El Crimen de Mister Wallace

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Summary

Un joven escritor se encuentra con una familia perseguida por dos mafiosos

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Nieve

Entre las nieves densas del camino, se abre paso un auto azul, elegante y sofisticado. Adentro del mismo hay un hombre frustrado que habla consigo mismo, mirando por el retrovisor de su auto viendo que estaba solo. Está bien vestido: con un abrigo negro y una bufanda, con un café del lado derecho que tambalea y su sombrero que cubre su frente. No obstante, sus zapatillas blancas manchadas de barro y desatadas, y una marchita de orina en el pantalón dejan ver que está apurado. El sujeto continúa hablando consigo mismo, murmura algo inentendible, respira forzadamente porque tiene una nariz tapada, y al querer respirar por la boca se le empañan los anteojos. El tipo no soporta más y comienza a golpear con una mano el manubrio del automóvil.

Minutos después se tranquiliza, gruñendo, observa el paisaje blanco y desolado por la ventada de su izquierda. Si bien no cae más nieve, la carretera tan solitaria era tremendamente blanca, con sus arboles pequeños a lo lejos no hay nada más. A su izquierda tampoco. El sujeto inútilmente busca inspiración.

Vuelve su mirada al camino y se pregunta: “¿por qué tengo que pagar esa multa”?

—Maldito hijo de puta. Corruptos… Comunistas…—disgustado, sorbe su café—. No entiendo como no les da vergüenza. ¡No tiene sentido!

En realidad, el tipo es un escritor exitoso, egocéntrico y crédulo, con una gran oratoria para las mentiras. Inspirado por el perdedor de su padre, buscó refugiarse en las películas experimentales, en libros de terror de grandes maestros, y en la pintura. Era básicamente un niño que dormía mientras caminaba contemplando su futuro de escritor, también su futuro de pintor. Tan sólo a los trece años había escrito dos grandes cuentos para su escuela, cuentos creativos, bellos y demasiados formales. El niño nunca habría imaginado su adicción a los libros de todo tipo. Pero, como era común en esas épocas, el niño era un rebelde, y a la temprana edad de quince años encontró otro refugio: el alcohol.

Como dije antes, el sujeto es exitoso, pero dentro de toda persona hay grises. Nunca pensó en tener hijos, tampoco en casarse, por eso decidió abandonar a su único amor. Siendo el perdedor que nunca quiso, se escapó en adicciones y en el éxito de escribir. Más de doce libros y cada uno mejor y más complejo que el anterior. Irónicamente, cinco de los mejores libros, populares entre jóvenes enamorados, eran de romance. Mezclas de terror con finales esperanzadores. Y sus libros nunca dejaron de ser bellos, por otra parte, uno pensaría que la calidad de los escritos se vería afectados por una persona tan compleja, pero no.

El auto sigue abriéndose camino entre la nieve. El tipo sigue bebiendo café y observa con indiferencia un auto al costado de la carretera. Él sigue conduciendo hasta que mira por la ventana izquierda, sorprendido, decide frenar poco a poco.

—¡Hola! ¿Necesitan ayuda? —exclama dirigiéndose a cuatro personas: una mujer adelante, una niña pequeña detrás, una chica adolescente, y un hombre robusto.

—¡Hola, sí, sí! —dice la mujer—. Qué bueno es encontrarse a alguien. Suban, niñas —el hombre observa con disgusto y temblando—. Tú también. Y no me discutas.

—¿Qué crees que haces?

—¿Te olvidas que tenemos dos hijas? —replica con cansancio, y sube en el asiento del acompañante.

La niña pequeña sube atrás con su hermana, cansadas y con frio, se acomodan juntas. La adolescente es una chica muy linda, con rizos rojos que se escapan de su gorro de invierno. La niña estornuda en su peluche de caballo rosa, y al sentirse observaba se oculta en los brazos de su hermana. Tanto la mujer como el hombre agradecen la ayuda.

—Gracias por ayudarnos. Nuestro auto se quedó sin gasolina a unos kilómetros atrás y derrapamos. Yo me golpeé muy feo las piernas cuando frenamos. Nada de lo que se planea sale como uno quiere. Es una maldición —dice mientras sonríe. Sus mejillas coloradas y su labio reseco dejan notar el frio que tiene. Igual sus manos que no dejan de temblar.

—Papá, tenemos hambre—dice la hija mayor.

El padre sostiene un maletín apoyado en sus piernas, preocupado, mira por el retrovisor y choca miradas con el conductor. El sujeto llamado Arthur, nota el cansancio en la cara del hombre, también su atención pasa hacia el maletín negro. Un maletín de cerrado sencillo, dorado en la entrada y elegante, el cual Robert protegía celosamente.

—Soy Arthur Wallace, quizás me conozcan. Escritor de cinco de los mejores libros de romance, y ganador del nobel de literatura. Perdón por no presentarme. Es una lástima lo que le pasó a su automóvil, y a ustedes, obviamente. Es lógico que han pasado mucho frio, me pregunto si pudieron rescatar algo de importancia.

Las niñas le ignoran, la mujer hace un gesto de amabilidad y luego sonríe. La mujer está agotada y enojada, no notablemente, pero expresa su disgusto con los movimientos de sus manos.

—Me llamo Jessica, él es Robert, mi marido, ellas son mis hijas: Meulen tiene 18 años, y Rocío tiene 6 años. Ambas nacieron en Argentina, Meulen habla inglés como si hubiese nacido aquí. Rocío no habla inglés aún, es demasiado tímida. Pero, normalmente, habla mucho cuando agarra confianza —sonríe como si brillara, nuevamente, voltea a ver a sus hijas obligándolas a que saluden siquiera con un gesto de la mano—. Con Robert planeábamos volver a Argentina, pero, como estamos ahora dudo mucho que podamos.

