El mensaje de los dioses

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Summary

Nebula es un planeta excesivamente avanzado en todos los aspectos que engloba el progreso civil, tecnológico, científico y social, sin embargo, siguen necesitando de los terráqueos para algo tan primitivo como imprescindible; La reproducción. Adrián, un joven estudiante de veterinaria, comprueba para su horror, que algunas de las historias paranormales y de las que tanto se mofó, son en realidad peores que la ficción.

Status
Complete
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
18+

1 Contact


La luz atravesó la ventana poco a poco, intensificando su brillo y amplitud. Adrián apretó mucho los párpados molesto y abrió los ojos desconcertado. Se trataba de un edificio de tres pisos, el suyo el último y ubicado en una zona transitada. Pero a ver, que parecía como si un coche con los faros a toda hostia se aproximase alcanzando los trescientos por hora. Su habitación adoptó un aspecto tétrico, propio de las películas de terror con sus ositos de peluche engullidos por las sombras perfiladas y el típico reloj de mesita sonando. Se sacudió los restos de sueño y comprobó la hora; 03:33 a.m.


El resplandor fue tal, que su entorno se difuminó y los muebles perdieron su volumen y silueta. Sintió la leve vibración con sus dedos acariciando el colchón y el pitido de sus oídos le obligó a doblarse. Le faltó el aire, un sentimiento de pura agonía indescriptible. Dejó caer el cuerpo hacia atrás y se apretó el pecho enganchando los dedos en su camiseta ligera de pijama. Boqueó otros dos segundos más hasta que sus pulmones se expandieron y pudo respirar. Pero lejos de reaccionar, se percató más histérico que no podía moverse, de hecho, su conciencia se hallaba bien despierta mientras que su cuerpo parecía no dormido, sino totalmente paralizado.


A la angustia se sumó la desesperación. El sentimiento de impotencia y fragilidad no le ayudó a calmar su pánico y darle un sentido coherente a lo que sus ojos veían; Hombres alrededor de su cama observándolo atentamente y mirándose entre ellos. Sus labios no se despegaron para emitir palabra, pero escuchó de fondo un murmullo ininteligible que parecía una conversación. Trató inútilmente de moverse, de gritar y de llamar la atención. Uno de ellos le miró con atención y sus ojos negros le traspasaron hasta la médula, deteniendo sus pensamientos y enfocándose en él.


La ingravidez lo envolvió, su cuerpo levitó hacia la luz parpadeante del cielo nocturno y se transformó en una lámpara de quirófano.


La luz se volvió cegadora e hiriente, y cuando fue más consciente de su entorno, comprobó aterrado que estaba desnudo y tumbado sobre una camilla muy dura. Las siluetas humanoides danzaron alrededor y distinguió al hombre de mirada oscura como su cabello. Sus sentidos parecieron por fin despertar de la pesadez solo para hacerle notar que iban a hacerle algo. Se removió, o más bien lo intentó dando como resultado la espantosa certeza de que simplemente sus ojos respondían al reclamo cerebral.


Despierto, pero sin poder mover un solo músculo del cuerpo, Adrián comenzó a hiperventilar. Sobre la camilla pendía un artilugio de supuesta naturaleza sanitaria, o quirúrgica, a la que le atribuyó la función de dividir la carne. A esa conclusión llegó con sus tres escasos años de universidad en la carrera de veterinaria. Las lágrimas calientes brotaron y sus labios temblaron pese a la incapacidad de proferir un sonido coherente. Los hombres le ignoraron inmersos en su trabajo y de pronto, un dolor lacerante le atravesó el vientre. Taquicardia, disparo de adrenalina y tensión, el deseado cóctel para provocar un desmayo, un recurso de preservación mental que ahora mismo rezaba para que se diese.


Pero no llegó, y con ello, su estrés y miedo aumentó hasta casi volverse loco. Sintió una mano templada en su frente que fue bajando hasta su largo cabello castaño, el hombre de ojos negros pareció dirigirse al resto de los presentes deteniendo su labor. Hubo un momento de discusión, o eso creyó mientras se recuperaba del impacto pese al dolor latente. Luego uno de ellos desapareció para volver a ocupar su campo de visión e inocularle un líquido. El instrumento de tortura se le acercó y el terror lo inundó provocando nuevas lágrimas.


«Ya no te dolerá... Ya está...» era una voz profunda, masculina e indefinible. Procedía del de ojos negros y le estaba hablando directamente en la mente, porque sus labios no se despegaron.


No mintió, el instrumento blanco retomó su labor sobre el vientre, mas ningún dolor acudió, de hecho, un placentero hormigueo acarició sus músculos y sonrió, o eso cree. La mano se mantuvo entre su frente y pelo dándole caricias hasta que cerró los ojos.




*


—Otra vez el puto búho. —tiró su mochila encima de la mesa de la cafetería. Su nariz puntiaguda y larga se arrugó, afeando su expresión general de ojos marrones un poco juntos.


