Capítulo Único
Notas de Inicio:
Esto surgió de un comentario que me hizo la Señorita Cocoa hace unos meses sobre su forma de ver colores en los fics~ Y entonces vino a mí la Epifanía que necesitaba para hacer esto~
Y bueno, es un poco tarde, pero más vale tarde que nunca~
Esto, como ya es costumbre, está escrito por y para AlmaRamos714
Dulce Cocoa:
El color que le das a mis días solo puede ser comparado con una aurora boreal, un espectáculo tan etéreo que cualquiera llegaría a pensar que es un sueño maravilloso, pero entonces despierto y tu estas ahí, en medio de todo, con una galaxia de colores y un caleidoscopio de alegrías.
Flores, colores y estrellas, piedras preciosas, poemas y risas.
Hechas de luna y estrellas. Pero lo más importante, hechas la una para la otra.
~*~ El color de tu voz ~*~
Los colores eran palabras, las palabras le evocaban ciertos sabores.
Y cada persona tenía con color diferente, era difícil de explicar, solo una persona como él podría saber lo que se sentía.
La sinestesia era… casi mágica.
Eso claro, si no derivara de algo mal en su cerebro, un traumático pasado y ni mencionar las convulsiones de mierda.
Pero no se quejaba, había vivido con ello 12 años de su vida, sin poder solicitar su licencia de manejo y tomando su medicamento de forma adecuada casi podía decir que era una persona más de aquella sociedad.
Aunque eso no quitaba que su alrededor en una cafetería fuera una explosión de colores aún más bello que cualquier arcoíris, algo de lo que una aurora boreal tendría envidia.
Y no negaba que aquello era una desventaja más, para Arthur a veces era abrumador ir a reuniones en donde la gente hablaba sin parar y definitivamente estaba fuera de asistir a cualquier evento masivo que no fuera un concierto sinfónico o de piano, en el que la gente guardaba silencio en la mayor parte del tiempo.
Su propia naturaleza extraña tenía sus pros y contras, pero Arthur ya no se cuestionaba nada de eso a esas alturas, si era honesto consigo mismo, le gustaba más de lo que le molestaba.
Y es que, si él no hubiese vivido ese accidente, y no lo hubiesen diagnosticado sinestésico, jamás se habría fijado en “él”. En “Azul”.
.
.
Fue un día como cualquier otro, estaba en la mesa más retirada de su cafetería favorita, demasiado absortó en la espuma de su cappuccino como para prestar verdadera atención a su alrededor. Los colores de las conversaciones y murmullos lejanos siendo solo un toque de color a sus propios pensamientos.
Pero entonces una voz azul turquesa le atravesó como un rayo, desde la espina dorsal hasta la coronilla de su cabello, quizás incluso jugueteando un poco con él.
La estela acuosa se pintó tan maravillosamente en su cabeza que Arthur pensó en el mar cristalino de alguna isla paradisiaca.
Quizás en el cielo despejado del verano más memorable que pudiera recordar.
Casi por instinto volteo en busca del dueño de aquella voz, y para su sorpresa se topó con el verano mismo, los ojos tan azules como su tono de voz y el cabello dorado de sol.
Sus miradas se cruzaron un segundo y Arthur juro que su sinestesia se había vuelto tangible también porque con solo la visión del chico algo dentro de él se removió, sus manos picaron y en su garganta se atascó un sonido casi estrangulado, su corazón se tambaleo y tuvo que apartar la mirada para evaluar los daños a su ser.
La única palabra que podría utilizar para definir al chico de su mesa contigua era: Azul.
Y él no podría saberlo, pero el azul sería su nueva tonalidad preferida a partir de ese día.
Aunque Arthur no estaba acostumbrado a perseguir nada que le llamase la atención con el chico hizo una excepción, porque estaba solo, hablando animadamente con la mesera del lugar, porque Arthur deseó desesperadamente que el chico estuviese solo y no esperara a nadie.
Lo dudó tanto que estuvo a punto de perder los nervios, la mesera se había retirado a su trabajo y era su oportunidad, pero estaba atrapado en ese limbo entre ir ahí y tener la oportunidad de su vida, o ir ahí y que alguna persona llegase a encontrarse con “Azul” y quedar en ridículo por su arrebato.
