Prólogo
“Esto lo hice por mi bien, ¿verdad” “¿Pero por qué me siento raro al pensar en esto?” “Mi madre me odió siempre” “Todos me van a odiar” “Soy una mala persona, pero no todo es mi culpa” “Esto fue provocado por ellos, por ella” “Quiero estar con él, con Mikael. Es el único que está siempre conmigo en las buenas y en las malas” el pelirrojo se preguntaba y se preguntaba sin encontrar respuesta a sus preguntas. Decidió dejar la cocina para irse a dormir. Diez y media de la noche fue la hora a la que se fue a dormir y lo único que soñó fueron pesadillas de lo que pasó esa noche.
Oscuridad. Es lo único que se veía en ese sitio, simple y absoluta oscuridad. El chico amaba la oscuridad, pero en ese momento lo estaba odiando con toda su alma porque estaba solo, siempre lo estuvo, pero en esos instantes aún más. Lágrimas de cristal surcaban sus mejillas, lágrimas que no dejaban de salir, aunque les gritara que pararan; siendo el culpable de su salida. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué lloraba por eso? ¿Por qué hizo lo que hizo? ¿Por qué no se sentía tan culpable dentro de lo que cabía en el contexto?
El joven sentado en la cama con las piernas encogidas escondiendo su cara decidió levantarse, tropezando al segundo de poner un pie al frío suelo. Se levantó quejándose de su suerte. Salió de su habitación dirigiéndose a la cocina, tenía que ir a la universidad dentro de una hora y era tiempo suficiente para desayunar, ducharse y cambiarse. Lo primero que hizo fue ir a ducharse, sin antes pillar de su armario una muda de ropa. En el baño vio su cara horrorizada, unas grandes ojeras abarcaban su cara, sus ojos dorados estaban rojos de haber llorado desde la media noche, tenía insomnio desde hace días y también por las pesadillas de esa noche. Después de cambiarse se dirigió a la cocina. Vio a su madre sentada allí con su mirada posada en su móvil. Fue a la nevera directamente para pillarse un zumo de piña, a continuación, a la despensa y tomar unas galletas para el camino.
—Adiós mamá, me voy a la universidad.
Se despidió de la mujer que aún seguía con la mirada posada en su móvil y salió rápidamente de la casa sin antes tomar la mochila. Quedaban quince minutos para entrar a clases y tenía que coger el autobús. Al verlo llegar a la parada se echó una carrera para no perderlo, con suerte llegó, pero tenía una sensación de que todos lo estaban observando, juzgando y menospreciándolo por dentro, sin embargo, no era el caso porque la gente estaba ocupada en sus cosas. Se sentó al fondo del autobús, sacando la comida que había traído y comiéndola al segundo.
Llegó a la universidad y corrió y corrió para llegar a su clase. Abrió la puerta y observó a los alrededores para encontrar a su único amigo que estaba al fondo. Se dirigió hacia allí en silencio sin molestar a los demás. Se sentó justo a su lado, y lo saludó con susurros.
—¿Duermes, Bakari? Tienes unas ojeras que te llegan al suelo —susurró al pelirrojo.
—Últimamente tengo insomnio, no puedo dormir bien, pero no te preocupes Mikael, espero hoy poder dormir.
—Yo también lo espero, no me gusta verte esta carita de muerto —se le notaba preocupado.
Todos sabían que ellos dos estaban enamorados hasta ellos lo sabían, se les notaba a kilómetros de distancia, sin embargo, ninguno de los dos tenía las fuerzas para decirlo. Los dos se preocupaban por el contrario y por lo que pasaría si fueran algo, no querían perder una amistad de tantos años y la única que tenían. Tampoco querían que los otros los insultaran, aunque ya lo hacían de por sí y por cualquier cosa que hicieran. No se llevaban bien con ninguno de los dos y para ellos estaba bien porque nadie podía molestarlos.
—Mira quien está aquí, los dos tórtolos. ¿Quién será el que pondrá el culo como puta?
Había acabado esa clase y tenían un descanso, tiempo suficiente para que un grupo de chicos se acercara a ellos a molestarlos. Los dos los miraron con rabia, no entendían en qué les molestaba que ellos se gustaran, el amor es amor y no hacían daño a nadie. No podían ignorarlos o sino era peor, mucho peor, pero se quedaron callados ante el insulto. Al ver que continuaban Bakari explotó. Rabia era lo que sentía, ira y rabia. Tomó al líder del cuello, apretándolo con fuerza. Había cerrado el puño y fue estampado en la cara del otro unas cuantas veces. Lo soltó cuando vio que todos le gritaban que se había desmayado.
“Él se lo buscó” “Empezó insultando y molestando” “No te sientas culpable” sonó en su cabeza. Esa voz la reconoció al instante, siempre estuvo en su cabeza.