Su amigo Pau hizo el ademán de marcharse a por su almuerzo, pero en vista del aspecto demacrado de Adrián, se lo pensó y aguardó a que continuase. Al no obtener más información tomó la palabra.


—Busca en esos libros de interpretación de sueños a ver qué significa. —recibió una mirada larga de escasas pestañas, escéptica donde las haya, y es que su amigo no creía ni en las monedas de la suerte que se lanzaba a las fuentes por diversión.


—No estaba dormido, me desperté otra vez a las tres y treinta y tres de la madrugada. Vi el puto búho en mi ventana con sus ojos negros mirándome fijamente. ¿Qué coño hace un depredador nocturno en la ciudad?


Se encogió de hombros perdido y cambió de tema—. Voy a por la comida ¿Quieres algo?


—Un bocadillo de tortilla y Coca-Cola.


Adrián lo vio tomar lugar en la larga cola de estudiantes universitarios que respetaban su turno hambrientos frente al mostrador. Se recogió el pelo en una coleta baja y suspiró cansado. A este paso se quedaría calvo. Su melena ya de por sí poco abundante e insulsa, había sufrido la alopecia del estrés. Desde aquella noche en que se despertó desorientado sin recordar de ese sueño bizarro mas que el dolor y el pánico, sufría insomnio intermitente. Probó con aumentar el ejercicio, beber más agua, tomar baños relajantes nocturnos y hasta en ver la televisión. Nada de eso disipó su nerviosismo y tensión, del cual no entendía la procedencia ni el porqué, ya que aún no estaban de exámenes.


—Llama al servicio de recogida de animales, al ayuntamiento o a la protectora donde colaboramos. —continuó Pau tras sentarse con la comida, indudablemente lo había rumiado durante el eterno turno de espera. Se apartó el cabello negro rizado con una bandana como los futbolistas y abrió la boca mordiendo famélico.


—También lo pensé —fijó la vista en su propio bocadillo perdiendo el apetito—. Es que desaparece de repente, de pronto está ahí, como de pronto no hay nada. Me tacharían de loco.


Sonó a loco, sí, y no sabía explicarse mejor. Ignoró la mirada reprobatoria de Pau y se forzó a comer.


Todo empezó aquella extraña noche en donde se despertó a las cinco y treinta y tres, aunque juraría que eran las tres y treinta y tres. Se incorporó en la cama sudoroso, taquicárdico, con una opresión en el pecho descomunal y una ligera molestia en el abdomen. Luego de eso se sucedieron los días y las semanas, en donde al menos dos veces se repetía el proceso de despertarse desorientado a la misma hora, interrumpiendo su sueño reparador y al girar la vista a la ventana veía el dichoso búho.


Quieto, antinaturalmente estático con sus enormes ojos negros engullendo la luz de la calle y fijos en él sin ulular o mover las alas. Luego de asimilar su presencia y cuando Adrián pretendía salir de la cama, el animal desaparecía en un instante, dejándolo desconcertado por la velocidad. Estaba muy lúcido en cada encuentro, no soñaba. A veces le llegaban a la memoria sombras, siluetas que le daban pavor y un sonido estridente que le hacía daño en el vientre.


Así sobrevivió tres meses, en donde cada vez se le caía más el pelo, su blanca piel se volvía cetrina y sus ojeras pronunciaban un rostro ya de por sí delgado y anguloso. Y ahora con la pérdida de apetito, esos kilos que nunca le sobró, le conferían el aspecto de un ex convicto o un drogadicto. Porque Adrián siempre fue de estatura media, cabello largo fino y complexión más bien delgada, un metabolismo por lo visto envidiable, aunque no en su opinión ya que carecía de lo que más le gustaba: el culo.


Su bisabuelo fue director general en un hospital durante años, su abuelo, un reputado cirujano cardiovascular, su padre cirujano plástico y su madre osteópata... Y él... Él veterinario.


Pese al presunto insulto a la tradición familiar, Adrián gozaba de un piso propio cerca de la Universidad de veterinaria, con manutención y gastos pagados. Nada extravagante ya que pese a su cuna, era de gustos sencillos. Su experiencia en el mundo homosexual se resumía en un novio torpe y egoísta de instituto y cuatro ligues mal saboreados en las famosas fiestas de universidad.




(...)




Se despertó taquicárdico, empapado en sudor frío y tocándose el vientre con la mano, tratando de aliviar un rastro fantasma de dolor sordo que desapareció tan pronto recuperó por completo la conciencia. Miró hacia la ventana y ahí estaba, ese horripilante bicho de tamaño desproporcionado, con su plumaje negro que se podía confundir en la oscuridad y sus llamativos ojos grandes. Debía moverse, hacerle una foto o espantarlo, pero a la menor señal de salir de la cama el búho desapareció.