Se encontró a sí mismo levantándose y caminando hasta la mesa de “Azul”, se sentía estar flotando, como si fuera un sueño, como si solo su alma hubiese tomado la decisión y estuviera arrastrando a su cuerpo de alguna manera mística.
“Azul” lo observo de lleno en cuanto confirmo que Arthur efectivamente se acercaba a su mesa, Arthur lo dudo, pensó que era tiempo de decir algo como “Oh dios, lo siento, creí que eras algún conocido” dar la vuelta e irse de nuevo a su mesa, pero “Azul” le sonrió, le sonrió tan bonito que Arthur no pudo más que desplomarse en la silla libre y morir de la vergüenza que le causaba hacer aquello tan improvisado.
—Hola…— Le dijo “Azul” con aquella tonalidad que inundaba todo como un rayo, Arthur trató de concentrarse en algo más que el color que le inundaba todo.
—Hola… Me pareces familiar ¿Te he visto alguna vez? — Preguntó Arthur con una inseguridad tan marcada que su voz salió de un verde estridente, casi fosforescente, el chico arqueó una ceja y curveo se boca en una sonrisa casi burlesca.
—Creo que hubiese funcionado mejor que iniciaras con algo como “¿Puedo robarte el azúcar? En mi mesa hay uno, pero esta cristalizado, seguramente no lo cambian hace meses”— Le dijo “Azul” con una seguridad envidiable, Arthur quiso desaparecer, se levantó del lugar solo para mantener un poco de su orgullo intacto y justo cuando iba a desfilar a su propia mesa “Azul” le tomó de la muñeca y lo detuvo. —Estaba jugando, no te vayas por favor— Y hubo algo en el azul de su voz que lo detuvo. —Te sorprenderías si te dijera el número de coqueteos que he sufrido antes— Mencionó “Azul” una vez que Arthur volvió a sentarse frente a él.
—Eso es suficiente explicación, prefiero no saberlo— Comentó Arthur con cierto tono de ironía, su voz siendo un verde limón, tan acido como de costumbre.
Y entonces otro arco del azul eléctrico sonó en todos sus sentidos, la risa de “Azul” era bastante particular, tan estridente, pero a la vez cristalina, como la cascada de algún manantial.
—No es un alarde, siempre hay una chica que se acerca a mi mesa por algún motivo y después todo se vuelve una rutina de coqueteo casual, sin embargo es diferente hoy, es la primera vez que un chico se acerca a mi mesa así que me da curiosidad~— Arthur resopló y dio una mirada alrededor para distraerse del calor en sus mejillas porque en efecto, él había llegado ahí con las mismas intensiones que cualquier chica de las que “Azul” hablaba.
—No es eso… de acuerdo, apesto en los acercamientos “casuales” pero no es eso…— “Azul” le dio una mirada divertida y una sonrisa ladeada.
—¿Entonces? No me digas que de verdad me conoces porque no voy a creerte…— Le dijo malicioso, transformando el azul metálico de su voz en un azul más profundo, Arthur paso saliva, pero tenía un escape, solo debía aferrarse a ello.
—Vi tu blog de dibujo sobresalir de tu mochila…— Arthur señaló hacía el piso donde descansaban las cosas del chico, “Azul” elevo las cejas sorprendido.
—¿Y? — Preguntó alargando la voz solo lo suficiente.
—Pasa que yo escribo…— Mencionó Arthur y tomó un momento para acomodar las ideas y no dudar tanto o contradecirse en lo que hacía, el chico guardo silencio, esperando a que Arthur se explicara más a fondo. —Verás… Una amiga mía me hizo la sugerencia de buscar un dibujante para un diseño de portadas… Sé que debe ser repentino, pero honestamente no tengo nada, no conozco a nadie y pensaba que si tú estabas en alguna escuela de arte o algo así…— “Azul” soltó un “Oh” bastante bajito que fue solo un soplo de su color particular.
