Abre los ojos

Summary

Lo primero que Severus Snape contempla tras la batalla de Hogwarts, son los ojos verdes de su eterna amada... No, son los ojos de Potter; esa criatura irreverente que goza de desdeñar las reglas y se cree por encima de todo el mundo. Débil y confuso en la casa de Grimmauld Place, Severus empieza a entender con el paso del tiempo que las palabras: "Abre los ojos" son más que simples palabras. Shipp; Snarry (Severus Snape x Harry Potter)

Status
Complete
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5
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18+

Chapter 1

"Abre los ojos"


Entendió el mensaje a través de la bruma espesa de su adormecida conciencia. No así el tono ni quién le hablaba con tal efecto imperativo. Obedeció como impulsado por un instinto voraz que lo encadenaba, su mente aún dispersa se despejó un tanto al contemplar de frente todo el panorama. Esos ojos verdes tan vivos y hermosos que amaba desde siempre, le devolvieron la mirada con un ceño fruncido de cejas pobladas y oscuras. Su corazón latió ante el vago recuerdo de Lily, quiso sonreír en un acto involuntario hasta que su vista divagó por todo el rostro reconociendo a su portador; Harry Potter, un pre adulto de facciones inacabadas, cabello rebelde y constitución más bien mediocre, sentado en la orilla de una cama observándole con excesiva atención.


Las ilusiones abandonaron su maltrecho pecho y fueron sustituidas por un sentimiento de rabia y traición. Él murió pensando en Lily, en sus ojos y en su amor... el murió... murió...


—¿Estás bien? ¿Qué recuerdas? —Harry se acercó con disimulo, su mirada precavida y los dedos crispados aferrando la colcha le llamaron sumamente la atención.


Se aclaró la garganta para darse tiempo mientras inspeccionaba su alrededor con ojo crítico; Una habitación que olía a magia ancestral y rancia, cuya decoración hortera no logró mitigar la sensación lúgubre de lo que muy posiblemente era parte de la casa; 12 de Grimmauld PLace.


—Confuso... pero bien, a priori. —la voz le salió carrasposa, como si nunca le hubiese dado uso a las cuerdas vocales.


Su mano acudió por instinto hacia el cuello en un estremecimiento repentino, de pronto recordó las dos mordeduras de Nagini abriéndolo en canal la piel y los músculos hasta la arteria. Severus no era un gran actor per se, su parquedad y racanería en expresiones y palabras era lo que le habían ayudado a jugar su papel para colaborar como doble espía y nunca ser descubierto, eso y su destacada inteligencia. Pese a ello, sus ojos se abrieron, parpadeó asombrado y luego confuso frotándose la inexistente herida del cuello. Harry se mantuvo callado todo el tiempo que duró el repertorio de muecas hasta que el ex profesor se agitó.


—¿Y mis heridas? ¿Cómo es que estoy vivo? ¿Porqué no estoy en San Mungo? ¿Y la batalla...? —preguntó atropelladamente.


El muchacho, que era la viva y repulsiva imagen de su peor enemigo, suspiró quedo y apretó los labios.


—Tus heridas casi te matan, pero te llevé hasta el ala de enfermería y mantuvieron el sangrado a raya gracias a la sanación muggle, luego en San Mungo no podían deshacerse del veneno por no encontrar cura y te indujeron a un estado de coma por unos meses —Severus alzó una ceja incrédulo, la cantidad de veneno descargada en su sistema lo hubiese matado a los pocos minutos, menos de hecho, y las mordeduras repetidas le habían destrozado por completo la garganta... imposible de reparar— para paralizar el avance hasta que dieron con una mezcla que resultó. No te queda cicatriz porque yo mismo acudí a los mejores sanadores de todo el mundo para que curasen —esta vez alzó ambas cejas, la cantidad de mentiras que esa boca indecente vomitaba no era para menos, no obstante se abstuvo de interrumpirle, parecía muy inmerso en su discurso bien elaborado— las secuelas del ataque.


—Entiendo. —optó por responder Snape.


Le ofreció a la abominación nombrada Harry Potter, su mejor y más conseguido rostro impasible, de mirada entrecerrada y dedos juntos en plegaria. No era otra cosa que su recurrente postura de adulación y aceptación falsa. El muchacho pareció respirar más aliviado y prosiguió.


