CapĂtulo 1: Nieve
Entre las nieves densas del camino, se abre paso un auto azul, elegante y sofisticado. Adentro del mismo hay un hombre frustrado que habla consigo mismo, mirando por el retrovisor de su auto viendo que estaba solo. Está bien vestido: con un abrigo negro y una bufanda, con un café del lado derecho que tambalea y su sombrero que cubre su frente. No obstante, sus zapatillas blancas manchadas de barro y desatadas, y una marchita de orina en el pantalón dejan ver que está apurado. El sujeto continúa hablando consigo mismo, murmura algo inentendible, respira forzadamente porque tiene una nariz tapada, y al querer respirar por la boca se le empañan los anteojos. El tipo no soporta más y comienza a golpear con una mano el manubrio del automóvil.
Minutos después se tranquiliza, gruñendo, observa el paisaje blanco y desolado por la ventada de su izquierda. Si bien no cae más nieve, la carretera tan solitaria era tremendamente blanca, con sus arboles pequeños a lo lejos no hay nada más. A su izquierda tampoco. El sujeto inútilmente busca inspiración.
Vuelve su mirada al camino y se pregunta: “¿por qué tengo que pagar esa multa”?
—Maldito hijo de puta. Corruptos… Comunistas…—disgustado, sorbe su café—. No entiendo como no les da vergüenza. ¡No tiene sentido!
En realidad, el tipo es un escritor exitoso, egocĂ©ntrico y crĂ©dulo, con una gran oratoria para las mentiras. Inspirado por el perdedor de su padre, buscĂł refugiarse en las pelĂculas experimentales, en libros de terror de grandes maestros, y en la pintura. Era básicamente un niño que dormĂa mientras caminaba contemplando su futuro de escritor, tambiĂ©n su futuro de pintor. Tan sĂłlo a los trece años habĂa escrito dos grandes cuentos para su escuela, cuentos creativos, bellos y demasiados formales. El niño nunca habrĂa imaginado su adicciĂłn a los libros de todo tipo. Pero, como era comĂşn en esas Ă©pocas, el niño era un rebelde, y a la temprana edad de quince años encontrĂł otro refugio: el alcohol.
Como dije antes, el sujeto es exitoso, pero dentro de toda persona hay grises. Nunca pensĂł en tener hijos, tampoco en casarse, por eso decidiĂł abandonar a su Ăşnico amor. Siendo el perdedor que nunca quiso, se escapĂł en adicciones y en el Ă©xito de escribir. Más de doce libros y cada uno mejor y más complejo que el anterior. IrĂłnicamente, cinco de los mejores libros, populares entre jĂłvenes enamorados, eran de romance. Mezclas de terror con finales esperanzadores. Y sus libros nunca dejaron de ser bellos, por otra parte, uno pensarĂa que la calidad de los escritos se verĂa afectados por una persona tan compleja, pero no.
El auto sigue abriéndose camino entre la nieve. El tipo sigue bebiendo café y observa con indiferencia un auto al costado de la carretera. Él sigue conduciendo hasta que mira por la ventana izquierda, sorprendido, decide frenar poco a poco.
—¡Hola! ¿Necesitan ayuda? —exclama dirigiéndose a cuatro personas: una mujer adelante, una niña pequeña detrás, una chica adolescente, y un hombre robusto.
—¡Hola, sĂ, sĂ! —dice la mujer—. QuĂ© bueno es encontrarse a alguien. Suban, niñas —el hombre observa con disgusto y temblando—. TĂş tambiĂ©n. Y no me discutas.
—¿Qué crees que haces?
—¿Te olvidas que tenemos dos hijas? —replica con cansancio, y sube en el asiento del acompañante.
La niña pequeña sube atrás con su hermana, cansadas y con frio, se acomodan juntas. La adolescente es una chica muy linda, con rizos rojos que se escapan de su gorro de invierno. La niña estornuda en su peluche de caballo rosa, y al sentirse observaba se oculta en los brazos de su hermana. Tanto la mujer como el hombre agradecen la ayuda.