—¿Tu editorial no maneja eso? — Preguntó “Azul” con el tono por completo incrédulo, pero Arthur estaba preparado para sostener su apariencia hasta la muerte.
—Soy independiente— Respondió Arthur con simpleza, “Azul” asintió.
—Bueno sí, es repentino, y la verdad solo es una afición, no soy nada bueno…— El tono de “Azul” oscilo en ondas inseguras.
—Lo imagine, solo estoy probando suerte…— Murmuró Arthur y fue casualidad que su propia voz imitara a la del otro en las ondas. —En realidad no es nada importante, solo algunos bocetos, estoy cansado de reciclar otras portadas…— Extrañamente Arthur empezó a sonar más seguro, era bueno mintiendo y lo supo en cuanto vio la duda en la expresión ajena.
—Suena bien…— Fue todo lo que “Azul” dijo y Arthur sintió que había ganado una batalla difícil solo por aquellas dos palabras. —Soy Alfred, por cierto…— Agregó “Azul” con una sonrisa ligera.
—Arthur— Su propio nombre sabía a té negro con un toque de miel, eso lo hizo preguntarse a qué sabría el de Alfred, pero era muy pronto para saborearlo aún.
.
.
No planearon nada, no lo mencionaron, de hecho, cada uno se despidió después de debatir algunas ideas, después de que hablaron de sí mismos en un intento de conocerse y romper un poco la incomodidad entre ellos.
No lo planearon, pero al siguiente martes por la tarde ambos coincidieron en la misma cafetería, Arthur llegó primero y espero paciente, sin expectativas, pero a la vez con ellas. Alfred camino hasta su mesa sin siquiera dudarlo, Arthur sintió que el mundo volvió a girar a su alrededor cuando Alfred lo saludo con la tonalidad turquesa de su voz.
Ese día Alfred pidió un capuchino y lo sorprendió con algunos bocetos en carboncillo que lo dejaron sin aliento, tanto como el propio Alfred.
Y al siguiente martes la historia se repitió con una precisión que ninguno de los dos tomó verdaderamente en cuenta.
Cada martes, a las 2 pm. En la cafetería se volvió el escape de los dos, dos desconocidos que se encontraban sin un acuerdo previo, así cada encuentro tenía un sabor a casualidad. A esas gratas sorpresas que solo ocurren una vez cada tanto.
Ambos se olvidaron de los bocetos o de lo que se suponía que los había llevado a encontrarse ahí.
Alfred seguía llevando sus materiales de pintura y de vez en cuando dibujaba algo para Arthur y Arthur alababa sus dibujos porque lo merecían, eran buenos y no se molestaba en negárselo, aunque eso elevara el ego del otro a niveles irracionales.
A veces Arthur llevaba algún material en el que había trabajado y lo compartía con Alfred con algo de inseguridad, pero Alfred jamás se burlaba y eso le daba los ánimos que Arthur necesitaba para continuar.
Cada martes tenían una cita, pero el truco estaba en jamás mencionarlo.
.
.
—Mira Arthur, esto te va a gustar— Alfred se sentó frente a él y saco su blog de dibujo de su mochila.
Era el noveno encuentro entre ellos, para ese entonces se hablaban con una naturalidad que parecía irreal tomando en cuenta que ni quiera habían intercambiado teléfonos y seguían sin acodar nada, pero al mismo tiempo encontrándose cada vez.
Alfred de vez en cuando insistía con los bocetos de un libro que Arthur ni siquiera había terminado de escribir, pero ese era el encanto de aquello, porque Arthur adoraba los dibujos de Alfred y para Alfred era importante ayudarlo a resaltar una buena portada para el duro trabajo de Arthur.
Era una maravilla, el dibujo tenía ondas azules que simulaban la silueta de dos rostros besándose, los rostros en sí eran solo la sugerencia de dos rostros, no se alcanzaba a distinguir con claridad por lo que a Arthur se le antojo imaginar que podrían ser las ilustraciones de dos chicas o mejor aún, dos chicos, no necesariamente hombre y mujer.
Arthur había insistido en la tonalidad principal de la ilustración y Alfred había sacado el mejor partido de distintas tonalidades de azul, desde un azul oscuro hasta un azul brillante y claro, Arthur sonrió pasando la mano sobre el retrato. Le recordaba tanto a la voz de Alfred.