Arthur Wallace pensó inmediatamente que a qué se debía esa sinceridad repentina, no a cualquiera le cuentas un dato tan innecesario; los amigos y la familia son excepciones. Pensó que quizás la mujer sintió necesario contarle ese dato para que reconozca si hay confianza, esa confianza que te lleva a relacionarte obligadamente con gente. Claramente Arthur no era más que un idiota obsesivo y meticuloso en distintos aspectos, muchos de esas particularidades anteriormente le hicieron extender sus horizontes, todos ellos llevados a una misma rama y sentido unidos a su inconsciente: la culpa. Tales ramas además de la literatura eran la psicología, el psicoanálisis y la sociología. Y de lo que es capaz un hombre con conocimiento, a parte de que un simple humano es peligroso, el conocimiento crea poder en el hombre.

—Disculpe a mi esposa, señor Wallace, a veces es un poco presumida. Le agradecería si nos pudiera alcanzar a un hospital antes de que caiga la noche, si no es mucha molestia.

No sólo al conducir la imaginación de Arthur volaba, sino también en presencia de gente ignorante, así lo reconocía él, es por eso que inmediatamente “fichó” a Robert. Por el retrovisor miró dos veces, tres veces al esposo de la mujer a su lado, lo analizó vagamente como si de un perro con hambre se tratase, y buscó en el hombre un pequeño indicio que le indicara una isotopía creíble y justificable a su próximo movimiento. Lo observó con intenciones policiales, juzgando, miraba a sus hijas con notables sueños y oyendo alaridos de hambres, otra vez. “Algo debe guardar en ese maletín”, pensó, “en un accidente donde se haya desviado el auto, y al no tener salida habrá tenido que traer otras cosas más importantes que sólo un maletín… es pequeño, es elegante; no combina con su vestimenta ni con el de su mujer”. La hija menor está decayendo en sueños, y la mayor está casi en un deje depresivo con molestias. Todos tienen las caras rojizas por el evidente frío.

—Podría llevarlos a un hospital, pero está a muchos kilómetros y sinceramente no me quiero quedar en la noche con la nieve en las ruedas. Por qué primero no les invito un par de cafés con algo dulce. Y de paso un buen departamento que está por esta zona —exclama con simpatía y luego saca su celular para ver el mapa—. Claro, si es que me aceptan la invitación. Es usual que sucedan estos accidentes automovilísticos por estas zonas, y me da muchísima pena por la gente que pierde sus cosas. Familias como ustedes no están excluidas de las tragedias del frio y la desolación. Es más, usted podría llamar a alguien que nos pueda ayudar para recoger su auto una vez se haga de día —observa de reojo a la mujer esperando que confirme. Ella asiente con la cabeza—. Siempre que hago estos recorridos largos me alojo en el mismo departamento, es increíblemente cómodo, y si les puedo ser aún más sincero, me apeno por ustedes. Y ofrecerles hospedaje es lo único bueno que puedo hacer.

Robert se siente incómodo por tal invitación, pero analiza la posición en la que se encuentra. No corre con demasiado tiempo, sin embargo, su mujer no debe sospechar nada. Sus dos hijas están agotadas y esperan positivamente la palabra de sus padres. Robert no desea aceptar, pero prefiere planificar una ruta de escape por si las cosas salen mal, después de todo, nunca se le quitó la costumbre de cargar un revólver.

—No hace falta, señor Wallace —inquiere Robert sólo para ser insistido una vez más.

—No, no, no —carcajea con voz triunfante—. Señor no. Apenas tengo veintiocho años, que la barba no le engañe. No es ninguna molestia tampoco. La noche no es amigable para nadie que se precie de manejar. Además, sus hijas quizás necesiten dormir; las entiendo perfectamente, mis hijas son iguales.

La familia esperó con intranquilidad la respuesta de Robert, entonces él meditó unos segundos para confirmar la invitación. El auto continuaba el recorrido mientras afuera se abrillantaba por el crepúsculo, en el pensamiento de la esposa sólo estaba la preocupación de tener que alimentar a sus dos hijas, y mientras frotaba su estómago pensó en su próximo hijo inesperado, este niño o niña no deseado era la motivación de querer salir del país. Pero solamente para ella aplicaba ese razonamiento, pues, Robert desconocía su embarazo y simplemente estaba enfocado en lo que guardaba el maletín.

Robert Ocampos alguna vez tuvo el deseo de querer ser alguien, como jamás pudo serlo se tuvo que conformar con ser padre. No sentía emoción en lo común, no sentía inspiración en la monotonía, y quién sabe que lo llevó a tal acto repudiable y riesgoso que lo hace escapar, sin embargo, no todo era en el sentido del dinero, sino en mayor medida era guiado por la excitación y la adrenalina de romper con lo común. En realidad, nadie podría concebir siquiera la desesperación de sus movimientos, la idea tan pronta que surgió por su mente podría analizarse entre la única salida o un mejor futuro para su familia. No hay nadie que sepa su motivación.

Fue allí que un cinco de febrero se precipitó a realizar el acto, y entre querer ser leal a su jefe o ser un buen padre lo hizo sin medir consecuencias. Ahora, entre sus ideas de huir sin dejar rastro o sin dejar información, no concretó ningún concepto. Sus pensamientos anteriores y sus creencias de limpieza sobrepasaron la realidad, guiándose por películas de detectives y de mafiosos pensó en no dejar rastros, pero, todo fue en vano casi como un efecto mariposa que lo persiguió. Enseguida se vio envuelto en sus errores, en su mediocridad, en sus deudas y en su carácter orgulloso, e impulsado por la adrenalina y una sonrisa desesperada decidió huir con toda su familia a plena noche.