Observó los nudillos con un rojo carmesí por la sangre que había soltado el otro chico. Nadie dijo nada, sabían que iban a acabar peor si hablaban al ver como había acabado su líder. Los del grupo simplemente se lo llevaron a la enfermería. Mikael solamente se limitó a quedarse callado y quieto en el sitio. El teñido se acercó finalmente a Bakari, tomándolo de la mano sin sangre y arrastrarlo al baño para que se limpiara.
El pelirrojo solo pudo soltar lágrimas de impotencia y de tristeza por haber hecho lo que hizo, aunque podría ser por un motivo oculto. El pelilila sintió lástima, sabía cómo sufría, pero no podía hacer mucho, solo estar ahí con él y apoyarlo en todo.
—Bakari.
No hubo contestación. ¿Realmente se necesitaba contestar a la llamada de su nombre? Levantó la cabeza para posar su mirada dorada en los ojos azules oscuros de su compañero de vida. Una mano fue apoyada en su mejilla. Acercó a Bakari a él y besó las gotas cristalinas que seguían cayendo por su rostro.
—No pasa nada, todo estará bien.
Volvió a retomar el paso para llegar al baño. Llegaron y directamente fueron a los lavabos para lavarle la mano manchada. Un silencio sepulcral se adueñó del ambiente, sin embargo, estaban cómodos con eso, no necesitaban palabras. Bakari se sintió mal por engañarlo, pero no podía dejar que se enterara de eso, quería que lo viera como siempre era, no quería que la visión de Mikael de él se distorsionara.
Mikael. Mikael. Mikael. Mikael. Mikael. Es lo único que estaba en la cabeza del pelirrojo. Y en un segundo la poca distancia que había desapareció porque habían juntado los labios para sellar el amor que sentían. Otra gota cristalina se le escapó del de ojos dorados, pero no impidió que continuaran el beso. Solo estaban ellos y la soledad en ese baño, sin que nadie les moleste. Se separaron, no hubo tiempo para procesar lo que había pasado ya que no hacía falta porque otra vez volvieron a juntar los labios en otro beso. Entonces al recordar que tenían clase se volvieron a separar y a salir del baño. Volvieron a clase como si nada, sentían las miradas del grupo que los insultó, pero no de amenaza sino de miedo. Miedo. Eso es lo que sentía constantemente Bakari y no por lo que le hicieran otros, sino por perder a Mikael o por culpa de su madre.
Terminaron las clases, las tortuosas clases. Bakari pidió ir a casa de Mikael porque no quería volver a su casa y quería estar más con su amigo. Aún no sabían si iban a seguir siendo amigos y Bakari por el miedo constante prefería continuar así, sin etiquetas, y Mikael sabía que el contrario no quería etiquetas así que no dio el siguiente paso. El teñido que oyó la petición del pelirrojo aceptó con gusto y agarrando su mano y entrelazando los dedos, caminaron para llegar al autobús e irse a casa del chico.
Llegaron, saludaron a la madre de Mikael y se encerraron en la habitación. No querían que les molestara, sin embargo, ellos dos sabían que era imposible, Mikael tenía unos hermanos menores problemáticos, igualmente podían aprovechar lo poco que podían hacer. Eso era estar juntos, tumbados en la cama y abrazados mientras de vez en cuando se besaban. Y como lo habían previsto, uno de sus hermanos entró a molestar.
—Siento que mis hermanos sean tan molestos, igualmente no creo que entren mucho.
Negó con la cabeza soltando unas pequeñas risitas. Agradecía que al día siguiente no hubiera clase, pero tenía que volver a casa en algún momento. Cayó la noche y se decidieron a dormir de una vez por todas.
Al día siguiente tuvo que volver a casa aún con las insistencias del pelilila de quedarse a comer, le aseguraba que su madre se iba a enfadar si no volvía ya. Se despidió de la familia de su amigo, tomó un autobús y volvió a su casa con una tristeza enorme. No se esperó ver policías y su casa con cinta policial que no permitían pasar a nadie. Aunque intentó pasar no lo dejaron, no hasta que dijo que era su casa y lo pudieron confirmar. Fue hacia la cocina donde todos los policías estaban concentrados.
“¿Mamá? ¿Dónde está, mamá?” y la vio, vio su cuerpo ahí sin vida. Había muerto. No dijo nada, se quedó pasmado. Soltó unas pequeñas lágrimas y sabía que no debía llorar, que no tenían la mejor relación, pero era su madre y aún después de todo la quería. No aguantó mucho más, se desmayó y tuvieron que llamar a una ambulancia. Los policías solamente pudieron sentir lástima por él y aún más al ver marcas rojas en sus brazos.
No creo que esto llegue a muchos o a lo mejor a ninguno, pero quería publicar una idea de una historia que me salió estando en la uni.
Espero que os haya gustado (si alguien lo lee) y sigáis el curso de la historia, aunque poco probable que llegue a muchos capítulos.
Un saludo, Mire.