—Es perfecto… es más que perfecto— Declaró con un suspiro de alivio y emoción, Alfred se removió en su silla y se pasó los dedos por el cabello en un gesto para evitar su mirada.
—Realmente esperaba que te gustará, tuve una epifanía en la noche y lo termine hoy cerca de las 5 de la mañana…— Arthur sentía sus mejillas entumecidas por lo grande que era su sonrisa y sus ojos no podían apartarse por mucho del dibujo, de las líneas desordenadas, pero a la vez llegando a tener un sentido.
Arthur siguió con el dedo una de las líneas y el desenlace lo guío a las bocas unidas en un beso suave, dio un suspiro.
—Muchas gracias, Alfred— Y sucedió, su paladar percibió el sabor de algo totalmente lejos de su imaginación, el nombre de Alfred sabía a dulce y suavidad, quizás un pastelillo recién salido del horno, mantequilla, vainilla y un toque acido, como las moras azules, todo eso acompañado de un combo de mariposas revoloteando en su estómago. Necesitaba volver a sentirlo, pronunciar ese nombre una y otra vez hasta que el sabor se grabara en su memoria.
—¿Entonces vas a usarla? — Preguntó Alfred de forma tímida, su voz saliendo de un tono azul pastel, Arthur volvió a delinear la imagen.
—Solo si estás de acuerdo con eso…— El rostro de Alfred se iluminó.
—Es para ti, la hice pensando en ti…— Ambos se sorprendieron cuando el americano termino de decir aquello, Alfred se sonrojo de forma casi escandalosa y empezó a negar. —N-No me refería a nada extraño, solo ya sabes, era para ti después de todo, bueno para tu historia… Te juro que no es nada extraño— Las palabras salían apresuradas y de alguna forma casi con una mortificación palpable. Arthur las veía como una catarata de agua grisácea.
—Está bien, no estaba pensando en nada de eso— Aclaró Arthur con tranquilidad, pero sin lograr contener su sonrisa y su propio rubor. —Entonces ya está, la usaré…— Decidió Arthur, aunque realmente no tenía ni que pensar en ello, la portada era perfecta, demasiado perfecta. —Lo que me preocupa es que el texto no esté a la altura de esta obra de arte— Alfred lo miró con una sonrisa ligera.
—Oh por favor, eres brillante Arthur, serás un best seller un buen día— Arthur solo negó dando una pequeña carcajada y así siguieron, debatiendo sobre un tema y otro y Arthur notó que se habían pasado del tiempo que normalmente duraban sus recuerdos cuando una alarma sonó en su celular.
La sonrisa se le borró al ver la razón de su alarma, su medicamento.
La rutina de Arthur era estricta por muchas razones y una de ellas era, por supuesto, la sinestesia, Arthur no podía posponer una alarma del medicamento porque corría el riesgo de olvidarlo y si lo olvidaba, bueno, era terrible.
Arthur se imaginaba cada pastilla como un eslabón de una cadena de contención, si omitía una, bueno, corría el riesgo de que toda la cadena se rompiera, así pues, no era una opción tomarlo o no.
Pero el problema no consistía en tomar su medicina frente a Alfred, podía inventar cualquier excusa, la razón de su falta de ánimo ante el recordatorio era que por fin se dio cuenta de que todavía no le había dicho nada a Alfred sobre ello y no sabía si algún día podría llegar a hacerlo, la gente no siempre lo entendía y tampoco es como si él pudiera decir algo como “la convulsiones son normales, no trates de detenerme” tan a la ligera.
La última vez que se lo había dicho a una de sus citas, el chico lo había mirado como si fuera un bicho raro antes de empezar a cortar la comunicación tan gradualmente que Arthur ni siquiera lo sintió irse.
Así que sin pensar mucho en ello decidió despedirse de Alfred por esa tarde y volver a casa con un regusto de amargura por arruinar la tarde tan maravillosa que habían estado pasando, de alguna forma la consciencia de su sinestesia fue suficiente como para considerar un retroceso en la relación que estaba formando con Alfred, no era algo como una mancha en un libro sino como arrancar la página final.