—Gracias por ayudarnos. Nuestro auto se quedĂł sin gasolina a unos kilĂłmetros atrás y derrapamos. Yo me golpeĂ© muy feo las piernas cuando frenamos. Nada de lo que se planea sale como uno quiere. Es una maldiciĂłn —dice mientras sonrĂe. Sus mejillas coloradas y su labio reseco dejan notar el frio que tiene. Igual sus manos que no dejan de temblar.
—Papá, tenemos hambre—dice la hija mayor.
El padre sostiene un maletĂn apoyado en sus piernas, preocupado, mira por el retrovisor y choca miradas con el conductor. El sujeto llamado Arthur, nota el cansancio en la cara del hombre, tambiĂ©n su atenciĂłn pasa hacia el maletĂn negro. Un maletĂn de cerrado sencillo, dorado en la entrada y elegante, el cual Robert protegĂa celosamente.
—Soy Arthur Wallace, quizás me conozcan. Escritor de cinco de los mejores libros de romance, y ganador del nobel de literatura. Perdón por no presentarme. Es una lástima lo que le pasó a su automóvil, y a ustedes, obviamente. Es lógico que han pasado mucho frio, me pregunto si pudieron rescatar algo de importancia.
Las niñas le ignoran, la mujer hace un gesto de amabilidad y luego sonrĂe. La mujer está agotada y enojada, no notablemente, pero expresa su disgusto con los movimientos de sus manos.
—Me llamo Jessica, Ă©l es Robert, mi marido, ellas son mis hijas: Meulen tiene 18 años, y RocĂo tiene 6 años. Ambas nacieron en Argentina, Meulen habla inglĂ©s como si hubiese nacido aquĂ. RocĂo no habla inglĂ©s aĂşn, es demasiado tĂmida. Pero, normalmente, habla mucho cuando agarra confianza —sonrĂe como si brillara, nuevamente, voltea a ver a sus hijas obligándolas a que saluden siquiera con un gesto de la mano—. Con Robert planeábamos volver a Argentina, pero, como estamos ahora dudo mucho que podamos.
Arthur Wallace pensĂł inmediatamente que a quĂ© se debĂa esa sinceridad repentina, no a cualquiera le cuentas un dato tan innecesario; los amigos y la familia son excepciones. PensĂł que quizás la mujer sintiĂł necesario contarle ese dato para que reconozca si hay confianza, esa confianza que te lleva a relacionarte obligadamente con gente. Claramente Arthur no era más que un idiota obsesivo y meticuloso en distintos aspectos, muchos de esas particularidades anteriormente le hicieron extender sus horizontes, todos ellos llevados a una misma rama y sentido unidos a su inconsciente: la culpa. Tales ramas además de la literatura eran la psicologĂa, el psicoanálisis y la sociologĂa. Y de lo que es capaz un hombre con conocimiento, a parte de que un simple humano es peligroso, el conocimiento crea poder en el hombre.
—Disculpe a mi esposa, señor Wallace, a veces es un poco presumida. Le agradecerĂa si nos pudiera alcanzar a un hospital antes de que caiga la noche, si no es mucha molestia.
No sĂłlo al conducir la imaginaciĂłn de Arthur volaba, sino tambiĂ©n en presencia de gente ignorante, asĂ lo reconocĂa Ă©l, es por eso que inmediatamente “fichó” a Robert. Por el retrovisor mirĂł dos veces, tres veces al esposo de la mujer a su lado, lo analizĂł vagamente como si de un perro con hambre se tratase, y buscĂł en el hombre un pequeño indicio que le indicara una isotopĂa creĂble y justificable a su prĂłximo movimiento. Lo observĂł con intenciones policiales, juzgando, miraba a sus hijas con notables sueños y oyendo alaridos de hambres, otra vez. “Algo debe guardar en ese maletĂn”, pensĂł, “en un accidente donde se haya desviado el auto, y al no tener salida habrá tenido que traer otras cosas más importantes que sĂłlo un maletĂn… es pequeño, es elegante; no combina con su vestimenta ni con el de su mujer”. La hija menor está decayendo en sueños, y la mayor está casi en un deje depresivo con molestias. Todos tienen las caras rojizas por el evidente frĂo.