—Estás aquí en mi casa y no en el Hospital porque te iban a encerrar en Azkaban y a condenarte al beso del Dementor —Eso era más creíble, tan posible que dolía físicamente de solo pensar en la ingente cantidad de inútiles que se encargaban de dirigir el Ministerio. Antes, durante y después—. Así que te saqué de allí y llevas en mi casa escondido un tiempo.


—Ajá —forzó un asentimiento de lo más ridículo, nunca se acostumbraría a las paparruchadas del alumnado—. Deduzco que ni la señorita Granger ni el señor Weasley están al tanto de su... —lo repasó igual a un mosquito pegado a la pared— aventurilla delictiva.


—No, nadie. —Harry se tocó el puente de las gafas re acomodándose en la cama.


Era obvio, sus explicaciones, aunque de lo más convincentes, hacían aguas por todas partes, señal inequívoca de que la señorita sabionda no participaba como co-autor intelectual del crimen, y si no tenía a un mocoso larguirucho pelirrojo asesinándolo con la mirada entre bocado y bocado, es que tampoco estaba al tanto.


—¿Cuáles son mis opciones? —inclinó curioso la cabeza, sea como fuere, lo único real es que podía acabar en Azkaban o morir.


—Bueno... —Potter se removió masticando la mandíbula, algo en sus expresiones no encajaba y Severus se preocupó— Eres un criminal condenado a muerte buscado de por vida, he pensado en cambiar de residencia y vivir en el mundo muggle, sería lo más sensato.


—Hablo de mis opciones Potter, no soy tan mala persona —sus labios sufrieron un espasmo fugaz, se asemejaba a una sonrisa torcida si acaso— como para acarrearte semejante problema. Me las apañaré.


A la menor señal de levantarse, Harry le imitó muy alterado.


—¡No tiene magia! es... —balbuceó como cuando le preguntaban en clase de pociones— bueno, no se sabe porqué, pero su magia se agotó tras la recuperación y ahora es como un muggle en todos los aspectos.


El ex profesor se quedó petrificado de pie, escrutando a Potter por encima de su nariz ganchuda y cortina de pelo largo. No llegaba realmente a tragarse semejante absurdez, pero a tenor de los acontecimientos, su convalecencia daba alas para que la gente como Harry se creyese cualquier milonga escupida por un Sanador.


—¿Y mi varita Potter? —demandó en tono ultrajado.


El susodicho se acercó hasta la mesita y extrajo su varita del primer cajón, la cual fue depositada entre sus manos mortecinas y resecas con visible resistencia. No notó la magia fluir, ni ninguna reacción natural que se espera entre mago y varita. La palma no le cosquilleó ni sintió su interior caldearse... nada. Ante la primera señal de nerviosismo, porque Severus no era tan vulgar como para dejarse llevar por el histerismo, tragó saliva disimuladamente y la agitó. Pudiera ser su cuerpo en recuperación, su magia desacostumbrada o la larga convalecencia, el veneno... "No" se reprochó cruel y pragmático "Nada justifica la ausencia de magia por completo, harían falta hechizos oscuros para encerrar o bloquear el núcleo y aun así se siente, se intuye lo que hay dentro y que no puede liberarse." Como era de esperar, su mano ejecutó hechizos y sus labios pronunciaron palabras que no surtieron efecto alguno, mas que el de sentirse como un estúpido moviendo un palo de madera.


—Se lo dije, profesor —señaló innecesario Harry, manteniendo un tono reservado y cansado—. No tiene magia. Así no tiene recursos para camuflarse, defenderse o huir del mundo mágico, por ello le presto mi ayuda y cobijo.


Cuán oportuno, qué caritativo y altruista era el salvador ante su desgracia. Si la genética no le fallaba, el proyecto de Potter menor de seguro se lamía el rostro estremecido por tan despampanante acto altruista. ¿Por qué lo rescató? ¿por qué lo protegía del mundo mágico? ¿por qué no tenía magia? ¿y sus heridas mortales? ¿y sus cicatrices...?


—En ese caso... —paseó su vista por el rostro impasible de Harry— tendré que averiguar cómo recuperar mi magia, descuide que no seré un inconveniente para usted.


—Dudo que pueda recuperarla algún día profesor —la garganta del muchacho tragó pesado— eso es lo que me dijeron los sanadores.


—¿En base a qué? —le espetó con acritud.


—A nada, no dieron explicaciones, solo que su magia había desaparecido. —Su tono frustrado y la mirada verde fruncida le hicieron sospechar más si cabe.