Tendría que decirle en algún momento, pero el hecho de no sentirse capaz de abordar ese tema significaba casi una traición en su pecho. Incluso era más difícil que admitir que le gustaban los hombres.
La larga lista de sus defectos lo persiguió toda la semana siguiente y fue eso lo que lo llevó a no presentarse a la siguiente “cita”.
.
.
Alfred lo espero por un largo rato, vaya que lo espero, no solía ser tan paciente pero el sumergirse en la siguiente obra a la que sus carboncillos estaban dando forma en la inmaculada hoja de papel lo mantuvo lo suficientemente entretenido como para parecer que había esperado una eternidad.
Arthur se perdió esa cita y la siguiente, y la siguiente a esa, era días en los que Alfred ya no podía dibujar otra cosa que no fuera algo inspirado en Arthur, en su rostro, en sus personajes e historias, en el color azul y el verde de sus ojos.
Al cuarto martes en el que Arthur no apareció una de las meseras se le acercó y le dejo una nota cuidadosamente doblada.
—Ayer lo dejo para ti…— Le dijo la chica con una sonrisa ligera, de alguna forma compadeciendo su situación. Alfred abrió la nota con un vuelco en el corazón sin saber que esperar.
“El simple hecho de que me esperes cada martes es… No planeo justificarme, sin embargo, el valor se me ha esfumado, no puedo seguir mintiendo y mirando tus ojos. Creo que te amo.”
Alfred leyó la nota una y otra vez y el impacto seguía siendo el mismo, su corazón latía desenfrenado y ese “te amo” le parecía tan fuerte, tan impactante, tan infinito.
Amaba ese “te amo”, tembloroso, inseguro y perfectamente colocado en el papel.
Decidió que seguiría esperando, y volvió a iniciar un nuevo dibujo.
.
.
Después de haber sufrido un ataque Arthur siempre tenía que acudir al doctor o por lo menos mencionarlo a su terapeuta, como la segunda opción era menos molesta que la primera, lo hizo.
Su terapeuta lo conocía bien así que en cuestión de nada adivino que Arthur no había estado durmiendo bien y que pese al medicamento el estrés lo había sobre pasado de una manera que la “condición delicada” de Arthur se vio alterada de formas negativas.
Arthur había vivido suficiente tiempo con su sinestesia como para saber que los ataques no necesariamente eran causados por el estrés, solo era un daño colateral de su condición.
Pero también debía aceptar que buena parte de aquella recaída se debía al último encuentro con Alfred. Y eso lo había llevado a ponerle una solución por estresante y aterradora que fuera.
Al quinto martes se presentó a la cita, esa cita que no habían acordado pero que ambos sabían que tendrían.
Había dejado la nota con la camarera como una prueba, si Alfred lo encontraba repulsivo entonces seguramente Arthur encontraría solo un asiento vacío, pero en cambio, si Alfred asistía a la cita de nuevo, entonces, bueno tenía la idea de que algo pasaría, no sabía con exactitud qué, pero tenía esperanzas.
El hecho de ver a Alfred ahí hizo que casi deseara dar marcha atrás, salir corriendo antes de que fuera tarde, pero entonces Alfred lo vio y saltó de su silla.
—¡Arthur! — Lo llamó con una urgencia que Arthur pudo ver en todo en la tonalidad de su voz, decidió no armar un lio y se sentó frente a Alfred.
Ambos se miraron un rato, callados, tímidos y de alguna forma aterrados.
—Hay algo más que no te dije en la nota…— Empezó Arthur de pronto, porque estaba bajo estrés en ese momento, pero confiaba en que todo iría bien. Alfred lo observó y asintió en señal de que lo escuchaba. —Soy sinestesico…— Reveló Arthur sintiéndose ligero por admitirlo al fin, Alfred frunció el ceño en confusión.
—Yo… honestamente no sé lo que significa— Arthur asintió con paciencia, casi nadie lo sabía, y es que era una condición tan extraña como única.
