, era como verse desde fuera, como sentir en el cuerpo de otra persona. Tal vez su cuerpo estuviera allí, pero su consciencia ya se había marchado lejos, donde nunca pudieran volver a hacerle daño.


Lo recibió en su interior una vez más, el interior que una vez creyó que era el hogar del pelirrojo y que ahora lo sentía como una casa de alquiler, un lugar de paso. Su mente iba a la deriva mientras su cuerpo inconsciente respondía a los estímulos físicos por la inercia de la costumbre.


Los últimos restos de lucidez que le quedaban se preguntaban si todo lo vivido le compensaba lo perdido, si tal vez hubiera sido mejor no acercarse a esa familia de pelirrojos en la estación King Cross cuando tenía once años. Se habría ahorrado mucho sufrimiento, aunque tal vez jamás hubiera conocido el amor.


El sudor resbalaba por su piel, unas duras cadera golpeaban implacablemente sus nalgas y Harry luchaba por volver, por estar presente, por sentir los aguijonazos de placer en su pura intensidad. No quería estar fuera, quería regresar de aquel extraño viaje astral en el que se había sumergido y poder disfrutar de ese cuerpo y sus atenciones la que sabía sería la última vez.


La fuerza del orgasmo lo trajo de vuelta a la realidad de la que se había disociado de manera brutal. No sintió el orgasmo del presente, sintió todos y cada uno de los clímax que alguna vez había alcanzado estando con el hombre que había amado desde siempre. Una sucesión de imágines de todos aquellos momentos pasó ante sus ojos a la velocidad de la luz. Intentó cubrirlos con sus manos, como si al cerrar los ojos también pudiera apagar su cerebro, gritó incapaz de contenerse. Un grito de lujuria, que se convirtió en un rugido de frustración, el aullido de un alma rota que llora por saber que ha perdido aquello que más ama.


Se aferró con fuerza al cuerpo adorado que ahora se desplomaba sobre él, preso de los espasmos de su propio orgasmo que Harry ni siquiera había sido consciente de que había alcanzado. Aprovechó el momento en que sus ojos no se encontraban para limpiar las absurdas lágrimas que rodaban por sus mejillas. No tenía sentido llorar, eso no haría que hacer lo que tenía que hacer fuera más fácil.


Le abrazó, le abrazó tan fuerte que parecía que quisiera guardarlo en su interior y no dejarlo salir jamás. Se alimentó de cada una de las palabras de amor que le fueron susurradas y bebió de cada beso que le fue entregado. Se mantuvo así durante horas, patéticamente aferrado al que siempre creyó el amor de su vida, con el semblante estoico y el corazón sangrando, hasta que notó como la respiración que acariciaba su oreja se volvía más pausada y profunda. Su amante por fin dormía.


Se levantó en silencio, con mucho cuidado de no despertarle, se vistió en la penumbra de la habitación, solo iluminada por la luz de las brasas del fuego que antes ardía en la chimenea. Como un idiota, lo miró una vez más. Su rostro dormido, siendo el epítome de la tranquilidad y la paz de espíritu casi lo hizo caer al suelo de rodillas. Quiso despertarle, suplicarle que por favor le detuviera, que no le dejara ir, que lo eligiera a él. En su lugar, dejó caer el galeón encantado que usaban para comunicarse desde hacía años. Ya no lo necesitaría nunca más.


Por suerte o por desgracia, Harry era un experto en poner la felicidad de los demás por encima de la suya propia. Su férreo autocontrol tomó las riendas de sus desbocados sentimientos y lo forzó a salir de aquel apartamento, de aquella tienda, de aquel callejón. Se apareció en una estrecha callejuela muy poco transitada que conocía del Londres muggle, no quería pasar por el Caldero Chorreante, no se arriesgaría a que alguien le reconociera y hablara con él. Estaba seguro de que si abría la boca, de ella solo saldría un grito desesperado.


Apretó fuente los dientes hasta que sus mandíbulas dolieron y caminó hacia su coche. Condujo despacio esta vez, ya no tenía prisa por llegar a ninguna parte.