Severus tenía muchas preguntas que no serían respondidas por Potter, no ahora que se veía en tan humillante desventaja, no solo frente al resto de la comunidad sino frente a ese esperpento de intenciones cuestionables.


—¿Qué pasó con la batalla?


Ante el cambio radical de tema, el chico se relajó visiblemente y lo acompañó hasta el saloncito, donde un Kreacher más muerto que vivo les sirvió té con pastas rancias de dudosa salubridad.


No tenía magia, ni recursos de los que disponer ya que era un criminal buscado, sus opciones de escape eran escasas pero no imposibles, así que se decidió por una tregua en donde darse tiempo para averiguar y trazar un plan de acción. Y ya de paso, desentrañar qué ocultaba Potter tras esos vivaces ojos verdes que le hacían revolverse por dentro ante el triste recuerdo de su amada.


Quien dijese que obtenía su redención a través de su ayuda como doble espía, se equivocaba, su única motivación fue, y sería siempre la culpabilidad por la muerte de Lily. El único impulso para proteger a Potter no fue otro mas que el de ser su hijo y obtener como único regalo sus hermosos ojos verdes, porque para el resto de su infame aspecto, no era mas que una detestable copia exacta de lo que en su opinión era una abominación que mejor muerto que vivo; James. El regalo de la muerte para calmar su miserable vida por lo visto no llegó, y eso era extremadamente insólito.



*



Convivir con Harry era casi como vivir solo, exceptuando el angosto recibidor repleto de gritos inoportunos que aderezaba sus tardes con apremiantes dolores de cabeza. Eso lo arregló rápido; Un hacha y listo. Bueno, y la esmerada intervención de Potter que acabó por trasladar el cuadro de Walburga Black al sótano, con un Kreacher arrastrado a sus tobillos y lanzando injurias sobre el respeto hacia la casa Black.


Cuando Harry salía a trabajar, él aprovechaba para visitar la biblioteca e informarse, se diría que sus horas transcurrían en perfecto placer contemplativo y de estudio, pero despertarse sin magia era como despertar con la mitad del cuerpo paralizado. Ante el constante y humillante recordatorio de lo que era, Severus desarrolló un carácter más agrio e irascible, hasta el punto de ser insoportable, y eso en él era todo un logro.


—Si no te gusta los cocinas tú. —explotó finalmente el chico, tras casi tres semanas de contestaciones mordaces, quejas incesantes y muecas de desprecio mal disimuladas.


—Los espárragos han de cocinarse al vapor —replicó soltando los cubiertos con exasperación—. Pasar los alimentos por la sartén con mantequilla o rebozados no es cocinar, es vaguear.


A Severus le dolía la cabeza con asiduidad, y también las manos de tanto agitar inútilmente su varita. Se sentía desvalido y frágil, una criatura inservible. Solo le faltaba tener que soportar unos puñeteros espárragos grasientos y ennegrecidos por su excesivo tiempo en la sartén. Clavó su vista más inquisitiva en Harry y el corazón dio un curioso traspié; El muchacho de aspecto descuidado y complexión mediocre, le devolvió una mirada de ojos verdes llameantes en furia contenida, los nudillos de sus manos se blanquearon ante la fuerza de su agarre en los cubiertos y tensó la mandíbula.


—Repito: si tienes alguna queja, lo haces tú. —le desafió hastiado de su comportamiento exigente.


—Tienes magia, ¡espabila! siempre fuiste un inútil en pociones, pero al menos esto no rebasa tu entendimiento. —Severus no nació para amilanarse ante nadie, y menos ante un niñato esmirriado.


Harry se levantó abrupto haciendo tintinear las copas y la jarra de agua, se aproximó hasta Severus a zancadas largas y ambos se levantaron para encararse. La diferencia de alturas no amedrentó al muchacho, que le sonrió de lado.


—Vas a cocinar tú. —le picoteó el pecho.


El impulso irrefrenable dado por sus palabras se volvieron imperativas y sin entender cómo, se dirigió a la cocina y procedió a elaborar los espárragos. La bruma de su mente se espesó concentrada en la fácil tarea de preparar la cena. No se cuestionó su aberrante comportamiento servil ni el que sus labios quedasen sellados, simplemente se dedicó a la tarea como en automático. Depositó los platos sobre la mesa veinte minutos después y ahí le aguardó un Harry de semblante malhumorado y abatido, tomó su parte ofreciendo un hueco "Gracias" y comieron.