—Es un tipo de enfermedad cerebral…— Empezó a explicar Arthur con un hilo de voz, sintiéndose expuesto e inseguro por la reacción que tendría Alfred al respecto. —Tuve un accidente en mi adolescencia y desarrollé la sinestesia… Pero eso no es lo importante, lo que importa es que te lo tenía que decir, la sinestesia suele ser… emmm, acompañada con ciertos daños colaterales como pueden ser las convulsiones y la gente que me conoce y no lo sabe, bueno no es lo más recomendable— Lo último lo dijo con una ansiedad tan marcada que su voz fue casi amarilla. —Fueron unos días estresantes, y yo, no quería que te dieras cuenta de mala forma sobre la sinestesia, lo siento… Por hacerte esperar tanto—
—Entiendo…— Murmuró Alfred con una seriedad tan profunda que se reflejo en su voz azul medianoche. —Entonces me estás diciendo que podría pasar en cualquier momento…— Arthur asintió de pronto aterrado de que Alfred lo mirara diferente, con pena, con compasión o con indiferencia, temía tanto la reacción de Alfred que esperar por algo fue una tortura por sí misma. — ¿Qué tengo que hacer en esos casos? — La pregunta hizo que Arthur levantara la vista y chocara con unos ojos llenos de decisión, un rubor le recorrió todo el cuerpo. Alfred no planeaba alejarse y eso le daba más esperanzas de las que podía manejar.
—Primero que nada, no llames al 911, si lo haces estaré muy enojado contigo cuando vuelva en mí— Mencionó Arthur con una sonrisa tímida, Alfred entendió la broma soltó una risa ligera. —Segundo, no te asustes, solo son unos minutos, siempre pasa rápido— La voz de Arthur decayó un poco por pensar en ello, pero de nuevo el sentimiento fue empujado lejos por la fuerza de la costumbre. —Y tercero, por favor no digas que lo sientes, voy a golpearte si me tratas como un discapacitado— Alfred volvió a reír con el tono acido y mordaz que empleó Arthur.
—Gracias por decírmelo, Arthur— Murmuró Alfred con una sinceridad que dio paso al alivio, porque Alfred no lo miraba diferente, solo con más y más cariño.
Esa tarde no volvieron mencionar el tema, tampoco mencionaron lo de la nota, pero había algo nuevo en la forma en la que Alfred le hablaba o se le quedaba mirando, no podía decir que era algo malo, era todo lo contrario, fue como si se encontrarán por primera vez, ya sin secretos, sin máscaras o apariencias.
.
.
—Estuve investigando…— Mencionó Alfred ni bien se sentó frente a Arthur una semana después.
Arthur había vuelto a aparecer a la cita de cada martes y no planeaba desaparecer pronto.
—Buenas tardes, Alfred… Llegas tarde hoy…— Observó Arthur con cierta ironía, parecía que en venganza de las veces que Arthur lo había dejado plantado, Alfred había decidido llegar tarde a cada cita, quizás para que Arthur sintiera esa angustia de no ver a Alfred de nuevo, lo irónico es que, funcionaba.
—Hay unos bocetos que me están consumiendo el tiempo por completo…— Mencionó Alfred con cierto cansancio. —Pero eso no importa, estuve investigando…— Volvió a insistir Alfred revisando el menú de forma rápida, de tantas veces que ambos habían ido ahí ya no necesitaban ver realmente el menú.
Aun con ello Arthur espero a que la mesera tomara el pedido de Alfred antes de preguntar.
—¿Sobre qué investigaste? — Alfred le dio una sonrisa tímida.
—Sobre la sinestesia…— Mencionó con cuidado, su voz agitándose en ondas acuosas, delatando la inseguridad sobre tocar aquel tema.
Arthur paso saliva, pero no quería caer en la incomodidad y solo decidió esperar.
—No hay mucho realmente… pero, leí que tus sentidos se agudizan a un punto en el que la percepción cambia… ¿Qué tipo de sinestesia tienes? — Arthur estaba de cierta forma conmovido de que Alfred se tomase tan en serio el tema, pero desde una posición respetuosa y no morbosa.