💞💞💞💞💞💞


Tras las puertas del que se suponía era su hogar pero que jamás llegó a sentir como tal, solo halló silencio. Dio las gracias por ello, que el mundo entero lo llamara cobarde si así lo deseaba, pero él no tenía fuerza ni ganas de enfrentarse a Ginny en ese momento.


Caminó hacia el estudio, deteniéndose un momento ante la puerta cerrada del dormitorio que compartía con su esposa, pegó la oreja y se tranquilizó al escuchar los suaves y familiares ronquidos de Ginny, la mujer dormía, así sería todo más fácil.


Se sentó tras el escritorio de su despacho por última vez. Aquella era una noche de últimas veces. Sacó una pluma y trozo de pergamino viejo que guardaba en el cajón, respiró hondo tratando de armarse de valor y comenzó a escribir. Podía haberse marchado sin más, pero no era tan mezquino, al menos creía que le debía a Ginny una explicación, dejarle una insustancial carta en un vano intento de expiar su culpa por todo el daño que le había causado. Se disculpó con ella por como la había tratado, por hacerla perder el tiempo durante tantos años, por abandonarla ahora. Le suplicó que no tratara de encontrarle, que le dejara huir en paz, que rehiciera su vida y buscara su propia felicidad, que se olvidara de él. No se atrevió a contarle el verdadero motivo de su huída. Aunque Ron le hubiese mentido, aunque hubiera escogido la comodidad de su vida en lugar de la paz con él, no quería traicionar su confianza exponiéndolo de ese modo. De alguna forma, aún sentía lealtad hacia él, hacia lo que habían sido. Ese sería su último regalo, llevarse su sucio secreto a la tumba. Se encontró con un problema cuando quiso despedirse, no quería decirle que la quería y echar así sal en la herida abierta, pero tampoco quería dejarle claro que ni la amaba ni la había amado nunca, eso sería demasiado cruel. Al final, optó por terminar la carta con un simple adiós, y estampó sus iniciales en ella, cerrando así su pasado y abriendo una puerta al futuro.


Sacó el pasaporte muggle que tenía para emergencias y con un movimiento de varita, cambió su nombre por James Clearwater, con un simple golpe de magia, se había dado a sí mismo una nueva identidad. Abrió la caja fuerte que tenía escondida tras una tabla suelta del suelo de madera y se detuvo un momento a observar las que un día fueron sus posesiones más preciadas, pero que no había vuelto a tocar desde la guerra. La vieja mochila con la que había recorrido todo el país en compañía de sus mejores amigos, su capa de invisibilidad que tanto le había servido durante la adolescencia, el mapa del merodear que de tantos castigos le había librado y el álbum de fotos de sus padres, que le mostraba la vida que le fue arrebatada. Lo guardó todo, se colgó la mochila al hombro y, deteniéndose lo justo para dejar la carta a Ginny sobre la mesa de la cocina, salió de aquella casa sin volver la vista atrás, mientras los primeros rayos del amanecer clareaban en el horizonte.


Hizo una pequeña parada en Gringotts antes de proseguir su camino, sacó la cantidad justa de dinero para empezar de cero en otro lugar y le dejó el resto a Ginny, esperando que los galeones compensaran un poco el dolor de su abrupta partida. A él jamás le importó el dinero, no necesitaba tanto, que se lo quedara ella, que se lo gastara, que lo usara para ser feliz si así lo deseaba, no le importaba en absoluto.


Condujo hasta el aeropuerto y abandonó su coche en el parking gratuito, tampoco le importaba el coche, por él bien podía convertirse en el nuevo hogar de un sin techo, todo le daba exactamente igual.


Compró un billete para el siguiente vuelo que había con plazas libres, ni siquiera comprobó el lugar de destino, él solo quería marcharse, le daba igual a donde, iría a donde lo llevara el viento.


No dudó, no titubeó, no cambió de opinión. Tampoco vino a nadie a buscarle, no hubo carreras desesperadas por el aeropuerto que terminaban en una declaración de amor empalagosamente cursi, como pasaba en las películas. Harry estaba solo, a solas con su dolor y con su necesidad de empezar de cero.


Se subió a aquel avión, se sentó en su asiento de clase turista y cerró los ojos, deseando no soñar con el pasado que le quemaba, mientras tocaba el futuro con la punta de los dedos.




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