En el silencio de su habitación una hora después, Severus observó el techo con el corazón tronando de angustia en su interior. La bruma se había despejado poco después de retomar la cena, pero sus labios continuaron sellados y la necesidad de permanecer callado y obediente prevaleció como un infecto pensamiento ajeno a su naturaleza. Sin secuelas físicas del ataque, magia o... se descubrió el brazo y puso atención por primera vez en tres semanas; Ahí estaba la marca tenebrosa, difuminada sobre la piel con el aspecto de su tinta verdosa. Suspiró ruidoso y se atormentó más desorientado si cabe ¿Cómo era posible no haberse fijado en su propia marca incluso al ducharse? se sentía como si el recuerdo acudiese a él de improviso, más parecido al efecto de los hechizos para repeler a los muggles en zonas mágicas. Algo estaba pasándole y las respuestas de Potter eran vagas e insuficientes. La biblioteca de los Black debería de haberle ofrecido una pista o aclaración, sabiendo desde siempre que su magnífica y nutrida habitación repleta de ejemplares singulares, despertaban los celos de casi todas las familias de sangre pura, por tal despliegue de información excepcional. El único lugar que le hacía competencia era obviamente Hogwarts.


El chirrido de su puerta le sobresaltó y se incorporó. Unos ojos verdes relucientes lo observaron desde la negrura asfixiante del pasillo. Se levantó como un vendaval dispuesto a echarle la reprimenda y al abrir del todo la puerta no había nadie allí.



*



" A... B... C... " repasó los volúmenes viejos de hechizos y recordó que existía otra sección. Si la memoria no le fallaba, Narcissa y Bellatrix se jactaban de su excelsa atribución mágica internacional, en donde se recogían pociones, maldiciones, encantamientos y hechizos oscuros de otras partes del mundo como Bulgaria, Hungría, Nueva Zelanda, Nueva Orleans, México, islas Fiji, España, Uganda...


Deambuló entre las estanterías con un desatino que le llevó directamente a la sección inglesa. Frunció el ceño y las ganas de orinar le apremiaron a abandonar la búsqueda. A la salida del servicio, olvidó su propósito y se atrevió por primera vez a elaborar pociones. Lo desalentador era que en la mayoría, hasta las más fáciles, requerían del uso de la varita para ejecutar hechizos de mezcla, revolver o culminar. Muy pocas podían elaborarse sin la intervención de magia directa del mago o bruja.



*



—... Te los puedo comprar si quieres —se ofreció Harry dándole una sonrisa amable—. Con tus capacidades, seguro que no hay mucha diferencia.


—Como se nota que no eres muy ducho en el arte de las pociones, Potter —replicó pese a su colaboración—. Para casi cualquier elaboración es necesaria la intervención de la magia, por mínima que sea.


—Pues haces las pociones que puedas. —resolvió entusiasmado sin darse por aludido en cuanto al velado insulto.


Severus agrió el gesto malhumorado, su cuerpo adolecía de la humillación al requerir de auxilio lo mismo que un puñetazo en la mejilla. Debería admitir que tal vez, y solo tal vez, la sonrisa de Harry se asemejaba un poco a la de Lily; Directa, honesta y radiante. Esa particularidad junto con sus hermosos ojos verdes le agradó una pizca. Aquél día transcurrió bien, incluso apacible dada la tensión y mal ambiente que se llevaba generando desde el comienzo. Disfrutaron de una cena especialmente rica elaborada por Severus, el cual no discutía por ello, y hasta se tomaron una copita de vino extraída entre sonrisas maliciosas y miradas traviesas de la famosa bodega Black.


Observó el salón entre cata y cata, con Harry en un inusitado silencio en un sillón cercano y parpadeó extrañado.


—¿No tienes televisión?


—No.


Le resultó impropio de Potter. Siendo criado por muggles y de tendencia libre y aburrida como cualquier muchacho inútil de su edad, se esperaría un aparato de esa índole reinando en el salón, dispuesto a terminar el trabajo que tan bien hacían los jóvenes de hoy en día; extirpar de ideas y conocimiento a su cerebro.


—¿Es por la magia? Si te lo impide, puedo darte trucos para redireccionar la energía y que no interfiera en los aparatos eléctricos. —luego recordó que Harry sí tenía horno, tostadora, microondas, nevera e incluso un ordenador de mano que siempre llevaba consigo.


—No veo la televisión. —dijo sin más encogiéndose de hombros.