—Principalmente soy sinestésico de sonido y color… Es como tener una representación visual del sonido en ondas de color… Pero también suelo sentir algunos sabores o en los textos que leo hay palabras que resaltan coloreadas de alguna tonalidad inspirada en la misma palabra…— Explicó Arthur con las mejillas algo rojas porque de pronto la mirada de Alfred estaba centrada en él como si fuese lo más interesante del mundo.
—¿Realmente puedes ver mi voz en este momento? ¿De qué color es? — Arthur se tuvo que aclarar la garganta para poder seguir diciendo algo.
—Es azul…— Susurró y después de pensarlo se decidió a decir más. —A veces puedo determinar tu estado de animo solo con la tonalidad de tu voz, medianoche cuando estas molesto o nervioso o preocupado, se vuelve más turquesa cuando estas feliz… lo normal es como el color de tus ojos…— Alfred le dio una sonrisa, totalmente encantado con la información.
—Eso suena tan genial, eres tan genial— Aseguró Alfred con una exhalación complacida, Arthur desvió la mirada un poco abrumado.
—Lejos de las convulsiones, realmente me gusta la sinestesia, no es algo que cambiaría— Alfred asintió de acuerdo y siguieron disfrutando sus batidos.
—¿Qué tipo de palabras puedes saborear? — Preguntó Alfred después de pensar en el tema y quizás después de probar su batido, Arthur se sonrojo de nuevo.
—Cosas como… lugares a los que he viajado, los nombres de las personas importantes para mí, algunas comidas… Por ejemplo, cuando digo café, realmente puedo sentir el sabor del café—
—Entonces ¿mi nombre a que sabe? — La seguridad de la pregunta lo tomo por sorpresa.
—¿Quién dice que tu nombre sabe a algo? — Pero no engañaba a nadie con el titubeo de su voz, Alfred le dio una sonrisa ladeada.
—¿Dices que no tiene ninguno? — La pregunta fue lanzada como si se tratase de un reto, Arthur se mordió el labio. —Di mi nombre…— Pidió Alfred casi en susurro, su voz siendo tan profunda que Arthur la vio como terciopelo azul índigo. Su garganta pico por pronunciar el nombre.
—Alfred…— Y saboreo de nuevo todos los matices complejos del sabor, todo lo dulce, esponjoso y con ese toque acido en el fondo que le volvía agua la boca.
—¿A qué sabe? — Volvió a preguntar Alfred acercándose a él peligrosamente.
—Como un panque recién horneado, tiene toques de mantequilla y mora azul…— Explicó Arthur pensado que lo más sensato era echarse atrás y poner distancia entre ambos, pero no pudo hacerlo, en cambio se quedo quieto y a la expectativa.
—Suena delicioso…— Murmuró Alfred con una sonrisa más que feliz, Arthur asintió distraído en sí por lo cerca que Alfred estaba de él. —Aunque parece injusto que tu sepas mi sabor y yo no sepa el tuyo— Y de nuevo estaban ahí las mariposas en su estómago, Alfred o miró por confirmación y Arthur no pudo más que asentir y cerrar los ojos.
El contacto fue como esa línea perfecta entre un bosque y el cielo, ambos solo tocándose y permaneciendo ahí, suspendidos en el tiempo por una eternidad.
Alfred tardó un momento en profundizar y Arthur lo dejó tomar, probarlo más allá de los labios y fue el paraíso, los colores, azul y verde se mezclaron con el sonido de sus alientos al separarse y más tarde con el sonido de sus risas.
Después de ese momento pareció estar decidido, intercambiaron teléfonos y se vieron en la cafetería una infinidad más de días, de vez en cuando volvían a los martes, sus martes, solo para tener ese regusto a lo que los había llevado ahí. Donde todo había empezado.
Un chico sinestésico acercándose a “Azul” con una excusa solo para oír su voz y poderlo ver de nuevo.
Para colorear su mundo con esa tonalidad única. Porque Arthur no podía vivir sin la voz azul de Alfred y Alfred no en cambio le aseguro que soñaba cada día con ver con sus ojos verdes.
.
.
.
Fin.
Notas finales:
Esto no se califica con estrellas sino con colores~