¿Cómo? Volando no. ¿En qué momento? Ni idea, se juró que no había apartado la vista en todo el rato. Se arrastró hasta el baño y al encender la luz, el espejo le devolvió un rostro ojeroso y demacrado, acentuando su parecido a un ratón raquítico en plena hambruna. Ni siquiera su boca era atrayente, más bien un botón delgado entre su nariz y su barbilla fina.


"El sueño húmedo de cualquier chico" pensó irónico echándose agua en la cara. Decidió darse una ducha rápida y se preparó una tila, haciendo tiempo hasta que hiciera efecto para intentar retomar el sueño.




*




«El humano está enfermo» evidenció Khol con rostro parco, no desvió la vista de la imagen ni se perturbó en apariencia.


«Son las consecuencias psicológicas del contacto» señaló Under, ante el velado reproche, Khol no se defendió. «Te dijimos que escogieras a una hembra, hay literalmente millones.»


«Él es el indicado» reafirmó por enésima vez. Sus ojos siguieron el movimiento de Adrián dentro del departamento, justo en la ducha. Había adelgazado considerablemente y eso le preocupó, lo mismo que cuando vio lágrimas de dolor y casi que tuvo que rogar porque le administrasen un sedante. No se aplicaba normalmente para no comprometer las intervenciones quirúrgicas aumentando el riesgo, con paralizar su sistema locomotor y de respuesta involuntaria era suficiente para no interferir en la labor. Era extremadamente doloroso para los humanos, y en opinión de su raza, irrelevante al uso final para ahorrarles esa agonía. Pero Khol lo había escogido de entre una larga lista de candidatos y se empeñó por sobre el recurrente listado de hembras. Adrián hacía ejercicio moderado, mantenía una dieta saludable y equilibrada, no se intoxicaba con sustancias venenosas y parecía resistente. Excepto porque ahora no respondía como él esperaba.


«Quiero hablar con el consejo, voy a adelantar mi intervención»


«Así como está, te negarán el segundo contacto oficial»


Ambos se miraron, levantando y bajando sus barreras psíquicas de manera compulsiva. No se decidían por dar luz verde a la inspección de sus pensamientos inmediatos, esos que ondeaban entre la primera y segunda capa del subconsciente.


Lo sabía, Under nunca malgastaba palabras porque sí, por lo que le constaba de sus contactos no oficiales para ver a Adrián por las noches.


«Les convenceré de que será un éxito»




(...)




Anduvo por los pasillos blancos de su base rumiando su frustración con respecto al humano. Había insistido en que tenía que ser un macho, concretamente él, y puso a disposición del consejo una larga lista de pros que ridiculizaban el pequeño contratiempo. Pero ahora todo iba de mal en peor, el chico sufría de pesadillas que por más esmero en eliminarlas, salían a flote varios días después. Dormía mal, su rendimiento bajaba vertiginosamente y hacía menos ejercicio. Su dieta había disminuido drásticamente y en resumen: la experiencia le estaba pasando factura al cuerpo.


Él representaba el veinte por ciento de una civilización avanzada a años luz con respecto a Adrián. Pertenecía a un sector de la población que aún conservaba un cuerpo desarrollado y musculoso, de gran estatura y sentidos funcionales pese a la inutilidad debido a la ciencia. Como por ejemplo la boca generosa y la mandíbula cuadrada, junto a sus papilas gustativas funcionales. Eran los más semejantes al ser humano y pese a ello, rara vez se les permitía un contacto directo. El ochenta por ciento de la población restante adornaba los carteles, convenciones de frikis y películas de ciencia ficción con su aspecto grisáceo de cráneo voluminoso, ojos desproporcionados negros, cuerpo delgado, mandíbula inexistente y boca y nariz pequeñas. Todo ello respondía a la evolución natural de su inteligencia y adaptabilidad científica, eliminando a través de los eones las funciones menos requeridas y dando prioridad a otras. Él sin embargo, poseía el suficiente poder mental y características sin renunciar al aspecto físico, aunque nunca sería tan inteligente y poderoso como ese famoso ochenta por ciento.


Le llamó la atención Adrián precisamente por eso, porque su aspecto le recordó vagamente a su raza. De silueta delgada y frágil, estatura media tirando a pequeña, barbilla fina, boca diminuta y andares pausados. Poseía además una base moral cercana a su raza; evidencia y compasión. Aunque lo de compasión quedaba reservado por lo visto a otras razas. Ese recuerdo punzó su pecho amplio, el ver lleno de lágrimas sus ojitos de ruego algo juntos. Reforzó su escudo mental tres capas superpuestas dejando vagar pensamientos en apariencia dóciles como su planeta, el trabajo diario o conversaciones insustanciales.


Khol creía tener una solución para paliar el estado psicológico de Adrián, propio de criaturas frágiles como el ser humano. Y con esa idea en mente, solicitó una audiencia formal