Le sorprendió gratamente y degustó el vino sin ahondar en el tema.



(...)



Anheló su risa, sus ojos y esos labios que prometían y nunca probó. El hueco de su pecho era tan oscuro que dolió más que una herida física. Se despertó con lágrimas resecas en las comisuras de los ojos y en sus mejillas pálidas, un sonido de frufrú penetró su subconsciente y sueños alterándolo hasta hacerlo despertar. Lo primero fue su mano a la varita, para luego percatarse desilusionado de lo inútil de aquél repetido gesto, hasta que encendió la lámpara de noche manualmente: Su habitación vacía y en silencio. El instinto le gritó que algo o alguien había estado en sus aposentos. Observó a conciencia las paredes empapeladas, los daguerrotipos de aspecto siniestro, el baúl con su cómoda a juego y armario de roble. Sus sentidos le decían que ahí no había nadie, pero su corazón tronando y el vello de su nuca erizado no opinaban igual. Pestañeó para despejar las consecuencias del sueño, su cerebro trató en vano de rescatar un recuerdo, una obviedad que... Lo tenía en la punta de la lengua. Suspiró abatido emocionalmente y apagó la luz de la mesita para continuar durmiendo.



*



Tres meses después



—¡Aún te recuerdan y te temen! —explicó Harry riéndose entre sorbos de cerveza de mantequilla— Me costó mantenerme serio e imitarte.


—El sermón surtió efecto ¿me equivoco? —Severus no se reía, pero sonrió de lado ante la alegría contagiosa del muchacho y su anécdota laboral.


Harry asintió con las mejillas encendidas, el cabello revuelto y los ojos brillantes a la luz del fuego. Estaba siendo una noche particularmente buena. Logró elaborar una poción, Harry le aseguró que intervendría con su magia siempre que lo necesitase, le había comprado más ingredientes, hablaron como personas civilizadas y prepararon la cena juntos, bajo sus estrictas directrices. Cenaron delicioso y degustaron cerveza de mantequilla importada.


Severus se sentía ligero y menos malhumorado, hasta el punto de confundir esos preciosos ojos verdes y su sonrisa con la de Lily. El sonido de la risa cesó y Harry se aproximó con el semblante repentinamente muy serio. Ambos bebieron otro trago largo aplacando la sed, el nerviosismo o...


—No me molesta... —murmuró íntimo el muchacho descansando la mano en su muslo y subiendo por su ingle. Severus parpadeó atónito observando el contacto físico y el camino de esa mano, alzó la vista hasta sus ojos y tragó pesado haciendo un esfuerzo descomunal por cerrar la boca— puedes pensar en ella si quieres mientras te-


—¿¡De qué hablas!? —exclamó agitado huyendo de él.


El contacto le ardió de repulsa y excitación, la dicotomía de la escena le resultó aberrante y obscena, así como el depravado sentimiento de imaginarse por un instante aceptar una propuesta tan disparatada.


—No rechaces de plano —continuó sin perder la calma con la mano levantada—. No hay nada de malo, somos adultos y sabemos lo que hay.


—¡Apenas cumples los dieciocho! —remarcó en un graznido de indignación. Pensó alarmado que su cumpleaños ya pasó y ni enterado—. Somos profesor y alumno y —detuvo con su mano las palabras mudas de esa boca roja tan impertinente y pretenciosa— no es ético.


No lo era por mil razones, la primera y más importante; era el hijo de Lily.


—Es porque soy su hijo ¿No?


Severus empalideció bajando el brazo y se alejó del sofá. Quién dijera que su piel no podía tornarse más cetrina, no tuvo el placer de observar esa escena. Ni aun con la luz amarillenta de las velas se logró colorear su aspecto mortecino.


—No me importa —insistió Harry haciendo sobresalir su cabeza por el respaldo, su cabello destacó gracias a la luz recortada y ensombreció su rostro—. Puedes pensar en ella si lo prefieres, no tengo inconveniente.


Esa frase dilapidó toda su valentía. No contestó a sus reclamos, huyó aterrado hacia su habitación y se encerró, o lo que podría decirse como cerrar la puerta sin seguro o pestillo, ya que la magia debería de ser considerada para esos menesteres tan mundanos. El corazón golpeó su pecho y los nervios escalaron resecando su garganta, parecía que Harry era muy consciente del amor que le tenía a su madre y no le importaba mancillar su recuerdo con actos tan depravados como... no, era impensable siquiera. La actitud de Potter le resultó inconcebible y abrumadora, sobre todo por las extrañas sensaciones que le decían que estaba terriblemente mal, aunque por alguna razón incomprensible le atraían.