—PodrĂa llevarlos a un hospital, pero está a muchos kilĂłmetros y sinceramente no me quiero quedar en la noche con la nieve en las ruedas. Por quĂ© primero no les invito un par de cafĂ©s con algo dulce. Y de paso un buen departamento que está por esta zona —exclama con simpatĂa y luego saca su celular para ver el mapa—. Claro, si es que me aceptan la invitaciĂłn. Es usual que sucedan estos accidentes automovilĂsticos por estas zonas, y me da muchĂsima pena por la gente que pierde sus cosas. Familias como ustedes no están excluidas de las tragedias del frio y la desolaciĂłn. Es más, usted podrĂa llamar a alguien que nos pueda ayudar para recoger su auto una vez se haga de dĂa —observa de reojo a la mujer esperando que confirme. Ella asiente con la cabeza—. Siempre que hago estos recorridos largos me alojo en el mismo departamento, es increĂblemente cĂłmodo, y si les puedo ser aĂşn más sincero, me apeno por ustedes. Y ofrecerles hospedaje es lo Ăşnico bueno que puedo hacer.
Robert se siente incómodo por tal invitación, pero analiza la posición en la que se encuentra. No corre con demasiado tiempo, sin embargo, su mujer no debe sospechar nada. Sus dos hijas están agotadas y esperan positivamente la palabra de sus padres. Robert no desea aceptar, pero prefiere planificar una ruta de escape por si las cosas salen mal, después de todo, nunca se le quitó la costumbre de cargar un revólver.
—No hace falta, señor Wallace —inquiere Robert sólo para ser insistido una vez más.
—No, no, no —carcajea con voz triunfante—. Señor no. Apenas tengo veintiocho años, que la barba no le engañe. No es ninguna molestia tampoco. La noche no es amigable para nadie que se precie de manejar. Además, sus hijas quizás necesiten dormir; las entiendo perfectamente, mis hijas son iguales.
La familia esperĂł con intranquilidad la respuesta de Robert, entonces Ă©l meditĂł unos segundos para confirmar la invitaciĂłn. El auto continuaba el recorrido mientras afuera se abrillantaba por el crepĂşsculo, en el pensamiento de la esposa sĂłlo estaba la preocupaciĂłn de tener que alimentar a sus dos hijas, y mientras frotaba su estĂłmago pensĂł en su prĂłximo hijo inesperado, este niño o niña no deseado era la motivaciĂłn de querer salir del paĂs. Pero solamente para ella aplicaba ese razonamiento, pues, Robert desconocĂa su embarazo y simplemente estaba enfocado en lo que guardaba el maletĂn.
Robert Ocampos alguna vez tuvo el deseo de querer ser alguien, como jamás pudo serlo se tuvo que conformar con ser padre. No sentĂa emociĂłn en lo comĂşn, no sentĂa inspiraciĂłn en la monotonĂa, y quiĂ©n sabe que lo llevĂł a tal acto repudiable y riesgoso que lo hace escapar, sin embargo, no todo era en el sentido del dinero, sino en mayor medida era guiado por la excitaciĂłn y la adrenalina de romper con lo comĂşn. En realidad, nadie podrĂa concebir siquiera la desesperaciĂłn de sus movimientos, la idea tan pronta que surgiĂł por su mente podrĂa analizarse entre la Ăşnica salida o un mejor futuro para su familia. No hay nadie que sepa su motivaciĂłn.
Fue allĂ que un cinco de febrero se precipitĂł a realizar el acto, y entre querer ser leal a su jefe o ser un buen padre lo hizo sin medir consecuencias. Ahora, entre sus ideas de huir sin dejar rastro o sin dejar informaciĂłn, no concretĂł ningĂşn concepto. Sus pensamientos anteriores y sus creencias de limpieza sobrepasaron la realidad, guiándose por pelĂculas de detectives y de mafiosos pensĂł en no dejar rastros, pero, todo fue en vano casi como un efecto mariposa que lo persiguiĂł. Enseguida se vio envuelto en sus errores, en su mediocridad, en sus deudas y en su carácter orgulloso, e impulsado por la adrenalina y una sonrisa desesperada decidiĂł huir con toda su familia a plena noche.