El chirrido de la puerta sonó dos horas después y mantuvo los ojos cerrados, los suaves pasos se deslizaron sobre la moqueta acercándose hasta casi sentir su respiración encima del rostro. El jadeo ahogado le estremeció el cuerpo entero, el aliento hondo y pesado de Harry paseando su vista por todo él le sacudió la espina dorsal. Abrió los ojos captando su cuerpo recortado a la luz de la luna, sus rasgos angulosos y potentes intensificados por la gula y la lujuria relucieron en un brillo matador verdoso. Harry Potter se erigía como una estatua de ojos amplios y sedientos al lado de su cama.


—¿Qué haces en mi habitación? —Podría gritar de espanto por dentro, pero se mantuvo estoico al recriminarle.


Por primera vez en mucho tiempo existía alguien capaz de despertarle temor, dado que sin magia con sus antecedentes, no tenía otra opción válida más que mantener esa inestable convivencia. En ningún caso eran calificativos positivos.


—No podía dormir —susurró como si temiera despertar a Kreacher—. Severus... —sus ojos verdes musgo otorgados por las sombras se detuvieron en sus labios y luego conectó miradas— No pienses en el tabú, en lo que está bien o mal, somos dos adultos en plenas facultades que deciden sobre sí mismos y nadie nos puede juzgar.


—Baste decir que no me atrae en absoluto la idea Potter. —trató de impregnar de seguridad sus palabras y tono, incorporándose en la cama para estar en igualdad de condiciones.


Una sonrisa ladeada partió el rostro del joven, un gesto de lo más antinatural para el chico que había recordado de sus años en Hogwarts y que le hizo estremecer de repulsa. Decididamente la guerra cambiaba a las personas.


—Sí te atrae —contestó apremiante y emocionado—, pero es tan sorprendente que temes estar haciendo algo malo. Sé que amabas a mi madre, y sé que lo que más admiras de mí son mis ojos, porque son iguales a los de ella... y tal vez mi sonrisa.


—No la de ahora desde luego. —remarcó en voz alta.


—No —concordó suavizando su sonrisa a una más accesible y de aspecto amable—. Claro, pero sé cómo sonreír, mirar, e incluso algunos gestos para parecerme más a ella.


—Harry... —se removió sumamente incómodo— no entiendo porqué esa obsesión con-


Harry se abalanzó sobre Severus y le impactó un beso. Un choque de labios que se transformó en pura necesidad, fuego abrasador y ansiedad. La luz de la lámpara se encendió gradualmente, lo justo para hacer resaltar su mirada verde y su sonrisa, insuficiente como para detallar con claridad el resto de sus rasgos. Snape se descompuso por dentro y por fuera de terror, rechazo, repugnancia y desconcierto. Al abrir los ojos y sentir sobre sí esos bellos ojos verdes y el cálido contacto de esos labios generosos en forma y movimientos, se sacudió por entero de placer y excitación.


El mundo mágico le buscaba para darle el beso del Dementor, había sobrevivido a Nagini, que ya era decir mucho, y el futuro que le aguardaba se veía incierto y difícil. Cuando Harry agachó la cabeza para acudir presto a su entrepierna y destapar su visible erección, ambos se relamieron los labios de anticipación. Severus lanzó por la borda todos los sentimientos capaces de interponerse entre él y una mamada, así de simple.


Su lengua se asemejaba a una culebra ahogándose en el río, tan furiosa enroscándose sobre la carne dura e hinchada que Severus gimió acalorado. Apretó los dedos y los enterró entre la mata espesa de cabello, obligándolo sin piedad a subir la mirada y perderse en esos ojos. Embistió descontrolado dentro de esa boca tan pecaminosa y lujuriosa que resplandecía de baba y semen, ciertamente el mérito no era su imaginación sino de los propios recursos de Harry, estaba siendo una mamada increíble. El sonido lubricado y húmedo que generaba cada fricción y penetración del miembro ampliaron esos labios enrojecidos, hasta que al darle un vistazo general y cerrar los ojos por el apretón del bajo vientre, Severus se corrió sin contemplaciones. Sus músculos protestaron y sintió escalofríos de placer que iban y venían en oleadas, acompañando cada descarga de semen y respingo de su miembro dentro de la boca del joven.
















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